sábado, 13 de noviembre de 2021

14/11 - Felipe el Apóstol


Felipe fue uno de los más audaces y valientes de los Doce Apóstoles originales y pagó un alto precio por su inquebrantable fe en el Evangelio del Señor Jesucristo. Sin embargo nunca vaciló en su amor al Hijo de Dios.


Al final el Santo Apóstol Felipe se dirigió a su muerte –una brutal ejecución en la cual expiró luego de haber sido crucificado hacia abajo- con una oración en sus labios y un corazón lleno de gozo triunfal.


Felipe, tal y como los otros Apóstoles originales (sus amigos Pedro y Andrés), nació en el pueblo Palestino de Betsaida, ubicado a las orillas del Mar de Galilea. Pero mientras que sus compañeros apóstoles fueron sencillos pescadores que pasaron parte de su vida echando y arreglando redes, Felipe tuvo la fortuna de recibir una excelente educación gracias a la posición de sus padres, lo que significa que se encontraba muy bien versado en las antiguas profecías sobre el Santo Redentor, que llegaría un día a salvar al mundo del pecado.


Cuando el Redentor apareció en la persona de un simple carpintero de Belén, Felipe se dio cuenta rápidamente de que, ciertamente, Él era el profeta cuya venida había sido anunciada gozosamente en las antiguas escrituras. Felipe se convirtió al instante, y después de ese momento nunca dio marcha atrás. Lleno de gozo por su hallazgo, se dirigió rápidamente a su amigo Natanael para contarle acerca de la llegada milagrosa del Salvador a la tierra. Felipe se encuentra con Natanael y le dice: «A ese del que escribieron Moisés en la Ley, y también los profetas, lo hemos encontrado: Jesús el hijo de José, el de Nazaret»  (Juan 1, 45)


Verdadero amigo de Jesús y un apasionado apóstol, este fiel santo Palestino aparece frecuentemente en las descripciones del Nuevo Testamento de Cristo y sus doce apóstoles originales. En una ocasión muy bien conocida, fue Felipe quien le preguntó a Jesús sobre el asunto de suprema importancia de la relación entre el Padre y el Hijo en la Santísima Trinidad, al tiempo que le suplica a Jesús que “muestre” al Padre a los apóstoles reunidos. Nuestro Señor respondió: “Quien me ve a mí, ve al Padre.”  


Posteriormente, después de que las lenguas de fuego del Espíritu Santo descendieran sobre los Apóstoles en Pentecostés, Felipe predicaría la Buena Nueva del Cristianismo a los no creyentes en muchos lugares de Asia y Grecia. Durante esos peligrosos viajes se enfrentaría muchas veces, sin quejarse, a la muerte. Protegido por la gracia del Todopoderoso siempre se las arreglaría para escapar hasta su hora final, que fue cuando su destino lo llamó  a ser uno de los mártires más santos de Dios.


Una de las acciones más grandes de Felipe contra los enemigos de la luz fue, con toda seguridad, la que aconteció en Grecia durante los primeros años de su predicación. Ocurrió después de que un sumo sacerdote judío, enojado por su creciente fama por realizar milagros, se dirigiera hacia él armado de un pesado mazo con la intención de aplastarle el cráneo y acabar con su vida. Pero el Buen Dios tenía otros planes sobre su cabeza. En el momento en que el clérigo se encontraba a punto de dar su golpe mortal, se estremeció y, llevándose las manos a sus ojos, instantes después empezó a gritar “Estoy ciego, estoy ciego”… mientras su piel se volvía amoratada y negra. El sorprendido idólatra, quejándose angustiosamente al tiempo que se estremecía salvajemente, cesó en sus lamentos cuando fue tragado por el suelo que se abrió ante sus pies para luego cerrarse rápidamente. Los aterrorizados observadores no podían creer lo que acababan de ver. Su sumo sacerdote había sido devorado por la tierra.


Ciertamente que fue un milagro notable. Pero eso solamente fue el inicio. 


En los años siguientes, mientras Felipe anunciaba la Buena Nueva del Evangelio por todo lugar, sería depositario de esas intervenciones milagrosas venidas desde lo alto. Una y otra vez, mientras se desplazaba a lo largo del mundo antiguo del Oriente Próximo, sanaría a enfermos de muerte solamente con su oración y, más aún, devolvería la vida a los que habían fallecido.


Uno de los milagros más extraordinarios ocurrió en mar abierto, mientras este gran santo viajaba hacia el reino de Azoto, donde asombraría a sus habitantes sanando a muchos de los enfermos. Cerca de medianoche la embarcación se encontró en medio de una salvaje tempestad, e incluso los marineros se encontraban aterrorizados por la inminente posibilidad de su muerte a causa del naufragio. En respuesta a su miedo mortal, San Felipe rezó por algunos momentos y luego, señalando hacia el cielo, en el lugar donde la tormenta era más fuerte, apareció una inmensa cruz de fuego brillante que ardió como un faro de esperanza. Después de que los vientos cesaran y la embarcación llegara a puerto seguro, los marineros se maravillaron por esta intervención salvadora del Todopoderoso.   


Pero sin lugar a dudas el más grande milagro del Apóstol sucedió justamente antes del final de su vida. Aconteció en Hierápolis de Frigia, donde San Felipe había pasado años evangelizando y sanando a los enfermos junto con su hermana Mariana, San Juan el Teólogo y el Santo Apóstol Bartolomé. El destino quiso que los habitantes de este pueblo poco santo adoraran una serpiente gigante, la misma que era conservada en un templo de oro construido con ese único propósito. Mortalmente venenosa y acostumbrada a atacar a sus víctimas con la velocidad del rayo, el peligroso reptil gozaba de una vida privilegiada gracias a que sus súbditos humanos la alimentaban con lo que más le gustaba, al tiempo que era adorada en su siniestro trono. Pero el Santo Apóstol y amigo amado de Jesús no se intimidó ante la vista de la temible víbora enroscada. Sin ningún atisbo de duda se acercó al ídolo venenoso y comenzó a rezar en voz alta, invocando a Dios para que destruyera esa imagen tan ofensiva a su Santa vista. Deslizándose por encima del Apóstol, el reptil se curvó sinuosamente en el aire al tiempo que expelía el veneno mortal de sus colmillos brillantes. Y entonces sucedió: las palabras del Apóstol tomaron la forma de una lanza brillante y esta se dirigió zumbando, con una enorme fuerza, directamente a la garganta de la bestia atacante. La multitud de adoradores de la serpiente, aturdidos, lanzó un grito de ira. Pero fueron aquietados prontamente por el juez supremo del templo, que anunció que San Felipe había cometido uno de los crímenes más repudiables y que él y su compañero de evangelización, San Bartolomé, pagarían ese hecho con sus vidas. Al escuchar eso la multitud enfurecida de paganos agarraron a los dos Cristianos y se los llevaron a toda prisa hacia un conjunto de árboles reservado para los peores criminales de la ciudad. En pocos minutos ambos hombres fueron clavados con la cabeza hacia abajo y murieron lentamente.


Pero este capítulo en la maravillosa historia del Apóstol Felipe aún no ha terminado. Imagínense la consternación y luego el terror mortal que deben de haber experimentado el juez supremo y la pandilla de paganos sedientos de sangre cuando la tierra se abrió repentinamente, tragándose al corrupto jurista junto con algunos de sus malvados secuaces, que habían sentenciado a la muerte a esos dos santos. Los arrepentidos ciudadanos se dieron cuenta en un instante de que esos dos evangelizadores habían sido, ciertamente, representantes del Salvador Santo. Los abatidos ciudadanos reaccionaron rápidamente liberando a ambos hombres, agonizantes y cubiertos de sangre, de sus lugares de tortura en los troncos de los árboles. De alguna manera San Bartolomé sobrevivió a esta experiencia dolorosa. Sin embargo, fue muy tarde para el Santo Apóstol Felipe cuya alma ya había dejado su cuerpo momentos antes de que se iniciara el terremoto.


Todo esto sucedió en el año 86 de Nuestro Señor, bajo el reinado del Emperador Romano Domiciano. De acuerdo con Policrato, Obispo de Roma, San Felipe fue enterrado en la misma ciudad de Frigia en la cual había luchado contra la serpiente: “Él reposa en Hierápolis de Frigia, así como sus dos hijas, quienes llegaron a angianas en completa virginidad. Su tercera hija, luego de haber vivido en el Espíritu Santo, fue enterrada en Efeso.”


La vida del Santo Apóstol Felipe es insuperable por su fidelidad al Santo Evangelio y por la maravillosa amistad que se desarrolló entre un ser humano ordinario procedente de un pequeño pueblo en Palestina y Jesucristo, el Hijo de Dios. Meditando sobre la maravillosa vida del Santo Apóstol Felipe podemos ver cómo el amor de Dios siempre sale al encuentro de cada uno de nosotros.


El Santo Apóstol Felipe visto por el Papa de Roma Benedicto XVI

(6 de septiembre de 2006)


Queridos hermanos y hermanas: 


Prosiguiendo la presentación de las figuras de los Apóstoles, como hacemos desde hace unas semanas, hoy hablaremos de Felipe. En las listas de los Doce siempre aparece en el quinto lugar (cf. Mt10, 3; Mc 3, 18; Lc 6, 14; Hch 1, 13); por tanto, fundamentalmente entre los primeros.


Aunque Felipe era de origen judío, su nombre es griego, como el de Andrés, lo cual constituye un pequeño signo de apertura cultural que tiene su importancia. Las noticias que tenemos de él nos las proporciona el evangelio según san Juan. Era del mismo lugar de donde procedían san Pedro y san Andrés, es decir, de Betsaida (cf. Jn 1, 44), una pequeña localidad que pertenecía a la tetrarquía de uno de los hijos de Herodes el Grande, el cual también se llamaba Felipe (cf. Lc 3, 1).


El cuarto Evangelio cuenta que, después de haber sido llamado por Jesús, Felipe se encuentra con Natanael y le dice:  "Hemos encontrado a aquel de quien escribió Moisés en la Ley, y también los profetas:  Jesús el hijo de José, de Nazaret" (Jn 1, 45). Ante la respuesta más bien escéptica de Natanael —"¿De Nazaret puede salir algo bueno?"—, Felipe no se rinde y replica con decisión:  "Ven y lo verás" (Jn 1, 46). Con esta respuesta, escueta pero clara, Felipe muestra las características del auténtico testigo:  no se contenta con presentar el anuncio como una teoría, sino que interpela directamente al interlocutor, sugiriéndole que él mismo haga una experiencia personal de lo anunciado. Jesús utiliza esos dos mismos verbos cuando dos discípulos de Juan Bautista se acercan a él para preguntarle dónde vive. Jesús respondió:  "Venid y lo veréis" (cf. Jn 1, 38-39).


Podemos pensar que Felipe nos interpela también a nosotros con esos dos verbos, que suponen una implicación personal. También a nosotros nos dice lo que le dijo a Natanael:  "Ven y lo verás". El Apóstol nos invita a conocer a Jesús de cerca. En efecto, la amistad, conocer de verdad al otro, requiere cercanía, más aún, en parte vive de ella.


Por lo demás, no conviene olvidar que, como escribe san Marcos, Jesús escogió a los Doce con la finalidad principal de que "estuvieran con él" (Mc 3, 14), es decir, de que compartieran su vida y aprendieran directamente de él no sólo el estilo de su comportamiento, sino sobre todo quién era él realmente, pues sólo así, participando en su vida, podían conocerlo y luego anunciarlo.


Más tarde, en su carta a los Efesios, san Pablo dirá que lo importante es "aprender a Cristo" (cf. Ef 4, 20), por consiguiente, lo importante no es sólo ni sobre todo escuchar sus enseñanzas, sus palabras, sino conocerlo a él personalmente, es decir, su humanidad y divinidad, su misterio, su belleza. Él no es sólo un Maestro, sino un Amigo; más aún, un Hermano. ¿Cómo podríamos conocerlo a fondo si permanecemos alejados de él? La intimidad, la familiaridad, la cercanía nos hacen descubrir la verdadera identidad de Jesucristo. Esto es precisamente lo que nos recuerda el apóstol Felipe. Por eso, nos invita a "venir" y "ver", es decir, a entrar en un contacto de escucha, de respuesta y de comunión de vida con Jesús, día tras día.


Con ocasión de la multiplicación de los panes, Jesús hizo a Felipe una pregunta precisa, algo sorprendente:  dónde se podía comprar el pan necesario para dar de comer a toda la gente que lo seguía (cf. Jn 6, 5). Felipe respondió con mucho realismo:  "Doscientos denarios de pan no bastan para que cada uno tome un poco" (Jn 6, 7). Aquí se puede constatar el realismo y el sentido práctico del Apóstol, que sabe juzgar las implicaciones de una situación. Sabemos lo que sucedió después:  Jesús tomó los panes, y, después de orar, los distribuyó. Así realizó la multiplicación de los panes. Pero es interesante constatar que Jesús se dirigió precisamente a Felipe para obtener una primera sugerencia sobre cómo resolver el problema:  signo evidente de que formaba parte del grupo restringido que lo rodeaba.


En otro momento, muy importante para la historia futura, antes de la Pasión, algunos griegos que se encontraban en Jerusalén con motivo de la Pascua "se dirigieron a Felipe y le rogaron:  "Señor, queremos ver a Jesús". Felipe fue a decírselo a Andrés; y Andrés y Felipe fueron a decírselo a Jesús" (Jn 12, 20-22). Una vez más nos encontramos ante el indicio de su prestigio particular dentro del Colegio apostólico. En este caso, de modo especial, actúa como intermediario entre la petición de algunos griegos y Jesús —probablemente hablaba griego y pudo hacer de intérprete—; aunque se une a Andrés, el otro Apóstol que tenía nombre griego, es a él a quien se dirigen los extranjeros. Esto nos enseña a estar también nosotros dispuestos a acoger las peticiones y súplicas, vengan de donde vengan, y a orientarlas hacia el Señor, pues sólo él puede satisfacerlas plenamente. En efecto, es importante saber que no somos nosotros los destinatarios últimos de las peticiones de quienes se nos acercan, sino el Señor:  tenemos que orientar hacia él a quienes se encuentran en dificultades. Cada uno de nosotros debe ser un camino abierto hacia él.


Hay otra ocasión muy particular en la que interviene Felipe. Durante la última Cena, después de afirmar Jesús que conocerlo a él significa también conocer al Padre (cf. Jn 14, 7), Felipe, casi ingenuamente, le pide:  "Señor, muéstranos al Padre y nos basta" (Jn 14, 8). Jesús le responde con un tono de benévolo reproche:  "¿Tanto tiempo hace que estoy con vosotros y no me conoces Felipe? El que me ha visto a mí, ha visto al Padre. ¿Cómo dices tú:  "Muéstranos al Padre"? ¿No crees que yo estoy en el Padre y el Padre está en mí? (...) Creedme:  yo estoy en el Padre y el Padre está en mí" (Jn 14, 9-11). Son unas de las palabras más sublimes del evangelio según san Juan. Contienen una auténtica revelación.


Al final del Prólogo de su evangelio, san Juan afirma:  "A Dios nadie le ha visto jamás:  el Hijo único, que está en el seno del Padre, él lo ha revelado" (Jn 1, 18). Pues bien, Jesús mismo repite y confirma esa declaración, que es del evangelista. Pero con un nuevo matiz:  mientras que el Prólogo del evangelio de san Juan habla de una intervención explicativa de Jesús a través de las palabras de su enseñanza, en la respuesta a Felipe Jesús hace referencia a su propia persona como tal, dando a entender que no sólo se le puede comprender a través de lo que dice, sino sobre todo a través de lo que él es. Para explicarlo desde la perspectiva de la paradoja de la Encarnación, podemos decir que Dios asumió un rostro humano, el de Jesús, y por consiguiente de ahora en adelante, si queremos conocer realmente el rostro de Dios, nos basta contemplar el rostro de Jesús. En su rostro vemos realmente quién es Dios y cómo es Dios.


El evangelista no nos dice si Felipe comprendió plenamente la frase de Jesús. Lo cierto es que le entregó totalmente su vida. Según algunas narraciones posteriores ("Hechos de Felipe" y otras), habría evangelizado primero Grecia y después Frigia, donde habría afrontado la muerte, en Hierópolis, con un suplicio que según algunos fue crucifixión y según otros, lapidación.


Queremos concluir nuestra reflexión recordando el objetivo hacia el que debe orientarse nuestra vida:  encontrar a Jesús, como lo encontró Felipe, tratando de ver en él a Dios mismo, al Padre celestial. Si no actuamos así, nos encontraremos sólo a nosotros mismos, como en un espejo, y cada vez estaremos más solos. En cambio, Felipe nos enseña a dejarnos conquistar por Jesús, a estar con él y a invitar también a otros a compartir esta compañía indispensable; y, viendo, encontrando a Dios, a encontrar la verdadera vida.



Fuente: laortodoxiaeslaverdad.blogspot.com / vatican.va

Adaptación propia