jueves, 11 de noviembre de 2021

12/11 - Juan el Misericordioso, Patriarca de Alejandría


Juan nació en el año 555 en Amatunte de Chipre, hoy en día la parte antigua de la ciudad de Limasol. Era hijo del patricio Epifanio y de su esposa Euscomia, y vivió durante los años del rey Heraclio (a. 615). Cuando creció, se casó y tuvo hijos, los cuales fueron criados cristianamente. Sin embargo, su esposa y sus hijos después entregarían su alma al Señor. Juan tenía una gran hacienda y tuvo muchas proposiciones para crear una nueva familia, pero las rechazó todas respondiendo: “Pienso que a todos soy deudor... Y no sólo lo pienso. Lo soy. Porque los cristianos somos solidarios. ¿No lo dice Pablo? Somos parte de los demás. Entonces, si tengo la posibilidad de dar a mis hermanos, estoy obligado a dar. He aquí por qué me esfuerzo en mi labor, y no pararé nunca de hacerlo. Mi herencia no puede ser superior a mis deudas ”.


Debido a la brillantez de su vida, y por recomendación de su amigo el prefecto imperial de la ciudad, Nicetas, Juan fue llamado a convertirse en patriarca de Alejandría. La sede calcedónica de Alejandría había estado vacante desde la muerte en 609 de Teodoro durante la captura de la ciudad por Nicetas. En 611 Juan recibió el trono, convirtiéndose en el quinto obispo calcedonio de Alejandría en llevar ese nombre.


"Bienaventurados los misericordiosos, porque ellos obtendrán misericordia", dijo nuestro Señor en Su Sermón de la Montaña. El patriarca Juan fue notable por su limosna y su misericordia. A alguien que se quedó asombrado de su generosidad le contó una visión que tuvo en su juventud, en la que la “Compasión” se le apareció como una hermosa doncella y le dijo que ella era la hija mayor de Dios.


El Patriarcado de Alejandría tenía a su disposición una importante riqueza tanto en dinero como en empresas comerciales, incluido el transporte marítimo, y Juan lo puso todo a disposición de los pobres. Al comienzo de su servicio patriarcal ordenó a sus administradores que compilaran una lista de todos los pobres y oprimidos de Alejandría, que resultaron ser más de siete mil hombres. El Santo ordenó que todos estos desafortunados fueran provistos cada día de las arcas de la iglesia. No sólo era generoso con los recursos de su sede, sino también con sus propios bienes. En una ocasión se arrepintió de haber aceptado una manta ricamente bordada como regalo y no pudo dormir hasta que la vendió y entregó los ingresos a los pobres. 


También se puso a disposición de cualquiera que tuviera una petición, queja o solicitud.


Dos veces a la semana, los miércoles y los viernes, salía de las puertas de la Iglesia patriarcal y, sentado en el pórtico de la iglesia, recibía a todos los necesitados. Atendía las discrepancias, ayudaba a los ofendidos y repartía limosnas. Tres veces a la semana visitaba las casas de los enfermos y prestaba asistencia a los que sufrían.


En dos ocasiones el Santo le dio dinero a un comerciante que había sufrido un naufragio, y una tercera vez le dio un barco perteneciente al Patriarcado lleno de grano, con el que el comerciante tuvo un viaje exitoso y le pagó sus obligaciones. Otra vez, mientras se dirigía a la Iglesia de los Santos Ciro y Juan, sucedió que se encontró con una viuda necesitada y desafortunada que le habló largamente sobre su desgracia. Los acompañantes del patriarca se aburrían por la prolongada queja de la mujer e instaron al obispo a que se apresurara a ir a la iglesia para el oficio, insinuando que podría escuchar la historia de la mujer después. Juan les dijo: "¿Y cómo me escuchará Dios si yo no la escucho a ella?" No se iría hasta que escuchara la queja de la viuda hasta el final.


En ocasiones su generosidad acarreaba censuras y reproches. El santo nunca rechazó a los suplicantes.


En otra ocasión se enfrentó con su amigo Nicetas cuando este último, preocupado por contribuir a la guerra del emperador Heraclio contra los persas, trató de apropiarse de la riqueza de la iglesia para ese fin, intento ante el cual Juan se resistió firmemente y que terminó con Nicetas pidiendo disculpas.


Su cuidado no se limitó a su propio rebaño en Alejandría, sino que se extendió al pueblo de Palestina en sus sufrimientos durante la invasión persa y el saqueo de Jerusalén. Juan envió suministros esenciales a Palestina y dio la bienvenida a muchos refugiados a Alejandría.


El patriarca Juan se ocupó de la nutrición espiritual y corporal, y en las comidas y otras reuniones en el palacio patriarcal solo conversaba sobre las Santas Escrituras u otros temas espirituales. También patrocinó a los eruditos San Sofronio, futuro patriarca de Jerusalén, y Juan Mosco.


Juan el Misericordioso era conocido por su actitud amable hacia todas las personas. Una vez el Santo se vio obligado a excomulgar a dos clérigos por un tiempo determinado debido a un delito que habían cometido. Uno de ellos se arrepintió, pero el otro se enojó con el patriarca y cayó en grandes pecados. El Santo tenía intención de convocarle y calmarle con palabras amables, pero no pudo evitar, cuando estaba celebrando la Divina Liturgia, recordar las palabras del Evangelio: "Por tanto, si traes tu ofrenda al altar, y allí te acuerdas de que tu hermano tiene algo contra ti, deja allí tu ofrenda delante del altar y anda, reconcíliate primero con tu hermano, y entonces ve y presenta tu ofrenda." (Mt. 5: 23-24). El santo salió del altar, llamó al clérigo y se arrodilló ante él delante de todas las personas, a quienes pidió perdón. El clérigo, lleno de remordimientos, se arrepintió de su pecado, se corrigió a sí mismo y luego fue encontrado digno de regresar al sacerdocio.


Hubo un momento en que cierto ciudadano insultó al sobrino del patriarca, Jorge. Éste le pidió al Santo que se vengara. El Santo prometió tratar con el delincuente y que toda Alejandría se enterase de lo que había hecho. Esto calmó a Jorge, y Juan comenzó a instruirlo acerca de la necesidad de mansedumbre y humildad. Luego convocó al hombre que insultó a Jorge. Cuando el patriarca Juan supo que el hombre vivía en una casa propiedad de la iglesia, declaró que le libraría de pagar el alquiler durante todo un año. De hecho, Alejandría se asombró ante tal "venganza", y Jorge aprendió de su tío a perdonar ofensas e insultos por el amor de Dios.


Juan, asceta estricto y hombre de oración, siempre estaba atento a su alma y a la muerte. Ordenó un ataúd para sí mismo, pero les dijo a los artesanos que no lo terminaran. En lugar de eso, los haría venir todos los días festivos y preguntarle si era la hora de terminar el trabajo.


El patriarca Juan ha sido considerado un ejemplo de tolerancia religiosa durante las disputas cristológicas divisorias de los tiempos pasados. De su Vida se desprende claramente que era un firme partidario de la doctrina calcedonense y que utilizó la capacidad teológica de hombres como Sofronio y Juan Mosco para defenderla y promoverla. Como resultado de sus esfuerzos, el número de iglesias calcedonianas en la ciudad se multiplicó por diez durante su reinado patriarcal, de acuerdo con su Vida.


El patriarca Juan expresó su oposición a los primeros intentos de Heraclio por promover el monoenergismo como solución de compromiso para el cisma de Calcedonia. Pero no participó en las grandes controversias que pronto se desarrollaron. Se vio obligado a huir de Alejandría ante la invasión persa de Egipto en 619. Tras regresar a Chipre, entregaría al Señor su alma no mucho tiempo después, a la edad de 64 años.


Unos años más tarde, gran parte de la labor de Juan por la reconciliación con los no calcedonenses de Egipto quedó deshecha por la violenta persecución instituida por Ciro, que combinó la autoridad tanto imperial como eclesiástica como doble prefecto y patriarca de Alejandría que era. Después de que San Juan entrara en el Reino eterno de su Señor, sus reliquias incorruptas, mediante las cuales se realizaban milagros, fueron trasladadas a Constantinopla, luego a Budapest y Bratislava, y finalmente se establecieron en Venecia.


La fuente principal de su biografía es una Vida escrita por Leoncio de Neápolis en Chipre. 



Fuente: laortodoxiaeslaverdad.blogspot.com

Adaptación propia