11/06 - Los Santos Apóstoles Bartolomé y Bernabé


SAN BARTOLOMÉ

La historia de San Bartolomé se inicia en Caná, en la región Galilea de Palestina, en donde -según la mayoría de los historiadores de la Iglesia- nació algunos años después del nacimiento de Jesús. Convertido mientras escuchaba la prédica de los discípulos de Cristo en Galilea, Bartolomé (también conocido como “Natanael”) muy pronto llegaría a ser uno de los apóstoles en los cuales más confiaba el Señor.


Luego del milagro de Pentecostés, en donde cada uno de los Doce Apóstoles Originales fueron encargados de llevar la Buena Nueva a diferentes países, Bartolomé sería por algún tiempo el acompañante de su hermano-amigo Felipe Apóstol. 


Acompañados por la hermana de Felipe –la altamente estimada virgen Mariana–, los dos apóstoles predicarían juntos en muchos países de Asia Menor y muchos otros lugares.


En la ciudad de Hierápolis, ubicada en la Provincia Romana de Frigia (hoy en día parte de Turquía), estos tres misioneros se enfrentaron a una serpiente gigantesca adorada por los paganos y que había sido confinada en un templo. Sin embargo, en vez de inclinarse ante la enorme serpiente tal y como se les había ordenado, Bartolomé y Felipe comenzaron a rezar fervientemente. A pesar de estar amenazados de muerte continuaron con sus oraciones hasta que repentinamente la gran serpiente empezó a convulsionarse para, finalmente, rodar sobre sí misma y quedar muerta como si fuera una piedra. 


Sorprendidos por este desenlace, pero aún sin confiar plenamente en los Apóstoles Cristianos, los desconfiados frigios llevaron al santo a la presencia de un hombre que había estado ciego durante más de 40 años. Su nombre era Estaquio, y cuando le rogó al bondadoso Bartolomé que lo ayudara, el santo no lo decepcionó. El fiel Apóstol le rezó al Hijo de Dios y los ojos del ciego se abrieron. Un momento después empezó a proclamar en voz alta: “¡Veo, veo!”


Una vez que los presentes se dieron cuenta de lo que había sucedido, se produjo un pandemónium. ¿Quién podría explicar el acontecimiento que estos adoradores de ídolos habían presenciado? No hubo más negativa del poder de Dios en San Bartolomé, y como resultado de ello muchos de los habitantes de esa área se convirtieron al Cristianismo. Mientras tanto, otros comenzaron a traer a sus amigos enfermos y familiares cercanos, así como a los poseídos por demonios, para que el bondadoso Apóstol de Palestina rezara por ellos.


Sin embargo, viendo esto, los sacerdotes paganos comenzaron a murmurar ante el alarmante temor de que los adoradores de ídolos les diera  la espalda a sus dioses ancestrales, lo cual significaría que no necesitarían más de sus sacerdotes.


Finalmente los atribulados sacerdotes se las arreglaron para convencer a las autoridades civiles de que los tres misioneros debían ser arrestados. Cuando el gobernador romano de la Provincia ordenó que fueran cacheados cuidadosamente para ver si escondían pociones mágicas en sus ropas, la casta y modesta Mariana se rebeló completamente. Espontáneamente se encendió en llamas y, aunque ella misma no se incendió, algunos de los que habían comenzado a tocarla se quemaron al punto de quedar irreconocibles. 


Viendo todo esto, los sacerdotes paganos pidieron que los cristianos fuesen asesinados. Colgados en cruces, los dos hombres empezaron a morir lentamente cuando un terrible terremoto remeció las tierras de Frigia, muriendo en un instante sus jueces y el Gobernador romano. Este milagro produjo un pánico total entre los soldados y sacerdotes restantes, que inmediatamente bajaron a los santos de sus cruces. Aunque para ese momento el valiente Felipe ya había fallecido y ahora porta en el Cielo la Corona del Martirio, San Bartolomé fue salvado en el último momento.


Ciertamente que aún tenía muchos años por vivir. Después de dejar Frigia con Mariana (que murió apaciblemente no mucho tiempo después, en Licaonia), haría muchos más milagros atrayendo a muchos hacia Cristo en la lejana India para luego trasladarse a Armenia, en donde continuaría realizando la obra del Señor. 


En el pueblo de Derbend (en la Gran Armenia, actualmente perteneciente a Rusia) Bartolomé expulsaría al demonio de la locura de la hija del Emperador Polimio, para ser traicionado luego por Astiages, el celoso hermano del monarca. Al final este gobernador tirano daría la orden de crucificar al misionero de Palestina. Antes de que finalizara el sufrimiento de Bartolomé, le arrancaron la piel a tiras y luego lo decapitaron.


Así terminó el último capítulo, y la saga del Gran Apóstol llegó a su fin. Murió alrededor del año 85 según los historiadores de la Iglesia, pero sus milagros aún no habían llegado a su fin. Enterrado por los cristianos del lugar dentro de un ataúd de plomo, fue finalmente arrojado al océano durante una batalla en el lugar. Pero el ataúd flotó y milagrosamente realizó todo el trayecto hasta la isla de Lípari, cuyo obispo, Agatón, recibió una revelación en un sueño sobre este acontecimiento, por lo que se dirigió rápidamente a la playa para recoger el ataúd que contenía al Gran Apóstol. Luego de dar gracias al Dios Todopoderoso, hizo los arreglos para que sus restos fueran enterrados en el jardín de su propia iglesia.


Posteriormente el santo se apareció como una figura muy pálida al Venerable José en una Iglesia; este había estado pidiendo la ayuda de Dios en su oración para componer una serie de himnos o cánones. Sonriendo apaciblemente, el Gran Apóstol le dijo al compositor: “Deja que las aguas de sabiduría del cielo fluyan desde tu lengua”. Eso era todo lo que Juan necesitaba oír, pues, al parecer, después de ello se dirigió a trabajar y terminó componiendo más de 300 majestuosos cánones.


Cálido y afectuoso predicador, bendecido por un gran entusiasmo por la vida, el Gran Apóstol Bartolomé tuvo un gran gozo en viajar a todo lugar en el mundo conocido y en aprender lo más que podía acerca de las diferentes culturas en las cuales se encontraba, haciendo lo mejor que podía para enseñar la Buena Nueva de Jesucristo. 


Fiel siervo de Dios y Mártir, cuya vida terminó mientras adoraba a Dios y perdonaba a sus verdugos, él ilumina maravillosamente la admonición sagrada que nos dice que en todo momento debemos poner nuestra confianza en Dios.


Confiando hasta el final, este gran Apóstol y venerable Mártir sigue inspirando a los cristianos dondequiera que se encuentren uno o más reunidos ante el Santo Nombre.


SAN BERNABÉ

San Bernabé, uno de los Setenta, era de Chipre, de la tribu de Leví, y condiscípulo junto a Pablo de Gamaliel. Se llamaba José, pero se le cambió el nombre a Bernabé, que significa «Hijo de la consolación», quizás para distinguirlo del José llamado Barsabá, de sobrenombre Justo (Hechos 1,23).

A pesar de que no fue uno de los doce elegidos por Nuestro Señor Jesucristo, es considerado Apóstol por los primeros padres de la Iglesia y aun por san Lucas, a causa de la misión especial que le confió el Espíritu Santo y la parte tan activa que le correspondió en la tarea apostólica.


Bernabé era un judío de la tribu de Leví, pero había nacido en Chipre; su nombre original era el de José, pero los Apóstoles lo cambiaron por el de Bernabé, apelativo éste que, según San Lucas, significa «hombre de  exhortación» (o también "de  consolación", aunque se trata de una «etimología popular», no exacta lingüísticamente). La primera vez que se le menciona en las Sagradas Escrituras es en el Hechos de los Apóstoles cap. 4, donde se asienta que los primeros convertidos vivían en comunidad en Jerusalén, y que todos los que eran propietarios de tierras o casas las vendían y entregaban el producto de las ventas a los Apóstoles para su distribución. En esa ocasión se menciona la venta de las propiedades de Bernabé.


Cuando san Pablo regresó a Jerusalén, tres años después de su conversión, los fieles sospechaban de él y le evitaban; fue entonces cuando Bernabé «le tomó por la mano» (Hech 9,27) y abogó por él ante los demás Apóstoles. Algún tiempo después, varios discípulos habían predicado con éxito el Evangelio en Antioquía, y se pensó que era conveniente enviar a alguno de los miembros de la Iglesia de Jerusalén para instruir y guiar a los neófitos. El elegido fue san Bernabé, «un buen hombre, lleno de fe y del Espíritu Santo» (Hech 11,24). A su llegada, se regocijó en extremo al comprobar los progresos del Evangelio y, con sus prédicas, hizo considerables adiciones al número de convertidos. Cuando tuvo necesidad de un auxiliar diestro y leal, se fue a Tarso donde obtuvo la cooperación de san Pablo, quien le acompañó de regreso a Antioquía y pasó ahí un año entero. Los dos predicadores obtuvieron un éxito extraordinario; Antioquía se convirtió en el gran centro de evangelización y fue ahí donde, por primera vez, se dio el nombre de Cristianos a los fieles seguidores de la doctrina de Cristo (Hech 11,26).


Un poco más tarde, la floreciente iglesia de Antioquía recolectó fondos para la ayuda a los hermanos pobres de Judea, durante una época de hambre. Aquel dinero fue enviado a los jefes de la iglesia de Jerusalén por conducto de Pablo y Bernabé, quienes cumplieron con su cometido y regresaron a Antioquia acompañados por Juan Marcos. Por aquel entonces, la ciudad estaba bien provista de sabios maestros y profetas, entre los que descollaban Simón, llamado el Negro, Lucio de Cirene y Manahen, el hermano de leche de Herodes. Cierta vez (Hechos 13) en que estos maestros y profetas estaban adorando a Dios, el Espíritu Santo habló por boca de algunos de los profetas: «Separad a Pablo y Bernabé, dijo, para una tarea que les tengo asignada». De acuerdo con esas instrucciones y, tras un período de ayuno y oración, Pablo y Bernabé recibieron su misión por la imposición de manos y partieron a cumplirla, acompañados por Juan Marcos. Primero se trasladaron a Seleucia y después a Salamina, en Chipre. Luego de predicar la doctrina de Cristo en las sinagogas, viajaron hacia la localidad de Pafos, en Chipre, donde convirtieron al procónsul romano Sergio Paulo, de quien Saulo tomó el nombre para ir a predicar con un apelativo latino entre los gentiles. De nuevo se embarcaron en Pafos para navegar hasta Perga en Panfilia, donde Juan Marcos los abandonó para regresar solo a Jerusalén. Pablo y Bernabé prosiguieron la marcha hacia el norte, hasta Antioquía de Pisidia; ahí se dirigieron principalmente a los judíos, pero al encontrarse con una abierta hostilidad por su parte, declararon que, de ahí en adelante, predicarían el Evangelio a los gentiles.


En Iconium, la capital de Licaonia, estuvieron (ver Hechos 14) a punto de morir apedreados por la multitud, azuzada contra ellos por los regidores de la ciudad. Al refugiarse en Listra, San Pablo curó milagrosamente a un paralítico y, en consecuencia, los habitantes paganos proclamaron que los dioses los habían visitado. Todos aclamarón a san Pablo como a Hermes o Mercurio, porque era el que hablaba y, a san Bernabé, tal vez por su aspecto noble y majestuoso, lo tomaron por Zeus o Júpiter, padre de todos los dioses. A duras penas consiguieron los dos santos evitar que la población ofreciese sacrificios en su honor y, entonces, con la proverbial veleidad de la multitudes, los ciudadanos de Listra pasaron al otro extremo y comenzaron a lanzar piedras contra san Pablo, al que dejaron maltrecho. Tras una breve estancia en Derbe, donde convirtieron a muchos, los dos Apóstoles retrocedieron para pasar por todas las ciudades que habían visitado previamente, a fin de confirmar a los convertidos y ordenar presbíteros. Después de completar así su primera jornada de misiones, regresaron a Antioquía de Siria, muy satisfechos con los resultados de sus esfuerzos.


Poco después, surgió una disputa en la Iglesia de Antioquía, en relación con el cumplimiento de los ritos judíos: algunos de los judíos cristianos, contrarios a las opiniones de Pablo y Bernabé, sostenían que los paganos que entrasen a la Iglesia no sólo deberían ser bautizados, sino también circuncidados. Como consecuencia de aquella desavenencia, se convocó al Concilio de Jerusalén y, ante la asamblea, san Pablo y san Bernabé hicieron un relato detallado sobre sus labores entre los gentiles y obtuvieron la aprobación de su misión, el Concilio declaró terminantemente que los gentiles convertidos estaban exentos del deber de la circuncisión. Sin embargo, persistió la división entre judíos y gentiles convertidos, hasta el grado de que san Pedro, durante una visita a Antioquía, se abstuvo de comer con los gentiles, por deferencia a la susceptibilidad de los judíos, ejemplo que imitó san Bernabé. San Pablo reconvino a uno y a otro y expuso claramente sus postulados sobre la universalidad de la doctrina cristiana. No tardó en surgir otra diferencia entre él y san Bernabé, en vísperas de su partida a un recorrido por las iglesias que habían fundado, porque quería llevar consigo a Juan Marcos y san Pablo se negaba, en vista de que el joven había desertado ya una vez. La discusión entre los dos Apóstoles llegó a tal punto, que ambos decidieron separarse: san Pablo emprendió su proyectada gira en compañía de Silas, mientras que san Bernabé partió hacia Chipre con Juan Marcos.


De ahí en adelante, los Hechos no vuelven a mencionarlo. Parece evidente, por las alusiones que se hacen a Bernabé en la Epístola I a los Corintios (9,5 y 6), que aún vivía y trabajaba en los años 56 ó 57 P.C.; pero la posterior invitación de san Pablo a Juan Marcos para que se uniese a él, cuando estaba preso en Roma, hace pensar en que, alrededor del año 60 ó 61, san Bernabé ya había muerto. Se dice que fue apedreado hasta morir, en Salamina. Otra tradición nos lo presenta como predicador en Alejandría y en Roma y además como el primer obispo de Milán. Tertuliano afirma que fue él quien escribió la Epístola a los Hebreos, mientras que otros escritores creen que fue él quien escribió en Alejandría la obra conocida como Epístola de Bernabé, que sin embargo es apócrifa. En realidad, no se sabe sobre él nada más que lo que dice el Nuevo Testamento.


Durante el reinado de Zenón, en el año 478, las sagradas reliquias de San Bernabé fueron encontradas con el Evangelio de Mateo en el pecho traducido al griego por el mismo Bernabé. Este Evangelio fue llevado a Zenón. A causa de esto la Iglesia de Chipre recibió el derecho a la autonomía, y a su Arzobispo se le concedió el privilegio, como al Emperador, de firmar sus decretos y sus encíclicas en bermellón.



Fuente: goarch.org / eltestigofiel.org

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