martes, 7 de diciembre de 2021

08/12 - Patapio el Justo de Tebas


Las noticias que se conocen sobre la vida de este ermitaño se recogen en dos sinaxarios antiguos: el Patmensis 266 (Siglo X) y el Santa Cruz 40 (siglo X-XI). San Andrés de Creta escribió una vida, una historia de sus milagros y un elogio, pero no parece tan informado como el Metafrastes, que recogió todos los datos relativos al ermitaño en una noticia del siglo XI.


Patapio nació el año 380 en el seno de una devota familia cristiana de Tebas (Egipto).


Sus padres le educaron según la fe, por lo que desde niño adquirió “espíritu de poder, de amor y templanza” (2 Tim 1,7), lo cual se evidenció aún más mientras crecía, dando ejemplo a los demás de gobierno de sí mismo y de pureza. Sus padres le procuraron además una excelente educación académica con maestros traídos de Alejandría para instruirle en matemáticas, filosofía y retórica, formación que le permitió discernir sobre la transitoriedad de este mundo y optar por un modo de vida austero. Asistió además a la famosa Escuela de Alejandría, donde su maestro Dídimo le inspiró aún más para desear el camino ascético. Cuando terminó sus estudios, regresó a Tebas para descubrir que su padre había fallecido. Tras repartir su herencia entre los pobres, y deseando vivir una vida ascética, se retiró al desierto, donde vivió varios años como solitario.


Sus días transcurrían entre la piedad, la oración y el estudio, pero sin olvidarse del prójimo que pasaba por el lugar y al que ofrecía hospitalidad y descanso en su humilde morada, y pudiera luego continuar el camino. También aprovechaba la ocasión para, con consejos espirituales, encaminar las almas hacia su salvación.


La fama del ermitaño Patapio se extendió rápidamente y muchos le buscaban para escuchar de su boca las enseñanzas del Evangelio; sin embargo, cuanta más gente se allegaba, más trataba él de ocultarse. Viendo entonces que no podría conservar la paz y soledad que su alma anhelaba, partió hacia Constantinopla el año 428.


En su camino a la capital del Imperio de Oriente se detuvo en Corinto (Grecia), donde habitó una cueva por aproximadamente 7 años. Durante su viaje, se encontró con su discípulo Senuda, que era un remero egipcio. Cuando al fin llegó a Constantinopla, se afincó en la zona de las Blanquernas (en la actual Estambul, Turquía), en el hesicasterio del Monte Seco, donde obtuvo una celda en la muralla de la ciudad. Patapio mantuvo su identidad en secreto y reanudó una vida de estricto ayuno, vigilia y oración. Allí quiso permanecer desconocido y pobre, en contemplación espiritual, bajo la apariencia de un simple monje, como en el desierto. Conoció a otros dos ascetas, a Bara y a Rabula, los cuales después fueron nombrados también santos. El primero de ellos construyó el monasterio de San Juan Pródromo en Petra. El segundo se hizo asceta cerca de la "puerta de Romanos", donde por un tiempo vivió tranquilamente entregado al ayuno, la penitencia y la oración.


Patapio descolló por su vida santa y humilde, lo que atrajo numerosos visitantes a los que Patapio aconsejó y también tuvo ocasión de realizar en el nombre de Cristo y con sólo trazar la señal de la cruz varios prodigios: a un niño ciego le devolvió la vista, curó a un hombre prominente que padecía hidropesía, liberó a un joven de un espíritu inmundo que le atormentaba cruelmente, curó a una mujer que sufría de cáncer de mama…


Puesto que cada día eran más los que querían ser sus discípulos, Patapio dispuso se construyera el monasterio llamado “de los Egipcios”, donde recibía a todos los que buscaban de Dios sanidad, consuelo e instrucción por medio de su siervo.


Tras una vida adornada con la virtud y los milagros, durmió Patapio en el Señor el año 463. En medio de la aclamación popular, fue enterrado en la iglesia de San Juan Bautista en el ya mencionado monasterio de los egipcios, donde su cuerpo fue todavía venerado hasta el siglo XV.


Durante la invasión otomana su cuerpo fue llevado a una pequeña cueva en Corinto, según su deseo. El cuerpo del Santo estaba escondido detrás de un muro occidental en la cueva frente al iconostasio y la capilla que allí se construyeron. En 1904, un sacerdote local, el padre Constantino, estaba sirviendo en dicha capilla. Era un hombre alto, y debido a ello encargó realizar algunos cambios en el edificio. La noche antes de que comenzaran las obras del muro occidental, el Padre Constantino tuvo un sueño en el que un monje le advirtió: «Ten cuidado cuando rompas el muro, porque estoy al otro lado. Soy San Patapio de Egipto». El cuerpo del Santo fue encontrado al día siguiente debajo de unas baldosas, sosteniendo una gran cruz de madera en su pecho, un pergamino con su nombre, monedas romanas y hojas grandes que cubrían sus reliquias tan frescas como las habían recogido en ese momento. Un olor dulce se despedía de sus reliquias, las cuales se encuentran incorruptas. Actualmente están ubicadas en una estructura de madera especial en la parte posterior de la cueva del Monasterio con su nombre, en Lutracio de Corinto, en las montañas de la región de Corinto en Grecia. Desde que esto ocurrió, el monasterio anejo ha estado dedicado a San Patapio, y muchos milagros se obran allí.



Fuente: GOARCH / El Testigo Fiel / catholic.net / laortodoxiaeslaverdad.blogspot.com

Traducción del inglés y adaptación propias