lunes, 23 de mayo de 2022

24/05 - Simeón el Estilita de la Montaña


El Venerable Simeón el Estilita de la Montaña Milagrosa, el milagroso, conocido también como San Simeón Estilita «el Joven» para distinguirlo de su homónimo anterior Simeón el Estilita y de Simeon el Estilita III, vivió en la época del emperador Justino II (574 d.C.). Procedía de Edesa, aunque nació en Antioquía de Siria. Su madre era una mujer llamada Marta, que fue venerada como santa. Su padre, natural de Edesa, pereció en un terremoto cuando Simeón tenía cinco años. Sin embargo su madre Marta sobrevivió, ya que estaba fuera de la ciudad Simeón, que había ido a adorar en la iglesia de San Esteban. Desde entonces, con temor de Dios, Marta crió a su hijo.


Desde entonces, se contaban cosas extrañas sobre el chiquillo, quien acabó por alejarse de su ciudad natal y anduvo errante por las montañas hasta llegar a un pequeño monasterio en el que se refugió y, por expreso deseo, se puso bajo la guía y la tutela de un estilita muy conocido que se llamaba Juan. Durante el resto de su vida, el ermitaño se ocupó de Simeón, quien también construyó su pilar cerca del de su maestro.


Desde la edad de siete años, antes de haber perdido sus dientes de leche, Simeón estableció su morada en la columna. Muy pronto la fama de su excentricidad, de su santidad y de sus poderes para realizar milagros, se extendió tanto que, para evitar la constante visita de peregrinos, Simeón se retiró a vivir en la cumbre de una roca, sobre una montaña inaccesible que llegó a conocerse con el nombre de Monte de Maravillas. Por entonces, tenía veinte años. Una década después, como resultado de una visión, estableció un monasterio para sus discípulos y mandó levantar una nueva columna para él mismo, a la que fue conducido, solemnemente, por dos obispos.


De esta manera extraordinaria, pero auténtica sin duda, vivió Simeón durante otros cuarenta y cinco años. De vez en cuando, se trasladaba a otro pilar. Cuando tenía treinta y tres años, fue ordenado sacerdote, sin haber bajado de su columna, puesto que el obispo subió para hacerle la imposición de manos. Al parecer, sobre la columna había una plataforma de amplitud suficiente para que Simeón pudiese celebrar la misa ahí mismo; sus discípulos ascendían por una escalera para recibir la comunión de sus manos. En los registros de su historia se afirma que Dios manifestó la santidad de su siervo con el don de hacer milagros, sobre todo la curación de enfermos, el vaticinio de las cosas por venir, y el conocimiento de los pensamientos secretos de los demás. Es de destacar que San Simeón fue dignificado con el carisma de la predición y de la curación de todo tipo de enfermedad. De este modo, predijo la muerte de su maestro, la "dormición" del Arzobispo Efrén (545 d.C.), los terremotos de Antioquía y Constantinopla (557 d.C.) y otros eventos. Evagrio, historiador sirio, fue testigo de muchas de aquellas maravillas y asegura que experimentó por sí mismo el poder de Simeón para leer los pensamientos, cuando lo visitó para pedirle consejos espirituales.


Verdaderas multitudes procedentes de todas partes acudían a san Simeón en busca de una palabra de consuelo y con la esperanza de presenciar algún milagro o beneficiarse con él. Después de la muerte de san Juan el Estilita, ya nadie pudo restringir las austeridades a que se entregaba Simeón. Evagrio dice que se mantenía enteramente con una dieta de frutas y hortalizas. Simeón escribió al emperador Justino II para pedirle que castigase a los samaritanos que habían atacado a los cristianos de las vecindades, y san Juan Damasceno atribuye a Simeón un breve texto en que alaba la veneración a las sagradas imágenes. Hay otros escritos, homilías e himnos, que también se le atribuyen, pero sin razón suficiente. Simeón había vaticinado que Justino II sucedería a Justiniano, y a Juan el Escolástico, que llegaría a ser elegido para la sede de Constantinopla, como efectivamente lo fue.


El que haya sido un estilita desde niño y desplegara sus manifestaciones espirituales desde su tierna edad; el que llegase a vivir casi sin comer y sin dormir; sus luchas con los espíritus malignos, sus mortificaciones físicas y sus numerosos milagros, como se relata en su biografía, tienen un carácter muy especial.


El santo enfermó en mayo de 592. El patriarca Gregorio de Antioquia, al saber que agonizaba, corrió para ayudarle en sus últimos momentos; pero san Simeón murió antes de que él llegara.


Cuando cumplió cinco años, un terrible terremoto destruyó gran parte de Antioquía. Entre los muertos estaba su padre de Juan, que murió al derrumbarse el techo de su casa. Sin embargo su madre Marta sobrevivió, ya que estaba fuera de la ciudad Simeón, que había ido a adorar en la iglesia de San Esteban. Desde entonces, con temor de Dios, Marta crió a su hijo.


A una edad muy temprana, lleno de gracia y de espíritu, Simeón fue a Seleucia, cerca del monte del pueblo de Pilasa, en un famoso monasterio donde estuvo un famoso asceta llamado Juan. Junto a él, Simeón estudió las Sagradas Escrituras de manera más sistemática, centrando su ascetismo en la oración y  en la humildad. Rápidamente se convirtió en un ejemplo que imitar, también para los otros hermanos del Monasterio. Él, imitando a su maestro, levantó una columna y tras subir sobre ella, permaneció rezando durante doce años.Pero el diablo, que odia el bien y el progreso espiritual de la gente, se las arregló para que un compañero suyo del monasterio sintiese tal envidia que quiso matarlo con un cuchillo. Pero de modo milagroso su mano se secó allí mismo. Simeón, hombre sin rencor, no sólo no se enojó, sino que también oró al bendito Señor para que sanara a su hermano, hecho que sucedió.


Más tarde, el Santo se retiró a la Admirable Montaña, en un lugar rocoso desierto. Allí llevó una dura vida ascética durante cuarenta y cinco años. Durmió pacíficamente y recibió dignamente le eterna bienaventuranza sobre el año 590 o 595 d.C., a la edad de ochenta y cinco años.


Es de destacar que San Simeón fue dignificado con el carisma de la predición y de la curación de todo tipo de enfermedad. De este modo, predijo la muerte de su maestro, la "dormición" del Arzobispo Efrén (545 d.C.), los terremotos de Antioquía y Constantinopla (557 d.C.) y otros eventos.


La Montaña Milagrosa, Monasterio de San Simeón el Milagroso


Teniendo como centro la columna de San Simeón el Milagroso, la cual había sido erigida en una colina entre Antioquía y Seleucia conocida como La Admirable Montaña, con una altitud de 479 m., a la derecha del Río Orontes, a unos 18 km. al oeste de Antioquía, construyó San Simeón su monasterio. Está en parte excavado sobre roca y construido en un recinto rectangular, rodeado por una gran muralla. El nuevo complejo siguió el  patrón  del famoso gran complejo de Qal’at Sim’an. Los espacios se organizan en torno a un octógono central, el cual rodea la columna del Santo.


El monasterio, con seguridad funcionó durante el siglo VI d.C., así como entre los siglos XI y XIII. Hoy en día existen sus ruinas y constituye uno de los complejos monásticos más importantes del norte de Siria.



Fuente: eltestigofiel.org / laortodoxiaeslaverdad.blogspot.com / goarch.org

Adaptación propia

domingo, 22 de mayo de 2022

23/05 (y Domingo de las Miróforas) - María la Mirófora y Esposa de Cleofás


En los grandiosos acontecimientos de la Redención, durante el dramático epílogo sobre el Calvario, un coro silencioso y triste de piadosas mujeres espera un poco lejos que todo se haya terminado: «Estaban junto a la cruz de Jesús su madre, la hermana de su madre, María de Cleofás y María de Magdala», dice el evangelista san Juan. Era el grupo de las que «lo seguían desde cuando estaba en Galilea para servirlo, y muchas otras que habían venido de Jerusalén junto con él».


Santa María la esposa de Cleofás, la Mirófora, era -según una tradición- hija de un primer matrimonio del Justo José, el Esposo de la Santísima Madre de Dios, y era aún muy joven cuando tuvo lugar el desposorio de ambos, por lo que habitaría en su hogar, convirtiéndose en una especie de hermana de esta [de ahí la terminología de Juan 19,25).


El Justo José, al regresar con el Salvador y la Madre de Dios de Egipto a Nazaret, entregó a su hija en matrimonio a su hermano pequeño Cleofás. Fruto de esta unión fue el Hieromártir Simeón, Discípulo de los Setenta, pariente del Señor y segundo Obispo de la Iglesia de Jerusalén (conmemorado el 27 de abril).


Cleofás es uno de los discípulos que el día de la resurrección de Jesús, mientras iban hacia Emaús, fueron alcanzados por Jesús a quien reconocieron en la “fracción del pan”. Mientras el esposo se alejaba de Jerusalén, con el corazón lleno de melancolía y desilusión, la esposa María, siguiendo el impulso de su corazón, iba de prisa a la tumba del Redentor para rendirle el extremo homenaje de la unción ritual con varios ungüentos. En efecto, el viernes por la tarde se había quedado atrás con María Magdalena para ver “en dónde lo dejaban”. Dice el evangelista Marcos: “María la Magdalena y María, la madre de Santiago el menor y de José miraban dónde lo ponían”.


Pasado el sábado, muy de mañana, mientras el marido regresaba a casa, María de Cleofás y las otras compañeras “compraron perfumes y fueron a hacerle las unciones”; pero el ángel les anunció: “No está aquí, ha resucitado”. A las piadosas mujeres, que fueron al sepulcro con sus ungüentos y con su dolor, les correspondió el privilegio de conocer las primeras la noticia de la resurrección: “¿Por qué buscáis entre los muertos al que vive?”. “Si Cristo no resucitó -dirá San Pablo- nuestra fe no vale nada y nosotros seríamos unos mentirosos… Pero Cristo resucitó y es la primicia de los otros que ahora duermen y resucitarán”. Esta alegre noticia se la llevaron a los “Doce y a todos los otros” unas pocas mujeres, entre ellas María de Cleofás.


La memoria de Santa María de Cleofás se celebra el 23 de mayo y el tercer domingo de Pascua (de las Miróforas).



Fuente: catholic.net / S. Janos

Adaptación propia

23/05 - Miguel el Confesor, Obispo de Sinada


Nació en Sinada, Frigia, en el seno de una familia rica de la que él fue el único vástago. Ingresó en la vida religiosa después de cursar estudios en Constantinopla. Ingresó en el monasterio de la orilla asiática del Bósforo que había fundado Nicéforo, futuro patriarca de Constantinopla. Lo era por entonces el insigne san Tarasio, quien ordenó de sacerdote al monje Miguel.


Acreditado como monje culto y piadoso, fue elegido metropolita de su patria Sinada (san Tarasio fue quien lo consagró como obispo) y en calidad de tal asistió al Il Concilio de Nicea en el 787. San Tarasio también lo eligió para que llevase a Roma la carta sinodal al papa san León III. Hombre pacífico y amable, fue enviado por el emperador Nicéforo I a Bagdad para negociar la paz ante el califa Harún Al-Rasid, que consiguió pero que el propio emperador rompería posteriormente. Desempeñó también una legación ante Carlomagno (812) quien firmó un tratado con Bizancio.


Vuelto ya a Constantinopla, fue testigo de la convulsión del Imperio tras la derrota de Miguel I por los búlgaros, lo que trajo su destronamiento y sustitución por León V el Armenio. Este emperador convocó una asamblea de eclesiásticos y funcionarios en Constantinopla en 814 y anunció su decidida voluntad de acabar con el culto a las sagradas imágenes. En esta asamblea Miguel dijo con toda claridad que él estaba por la fe ortodoxa proclamada en el II Concilio de Nicea y que no se avendría a los deseos del Emperador. Entonces fue depuesto y desterrado a Galacia y llevado de prisión en prisión hasta la muerte de León V. Le fue devuelta la libertad pero no pudo volver a su sede.


Vivió con modestia y santidad hasta su muerte en brazos de su amigo san Teodoro el Estudita el 23 de mayo del 826.



Fuente: eltestigofiel.org

Adaptación propia

sábado, 21 de mayo de 2022

22/05 - Santo Mártir Basilisco


Nació en Amasea del Ponto en el mar Negro y era sobrino de san Teodoro el Tirón (17 de febrero), Obispo de Comana en el Ponto.


Al enterarse el gobernador de Capadocia, Agripas, de que Basilisco era cristiano, lo mando apresar. Fue arrestado por el gobernante de Capadocia Asclepiadis (o Asclepiódoto) junto con los soldados compañeros de su tío Teodoro, Eutropio y Cleónico, quienes, debido a que se negaron a ofrecer sacrificios a los ídolos, acabaron recibiendo la muerte por martirio. San Basilio fue encarcelado por los idólatras con la esperanza de que, con las privaciones y la miseria, acabara negando a Cristo con el paso del tiempo. Esperaban que el impacto de este acto fuese grande entre los cristianos. Pero él había tomado la irreversible decisión de morir como cristiano, teniendo como brillante ejemplo a su tío, el Gran Mártir, quien permaneció firme en su confesión después de haber rechazado todas las promesas y amenazas. Cuando oraba al Señor para ser considerado digno de acabar también él su curso terrenal como mártir, este se le apareció y le dijo que primero tenía que dirigirse a sus parientes para despedirse de ellos, y eso hizo. Así pues, el Señor en una visión le liberó de la prisión y le dijo que fuera a casa de su pariente Teodoro.


Cuando se supo que había salido de la cárcel, los soldados le apresaron de nuevo y lo llevaron a Comana de Capadocia, obligándole a caminar con sandalias tachonadas con clavos. Las heridas que le causaron fueron tan profundas que entraron en los huesos de sus pies, haciendo que toda la tierra a su paso estuviera roja de sangre. De camino hacia el gobernante, llegaron a Dacia. Los soldados que le acompañaban fueron alojados en la casa de una mujer llamada Traianes. Allí ataron al santo a un árbol, que era un plátano seco, y se sentaron a comer. Entonces Basilisco, a través de su oración, consiguió que volviese a crecer el árbol, echando nuevas hojas, y que de sus raíces brotase una pequeña fuente. Esta fuente se conserva hasta hoy en día, siempre con agua surgiendo de ella. Entonces se produjo un terremoto tan fuerte, que los soldados saltaron de la mesa y salieron de la casa donde cenaban para ver qué estaba pasando. Cuando vieron que la fuente fluía y el plátano seco había sido revivido, quedaron asombrados. Por eso todos, que eran trece en número, creyeron en Cristo. Inmediatamente desataron al Santo y, quitándole los cavos de los pies, cayeron ante él y le pidieron que los bautizara, junto con la mujer que los recibió y todos los que pertenecían a su hogar. También trajeron a muchos enfermos y poseídos por demonios, los cuales fueron sanados y bautizados por el Santo, y los bautizó.


Cuando llegó a Comana, fue llevado ante Agripa, quien llevó a Basilisco a un templo idólatra, con la esperanza de que el ambiente pagano le llevase a ofrecer sacrificio a los ídolos. "¿Por qué, sin ponerte a pensar, no sacrificas a los dioses?" le preguntó Agripa. "Yo, oh gobernador, no dejaré de sacrificarme a Dios", respondió Basilisco. Cuando el gobernador escuchó esto, se regocijó (pensando que Basilisco iba a sacrificar a sus dioses) y, tomando de la mano al Santo, lo llevó al templo de los ídolos. Entonces el Santo levantó sus manos y oró, e inmediatamente un fuego bajó del cielo que quemó el templo, y todos los ídolos en él se rompieron en pedazos pequeños. Cuando el gobernador vio esto, huyó. El Santo después fue llevado frente a él una vez más, y le dijeron: "Hombre necio y verdaderamente sacrílego, en lugar de ofrecer sacrificios a los dioses, tú con tu repugnante magia has quemado el templo y has reducido a los dioses al polvo". El Santo respondió: "Lo que he hecho, no lo niego. Simplemente levanté mis manos al cielo, como ustedes mismos vieron y pueden testificar, y supliqué a Dios que está en los cielos. De allí bajó un fuego y quemó las piedras y la madera, y tus dioses fueron disminuidos, para que no seas engañado por ellos".


Cuando el gobernador escuchó esto, se llenó de rabia y ordenó que la cabeza del Santo fuera cortada y que su cuerpo fuera arrojado al río. Por lo tanto, los soldados tomaron al Santo y lo llevaron fuera de la ciudad, donde le cortaron su bendita cabeza. Algunos cristianos dieron treinta monedas a los soldados y recogieron el cuerpo del mártir. El piadoso gobernante de Comana, Marino, construyó una iglesia  en nombre del Santo, en la que fueron colocadas sus honorables reliquias, y desde la cual se realizan curaciones y milagros para aquellos que se acercan a venerarlo con fe.


Fue este el santo que se apareció a san Juan Crisóstomo la noche antes de su muerte.



Fuente: catholic.net / goarch.org / laortodoxiaeslaverdad.blogspot.com

Domingo de la Samaritana. Lecturas de la Divina Liturgia


Hch 11,19-30: En aquellos días los que se habían dispersado en la persecución provocada por lo de Esteban llegaron hasta Fenicia, Chipre y Antioquía, sin predicar la palabra más que a los judíos. Pero algunos, naturales de Chipre y de Cirene, al llegar a Antioquía, se pusieron a hablar también a los griegos, anunciándoles la Buena Nueva del Señor Jesús. Como la mano del Señor estaba con ellos, gran número creyó y se convirtió al Señor. Llegó la noticia a oídos de la Iglesia de Jerusalén, y enviaron a Bernabé a Antioquía; al llegar y ver la acción de la gracia de Dios, se alegró y exhortaba a todos a seguir unidos al Señor con todo empeño, porque era un hombre bueno, lleno de Espíritu Santo y de fe. Y una multitud considerable se adhirió al Señor. Bernabé salió para Tarso en busca de Saulo; cuando lo encontró, se lo llevó a Antioquía. Durante todo un año estuvieron juntos en aquella Iglesia e instruyeron a muchos. Fue en Antioquía donde por primera vez los discípulos fueron llamados cristianos. En aquellos días, bajaron a Antioquía unos profetas de Jerusalén. Uno de ellos, de nombre Agabo, movido por el Espíritu, se puso en pie y predijo que iba a haber una gran hambre en todo el mundo, lo que en efecto sucedió en tiempo de Claudio. Los discípulos determinaron enviar una ayuda, según los recursos de cada uno, a los hermanos que vivían en Judea; así lo hicieron, enviándolo a los presbíteros por medio de Bernabé y de Saulo.


Jn 4,5-42: En aquel tiempo llegó Jesús a una ciudad de Samaría llamada Sicar, cerca del campo que dio Jacob a su hijo José; allí estaba el pozo de Jacob. Jesús, cansado del camino, estaba allí sentado junto al pozo. Era hacia la hora sexta. Llega una mujer de Samaría a sacar agua, y Jesús le dice: «Dame de beber». Sus discípulos se habían ido al pueblo a comprar comida. La samaritana le dice: «¿Cómo tú, siendo judío, me pides de beber a mí, que soy samaritana?» (porque los judíos no se tratan con los samaritanos). Jesús le contestó: «Si conocieras el don de Dios y quién es el que te dice “dame de beber”, le pedirías tú, y él te daría agua viva». La mujer le dice: «Señor, si no tienes cubo, y el pozo es hondo, ¿de dónde sacas el agua viva?; ¿eres tú más que nuestro padre Jacob, que nos dio este pozo, y de él bebieron él y sus hijos y sus ganados?». Jesús le contestó: «El que bebe de esta agua vuelve a tener sed; pero el que beba del agua que yo le daré nunca más tendrá sed: el agua que yo le daré se convertirá dentro de él en un surtidor de agua que salta hasta la vida eterna». La mujer le dice: «Señor, dame esa agua: así no tendré más sed, ni tendré que venir aquí a sacarla». Él le dice: «Anda, llama a tu marido y vuelve». La mujer le contesta: «No tengo marido». Jesús le dice: «Tienes razón, que no tienes marido: has tenido ya cinco, y el de ahora no es tu marido. En eso has dicho la verdad». La mujer le dice: «Señor, veo que tú eres un profeta. Nuestros padres dieron culto en este monte, y vosotros decís que el sitio donde se debe dar culto está en Jerusalén». Jesús le dice: «Créeme, mujer: se acerca la hora en que ni en este monte ni en Jerusalén adoraréis al Padre. Vosotros adoráis a uno que no conocéis; nosotros adoramos a uno que conocemos, porque la salvación viene de los judíos. Pero se acerca la hora, ya está aquí, en que los verdaderos adoradores adorarán al Padre en espíritu y verdad, porque el Padre desea que lo adoren así. Dios es espíritu, y los que lo adoran deben hacerlo en espíritu y verdad». La mujer le dice: «Sé que va a venir el Mesías, el Cristo; cuando venga, él nos lo dirá todo». Jesús le dice: «Soy yo, el que habla contigo». En esto llegaron sus discípulos y se extrañaban de que estuviera hablando con una mujer, aunque ninguno le dijo: «¿Qué le preguntas o de qué le hablas?». La mujer entonces dejó su cántaro, se fue al pueblo y dijo a la gente: «Venid a ver un hombre que me ha dicho todo lo que he hecho; ¿será este el Mesías?». Salieron del pueblo y se pusieron en camino adonde estaba él. Mientras tanto sus discípulos le insistían: «Maestro, come». Él les dijo: «Yo tengo un alimento que vosotros no conocéis». Los discípulos comentaban entre ellos: «¿Le habrá traído alguien de comer?». Jesús les dice: «Mi alimento es hacer la voluntad del que me envió y llevar a término su obra. ¿No decís vosotros que faltan todavía cuatro meses para la cosecha? Yo os digo esto: levantad los ojos y contemplad los campos, que están ya dorados para la siega; el segador ya está recibiendo salario y almacenando fruto para la vida eterna: y así, se alegran lo mismo sembrador y segador. Con todo, tiene razón el proverbio: uno siembra y otro siega. Yo os envié a segar lo que no habéis trabajado. Otros trabajaron y vosotros entrasteis en el fruto de sus trabajos». En aquel pueblo muchos samaritanos creyeron en él por el testimonio que había dado la mujer: «Me ha dicho todo lo que he hecho». Así, cuando llegaron a verlo los samaritanos, le rogaban que se quedara con ellos. Y se quedó allí dos días. Todavía creyeron muchos más por su predicación, y decían a la mujer: «Ya no creemos por lo que tú dices; nosotros mismos lo hemos oído y sabemos que él es de verdad el Salvador del mundo».



Fuente: Sagrada Biblia de la Conferencia Episcopal Española

viernes, 20 de mayo de 2022

21/05 - Constantino y Elena, Isapóstoles


Elena nació en Drepano de Bitinia. Probablemente era hija de un posadero. El general romano Constancio Cloro la conoció hacia el año 270 y se casó con ella, a pesar de su humilde origen. Cuando Constancio Cloro fue hecho césar, se divorció de Elena y se casó con Teodora, hijastra del emperador Maximiano. Antes de ello, el 27 de febrero del año 272, en Naíso (Niš, en Serbia), Elena había dado a luz a Constantino el Grande, que llegó a amar y venerar profundamente a su madre, a la que le confirió el título de «Nobilissima Femina» (mujer nobilísima) y cambió el nombre de su ciudad natal por el de Helenópolis.


Constancio Cloro vivió todavía catorce años después de repudiar a santa Elena. A su muerte, ocurrida el año 306, sus tropas, que se hallaban entonces estacionadas en York, proclamaron césar a su hijo Constantino; dieciocho meses más tarde, Constantino fue proclamado emperador. El joven entró a Roma el 28 de octubre de 312, después de la batalla del Puente Milvio. A principios del año siguiente, publicó el Edicto de Milán, por el que toleraba el cristianismo en todo el Imperio. Según se deduce del testimonio de Eusebio, santa Elena se convirtió por entonces al cristianismo, cuando tenía ya cerca de sesenta años, en tanto que Constantino seguiría siendo catecúmeno hasta la hora de su muerte: «Bajo la influencia de su hijo, Elena llegó a ser una cristiana tan fervorosa como si desde la infancia hubiese sido discípula del Salvador». Así pues, aunque conoció a Cristo a una edad tan avanzada, la santa compensó con su fervor y celo su larga temporada de ignorancia y Dios quiso conservarle la vida muchos años para que, con su ejemplo, edificase a la Iglesia que Constantino se esforzaba por exaltar con su autoridad. Rufino califica de incomparables la fe y el celo de la santa, la cual supo comunicar su fervor a los ciudadanos de Roma. Elena asistía a los divinos oficios en las iglesias, vestida con gran sencillez, y ello constituía su mayor placer. Además, empleaba los recursos del Imperio en limosnas generosísimas y era la madre de los indigentes y de los desamparados. Las iglesias que construyó fueron muy numerosas.


En 324 Constantino construyó la primitiva Basílica de San Pedro en Roma. En el año 325 Constantino reunió el Primer Concilio Ecuménico en Nicea, al que se dirigió personalmente, y en 326, construyó la Basílica del Santo Sepulcro en Jerusalén.


Cuando Constantino se convirtió en el amo de Oriente, después de su victoria sobre Licinio, santa Elena fue a Palestina a visitar los lugares que el Señor había santificado con su presencia corporal.


Constantino mandó arrasar la explanada y el templo de Venus que el emperador Adriano había mandado construir sobre el Gólgota y el Santo Sepulcro, respectivamente, y escribió al obispo de Jerusalén, san Macario, para que erigiese una iglesia «digna del sitio más extraordinario del mundo». Santa Elena, que era ya casi octogenaria, se encargó de supervisar la construcción, movida por el deseo de descubrir la cruz en que había muerto el Redentor. Eusebio dice que el motivo del viaje de santa Elena a Jerusalén, fue simplemente agradecer a Dios los favores que había derramado sobre su familia y encomendarse a su protección; pero otros escritores lo atribuyen a ciertas visiones que la santa había tenido en sueños, y san Paulino de Nola afirma que uno de los objetivos de la peregrinación era, precisamente, descubrir los Santos Lugares. En su carta al obispo de Jerusalén, Constantino le mandaba expresamente que hiciese excavaciones en el Calvario para descubrir la cruz del Señor. Hay algunos documentos que relacionan el nombre de santa Elena con el descubrimiento de la Santa Cruz. El primero de esos documentos es un sermón que predicó San Ambrosio el año 395, en el que dice que, cuando la santa descubrió la cruz, «no adoró al madero sino al rey que había muerto en él, llena de un ardiente deseo de tocar la garantía de nuestra inmortalidad». Varios otros escritores de la misma época afirman que santa Elena desempeñó un papel importante en el descubrimiento de la cruz. Tres partes mandó hacer Elena de la Cruz. Una se trasladó a Constantinopla, otra quedó en Jerusalén y la tercera llegó a Roma donde se conserva y venera en la iglesia de la Santa Cruz de Jerusalén.


Como quiera que haya sido, santa Elena pasó, ciertamente, sus últimos años en Palestina. Eusebio dice: «Elena iba constantemente a la iglesia, vestida con gran modestia y se colocaba con las otras mujeres. También adornó con ricas decoraciones las iglesias, sin olvidar las capillitas de los pueblos de menor importancia». El mismo autor recuerda que la santa construyó la basílica «Eleona» en el Monte de los Olivos y otra basílica en Belén. Era bondadosa y caritativa con todos, especialmente con las personas devotas, a las que servia respetuosamente a la mesa y les ofrecía agua para el lavamanos. «Aunque era emperatriz del mundo y dueña del Imperio, se consideraba como sierva de los siervos de Dios». Durante sus viajes por el Oriente, santa Elena prodigaba toda clase de favores a las ciudades y a sus habitantes, sobre todo a los soldados, a los pobres y a los que estaban condenados a trabajar en las minas; libró de la opresión y de las cadenas a muchos miserables y devolvió a su patria a muchos desterrados.


El año 330, el emperador Constantino mandó acuñar las últimas monedas con la efigie de Flavia Julia Elena, lo cual nos lleva a suponer que la santa murió en ese año. Probablemente la muerte la sobrecogió en el Oriente. Su hijo Constantino dispuso trasladar sus restos con gran solemnidad a Roma, la Ciudad Eterna, y parte de ellos se conservan en la iglesia Ara Coeli, a ella dedicada.


Cayendo enfermo cerca de Nicomedia, Constantino solicitó recibir el Santo Bautismo, según Eusebio (‘Vida de Constantino’, libro IV, 61-62), Sócrates y Sozomeno, y se le administró cuando se le consideró digno de los Sagrados Misterios. Reposó en el año 337, el 21 o 22 de mayo, Domingo de Pentecostés, habiendo vivido sesenta y cinco años, de los cuales treinta y uno como emperador. Sus restos fueron trasladados a Constantinopla y colocados en la Iglesia de los Santos Apóstoles, que había sido construida por él (ver la Homilía XXVI sobre 2 Corintios de San Juan Crisóstomo).


En la tradición bizantina se llama a santa Elena y a san Constantino «los santos, ilustres y grandes emperadores, coronados por Dios e iguales a los Apóstoles».



Fuente: preguntasantoral / goarch.org / Arzobispado de Madrid / eltestigofiel.org

Adaptación propia

jueves, 19 de mayo de 2022

20/05 - Lidia de Filipos, Isapóstol


Sobre Lidia no poseemos más datos que los escasos que nos traen Hechos de los Apóstoles 16,13-15:


«Nos embarcamos en Tróade y fuimos derechos a Samotracia, y al día siguiente a Neápolis; de allí pasamos a Filipos, que es una de las principales ciudades de la demarcación de Macedonia, y colonia. En esta ciudad nos detuvimos algunos días.


El sábado salimos fuera de la puerta, a la orilla de un río, donde suponíamos que habría un sitio para orar. Nos sentamos y empezamos a hablar a las mujeres que habían concurrido. Una de ellas, llamada Lidia, vendedora de púrpura, natural de la ciudad de Tiatira, y que adoraba a Dios, nos escuchaba. El Señor le abrió el corazón para que se adhiriese a las palabras de Pablo. Cuando ella y los de su casa recibieron el bautismo, suplicó: "Si juzgáis que soy fiel al Señor, venid y quedaos en mi casa." Y nos obligó a ir.»


En este breve pasaje hay, sin embargo, algunas cosas notables que al hilo de la conmemoración de la santa es bueno destacar: vemos que la predicación era, para el momento, novedosa: de hecho Pablo se dirigió en esa ocasión específicamente a las mujeres. Es verdad que a las mujeres judías y prosélitas: Pablo se dirige, según su costumbre, primero a los judíos, y en este caso, como posiblemente hubiera muy pocos en la ciudad, que quizás no tenía sinagoga, la reunión sabática de oración era al aire libre. Se sugiere que Lidia era, al menos, prosélita: no sólo estaba en la reunión de oración sabática, sino que «adoraba a Dios», lo cual el texto no diría nunca de un pagano.


La ciudad de Filipos, en Macedonia, es hoy ruina de valor arqueológico en el término de la ciudad griega de Krínides. Allí vivía y trabajaba esta mujer que, sin embargo, no era de allí sino de Tiatira, en el reino de Lidia, lo que permite suponer que el nombre no sea el suyo propio sino más bien el nombre con el que se la conocía por su procedencia. Pero lo más destacable de Lidia es que la conversión de ella y su casa forma la primera iglesia doméstica fundada por san Pablo en tierra europea, en el tiempo de los humildes comienzos, que posiblemente debamos estar dispuestos a repetir.



Fuente: eltestigofiel.org