lunes, 11 de octubre de 2021

12/10 - Probo, Andrónico y Taraco, Mártires de Tarso


Estos Santos Mártires contendieron por Cristo durante el reinado de Diocleciano, en el año 296 o 304.


Taraco era de avanzada edad, romano de nacimiento, y había sido soldado; Probo era de Side en Panfilia, y Andrónico de Éfeso. Fueron apresados juntos en Cilicia y sometidos a muchas y crueles torturas. 


Taraco fue golpeado en las mejillas y el cuello con piedras, le quemaron las manos, lo colgaron de un poste y le pusieron debajo humo para ahogarlo; también le metieron vinagre por las fosas nasales y, tras sufrir muchos otros tormentos, fue despedazado. 


Probo fue azotado con látigos, le quemaron los pies con hierros incandescentes, le clavaron pinchos ardiendo en la espalda y los costados y finalmente también lo despedazaron con cuchillos y recibió la corona del martirio.


Andrónico sufrió torturas similares, y también acabó su vida siendo despedazado, encomendando su alma en las manos de Dios.


Estos tres santos gozaron de amplia devoción en Oriente, y sus actas eran muy conocidas y leídas por los cristianos. Auxencio, obispo de Mopsuestia en el siglo V construyó una basílica en su honor fuera de las murallas de la ciudad, al recibir algunas reliquias procedentes de Anazarbo. El 7 de Mayo de 483, San Martirio, obispo de Jerusalén, colocó bajo el altar del monasterio de San Eutimio, algunas reliquias de los tres mártires. Asimismo San Severo de Antioquía pronunció un panegírico en su honor el 6 de septiembre de 515. En Constantinopla, la capital del imperio, fueron  dedicadas dos iglesias en su memoria, lo cual indica el grado de popularidad y devoción de su culto. 


Se dividen las actas en un prólogo que es una carta dirigida por un grupo de cristianos a los fieles de la Iglesia de Icona, que dicen haberlas obtenido de la misma “audiencia criminal” de Cilicia, por medio del pago de doscientas monedas, con vistas a que no se pierda el testimonio martirial de los santos, para lo cual les piden las envíen a otras iglesias, para que edifiquen a los fieles y les sirvan de ánimo en las persecusiones. Le siguen tres interrogatorios llevados a cabo en diversos sitios, durante los cuales se van sucediendo diversos tormentos, como los golpes, el fuego, las piedras y planchas calientes, el potro, las mutilaciones. Entre estas destaco el corte de las orejas a San Taraco, lo que ha hecho que en árabe se le conozca como Mar Edna, o sea “San Oreja”. Terminan con un epílogo.


El 21 de mayo de 304 fueron llevados Taraco, Probo y Andrónico ante Flavio Cayo Numeriano Máximo, gobernador de Tarso, con los cargos de desobediencia a los edictos del emperador acerca de sacrificar a los dioses y al mismo emperador.


Extraímos respuestas de los largos interrogatorios de los santos al Gobernador Máximo y reproducimos el final. 


«Yo jamás he dado culto a los ídolos en mi vida, y no he de comenzar hoy a hacerlo.  ¿quereis que yo sacrifique a los demonios? Yo creo en Dios, defiendo su verdad, espero en su bondad. Ved ahí todo mi delito; por esto es por lo que se me hace sufrir. 


»El Dios que adoro me ha revestido de las armas de la fe y Jesucristo mi Salvador me ha hecho participante de su poder, y esto es lo que hace que yo comparezca aquí sin temer ni tu poder, ni el de tus amos, y señores, ni el de tus dioses. Fuera de eso, ¡expón a mis ojos y prueba, si quieres, en mi cuerpo todos los tormentos que has podido inventar!


»Aun cuando tú me hagas echar en medio de las llamas, no por eso sería más segura tu victoria con tal que yo respirase aún. ¿No ves que mi Dios combate por mí? (…) Tú eres más inhumano que los tigres y más sediento de sangre que los más determinados homicidas. ¿No tienes horror de hacer perecer a unos hombres que son tus semejantes, que nadie los acusa, que son inocentes y que jamás te han hecho mal alguno? 


»Maldigo una y mil veces a esos tiranos sedientos de sangre que se embriagan de ella y que han inundado a toda la tierra. Extienda Dios sobre ellos su brazo vengador, quebrántelos, cúbralos de las olas de su cólera, abísmelos para que ellos y sus semejantes aprendan y sepan lo que es perseguir a los siervos de este Dios terrible. 


»Yo sirvo a mi Dios, y cada día le sacrifico. No la sangre de las víctimas, sino un corazón puro, porque Dios no gusta de esa especie de sacrificios sangrientos.  (…) Agradase a Dios, a este Dios, que es el único, y verdadero Dios, que vuestros príncipes, y todos los que por complacencia o por preocupación siguen los mismos errores, pudiesen salir de la extraña ceguedad en que están, y que ilustrados por la fe, pudiesen andar a favor de sus luces por el único camino que lleva a la vida.


»Aunque me hicieseis mil pedazos siempre sería más fuerte, porque toda mi fuerza viene de Dios. (…) Jamás me persuadiréis que el mundo sea gobernado por dioses que están condenados a unos tormentos eternos. ¿Había yo de ofrecerles sacrificios para ser eternamente abrasado con ellos?


»Las leyes condenan a muerte a los que han cometido algún delito, pero los cristianos que son inocentes y que únicamente sufren por la causa de Dios, tan lejos está de que las leyes los juzguen dignos de muerte, que al contrario, hacen que esperen recibir una recompensa infinitamente gloriosa.


»En el primero, y segundo interrogatorio confesé que era cristiano, ahora confieso, y protesto la misma cosa. Creedme, que si pudiese en conciencia sacrificar a los dioses, lo haría. Si yo hubiera de arrepentirme, no aguardaría a ahora, ya lo hubiera hecho en el primer tormento que sufrí, o a lo menos en el segundo, pero gracias a Dios me siento bastante fuerte para resistir al tercero. Y así haced lo que gustaseis, que en vuestro poder me tenéis.


»Todo mi rostro me lo has destrozado, y afeado, pero mi alma cada vez está más hermosa. Pronto estoy a recibir todos los golpes que quisieres: no los temo, porque estoy armado con las armas divinas. 


»Los tormentos que he sufrido, no han servido de otra cosa que de hacerme más fuerte y más vigoroso endureciendo mi cuerpo; y me siento con una firmeza capaz de sufrir todos cuantos me podéis hacer padecer. Ni vosotros, ni vuestros príncipes alcanzarán de mí, que sacrifique yo a unos dioses que no conozco. Yo tengo a mi Dios en el Cielo: yo le sirvo, yo le adoro, pero ni sirvo, ni adoro a otro que a él. (…) ¿[Pues] cómo unas piedras, y unos leños, que son obra de un escultor, han de ser dioses vivos? Gobernador, no sabéis lo que os hacéis cuando sacrificáis a esta suerte de divinidades. (…) Yo tengo un Dios en el Cielo, no temo nada y a él solo adoro. Ya os lo he dicho tantas veces, que esos a quien vosotros llamáis dioses, nada son menos que dioses.


»Ya me habéis hecho quemar la cabeza y los pies, y esto no ha servido sino de ostentar el poder, y la bondad del Dios que adoro y de convenceros de vuestra impotencia. Yo sirvo a mi Dios, que me salvará, y no a vuestros dioses, que no pueden hacer más que perder a los que los sirven.


»Todos [los cristianos] somos de un mismo sentir, porque todos adoramos a un mismo Dios, que es el verdadero. No esperes, pues, hacernos mudar de pensamiento: todos te diremos siempre una misma cosa: creísteis que vuestras promesas podrían hacernos titubear, pero no han producido efecto alguno y aunque habéis usado de violencia, vuestros suplicios nos han salido mejor. Y así, hoy me veréis más firme, y más inalterable que nunca en mi primera resolución. 


»Ni vos, ni vuestros dioses, ni los que os han dado todo el poder que tenéis sobre nosotros podréis jamás con todos vuestros esfuerzos arrancar de nuestros corazones el respeto y el amor que tenemos por Jesucristo nuestro Señor y nuestro Dios, cuyo nombre confesamos altamente, ni hacernos faltar a la fidelidad que le hemos jurado y le debemos.


»Llegado el tiempo envió a llamar Máximo a Terenciano , Soberano Sacerdote de la Cilicia, y le mandó hiciese disponer los juegos para el día siguiente. Obedeció este y habiendo hecho saber la intención del Gobernador al Intendente de los espectáculos, estuvo todo pronto para el día señalado. Acudió desde por la mañana una infinidad de pueblo, hombres y mujeres al anfiteatro, que distaba de la Ciudad cerca de una milla. Llegó a él el Gobernador a eso del mediodía. Echáronse luego a las bestias los cuerpos de muchos gladiadores que se habían muerto unos a otros. Nosotros estábamos retirados en un rincón, desde donde lo observábamos todo, aguardando con temor el fin de la función, cuando mandó el Gobernador a algunos de sus guardas que fuesen a buscar los cristianos que estaban condenados a las bestias. Corrieron a la cárcel, de donde habiendo sacado a los Santos Mártires, los cargaron sobre los hombros de algunos, que los llevaron hasta el pie del tablado del Gobernador: los tormentos que les habían hecho sufrir los tenían en un estado, no solamente de no poder caminar, sino ni aun moverse. 


»Luego que los alcanzamos a ver, nos adelantamos hacia una pequeña eminencia en donde nos sentamos, cubriéndonos hasta la mitad con algunas piedras que había allí El lastimoso estado en que vimos a nuestros hermanos nos hizo derramar muchas lágrimas: y aun muchos de los que miraban, no pudieron contener las suyas; porque luego que los hombres que llevaban a los Mártires los descargaron en la plaza, se dejó sentir un silencio casi general, a vista de un objeto tan lastimoso, y no pudiendo el pueblo contener más su indignación, comenzó a murmurar del Gobernador. “Esta es”, decían, “una injusticia muy grande: esto no se puede sufrir. Solo un mal Juez puede haber dado semejante sentencia” y sobre la marcha hubo muchos que se apartaron de los espectáculos, volviéndose a la Ciudad. Conoció lo el Gobernador y puso soldados a las entradas del anfiteatro para impedir que nadie se retirase y para notar los que salían, y delatarlos también. Mandó al mismo tiempo que soltasen un gran número de fieras, pero estos animales al salir de sus jaulas se detuvieron inmediatamente y no hicieron ningún daño a los Santos Mártires. Enfurecido más con esto, Máximo hizo llamar a los guardas de las bestias y los hizo dar cien palos, queriéndolos hacer responsables de que los leones y los tigres fuesen menos crueles que él. Amenazólos que los haría poner a todos en cruz si no le sacaban al punto la más brava y más cruel de todas las fieras que hubiese. Entonces soltaron un oso grandísimo, que en aquel mismo día había matado a tres hombres. Acercóse poco a poco a el lugar donde estaban los Mártires y se puso a lamer las llagas de Andrónico: Este joven, que deseaba extremadamente el morir cuanto antes, reclinó su cabeza sobre el oso, haciendo lo posible por irritarle; pero él no se movió. 


»No pudiéndose contener, Máximo, mandó que le matasen y se dejó matar sin resistencia a los pies de Andrónico. Advertido Terenciano de la terrible cólera en que estaba el Gobernador, y temiéndose para sí la suerte del oso, le envió al instante una leona de las más furiosas, que había venido de los desiertos de la Libia, y cuyo regalo le había hecho el Soberano de Antíoquía. Luego que se dejó ver, se inmutaron todos los espectadores. Daba grandes rugidos, de suerte que infundía terror en las almas menos temerosas. Pero habiéndose acercado a los Santos, que estaban tendidos sobre la arena, se echó a los pies de Taraco en una postura de suplicante, como si le hubiese adorado. Al contrario, Taraco hacía todo cuanto podía por irritarla contra él y para excitarla su ferocidad natural, que parecía haber perdido. Pero la leona, como una inocente y apacible oveja se estaba a sus pies, los cuales besaba y lamía. Espumando Máximo de rabia mandó que picasen a la leona con un aguijón, pero tomando entonces esta bestia su furor, que parecía haber olvidado para los Santos Mártires, y dando unos rugidos espantosos, despedazó al guarda de la puerta del anfiteatro, e infundió un gran terror al pueblo, que gritaba: “Perdidos somos todos de que abran la puerta a la leona”.


»Entonces mandó Máximo entrar a los gladiadores para que degollasen a los tres Mártires, que ejecutados consumaron su martirio. Y retirándose el Gobernador del anfiteatro, dejó en él una escolta de soldados para impedir que no levantasen los cuerpos; y al propio tiempo, para que no se les pudiese conocer, mandó que los mezclasen con los de los gladiadores que habían perecido durante los espectáculos. Mientras que los soldados estaban ocupados en esto, nos adelantamos nosotros un poco e hincándonos de rodillas, suplicamos a Dios nos mostrase las reliquias. Acabada nuestra oración, aún nos acercamos otro poco más. Tenían encendido fuego los soldados, porque ya era de noche, y se habían puesto a cenar. Pasémonos segunda vez de rodillas, implorando con gran fervor el socorro del Cielo, y pidiendo a Dios quisiese favorecer nuestra empresa y hacernos distinguir los cuerpos de los Mártires de los de los gladiadores. Fue oída nuestra oración, porque al momento se levanto una furiosa tempestad, mezclada de relámpagos, truenos y lluvia, acompañada de un temblor de tierra que hizo retirar a los soldados de allí. Apaciguada esta, nos pusimos a orar y habiéndonos acercado a los cuerpos, hallamos el fuego apagado y los soldados dispersos. ¿Pero cómo habíamos de poder discernir en un montón tan grande de cuerpos, a los que nosotros buscábamos? Acudimos a Dios: levantamos las manos al Cielo, y al mismo tiempo cayó un pequeño globo luminoso en forma de estrella, que se puso sobre cada uno de los cuerpos de los Santos Mártires. Levantámoslos con una alegría que no podíamos explicar muy bien. Y a favor de esta estrella milagrosa salimos del anfiteatro, pero tan fatigados, que nos vimos obligados a descansar un poco y entonces se paró la estrella también. Pusímonos a pensar dónde podríamos ocultar nuestro piadoso hurto y acudimos, como solíamos, a Dios, suplicándole acabase lo que tan felizmente había comenzado. Recobradas nuestras fuerzas con esta pausa, volvimos a echar sobre nuestros hombros esta preciosa carga y tomamos el camino de la montaña inmediata. Allí desapareció la estrella y alcanzamos a ver una abertura en el peñasco, abierta en forma de sepulcro. Ocultamos al instante en ella los cuerpos de nuestros Mártires, y nos retiramos al punto, no dudando que el Gobernador haría una exacta pesquisa. A la vuelta a la ciudad supimos que los soldados que desampararon el puesto fueron cruelmente castigados de su orden. Dimos gracias a Dios de que se hubiese querido servir de nuestro ministerio para dar a sus siervos estas últimas y piadosas exequias. Marcion, Félix y Vero se retiraron al peñasco que es el depositario de estas santas reliquias con el ánimo de pasar en él lo restante de sus días, a fin de que el mismo sepulcro que encierra aquellos sagrados huesos cubra también algún día los suyos.


»Sea nuestro Dios bendito para siempre. Os suplicamos, amados hermanos nuestros, que recibáis con vuestra acostumbrada caridad a los que os entregaren esta carta: merecen vuestra asistencia y vuestra estimación, porque tienen el honor de ser del número de los operarios que sirven a Jesucristo, a quien pertenecen la gloria y poder, con el Padre, y el Espíritu Santo, antes y después, ahora y siempre y por todos los siglos. Amén».



Fuente: GOARCH / Religión en Libertad