domingo, 14 de noviembre de 2021

15/11-24/12 - Ayuno de la Natividad (Navidad)


La tradición litúrgica bizantina coloca entre el 15 de noviembre y el 24 de diciembre la llamada «Cuaresma de Navidad», en la cual encontramos una serie de troparios llamados theotókia - es decir, dedicados a la Madre de Dios - muy ricos teológicamente hablando.


Desde tiempos antiguos, la fiesta de la Navidad de Cristo está al mismo nivel de la fiesta la Resurrección de Cristo. Por esto, en las prescripciones litúrgicas es llamada segunda Pascua. En los antiguos textos de las prescripciones litúrgicas y en el Salterio, en la celebración de los oficios litúrgicos del día 25 de diciembre, hay una nota: "Pascua, Fiesta de los tres días". Por lo tanto, así como en la fiesta de la Pascua los fieles se preparan con la oración, la penitencia y el ayuno, así también se preparan con la oración y el ayuno, para la llegada del Salvador. Simeón de Tesalónica (1429), dice: "Este ayuno de cuarenta días representa a Moisés, que ayunó durante 40 días y 40 noches y recibió la tabla de los mandamientos de Dios. Ayunemos nosotros y recibamos la Palabra del Dios vivo, encarnado en la Virgen y comulguemos de Su Cuerpo".


El ayuno de Navidad recuerda a la Iglesia simbólicamente, las oraciones y ayunos de los patriarcas y profetas del Antiguo Testamento, que esperaban incansablemente la venida del Mesías. Durante este tiempo, la Iglesia, deseando fortalecer a los fieles con el fiel ejemplo de los santos del Antiguo y Nuevo Testamento, conmemora la memoria de algunos  profetas: Abdías (19-11), Nahúm (01.12), Habacuc (02.12), Sofonías (03.12), Ageo (16-12) y Daniel (17-12); los santos apóstoles Mateo (16-11) y Andrés (30-11); San Nicolás (06-12); Juan Damasceno (04-12); Sabas (05-12); de los mártires: Urías (15-11); Catalina (24-11); Bárbara (4-12); Ignacio Teóforo (20.12); Anastasia (22-12); y los dos últimos domingos son dedicados a los santos padres y los patriarcas del Antiguo Testamento.


La Iglesia bizantina tiene una antigua y rica tradición litúrgica y popular, con la cual los fieles se preparan para la fiesta de la Navidad de Cristo. Las prescripciones más antiguas hablan no solo de la oración y el ayuno, sino también de la obligación de la frecuencia al sacramento de la confesión y la santa comunión.


A excepción de los dos domingos que preceden la Natividad, en los cuales se conmemora a los padres, a los antepasados del Señor, se podría decir que la liturgia bizantina no tiene un periodo litúrgico, con particularidades eucológicas propias, que preceda la Natividad. De todos modos, en la tradición bizantina hay algunos troparios y la misma fiesta del 21 de noviembre, la Entrada de la Madre de Dios en el templo, y la del 9 de diciembre, la Concepción de María en el seno de Ana, que de algún modo remiten a la celebración del Nacimiento según la carne del Verbo eterno de Dios.


La liturgia bizantina prepara el Nacimiento de un modo muy discreto, muy humilde. Una serie bellísima de troparios nos hace pregustar todo el misterio de la Encarnación: la espera confiada, la pobreza de la gruta, los personajes y, también, los lugares veterotestamentarios que aparecen en estos días. Pensemos en las ocasiones en las que los textos relacionan Belén con el Edén, a la Madre de Dios la presentan como cordera, es decir, aquella que porta en su seno a Cristo el Cordero de Dios. A través de imágenes poéticas y por medio de un "intreccio" de reminiscencias bíblicas nos ponemos frente al misterio de nuestra salvación, frente al misterio indecible de Dios que por su amor se encarna, se hace uno de nosotros, se hace hombre, "se hace pequeño" como le gusta decir a los Padres.


«Hoy la Virgen se dirige hacia la gruta para dar a luz inefablemente al Verbo de Dios que existe antes de todos los siglos. Alégrate tierra entera, canta de gozo con los ángeles y los pastores, al oir que el Dios que existía antes de todos los siglos ha querido aparecer como un tierno niño». Este tropario se canta en los días festivos que preceden la Natividad, a partir del 26 de noviembre, tras la conclusión de la fiesta de la Entrada de la Madre de Dios en el templo. Se puede decir que estos textos son el fruto de una lectio divina que la Iglesia hace de la Sagrada Escritura a la luz del misterio celebrado.


El Antiguo Testamento usa la imagen de una joven o de una virgen para hablar del pueblo, de todo el pueblo: «la virgen Hija de Sión» (Is 37,22). En el tropario, sin embargo, la referencia bíblica es claramente otra, también de Isaías (7,14): «la Virgen concebirá y dará a luz un hijo al cual le pondrá por nombre Emmanuel». Ya el Nuevo Testamento: evangelio de Mateo, los Padres de la Iglesia y toda la tradición cristiana han leído este pasaje de Isaías en clave cristológica.


«Se dirige hacia la gruta para dar a luz inefablemente al Verbo que existe antes de todos los siglos». En el Antiguo Testamento la gruta es presentada siempre como lugar de refugio, ya sea frente al enemigo como frente a Dios mismo. «Para dar a luz inefablemente al Verbo que existe antes de los siglos». El texto del tropario nos lleva directamente al texto de Juan: «En el principio existía el Verbo, el Verbo estaba junto a Dios y el Verbo era Dios» (1,1), también: «Y el Verbo se hizo carbe y habitó entre nossotros» (1,14). Pero en el mismo tropario, y no de un modo menos directo, encontramos también una serie de pasajes del Antiguo Testamento, sobre todo de la literatura sapiencial y de los salmos: «la Palabra del Señor es verdadera» (Sal 32,4); «tu Palabra, Señor, es eterna» (Sal 118,89); «lámpara es tu Palabra para mis pasos» (Sal 118,105). Y el texto fundamental: «tu Palabra todopoderosa desciende desde el cielo» (Sab 18,15).


«Alégrate tierra entera, glorifica con los ángeles y los pastores». El tropario prosigue retomando el gozo de toda la creación, y se hace eco de dos "alegrías" de todo el pueblo: las victorias de Saúl y, sobre todo, la de David sobre sus enemigos. Este gozo del pueblo se une con el de los ángeles y el de los pastores (Lc 2,8.18.20).


«Habiendo escuchado que el Dios antes de los siglos ha querido aparecer como un tierno niño». Aquí el tropario resume todo el misterio, toda la economía de nuestra salvación. El texto bíblico que subyace en esta conclusión parece ser claramente el de Filipenses: «el cual, siendo de condición divina, no hizo alarde de su categoría de Dios; al contrario, se despojó de su rango y tomó la condición de esclavo» (2,6-7). Y el tropario: «ha querido aparecer como tierno niño (...) el Dios invisible revelado en su templo, una persona humana visible».


Un segundo texto, tomado también de la liturgia bizantina que precede a la Natividad, es el tropario Prepárate Belén, uno de los textos teológicamente más bellos de la liturgia bizantina en este periodo. En él encontramos una lectura cristológica de diversos hechos del Antiguo Testamento: del jardín del Edén en el cual floreció el árbol de la vida al otro jardín, la Virgen, de la cual floreció el Árbol de la Vida. «Prepárate, Belén, el Edén se abre para todos; exulta, Éfrata, porque el Árbol de la vida, en la gruta, florece de la Virgen. Paraíso espiritual se ha mostrado su seno, en el cual (se encuentra) el fruto divino, del cual, comiéndolo, viviremos y no moriremos como Adán. Cristo ha nacido para levantar - resucitar - la imagen caída (del hombre)».


El tropario se prolonga con tres partes: la primera contiene toda una paráfrasis del texto de Miqueas: «Y tú, Belén de Éfrata pequeña entre las ciudades de Judá, de ti saldrá el jefe de Judá» (5,1 ). El tropario propone un parangón entre el jardín del Edén, que contiene el árbol de la vida, que fue cerrado y custodiado por los querubines, y la Virgen que ve florecer el Árbol de la Vida, es decir, Cristo, el Verbo de Dios. El texto subraya que el Árbol de la Vida florece en la gruta, es decir, escondido, en el misterio; el Árbol de la Vida se manifestará a los hombres, clara y visiblemente, cuando aparezca no ya en la gruta sino sobre el monte, es decir, elevado sobre la cruz en el Calvario.


La segunda parte del tropario: «Paraíso espiritual se ha mostrado tu seno, en el cual (se encuentra) el fruto divino, del cual, comiéndolo, viviremos y no moriremos como Adán», desarrolla el parangón entre el Paraíso y las entrañas de María. Mientras el árbol del Paraíso se convierte en muerte para Adán, en el seno de María, por el contrario, germina el Fruto de la Vida para los que lo comen.


Finalmente leemos: «Cristo ha nacido para levantar la imagen caída (del hombre)». En esa tercera parte encontramos una clara conclusión cristológica. Adán, hecho a imagen y semejanza de Dios será levantado - resucitado - por Cristo mismo en su Pascua.


Julián Katrij / Manuel Nin



Fuente: Eparquía Santa María del Patrocinio / lexorandies.blogspot.com