domingo, 16 de mayo de 2021

17/05 - Los Santos Apóstoles Andrónico y Junia


Andrónico y Junia viajaron juntos por los caminos –los antiguos caminos de adoquines- de la región que algún día incluiría países como “Austria”, “Hungría” y “Eslovaquia”. A lomo de caballo y a pie ellos se movieron incesantemente ida y vuelta entre los pueblos con murallas de adobe así como por las pequeñas villas agropecuarias de esa inmensa región localizada en el sur y el oeste del Río Danubio.


En los días calientes de verano sudaban profusamente mientras trepaban por las empinadas colinas de los Balcanes; en lo más duro del invierno tiritaban en su caminar contra el viento a lo largo de las extensiones cubiertas por la nieve de la explanadas Panonianas.


La región era conocida como “Panonia” y los dos, Andrónico y Junia, ambos discípulos que habían pertenecido a ese grupo más grande de evangelizadores conocidos como Los Setenta, habían sido enviados aquí desde Tierra Santa para arriesgar sus vidas por el Santo Evangelio de Jesucristo. 


Panonia era en esos días una extensión salvaje cubierta de pantanos y llanuras cubiertas  de niebla en donde los feroces Celtas, tribus de jinetes, emergían en cualquier momento de en medio de las brumas para asesinar -sin pensarlo por un segundo- a los indefensos viajeros.


A pesar de ello los dos misioneros habían accedido a tomar los riesgos. Superaron los peligrosos caminos y atravesaron los pantanos porque ambos habían hecho un juramento de lealtad a un poder más grande que cualquier otro en la tierra. Escogidos por los Doce Apóstoles Originales durante las décadas inmediatamente posteriores a la muerte y resurrección de Jesucristo, Los Setenta fueron encargados de llevar el mensaje de salvación de Jesucristo a cada país... desde las distantes tierras calientes a las inmensas colinas del norte de Bretaña y hasta los ardientes desiertos del Norte de Africa.


Andrónico y Junia fueron sin dudarlo. Ambos eran parientes del Gran Apóstol San Pablo y habían compartido con él la inspiradora historia del Salvador que había venido a la tierra para liberar a los hombres del pecado y de la muerte. Llenos de celo y de valentía se apresuraron a unirse a Los Setenta ante el pedido de Pablo... quien se había complacido en recibirlos, tal como lo hizo notar en su gran

Epístola a los Romanos:


“Saludad a Andrónico y Junia, mis parientes y compañeros de prisión, ilustres entre los apóstoles, que llegaron a Cristo antes que yo." (Romanos 16, 7).


Después de haber pasado por muchos problemas con Pablo en Roma, en donde estuvo prisionero y eventualmente martirizado, ambos habían sido despachados como misioneros de Los Setenta desde Tierra Santa a uno de las más duras y amenazadoras regiones en el mundo del año 70.


Andrónico había sido nombrado Obispo de la creciente región de Panonia mientras que la siempre enérgica y celosa Junia lo ayudaría como su asistente. Juntos tomaron los caminos, donde muchas veces no había nada más que senderos fangosos rodeados por pantanos, en los cuales abundaba la malaria y la tifoidea. Pero ellos pasaron casi veinte años allí, predicando lo mejor que podían y ganando muchos conversos para Cristo. También se las arreglaron para destruir templos paganos que existían en su territorio, luchando contra esa idolatría ahí donde les fuera posible combatir.


La batalla fue larga y dura –pero los historiadores de ese período nos dicen que a ambos se les había dado poderosas armas a través de la gracia de Dios. Ambos poseían la habilidad de sanar a los enfermos a través de la oración, además sabían cómo expulsar demonios que frecuentemente atormentaban a las almas en esta región oscura y tenebrosa.


Pero había un precio que pagar y ellos terminarían pagándolo. Los detalles son muy pocos debido a que sus acciones heroicas ocurrieron muy alejadas del mundo civilizado del Medio Oriente –pero la historia nos dice que fueron martirizados por enfurecidos paganos quienes resentían la destrucción de sus ídolos, probablemente alrededor del Año 90 de Nuestro Señor. Según los historiadores lo más probable es que ambos hayan sido decapitados por la espada, un destino común para aquellos que se enfrentaban a los sacerdotes paganos de esa región durante los primeros siglos posteriores a la crucifixión de Jesucristo.


El grado de privación y de incomodidad soportado por estos dos santos es algo muy difícil de imaginar hoy en día. Existiendo en los límites más alejados del Imperio Romano en el Siglo Primero, la población vivía en casas frágiles, construidas donde les era posible, a las sombras de los fuertes Romanos que se erigían como centinelas a los largo de las orillas del Danubio. 


Esos fuertes, junto con las Legiones Romanas que patrullaban esta provincia distante, eran la única protección en contra de los bárbaros Celtas –  eso sin contar el enjambre de bandidos y ladrones que se encontraban merodeando en todo lugar.


Roma era un lugar de lujo –aún para el más pobre de sus ciudadanos- durante esta época, pero los dos miembros de Los Setenta fueron a Panonia y nunca se quejaron por ello. Cuando murieron bajo el frío acero de sus atacantes, probablemente en algún terreno pantanoso cercano a algún templo pagano en el cual se habían atrevido a predicar en contra de la idolatría, fueron arrojados rápidamente a tierra por los bárbaros. Luego sus cuerpos fueron abandonados para pudrirse a la interperie pantanosa. 


Fueron grandes héroes de Cristo. Cuatrocientos años después de haber perecido por el servicio al Santo Evangelio, sus reliquias fueron descubiertas cerca de la puerta de Eugenius en Constantinopla, bajo el reinado de los Emperadores Arcadio y Honorius. En un gesto de amoroso recuerdo sus restos fueron preservados para la posteridad en la capital de Bizancio junto con esos muchos otros Cristianos quienes también habían sido coronados con el martirio.


Las vidas de los Mártires Andrónicos y Junia nos dicen mucho acerca de los peligros y las incomodidades que muchos de Los Setenta estuvieron dispuestos a soportar. Ellos también nos inspiran  esperanza. Si esos dos santos mártires pudieron enfrentar los retos de su mundo sombrío y violento –con la ayuda de Dios Todopoderoso– con toda seguridad nosotros también podemos soportar los problemas y las tormentas de la vida sin perder nuestra fe en la bondad de Jesucristo.



Fuente: laortodoxiaeslaverdad.blogspot.com

Adaptación propia