jueves, 15 de julio de 2021

16/07 - Atenógenes el Santo Mártir de Heracleópolis


La tierra natal San Atenógenes era Sebaste de Capadocia. Su formación, su cálida fe y su emprendedora acción filantrópica le convirtieron en el más indicado para el trono episcopal de Pedactoe (del gr. "Πηδαχθόης", actual Beodhtun turca).


Como obispo, era una lámpara espiritual para su rebaño. De hecho, tanto quería seguir la obra del Evangelio que con gran cuidado instruyó a una serie de discípulos suyos. Pero cuando tuvo lugar la persecución de Diocleciano, Atenógenes fue arrestrado con diez de sus discípulos por el gobernante Filímarco.


Éste organizó una gran fiesta en honor de los dioses paganos y pidió a los ciudadanos de Sebaste que ofrecieran sacrificios a los ídolos. La mayoría de los habitantes de Sebaste eran cristianos y se negaron a participar en la celebración impía. 


Se ordenó a los soldados que mataran a los que se resistiesen, por lo que muchos cristianos recibieron la corona del martirio.


Al gobernador le llamó la atención lo rápido que el cristianismo se estaba difundiendo debido a la predicación del obispo Atenógenes. 


Se ordenó a los soldados que le buscasen y le trajesen arrestado. El obispo Atenógenes y diez de sus discípulos vivían en un pequeño monasterio no muy lejos de la ciudad. Los soldados no encontraron al obispo allí, pero sí a sus discípulos, a quienes arrestaron. El gobernador ordenó que fueran atados con cadenas y encarcelados. Los nombres de sus discípulos eran: Rigino ("Ριγινος"), Maximino ("Μαξιμινος"), Patrófilo ("Πατροφιλος"), Atenógenes ("Αθηνογενης"), Antíoco ("Αντιοχος"), Anmón ("Αμμων"), Teofrasto ("Θεοφραστος"), Cleónico ("Κλεονικος"), Pedro ("Πετρος") y Hesiquio ("Ησυχιος").


Cuando San Atenógenes se enteró del arresto de sus discípulos, viajó a Sebaste para informar al juez de que los que habían sido encarcelados eran inocentes. Entonces también él fue arrestado y encarcelado. Estando en prisión, San Atenógenes alentó a sus hijos espirituales ante el inminente martirio. Dirigidos a juicio, todos los santos mártires se confesaron cristianos y se negaron a ofrecer sacrificios a los ídolos.


Después de sufrir torturas feroces, los discípulos del santo obispo fueron decapitados. Después de la ejecución de los discípulos, se ordenó a los verdugos torturar al obispo. Fortalecido por el Señor, San Atenógenes sufrió las torturas con dignidad. Su único pedido fue que fuera ejecutado en el monasterio.


Llevado a su propio monasterio, el santo dio gracias a Dios y se regocijó por los sufrimientos que estaba padeciendo por Él. San Atenógenes pidió que el Señor perdonara los pecados de todos aquellos que lo recordaran tanto a él como a sus discípulos.


El Señor le concedió al santo que escuchara Su Voz antes de la muerte, anunciando la promesa dada al ladrón penitente: “Hoy estarás conmigo en el Paraíso”. El hieromártir colocó entonces con agradecimiento su cuello bajo la espada.


Cabe mencionar que debemos a Atenógenes el conocido himno vespertino «Gozosa luz».


El milagro anual de San Atenógenes


Según el Sinaxario de San Nicodemo del Monte Ato, el Obispo Atenógenes de Pedactoe / Heracleópolis y sus diez discípulos fueron decapitados en el año 290, durante la persecución de Diocleciano y Maximiano. Lo más probable es que el año fuera el 303. Pedactoe (hoy Bedohtun) era un pequeño pueblo de Capadocia a unas 40 millas al sur de Neoceasarea. Aquí es donde estaba el Monasterio de Atenógenes y sus discípulos.


San Nicodemo escribe que, cuando Atenógenes llegó a su Monasterio, donde solicitó sufrir el martirio, había un ciervo que pertenecía a los monjes. Atenógenes bendijo a este ciervo y rezó para que sus futuros cervatillos no fueran presa de los cazadores, sino que cada ciervo trajera un cervatillo cada año como ofrenda. Por lo tanto, desde ese momento hasta la época de San Nicodemo, un milagro paradójico tendría lugar anualmente en la fiesta del Santo. Durante la Divina Liturgia, en la lectura del Santo Evangelio, un ciervo con uno de sus cervatos entraría por su propia cuenta en la iglesia, el ciervo ofrecería a su cervatillo y luego se iría. Los cristianos reunidos en la iglesia tomarían este cervatillo, celebrarían la matanza y lo comerían para la gloria de Dios y en honor de San Atenógenes.



Fuente: laortodoxiaeslaverdad.blogspot.com

Adaptación propia