sábado, 12 de marzo de 2022

Primer Domingo de la Santa y Gran Cuaresma (Domingo de la Ortodoxia)


Durante más de cien años la Iglesia de Cristo se vio atribulada por la persecución de los iconoclastas -de reprobable creencia-, que comenzó en el reinado de León el Isáurico (717-741) y terminó en el reinado de Teófilo (829-842). Tras la muerte de este último, su viuda, la Emperatriz Teodora (celebrada el 11 de febrero), junto con el Patriarca Metodio (14 de junio), estableció de nuevo la Ortodoxia.

Esta memorable reina -Teodora- veneró el icono de la Madre de Dios en presencia del Patriarca Metodio y los demás confesores y justos, y exclamó abiertamente estas palabras: «Si alguien no tributa adoración relativa a los santos iconos, no como si fueran dioses, sino venerándolos por amor como imágenes del arquetipo, sea anatema». Luego, con la oración común y el ayuno durante toda la primera semana de la Santa y Gran Cuaresma, pidió el perdón de Dios para su marido. Después de esto, en el primer domingo de Cuaresma, ella y su hijo, el Emperador Miguel, hicieron una procesión con todo el clero y el pueblo y restauraron los santos iconos, adornando de nuevo con ellos a la Iglesia de Cristo.

Este es el santo hecho que todos los cristianos ortodoxos conmemoramos hoy, y llamamos a este radiante y venerable día «Domingo de la Ortodoxia», es decir, del triunfo de la verdadera doctrina sobre la herejía. Así lo afirma el Gran Sinodicón de la Ortodoxia:

Tal y como vieron los Profetas; tal y como enseñaron los Apóstoles; tal y como recibió la Iglesia; tal y como dogmatizaron los Doctores; tal y como acordó el Universo; tal y como resplandeció la Gracia; tal y como se mostró la Verdad; tal y como se desterró la falsedad; tal y como habló con franqueza la Sabiduría; tal y como Cristo premió: Así entendemos, así decimos, así proclamamos a Cristo nuestro Dios verdadero y honramos a sus Santos con palabras, con escritos, con el pensamiento, con sacrificios, en los Templos y en las Imágenes. A Él le adoramos y veneramos como Dios y Señor, y honramos a Sus Santos y les rendimos devoción por la relación que tienen con Él como auténticos servidores Suyos. Esta es la fe de los Apóstoles, esta es la fe de los Padres, esta es la fe de los Ortodoxos, esta es la fe que sostuvo el Universo. Por tanto, aclamamos fraternamente a los Heraldos de la fe, a la gloria y honor de esa fe por la cual lucharon, y decimos: Que sea eterna la memoria de los devotos Emperadores Defensores de la Ortodoxia, de los Santos Patriarcas, Obispos, Doctores, Mártires y Confesores. Imploramos a Dios ser enseñados y fortalecidos por las hazañas y enseñanzas de estos que lucharon por su fe hasta la muerte, y ser imitadores de su bondad hasta el final, y ser dignos de sus intercesiones. Por la misericordia y la gracia del Primer Gran Sumo Sacerdote Jesucristo nuestro Dios verdadero, por la intercesión de nuestra gloriosa Señora la Madre de Dios y siempre Virgen María, de los Ángeles y de todos los Santos. Amén.


LECTURAS DE LA DIVINA LITURGIA

Heb 11,24-26;32-40: Hermanos, por fe, Moisés, ya crecido, renunció al título de hijo de una hija del faraón, y prefirió ser maltratado con el pueblo de Dios al disfrute efímero del pecado, estimando que la afrenta de Cristo valía más que los tesoros de Egipto, y atendiendo a la recompensa. ¿Para qué seguir? No me da tiempo de referir la historia de Gedeón, Barac, Sansón, Jefté, David, Samuel y los profetas; estos, por fe, conquistaron reinos, administraron justicia, vieron promesas cumplidas, cerraron fauces de leones, apagaron hogueras voraces, esquivaron el filo de la espada, se curaron de enfermedades, fueron valientes en la guerra, rechazaron ejércitos extranjeros; hubo mujeres que recobraron resucitados a sus muertos. Pero otros fueron torturados hasta la muerte, rechazando el rescate, para obtener una resurrección mejor. Otros pasaron por la prueba de las burlas y los azotes, de las cadenas y la cárcel; los apedrearon, los aserraron, murieron a espada, rodaron por el mundo vestidos con pieles de oveja y de cabra, faltos de todo, oprimidos, maltratados —el mundo no era digno de ellos—, vagabundos por desiertos y montañas, por grutas y cavernas de la tierra. Y todos estos, aun acreditados por su fe, no consiguieron lo prometido, porque Dios tenía preparado algo mejor a favor nuestro, para que ellos no llegaran sin nosotros a la perfección.


Jn 1,43-51: En aquel tiempo determinó Jesús salir para Galilea; encuentra a Felipe y le dice: «Sígueme». Felipe era de Betsaida, ciudad de Andrés y de Pedro. Felipe encuentra a Natanael y le dice: «Aquel de quien escribieron Moisés en la ley y los profetas, lo hemos encontrado: Jesús, hijo de José, de Nazaret». Natanael le replicó: «¿De Nazaret puede salir algo bueno?». Felipe le contestó: «Ven y verás». Vio Jesús que se acercaba Natanael y dijo de él: «Ahí tenéis a un israelita de verdad, en quien no hay engaño». Natanael le contesta: «¿De qué me conoces?». Jesús le responde: «Antes de que Felipe te llamara, cuando estabas debajo de la higuera, te vi». Natanael respondió: «Rabí, tú eres el Hijo de Dios, tú eres el Rey de Israel». Jesús le contestó: «¿Por haberte dicho que te vi debajo de la higuera, crees? Has de ver cosas mayores». Y le añadió: «En verdad, en verdad os digo: veréis el cielo abierto y a los ángeles de Dios subir y bajar sobre el Hijo del hombre».



Fuente: GOARCH / Sacra Metrópolis Ortodoxa de España y Portugal (Patriarcado Ecuménico) / Sagrada Biblia de la Conferencia Episcopal Española

Traducción del inglés y adaptación propias