viernes, 11 de junio de 2021

12/06 - Pedro el Atonita


Nuestro renombrado padre Pedro tenía a Constantinopla como su tierra natal, y sus padres, piadosos y distinguidos miembros de la sociedad de allí, lo habían criado según los mandamientos de Cristo, manteniendo el temor por Dios en su hogar. Así, el grande y maravilloso Pedro se convirtió en este buen fruto que brotó de ellos.


Sus padres buscaron educar a su amado hijo en toda forma de sabiduría divina y humana, y habiendo adquirido unas muy buenas calificaciones, se alistó en el ejército. Ascendió bastante, pero conservó su honradez. Y, aunque se encontraba entre los grandes, le encantaba hacerse amigo de los más pequeños y visitar sus humildes hogares para brindarles consuelo y alivio en sus privaciones y tristezas. Más tarde fue honrado con el oficio imperial conocido como “Escolario”.


El emperador de los romanos en ese momento, admirando la extraordinaria valentía del Santo, le nombró, contra su voluntad, el primero de entre los rangos militares. Luego fue enviado para luchar contra los agarenos, quienes en aquel momento invadieron y esclavizaron áreas pertenecientes a los romanos.


Cuando Pedro fue a la batalla, fue derrotado y capturado por los agarenos; de acuerdo con el inefable juicio de Dios, fue encerrado en una prisión oscura y sucia y atado con cadenas. Cuando Pedro desesperó de recibir cualquier salvación de los hombres, se entregó por completo a una intensa oración a Dios y suplicó al gran y maravilloso Nicolás, a quien reverenciaba desde que era un niño pequeño, y le prometió que, si era liberado de sus ataduras y de la prisión, abandonaría de inmediato el mundo y todas las cosas mundanas y se convertiría en monje, tal y como le había prometido inicialmente a Dios hacer.


Entonces Nicolás, el siervo e imitador del filántropo Dios, no pasó por alto la fe y las lágrimas del Santo y se le apareció en sueños junto con el anciano Simeón, el Receptor de Dios, y juntos liberaron a Pedro de esas pesadas e indestructibles cadenas  y le aconsejaron que fuera a la antigua Roma. 


Cuando el santo llegó allí, se rapó la cabeza y se puso el esquema monástico. Luego, subiendo a bordo de un barco, partió de Roma. Guiado por la revelación divina llegó al extremo sur del Monte Ato, que en ese momento no estaba habitado por monjes, sino completamente deshabitado. Allí encontró una cueva y se instaló tranquilamente, alimentándose de hierbas silvestres y permaneciendo completamente desnudo, porque a lo largo de los años su ropa se había por completo. Estaba cubierto solo por los pelos de su cabeza y barba, y ceñido con hojas de plantas. Después de soportar valientemente muchas batallas y tentaciones de los demonios, el santo asceta fue hecho digno de tener visiones divinas y de ser alimentado por pan angelical, llamado maná, que era esencialmente irreconocible por la gente. Con una vida sobrenatural más angelical que humana, el bendito Pedro pasó así cincuenta y tres años completos, antes de partir hacia su anhelado Cristo. Cuando se durmió en el Señor, los monjes le enterraron con honor, como padre y guía suyo.


Sus acciones virtuosas fueron completamente reveladas por Dios a un cazador, como relata su biografía más larga. Este relato fue escrito en griego por el santo Gregorio de Tesalónica, también llamado Palamás.