sábado, 25 de septiembre de 2021

26/09 - La Dormición de San Juan el Evangelista y Teólogo


Juan es definido en su Evangelio como el discípulo a quien Jesús amaba (cf. Jn 13,23). Gracias a los signos especiales de predilección que Jesús le manifestó en momentos muy significativos de su vida, Juan fue estrechamente ligado a la Historia de la salvación. El primer signo que le demostró el grande afecto de Jesús consistió en que fue llamado a ser su discípulo junto con Andrés, el hermano de Pedro, por medio de Juan el Bautista que bautizaba en el río Jordán y de quien ya eran discípulos. En efecto, cuando Jesús pasaba, el Bautista se lo presentó como "el Cordero de Dios" y de inmediato lo siguieron. Juan se quedó tan impresionado por su encuentro personal con Jesús que nunca olvidó que fue hacia las cuatro de la tarde que Jesús los invitó a seguirlo (cf. Jn 1,35-41). La segunda señal de predilección fue el haber sido un testigo directo de algunos hechos de la vida de Jesús, que luego él reelaboró en el cuarto evangelio, en un modo teológico muy distinto a los evangelios sinópticos (cf. Jn 21,24 ). Y el tercer momento en el cual Jesús mismo le hizo sentir su amistad y su hermandad tan particular fue cuando Jesús, a punto de entregar su espíritu (cf. Jn 19,30), lo quiso asociar de un modo privilegiado al misterio de la Encarnación, confiándolo expresamente a su madre: "aquí tienes a tu hijo"; y encargándole expresamente a su madre: "aquí tienes a tu madre". (cf. Jn 19,26-27).


Algunos datos históricos sobre la vida de Juan


Las fuentes de las que se han extraído los datos de la vida de Juan como apóstol, como evangelista y como "hijo adoptivo" de María, no siempre coinciden. De los evangelios sabemos que junto con su hermano Santiago -que también será un apóstol- los dos eran pescadores originarios de Galilea, de una zona del lago Tiberíades, y que juntos fueron apodados "los hijos del trueno" (cf. Mc 3,17). Su padre era Zebedeo y su madre Salomé. A Juan lo encontramos en el círculo estrecho de los apóstoles que acompañaron a Jesús cuando realizó algunas de las "señales" más importantes (cf. Jn 2,11) de su progresiva revelación como un tipo de Mesías muy distinto del que el pueblo de Israel se esperaba (Lc 9,54-55). En efecto, cuando Jesús resucitó a la hija de Jairo (cf. Lc 8,51), cuando se transfiguró en el Monte Tabor (cf. Lc 9,28 ), y durante la agonía en Getsemaní (cf. Mc 14,33), Jesús trataba de hacerles entender que debían transformar su mentalidad ligada a la esperanza en un Mesías violento, semejante a Elías pues, en cambio, él era el Hijo amado del Padre (cf. Lc 9,35), él era el Mesías venido del cielo para comunicar la vida divina en abundancia (cf. Jn 10,10), y que también iba a sufrir el rechazo y las injusticias de parte de los jefes religiosos de su pueblo (cf. Mt 16,21). En el evangelio de Juan, Jesús aparece como el Maestro que también intenta, inutilmente, hacer comprender a los judios la lógica paradójica del Reino de Dios (cf. Jn 8, 13-59). Los discípulos, por su parte, son invitados a nacer de nuevo (cf. Jn 3,1-21) para adorar al Padre en Espíritu y en Verdad (cf. Jn 4,23-24); Jesús ora por ellos para que permanezcan unidos por el Amor divino (cf. Jn 17,21) y para que sean alimentados por el Pan de la Vida (cf. Jn 6, 35).


Juan, testigo de Jesús crucificado y resucitado


Durante la Última Cena, Juan se había recostado sobre el pecho de Jesús y le había preguntado: Señor, ¿quién es el que te va a entregar? (cf. Jn 21,20). Juan fue el único de los apóstoles que acompañó a Jesús al pie de la Cruz con María (cf. Jn 19, 26-27). Juan fue el primero que creyó en el anuncio de la resurrección de Jesús hecho por María Magdalena (cf. Mt 28,8): corrió de prisa a la tumba vacía y dejó entrar primero a Pedro para respetar su precedencia (cf. Jn 20,1-8). La tradición añade que algunos años después se trasladó a Éfeso, desde donde evangelizó el Asia Menor. También parece que sufrió la persecución de Domiciano y que fue desterrado a la isla de Patmos. Finalmente, gracias al advenimiento de Nerva como emperador, (96-98) volverá a Éfeso para terminar allí sus días como ultracentenario, hacia el año 104.


"La flor de los Evangelios"


El Evangelio atribuido a Juan fue llamado así por Orígenes. También ha sido llamado el "Evangelio espiritual" o "Evangelio del Logos". Su estilo y su género literario está lleno de "señales", de símbolos y de figuras que no deben ser interpretados literalmente. En el prólogo de su evangelio, Juan usa un refinado lenguaje teológico para mostrar como al inicio de la Nueva creación, en el Nuevo principio ya preexistía el "Logos" divino; logos que significa la Palabra eterna creadora del Padre, que luego fue traducida al latín como "Verbum". En el prólogo del cuarto evangelio Jesús es presentado como la "Palabra divina", la "Luz de de la vida" y "la Sabiduría de Dios preexistente" (cf. Jn 1,1-18). Este evangelio invita a aceptar por medio de una fe llena de estupor y de agradecimiento, la sorprendente revelación que el Verbo de Dios, que nadie había visto, se hizo carne y ha puesto su morada en medio a su pueblo. (cf. Jn 1,14). Por ello, la palabra "creer" se repite casi 100 veces, pues Dios quiere que todos los hombres se salven (cf. 1Tim 2,4) y tengan vida abundante por la fe en Jesucristo, Dios hecho carne (cf. Jn 11,25).


La identidad de María y la relación filial de Juan hacia ella


El Evangelio de Juan también nos presenta en dos episodios muy emblemáticos la identidad de María y la especial relación de Juan como su "hijo adoptivo": en las bodas de Caná y en el Calvario. En la narración de la señal del agua transformada en el Vino nuevo durante las bodas de Caná, se nos muestra a María como la potente intercesora que anticipa la hora de la revelación de Jesús a su Pueblo (cf. Jn 2,1-12). En el Calvario, en el momento de la glorificación de Cristo, María es presentada como la Mujer que es transformada en la Nueva Eva o Madre de los discípulos de su Hijo (cf. Jn 19,25-27). Si se considera la estrecha relación filial de Juan con María, no es difícil imaginar que la revelación de la figura del Mesías en el evangelio de Juan se haya nutrido también del directo testimonio de María, pues ella mejor que nadie, en sus últimos años de soledad, recogió en su corazón y en sus recuerdos las "señales", los "signos" y las palabras de vida de Jesús. Es pensable pues que las experiencias únicas que ella conservaba en su memoria, las haya compartido luego a los discípulos de Jesús, y en particular a Juan. Por ello, se puede considerar que también María misma fue acogiendo e interpretando progresivamente en la fe, la revelación de que el Hijo de sus entrañas era a la vez el eterno Hijo del Padre, (cf. Jn 10,30), el único Pan de la vida (cf. Jn 6,34), la Luz del mundo (cf. Jn 8,12), la Puerta (cf. Jn 10,7), el Buen pastor (cf. Jn 10,11), la Resurrección y la vida (cf. Jn 11,24), la Vid verdadera (cf. Jn 15,1) y el Camino la Verdad y la Vida (cf. Jn 14,6).


Las tres Epístolas y el Apocalipsis


A la tradición de los discípulos de Juan se le atribuyen las tres "cartas", que tienen también un sabor de breves homilías. El Apocalipsis es un libro canónico, reconocido como inspirado que nació en los ambientes de las iglesias de tradición joánica que sufrían los ataques de las doctrinas gnósticas. Éste, que es el último libro de la Biblia, usa un género literario semejante al de algunos libros proféticos del Antiguo Testamento, como el libro de Daniel (cf. Dn 7), de Ezequiel o de Zacarías. La palabra apocalipsis es la transcripicón de un término griego que significa revelación y no destrucción, como a veces se piensa. Juan dirige siete cartas a las siete iglesias (cf. Ap 1-3) para transmitirnos por medio de personajes y de símbolos muy fascinantes, un mensaje muy concreto de esperanza en que el Cordero degollado (cf. Ap 5,12), o sea, Cristo Salvador triunfará sobre todas las persecuciones y las oposiciones de las fuerzas del mal al Reino de Dios y hará nuevas todas las cosas. Esto sucederá cuando Dios establecerá su Reino de justicia, de amor y de paz al final de los tiempos. En este libro se muestra, con numerosos y sugestivos símbolos, como los siete sellos (cf. Ap 6-8,1), las siete trompetas (cf. Ap 8.6-11,19), los siete ángeles con las siete copas (cf. Ap 15,5-16,21), el fatigoso camino y la lucha que los creyentes de todos los tiempos tienen que afrontar para que un día se realice la edificación de la Nueva Jerusalén (cf. Ap 21-22), hoy diríamos la Civilización del Amor, de la fraternidad y del cuidado de la vida, cuando Jesús, el Alfa y Omega (cf. Ap 22,13), regrese al final de los tiempos. En este sentido, el Apocalipsis es también un libro profético que interpreta la acción de Dios en la historia, asegurando que el Testigo fiel y veraz (cf. Ap 3,14), regresará pronto (cf. Ap 22,20) y vencerá definitivamente al mal, al dolor y a la muerte (cf. Ap 22,1-5).


LECTURAS DE LA DIVINA LITURGIA


1 Jn 4,12-19: Hermanos, a Dios nadie lo ha visto nunca. Si nos amamos unos a otros, Dios permanece en nosotros y su amor ha llegado en nosotros a su plenitud. En esto conocemos que permanecemos en él, y él en nosotros: en que nos ha dado de su Espíritu. Y nosotros hemos visto y damos testimonio de que el Padre envió a su Hijo para ser Salvador del mundo. Quien confiese que Jesús es el Hijo de Dios, Dios permanece en él, y él en Dios. Y nosotros hemos conocido el amor que Dios nos tiene y hemos creído en él. Dios es amor, y quien permanece en el amor permanece en Dios y Dios en él. En esto ha llegado el amor a su plenitud con nosotros: en que tengamos confianza en el día del juicio, pues como él es, así somos nosotros en este mundo. No hay temor en el amor, sino que el amor perfecto expulsa el temor, porque el temor tiene que ver con el castigo; quien teme no ha llegado a la plenitud en el amor. Nosotros amemos a Dios, porque él nos amó primero.


Jn 19,25-27;21,24-25: En aquel tiempo, junto a la cruz de Jesús estaban su madre, la hermana de su madre, María, la de Cleofás, y María, la Magdalena. Jesús, al ver a su madre y junto a ella al discípulo al que amaba, dijo a su madre: «Mujer, ahí tienes a tu hijo». Luego, dijo al discípulo: «Ahí tienes a tu madre». Y desde aquella hora, el discípulo la recibió como algo propio. Este es el discípulo que da testimonio de todo esto y lo ha escrito; y nosotros sabemos que su testimonio es verdadero. Muchas otras cosas hizo Jesús. Si se escribieran una por una, pienso que ni el mundo entero podría contener los libros que habría que escribir.



Fuente: news.va / Sagrada Biblia de la Conferencia Episcopal Española

25/09 - Nuestro Justo Padre Sergio de Radonez


Entre los santos rusos, uno de los más conocidos y venerados es sin lugar a dudas, el monje san Sergio de Radonez.


En los primeros tiempos, los grandes centros del monasticismo ruso se encontraban en las ciudades o cerca de ellas, pero las invasiones de los tártaros en el siglo trece, que acabaron con la civilización urbana en la región sur del país, desquiciaron también, naturalmente, a los monasterios y su funcionamiento. Muchos de ellos se mantuvieron en existencia, pero su actividad se debilitó y degeneró, y los monjes que verdaderamente buscaban una vida más perfecta, comenzaron a emigrar de los monasterios a la campiña, sobre todo a las vastas soledades de los bosques del norte. A aquellos ermitaños rurales se les llamó pustiniky, es decir, hombres de los bosques. A san Sergio de Radonezh se le considera como el iniciador de aquel movimiento.


En realidad, la emigración de los monjes del sur, no fue más que la primera etapa de un movimiento general que se realizó simultáneamente en varios lugares y dio origen a gran número de nuevos centros de vida monástica. Pero como quiera que haya sido, san Sergio descolló como el personaje más distinguido de aquel período, y muchos le consideran como la figura más brillante en el santoral ruso. Y no sólo fue un buen monje, sino también un magnífico civilizador. La imposición de la soberanía de los tártaros y las continuas oleadas de invasiones, matanzas y saqueos (que se prolongaron durante un siglo, a partir de 1237) hundieron al pueblo ruso en las profundidades de la miseria y la desmoralización. En aquel caos, un solo hombre, san Sergio, con las únicas armas de su influencia y su ejemplo, logró algo magnífico: unificar al pueblo ante el opresor, restablecer su respeto propio y su confianza en Dios. El historiador Kluchevsky admite decididamente que los rusos deben su liberación a la educación moral y a la influencia espiritual de Sergio de Radonez.


Alrededor del año de 1315 vino al mundo este santo en el seno de una noble familia que residía cerca de Rostov, y en la pila bautismal recibió el nombre de Bartolomé. Entre los tres hijos varones del matrimonio, Bartolomé parecía el menos inteligente y continuamente se le echaba en cara su lentitud para aprender, lo cual le hacía sufrir mucho de manera que, cierto día en que paseaba por el campo y se encontró con un monje que mantuvo una larga charla con él, le propuso que le enseñara a leer y escribir, con el propósito especial de estudiar la Biblia. Según nos dicen los cronistas y los biógrafos, el monje le dio al niño a comer un trozo de pan con sabor dulzón y, desde aquel momento, Bartolomé pudo leer y escribir como una persona adulta y mucho mejor que sus hermanos. Por aquel entonces, comenzaba a formarse y crecer el principado de Moscú. Una de las primeras consecuencias de aquel crecimiento fue la destrucción del poder y la influencia de Rostov; entre las víctimas de esa política estuvieron los padres de Bartolomé, Cirilo y María. Aún no salía de la infancia, cuando el resto de la familia tuvo que huir hasta encontrar refugio en la pequeña aldea de Radonez, ciento ochenta kilómetros al noroeste de Moscú, donde los arruinados aristócratas de Rostov, tuvieron que vivir de su trabajo, como campesinos. Así entró Bartolomé en su juventud y, al ver que sus obligaciones se limitaban a cuidar de sí mismo, puesto que sus hermanos se bastaban solos y ya no tenía padres, decidió realizar el proyecto, largamente acariciado, de vivir en la soledad. En 1335, abandonó su casa en compañía de su hermano Esteban, que acababa de quedar viudo.


El lugar que eligieron para construir sus ermitas era un prado llamado Makovka, en un claro del bosque, a varios kilómetros de distancia de cualquier sitio habitado. Ahí edificaron una cabaña y una capilla con troncos de árboles y, a solicitud de los hermanos, el metropolitano de Kiev envió un sacerdote para que bendijera la pequeña iglesia y la dedicara a la Santísima Trinidad, una advocación que era muy rara en la Rusia de aquel entonces. Poco tiempo después, Esteban se fue a vivir en un monasterio de Moscú y, durante años, el solitario Bartolomé desapareció de la vista de los hombres. Sus biógrafos se refieren a aquel período desconocido y nos hablan de terribles asaltos del demonio victoriosamente rechazados, de ataques de fieras salvajes y hambrientas que fueron domesticadas con un signo, de privaciones sin cuento y trabajo agotador, de noches enteras de plegaria y de un constante progreso en el camino de la santidad.


Todo lo que se cuenta de aquella época, recuerda demaisado las experiencias de los primeros padres del desierto. Sólo que hay una diferencia muy importante: nosotros, en el Occidente, asociamos las penurias de la vida eremítica con san Antonio y los santos de Egipto y Siria y, pensamos en seguida en las extensiones de arena, en las rocas desnudas, el calor sofocante y la falta de agua. Para Bartolomé o Sergio -como le llamaremos de ahora en adelante, ya que cierto abad que le visitó en su ermita, le impuso la tonsura y ese nombre-, las penalidades eran de un tipo muy distinto: el hielo, la nieve, las tempestades, las lluvias torrenciales y las manadas de lobos hambrientos. Así como Pablo de Obnorsk se hizo amigo de las aves, Sergio domesticó a los osos y llamaba «hermanos» al fuego y a la luz. Según se advierte en sus representaciones más antiguas, Sergio era un hombrazo alto y fornido, de luenga barba y gesto rudo, como cualquier campesino ruso.


Como ha sucedido con muchos otros personajes similares, llegó el momento en que la reputación de santidad del ermitaño de Makovka se extendió por todas partes y comenzaron a reunirse los discípulos en torno suyo. Cada uno construyó su propia choza, y así nació el monasterio de la Santísima Trinidad. Cuando fueron doce, y tras muchos ruegos, incluso los del obispo de la ciudad más próxima, Sergio accedió a ser el abad que gobernase a aquella comunidad. Recibió las órdenes sacerdotales en Pereyaslav Zalesky y ahí mismo ofició su primera Liturgia. «Hermanos -dijo durante su sermón, resumiendo un capítulo entero de la Regla de san Benito-, orad por mí. Soy un hombre ignorante y, si he recibido de lo alto el talento para ser sacerdote y abad, debo rendir cuenta cabal de él y del rebaño que me ha sido confiado».


El monasterio floreció rápidamente, no tanto en bienes temporales como en los espirituales. Entre sus primeros reclutas figuró el archimandrita de un monasterio de Smolensk. El claro del bosque fue ampliado; en torno a las cabañas y la iglesia se construyeron otras casas; surgió una aldea y, no obstante las protestas de Sergio, se abrió un camino real por donde comenzaron a llegar los visitantes. En el curso de todas aquellas tareas, el abad tenía siempre presente que él era el primero entre sus iguales y, en todo momento, ya fuera en el trabajo o en la iglesia, imponía el ejemplo de su asiduidad.


No tardó en presentarse el problema de elegir entre las dos formas de vida monástica que se observaban en el Oriente para seguirla en la Santísima Trinidad. Hasta entonces, los monjes habían observado una norma individual de «ermitaños en comunidad», donde cada uno tenía su propia cabaña y labraba su propia porción de tierra. Sin embargo, san Sergio estaba en favor de la vida en común cenobítica y, en 1354, impuso la deseada reforma, debido en parte a una recomendación en este sentido, por parte de Filoteas, el patriarca ecuménico. Por desgracia, aquella reforma ocasionó trastornos. Algunos de los monjes descontentos con el cambio, manifestaron sus protestas y, en su movimiento de rebelión, encontraron un jefe en la persona de Esteban, el hermano de san Sergio, quien había dejado su monasterio de Moscú para ingresar al de la Santísima Trinidad.


El asunto llegó a mayores: hubo incidentes penosos y discusiones desagradables hasta que, cierto sábado después de las vísperas, para evitar mayores pendencias con su hermano, san Sergio partió calladamente de su monasterio, con la intención de no volver nunca, y fue a instalarse como ermitaño en las riberas del Kerzhach, no lejos del monasterio de Makrish. No tardaron en seguirle numerosos monjes de la Trinidad y, así la casa original comenzó a degenerar hasta el extremo de que el metropolitano Alexis de Moscú envió a dos archimandritas con apremiantes mensajes a san Sergio para que retornara a hacerse cargo de su puesto de abad. Al cabo de muchos ruegos, Sergio accedió y, luego de nombrar un abad para su nuevo establecimiento de Kerzhach, reanudó sus funciones. Su ausencia había durado cuatro años, y los monjes salieron a recibirle y le tributaron toda suerte de homenajes, «con tan sincero regocijo, que todos le besaron las manos, muchos se postraron en tierra para besarle los pies y otros besaron sus vestiduras».


Como había ocurrido con muchos otros santos monjes de Oriente y de Occidente, antes y después, acudieron a consultar a san Sergio los más encumbrados personajes de la Iglesia y del Estado. Con frecuencia se le confiaron misiones para gestionar la paz o para que fungiera como árbitro y, en más de una ocasión, se hicieron vanos intentos a fin de convencerle a que aceptara el cargo de primado de la Iglesia de Rusia. Fue por aquel entonces, entre los años 1367 y 1380, cuando se produjo el gran rompimiento entre Dimitri Donskoi, príncipe de Moscú, y el khan Mamaí, jefe absoluto de los tártaros. Dimitri se vio obligado a lanzar un desafío que, si fracasaba, habría de acarrear a Rusia mayores catástrofes de cuantas había conocido a lo largo de su historia. Antes de tomar cualquier decisión, el príncipe fue a pedir consejo a san Sergio. Éste bendijo a Dimitri y le advirtió: «Es vuestro deber, señor, cuidar del rebaño que Dios ha confiado en vuestras manos. ¡Adelante entonces contra los herejes y conquistadlos en nombre del poder divino! ¡Dios permita que tornéis con bien para dar a Él toda la gloria de vuestra hazaña!» De manera que el príncipe Dimitri partió a la guerra y se llevó consigo a dos monjes de la Santísima Trinidad que habían sido soldados. Cuando se enteró del enorme poder de su enemigo, volvió a titubear y se hallaba a punto de devolverse y abandonar la empresa, cuando llegó un mensaje de san Sergio con estas palabras: «No temáis, señor. Marchad armado de confianza en vencer la ferocidad del adversario. Dios estará a vuestro lado». Así, el 8 de septiembre de 1380, se libró la batalla de Kulikovo que, para Rusia, tuvo el mismo significado que tuvieron para Europa occidental, las batallas de Tours o de Poitiers. Los tártaros fueron vencidos y huyeron en desorden. «Y en aquel preciso instante -dicen las biografías-, el bendito Sergio, al frente de sus hermanos, oraba a Dios para pedirle la victoria. Y, una hora después de que los herejes habían sido expulsados del suelo de Rusia, a muchas leguas de distancia, el abad anunció a los monjes la derrota del enemigo, porque san Sergio era vidente». De esta manera, san Sergio de Radonez desempeñó un papel decisivo al iniciarse el derrumbe del poder de los tártaros en Rusia. Desde entonces, no se le dejó permanecer en paz en su monasterio y continuamente se requerían sus servicios para misiones políticas o eclesiásticas; las primeras, sobre todo para restablecer la paz y la concordia en las rivalidades entre los príncipes rusos; las segundas, particularmente en relación con la fundación de nuevos monasterios. Se afirma que sus frecuentes viajes a través de enormes distancias los realizaba a pie.


Uno de los biógrafos habla en términos generales de los «muchos milagros incomprensibles» que obró Sergio y sólo se detiene en algunas de las maravillas, no sin advertir que el propio santo recomendaba que se guardase silencio respecto a sus poderes sobrenaturales. Sin embargo, hace un relato muy detallado, claro y convincente sobre una visión de la Madre de Dios (una de las primeras apariciones de la Santísima Virgen de las que se registran en la hagiografía rusa) que se presentó ante Sergio y otro monje, acompañada por los apóstoles Pedro y Juan, para asegurarle que su manosterio florecería extraordinariamente en un futuro no muy lejano. La objetividad de aquella visión es característica de la hagiografía de Rusia, donde rara vez ocurren los raptos o los éxtasis, pero en cambio, el Espíritu Santo desciende sobre los elegidos y les permite ver auténticas apariciones, terrenales o celestiales, ocultas a los ojos de los menos santos. Seis meses antes de su muerte, San Sergio supo que el fin se acercaba. Renunció a su cargo, nombró a un sucesor y, enfermo por primera vez en su vida, permaneció recluido en su celda. «Cuando su alma estaba a punto de abandonar el cuerpo, recibió el Cuerpo y la Sangre de Cristo, sostenido en el lecho por los brazos de sus discípulos. Alzó sus manos al cielo, se movieron sus labios para musitar una plegaria y entregó su espíritu puro y santo en manos de su Señor, el 25 de septiembre de 1392, posiblemente a la edad de setenta y ocho años».


De acuerdo con lo que dice el Dr. Zernov, «es difícil definir exactamente la razón por la cual se agrupó la gente en torno a san Sergio. No era un predicador elocuente ni un hombre de gran saber y, a pesar de que se registraron varias ocasiones en que algunas personas quedaron curadas por las oraciones del santo, no se le puede describir como un curandero popular. Era, en primer lugar, su personalidad lo que atraía a la gente. Era el calor de su afectuosa atención, lo que le hacía indispensable para los demás. Poseía esos dones que tan rara qez se encuentran en las personas: una confianza ilimitada en Dios y en la bondad de los hombres, a quienes nunca dejó de consolar y alentar». Lo mismo que otros muchos monjes, san Sergio consideraba como parte de su vocación monástica el servicio activo y directo para bien del prójimo. Por eso, el prójimo, tanto el noble como el plebeyo, lo consideró siempre como un maravilloso y poderoso médico del alma y del cuerpo, como un amigo de los que sufren, como el que da de comer al hambriento, defiende al desamparado y da buen consejo al que lo ha menester. Una de las características de aquellos monjes del norte, era su amor por la pobreza personal y común y por la soledad, en cuanto lo permitieran sus deberes comunales y sus atenciones a los necesitados. Sergio instaba a sus hermanos a «tener siempre presente el luminoso ejemplo de aquellos grandes monjes de la antigüedad, verdaderos portadores de la antorcha del cristianismo, que vivieron en este mundo como ángeles: Antonio, Eutimio, Sabas ... Los monarcas y las gentes del pueblo acudían a ellos; curaban las enfermedades y ayudaban al necesitado; alimentaban al hambriento y eran como el arcón de las viudas y los huérfanos».


El cuerpo de San Sergio fue sepultado en la iglesia mayor de su monasterio, donde permaneció hasta la revolución de 1917. Los bolcheviques clausuraron el monasterio, y las reliquias del santo fueron exhibidas en el «museo antirreligioso» que se estableció allí. En 1945 se autorizó a los jefes de la Iglesia ortodoxa rusa a reabrir el monasterio, y los restos de san Sergio volvieron a su sepultura. Los rusos mencionan a san Sergio de Radonez en los preparativos para la liturgia eucarística.



Fuente: El Testigo Fiel

Adaptación propia

viernes, 24 de septiembre de 2021

25/09 - Eufrosina de Alejandría


Vivió Eufrosina en tiempos de Teodosio el Menor y fue hija de Pafnucio y de una mujer cuyo nombre no se recoge. Este matrimonio, bueno y piadoso, padecía el no tener hijos. Acudían a santuarios a orar por su intención y a monasterios a suplicar oraciones, en especial a uno, donde era abad un conocido de Pafnucio. Y, al parecer, Dios, satisfecho de sus oraciones, les premió con una hija a la que pusieron el nombre de Eufrosina, que en griego quiere decir “alegría”.


Fue una niña hermosa, buena y piadosa, y a los doce años ya decidió consagrarse a Dios. A los dieciocho comenzó a recibir pretendientes y, como es lógico, el padre comenzó a analizarlos y eligió a uno de noble familia y mejor virtud. Antes llevó a su hija ante su amigo, aquel abad que había orado por él, para pedirle la bendijera y tuviera un buen matrimonio. Pero sucedió que, al ser bendecida, Eufrosina se confirmó en su decisión primera: su matrimonio sería con Cristo.


Al volver a casa cambió de costumbres y comenzó, más aún si cabe, una vida de profunda piedad y oración. Llegó incluso a recibir la consagración de las vírgenes en secreto, ante lo cual se determinó salir de su casa, puesto que su padre no cejaba en su intento de casarla. ¿Y que se le ocurrió? Pues travestirse, asumiendo una identidad masculina. y huyó de casa. Así, Eufrosina, o Esmaragdo (Esmeraldo), el nombre masculino que eligió, se fue al monasterio de marras y, fingiendo ser un eunuco del palacio imperial, pidió el hábito al abad, que no la reconoció. Fue recibida y le dio por maestro al santo monje Agapio para que le enseñara el estilo de vida monástico.


Cuando Pafnucio volvió a su casa y no halló a su hija, dio la voz de alarma, mandó cerrar las puertas de la ciudad y se fue al monasterio, a llorar junto a su amigo, pidiéndole que orara para que su amada hija apareciera viva y sana. El abad le consoló diciéndole que confiaba que su hija estaba feliz y contenta, y de seguro estaba al servicio de Dios; aún más, le aseguró que Dios no dejaría que muriera sin verla. Y así, tranquilo, se fue el buen hombre a su casa. Y Esmaragdo sin saber nada, siendo un monje más, solo destacando por su mansedumbre, piedad y obediencia.


Y sucedió que algunos monjes se le aficionasen torpemente por su extremada hermosura, sin saber que era mujer. Por esta razón le mandó el abad a Esmaragdo que viviera recluido en una celda, apartado de los otros, sin que tuviera comunicación con nadie, salvo con Agapio. Allí vivió Esmaragdo, hasta que un día, viniendo su padre al monasterio, oyó a los monjes a hablar de aquel que se santificaba en una celda solitaria y quiso conocerlo. Entró a su celda y le contó sus lágrimas y sufrimientos por su hija desaparecida, ante lo cual, Esmaragdo se echó a llorar, pensando el padre que eran lágrimas de empatía, por lo cual le encomendó que rezara por él.


Treinta y ocho años vivió allí, en oración, penitencia y feliz, hasta que llegó el día en que Dios reveló a Eufrosina que moriría pronto, y, sabiendo que su padre estaba de visita, mandó decirle que no saliera de allí hasta pasados tres días, al cabo de los cuales le llamó a su celda y le dijo: «Quiero librarte, Pafnucio, de muchos cuidados y declararte lo que sé de tu hija; pues tienes gran deseo de saber de ella. Yo, padre, soy tu hija Eufrosina, y este es el rostro de tu bija: Dios me ha encaminado en este encerramiento y manera de vida como Esmaragdo, sin que ninguno pudiese entender que era Eufrosina, y me ha inspirado a que tomase este hábito de monje y perseverase en él hasta esta hora; y me ha dado gracia para que, habiéndole visto muchas veces en esta casa, nunca me he arrepentido de haber venido a ella, ni tus lágrimas me hayan ablandado, ni movido a volver atrás. Dios te ha traído, para que entierres mi cuerpo». Y murió.


Su padre, a voces, contó a los monjes la verdad. Pidió, y obtuvo del abad, la gracia de quedarse en aquella celda bendita donde vivió su hija, y allí vivió diez años más, hasta morir.  



Fuente: Religión en Libertad

Adaptación propia

jueves, 23 de septiembre de 2021

24/09 - Tecla la Protomártir e Isapóstol


En su segundo viaje apostólico, hacia el año 48, San Pablo visita Iconio acompañado de Bernabé. Es una ciudad de Asia Menor que hoy forma parte de Turquía.


Al entrar en la ciudad es invitado cortés y amablemente por Onesíforo a hospedarse en su casa.


Las puertas están abiertas a quien quiera escuchar el anuncio del Evangelio. A la casa van acudiendo las gentes. Pero, aparte de los que se reúnen, alguien más escucha la Palabra. Se proponen doctrinas nuevas que resultan inauditas y apasionantes como la continencia y la resurrección.


Frente a ese punto de encuentro tiene su hogar una familia noble y rica. Allí vive Tecla con sus dieciocho años. Es la hija bellísima y casadera que se embelesa con lo que le llega de la predicación del Apóstol. Su madre está inquieta y sumamente molesta porque sólo vive para escuchar lo que se está diciendo en la casa de enfrente; la ha visto como en éxtasis, ausente... ni siquiera come, día y noche está sin pestañear clavada en la ventana, no pierde detalle. Termina por comunicar a Tamiris, novio de Tecla, su preocupación. Todos los esfuerzos familiares se han aunado para hacerla desistir de su actitud y todos los razonamientos resultan vanos a la hora de intentar que la joven se olvide de lo que está escuchando.


Como decíamos, Tecla estaba prometida en matrimonio a Tamiris, un joven rico de la localidad, pero de pronto ella había decidido seguir a San Pablo en su peregrinación. De modo que se enfrentó a Teoclia, su madre, y rompió el compromiso.


Tamiris, que era pendenciero e iracundo, descargó su furia denunciando a San Pablo ante las autoridades, y de inmediato fue capturado y encarcelado, pero Tecla, sobornando al carcelero, entra loca de alegría en la cárcel y escucha horas y horas las grandezas de Dios, sentada en el suelo junto a los hierros del preso. Pablo fue azotado cruelmente y penado con el destierro. El delicado amor de Tamiris se trueca ahora en desesperación y odio contra quien fue su amada y se prepara una hoguera donde Tecla va a ser castigada. Es salvada milagrosamente de las llamas y marcha de Iconio tras aquel hombre que inflama con el ardor de lo que predica. Ella misma va transmitiendo a todos el porqué de su modo de vivir, que es el amor.


Cuando nuevamente sus enemigos enviaron soldados para aprehenderla, el suelo se vino abajo. Lo único que quedó al descubierto fue un brazo, mismo que fue recogido por sus seguidores y conservado en Armenia.


En el siglo XIV esta reliquia llegó a Tarragona (Cataluña, España), donde se le conserva en la catedral consagrada a su culto. Así, Santa Tecla se convirtió en la santa patrona de Tarragona.


La dulce virgen doncella de Iconio fue contemplada como la doctrina de Pablo personificada.



Fuente: primeroscristianos.com / catholic.net

miércoles, 22 de septiembre de 2021

23/09 - Jantipa y Polixena las Justas


Las "Actas de Jantipa, Polixena y Rebeca" se considera una especie de apócrifo del Nuevo Testamento, y fue escrito entre los siglos III y IV, con un estilo muy alejado de los sobrios textos evangélicos y del canónico Hechos de los Apóstoles. Los personajes centrales son dos hermanas, Polixena y Jantipa. Consta de dos partes que se entrelazan, poniendo como hermanas a ambas santas. Aunque se presentan escritas por una sola persona, por San Onésimo, el conocido discípulo de San Pablo, se nota que son dos documentos redactados de diferente estilo y momento.


La primera parte está dedicada a Jantipa, y la segunda a Polixena, ambas abundan en largas oraciones, sueños, alusiones a salmos y escritos paulinos, discursos, aventuras, etc., que las asemejan más a una novela que a otra cosa.


La inspiración de las "Actas de Xantipa, Polixena y Rebeca" pueden ser las más antiguas, "Actas de Pablo y Tecla", pues parten del mismo supuesto: las correrías misioneras de San Pablo en España, supuestamente en Tarragona, sitio que tiene como sede la tradicional misión hispánica de San Pablo. Ciertamente, no hay vestigio de culto, ni mención algunos a estas santas en los Padres españoles, que no parecen conocerlas. No así los griegos, que las celebran entre sus santos apostólicos y las ponen realmente como apóstoles en tierras tarraconenses.


Por último, aunque en el título se mencione a Rebeca, esta no pasa de ser un personaje secundario y a la cual si que no se le da culto como a las otras dos.


Las Actas


Según estas, se cuenta que cuando San Pablo estaba en Roma, conoció a un esclavo de un prefecto de Roma en España, llamado Probo. Este esclavo conoció el Evangelio por parte del apóstol, pero no fue bautizado. De regreso enfermó y como era un esclavo muy querido por sus amos, les confesó que la causa de su mal era que le faltaba una medicina celestial: "la unción con aceite y lavado por el agua", que solo podía darle "un médico" que había conocido en Roma. La mujer, llamada Jantipa, preguntó por ese "médico" que sanaba los espíritus y al contarle de las maravillas obradas por San Pablo, todos los ídolos de la casa cayeron por tierra. Y Jantipa creyó en el nombre de Cristo, y cayó enferma del mismo mal que el esclavo: deseo por bautizarse y ser de Cristo totalmente, y por ello comenzó un ayuno que duró un mes. Y ocurrió que San Pablo llegó a Tarragona, y Jantipa le vio orar antes de entrar a la ciudad, y supo por revelación que aquel era quien Dios le enviaba para ser bautizada en nombre de Cristo. Y junto a Probo, le invitó a su casa. Y muchos fueron allí a oír la palabra del apóstol, y se convertían y sanaban de sus males, y aunque Probo en un principio se negó a que su casa pareciera una posada, por amor a su esposa, aceptó. Pero el diablo, que no quería que Jantipa fuera cristiana, inspiró a Probo arrojar a San Pablo de su casa.


El Apóstol se fue y se alojó en la casa de Filoteo, que había sido prefecto de la ciudad. Cuando Probo se durmió, Jantipa sobornó a los guardias con un cinturón de oro y se fue a casa de Filoteo. Los demonios desataron una feroz tormenta de rayos y truenos, pero ella no temió, se encomendó a Cristo y siguió su camino. San Pablo salió a su encuentro, la confortó y la bautizó, dándole la Eucaristía enseguida. Jantipa volvió a su casa y se le apareció Cristo para animarle a confesar su Nombre. 


Entre tanto, Probo había tenido un sueño y se fue a que los hechiceros Barando y Gnosteas le dieran un significado. Barando le dijo que había soñado con el diablo, que se presentaba como rey del mundo, pero que su reino terminaba con el reinado del Cristo que predicaba Pablo, y que debían ser todos bautizados. Probo aceptó y antes quiso ver a Jantipa, preocupado por el largo ayuno que la mujer llevaba. Al acercarse a la alcoba la oyeron orando: "Alabad al Señor, los pecadores porque Él acepta sus oraciones también. Aleluya. Alabad al Señor los que habían perdido la esperanza, porque muchas son sus misericordias. Aleluya. Alabadle los malos, por los que fue crucificado. Aleluya. Alabadle vosotros, los que lucháis por la salvación de los pecadores, porque Dios os ama. Aleluya". Entonces los magos Barando y Gnosteas pidieron el bautismo, y Jantipa les llevó a casa de Filoteo. 


Probo oyó la predicación de San Pablo y al regresar a su casa, oró al Señor, pidiéndole la fe. Al otro día fue bautizado y junto a su mujer hicieron una fiesta para invitar a todos a compartir su gozo. En dicha fiesta estaba la hermana de Jantipa, la virgen Polixena (aquí comienza la segunda parte), que era más joven que su hermana, y estaba adornada con grandes virtudes y dones. Soñó esa noche Polixena que un dragón se la tragaba y que la liberaba un bello joven. Jantipa le explicó que el dragón era el diablo y que debía ser bautizada para que alcanzara la salvación que Cristo le ofrecía, y quedaron en que al día siguiente sería hecha cristiana. Pero esa noche un mago que deseaba a Polixena, con ayuda de los demonios la raptó y la metió en un barco camino de Babilonia, donde tenía familiares. 


Esa misma noche había tomado un barco el apóstol San Pedro camino a la Ciudad Eterna, avisado por Dios de que un mago llamado Simón había corrompido la iglesia local. Estando en la travesía Dios le habló diciéndole: "Pedro, mañana encontrarás en el mar una nave procedente de España; has de orar por el alma perturbada que en ella viaja". Y así lo hizo el santo, ocurriendo que al instante de pasar la barca de San Pedro junto a la Polixena, los demonios que conducían esta dijeron al mago que eran incapaces de seguir viaje y huyeron. El mago, asustado, abandonó a Polixena en Grecia, donde esta encontró al apóstol San Felipe, que igualmente por una revelación, acudió a la orilla del mar y recibió a Polixena, encomendándola a sus discípulos mientras él seguía su apostolado. 


Pero uno de estos tuvo malas intenciones con ella, y Polixena salió tras el apóstol. En el camino se encontró con una leona, y la santa mujer oró: "Por el Dios de Pablo, oh bestia salvaje, ten compasión de mí y no me desgarres no hasta que reciba el bautismo". Y el animal la dejó en paz y, además le enseñó el camino de salida del bosque. Saliendo de este, halló al Apóstol San Andrés; apenas le vio Polixena supo que era un hombre de Dios, le habló de San Pablo y de su deseo de ser bautizada. San Andrés se alegró de saber de los logros apostólicos de Pablo en España y accedió a bautizar a Polixena.


Se encaminaron a un pozo, donde hallaron a Rebeca, una israelita que al ver a Andrés, le pidió recibir el bautismo. Así que Andrés las bautizó a las dos. Y he aquí que volvió a aparecer la leona, que dejó que las jóvenes la siguieran a su cueva, donde Andrés las dejó para que hicieran vida eremítica. Un tiempo estuvieron allí, hasta que conocieron a un arriero. Este había sido discípulo de San Felipe y tentado por Satanás, había metido mano en el dinero y bienes destinados por el apóstol a los pobres, por lo que había huido y estaba arrepentido. Polixena le dijo que si las llevaba de vuelta a España, Dios tendría misericordia de él. El hombre accedió y se pusieron de camino rumbo al mar, pero primero Polixena se vistió de hombre, para que a causa de su belleza, no sufriera peligro a manos de desalmados. Descansaron en una posada, donde Polixena fue descubierta como una mujer y un prefecto la retuvo para sí. El arriero huyó y encontró a San Felipe, al que contó lo ocurrido. Felipe supo que era la misma Polixena que él había dejado con sus discípulos. Mientras, las jóvenes fueron encerradas, pero Rebeca escapó y se refugió donde una anciana. Mientras, Polixena fue llevada a la cámara del prefecto, pero el hijo de este le reveló que conocía de Cristo, y que este le había elegido para custodiar su virginidad.


Se había convertido el joven por la predicación de una virgen llamada Tecla, compañera de "un varón de glorioso semblante" llamado Pablo. Polixena le dijo que Pablo estaba en su ciudad, y convino escaparse con el joven rumbo a España. Pero ocurrió que un esclavo les oyó y les denunció al prefecto, que mandó que Polixena y su hijo fueran arrojados a las fieras. Cuando estaban en la arena, una leona les protegió y lamía sus pies. El prefecto reconoció en ello la obra de Dios y renegó de los ídolos y se convirtió junto con toda su corte. Polixena le prometió que enviaría a San Pablo para que les instruyera en la fe de Cristo. Llegando a la orilla, hallaron a Onésimo (el mismo que dice escribir el relato), que había recibido el mandato divino de llevar a los jóvenes a España.


Antes de embarcarse estuvieron siete días predicando hasta desterrar el paganismo. Al cabo, Polixena y el hijo del prefecto se fueron a España, pasando por un ataque de bandidos que Polixena repelió con gran confianza en Dios. Llegaron a Tarragona y San Pablo la recibió con gran alegría, lo mismo su hermana Jantipa, aliviada por ver a Polixena en paz, falleció dulcemente. Y he aquí que apareció de nuevo el hechicero que había raptado a Polixena, San Pablo le convirtió y le bautizó.


Y terminan las Actas diciendo: "A partir de ese momento ella se separó del bienaventurado Pablo. Estas cosas ocurrieron así para gloria Padre, Hijo y Espíritu Santo, un solo Dios, a quien es la gloria y el poder, ahora y siempre y por toda la eternidad. Amén".



Fuente: Religión en Libertad

Adaptación propia

23/09 - Concepción del Santo Profeta, Precursor y Bautista Juan


Esta era la profecía de Isaías para el precursor: “Una voz proclama: «Preparen en el desierto un camino para el Señor; enderecen en la estepa un sendero para nuestro Dios. (Isaías 40: 3)".

Esta voz era la del Precursor San Juan el bautista, nacido en forma milagrosa; su padre Zacarías era sacerdote, y en el momento que estaba incesando en el templo durante la Fiesta de los Tabernáculos, vio un ángel del Señor que le anunció de la llegada de un hijo y que lo llamaría Juan. Esto ocurrió quince meses antes del nacimiento de nuestro Señor Jesucristo.

La alegría desbordaba en Zacarías, pero dudó un instante porque él y su mujer tenían una edad avanzada, a pesar de tener ante sus ojos los precedentes de Abrahán y Sara, de Ana, madre del Profeta Samuel, y de otras mujeres estériles del Pueblo de Israel que dieron a luz por el poder de Dios; entonces el ángel le dijo que por su desconfianza quedaría mudo hasta que la palabra de Dios se cumpliera.

Así fue: a los nueve meses Isabel tuvo a su hijo. Luego de ocho días, en la circuncisión del niño, los parientes quisieron poner el nombre de su padre al niño, pero Zacarías escribió en una pizarra el nombre de Juan, e inmediatamente volvió a hablar, y la alegría retornó a todos.


Fuente: Arquidiócesis Ortodoxa Griega de Buenos Aires y Sudamérica (Patriarcado Ecuménico) / GOARCH
Adaptación propia

martes, 21 de septiembre de 2021

22/09 - Focas el Jardinero


Focas moraba junto a la puerta de la muralla de Sinope, una ciudad de Paflagonia, sobre las costas del Mar Negro. Su medio de vida era el cultivo de un pequeño huerto y, entregado a su humilde y duro trabajo, imitaba las virtudes de los santos anacoretas. Así era tan completamente feliz como nuestros primeros padres en el Paraíso. Desde que ellos pecaron, la tierra dejo de rendir sus frutos por sí sola y requirió el sudor de la frente del hombre; sin embargo, para Focas no había delicia mayor que la de cuidar su jardín y podar sus árboles, porque consideraba que no podía haber tarea más útil, necesaria y natural, ni otra que mejor se adapte a mantener en el hombre el vigor de la mente y la salud del cuerpo, que la labranza. No puede haber un campo mejor para la contemplación que el de un jardín en flor, donde nuestras almas se eleven necesariamente a Dios con preces de alabanza y de amor, y donde se estimula nuestro fervor al ver la generosidad con que paga nuestros trabajos y multiplica la semilla que recibe, al tiempo que nos incita a derramar lágrimas por nuestra ingratitud hacia Dios. San Focas pensaba en todo esto, unía la plegaria al trabajo y su huerto era para él como un libro abierto y una inagotable fuente de meditación. Su casa siempre estaba abierta para todos, incluso para los desconocidos y peregrinos que no encontrasen lugar donde hospedarse.


Al cabo de varios años de haber repartido liberalmente los frutos de su trabajo entre los pobres, fue digno también de dar su vida por Cristo. Repentinamente estalló en Paflagonia una cruel persecución contra la Iglesia. A Focas se le señaló como cristiano, se le privó de las formalidades de un juicio y se mandó a una partida de soldados para que le matasen en el mismo lugar donde le encontraran. Cuando los soldados llegaron a Sinope, no pudieron entrar porque estaban cerradas las puertas y pidieron asilo en el huerto de Focas sin saber que era él. Como de costumbre, el santo los recibió amablemente y los invito a cenar. Cuando todos estaban sentados a la mesa, los soldados revelaron a su anfitrión los pormenores de la tarea que les había sido encomendada y le pidieron que les informara donde podrían encontrar a Focas. El bondadoso jardinero les dijo que conocía perfectamente a Focas y que, a la mañana siguiente, les daría informaciones sobre su paradero. Al caer la noche, cuando todos se habían retirado a dormir, Focas cavó en el jardín su propia sepultura y, terminada la tarea, se arrodillo a orar a fin de preparar su alma para la hora postrera de su vida. Así le sorprendió el amanecer y entonces se levantó y fue a la casa en busca de sus huéspedes para anunciarles que ya había encontrado a Focas, el que quedaría en su poder tan pronto como ellos quisieran aprehenderle. Los soldados preguntaron donde podían hallarlo. «Aquí lo tenéis -repuso el mártir extendiendo los brazos-, yo soy ese hombre que buscáis». En el primer momento, los soldados quedaron paralizados por el asombro; luego comenzaron a moverse sin saber qué hacer ni qué decir ante aquel hombre que tan generosamente les había acogido y que ahora se les entregaba resueltamente para que lo mataran. Focas, al advertir su confusión, los alentó a cumplir con su deber, puesto que el consideraba su propia muerte como el beneficio más grande que pudieran hacerle. Al cabo de algunas vacilaciones y sin que se pronunciara una sola palabra, los soldados sacaron a Focas al jardín y le cortaron la cabeza.


Con el correr del tiempo, los cristianos de Sinope construyeron una magnifica iglesia que llevo su nombre. Alrededor del ano 400, san Asterio, obispo de Amasea, pronuncio el panegírico de este mártir, con ocasión de su festividad en una iglesia que se ufanaba de poseer parte de sus reliquias, y dijo que «Focas, desde el momento de su gloriosa muerte, se convirtió en un pilar de las iglesias de este mundo. A todos los hombres los llama a su casa y ahí los recibe siempre con grandes beneficios; los caminos están transitados de continuo por los peregrinos que acuden de todas las comarcas a orar donde el elevaba sus plegarias. La magnifica iglesia que conserva sus restos, es el sitio donde los afligidos encuentran alivio y consuelo, los enfermos salud, y los necesitados abundantes provisiones en sus bodegas. Y cualquier lugar donde se conserven y veneren sus reliquias, aunque sea una mínima parte de ellas, como en esta iglesia, se convierte en el recinto donde más desean morar los cristianos». San Asterio agrego en su panegírico que los navegantes de los mares del Euxino, el Egeo, el Adriático y los océanos, cantan himnos en su honor y, con mucha frecuencia, el santo mártir los ha socorrido y salvado de innumerables peligros.


Nada más puede decirse con certeza sobre el santo de Sinope, aparte de que vivió en aquella ciudad, fue martirizado y ampliamente venerado. La ciudad de Vienne, en Francia, y muchas partes del Oriente de Europa afirman poseer porciones de sus reliquias.



Fuente: eltestigofiel.org

Adaptación propia