07/01 - Sinaxis de San Juan el Bautista


Hoy celebramos la Sinaxis en honor del sacratísimo Precursor, que ministró en el Misterio del Divino Bautismo de nuestro Señor Jesucristo.


Fue uno de los más hermosos momentos –y el más impresionante–en la vida del Salvador Jesucristo. Sucedió en las orillas del Río Jordán en Palestina.


Tal como lo han hecho notar a través de los siglos muchos de los Padres de la Iglesia, también fue el momento decisivo en el cual comenzó el ministerio salvador del Redentor. Desde este momento en adelante, el recién bautizado Hijo de Dios estaría completamente comprometido con la tarea para la cual había sido preparado desde la eternidad: la tarea de reconciliar a la humanidad pecadora con Dios, ofreciendo la salvación eterna a todo aquél que lo aceptara como su Salvador.


Los Evangelistas Mateo, Marcos y Lucas describen poderosamente el bautismo sagrado de Jesús realizado por una de las grandes figuras en la historia: Juan, el Honorable, Glorioso, Profeta, Predecesor y Bautista. Como gran profeta, este humilde predicador anunciaría al mundo la llegada inminente del Hijo de Dios sobre la tierra, y de esta manera sería un puente crucial entre el mundo del Antiguo Testamento y el excitante mundo revolucionario del Nuevo Testamento.


Juan el Bautista fue, a lo largo de su vida, el cumplimiento de muchas profecías. Pero al mismo tiempo fue mucho más que eso. Como pariente y amigo de Jesús fue un fiel y afectuoso conocido del Señor, una figura fraterna tan amada a quien se le concedería el privilegio de bautizar al Hijo de Dios.


Hombre devoto y justo, Juan pagaría con su vida el precio de hablar en contra de las prácticas religiosas corruptas de su época y sería asesinado por el tirano político que no dudaba en cometer asesinatos si es que su capricho se lo dictaba así.


A primera vista se podría pensar que había varios diferentes Juanes trabajando en el mundo del Siglo Primero. Estaba el Juan del desierto, el profeta asceta que vagaba sin cesar a través de los desiertos y que vivía de semillas silvestres y miel mientras meditaba sin cesar sobre su papel como Predecesor del Santo Redentor. También estaba Juan el Predicador, Evangelizador apasionado quien luchaba contra la corrupción del orden sacerdotal de su tiempo y contra la idolatría que veía a cada instante. Ciertamente que estos fueron importantes papeles en la vida bendita y maravillosa –llena de acción- de este Santo Profeta. Pero el Juan que encontramos a lo largo de los anales de la Santa Iglesia es con toda seguridad Juan el Bautista, el siervo de Dios que usó su sagrada mano derecha para derramar agua sobre la cabeza de Jesús y, de esta manera, invocar la autoridad ritual del sacramento al momento en el cual el mundo comenzaría a reconocer por primera vez la impresionante realidad de Dios en la Tierra. Con el descenso del Espíritu Santo bajo la forma de paloma, y con la amorosa voz de Dios resonando desde las alturas, el Bautismo de Jesús se convertiría en una Epifanía Santa –la manifestación triunfal de las Tres Personas de la Santísima Trinidad.


Descrito por el Evangelista Marcos, en un poderoso pasaje de su Libro del Nuevo Testamento, el Bautismo por Juan y la Epifanía de Cristo Jesús dan lugar a una imagen inolvidable. Desde el mismo principio de su vida Juan el Bautista parecía estar destinado a desempeñar un papel singular en la llegada del salvador a la tierra. Algunas veces descrito por la Sagrada Escritura como “un ángel”, su nacimiento fue predicho por nada menos que el Arcángel Gabriel, que se le apareció al padre del profeta, el Sacerdote del templo de Jerusalén, Zacarías, para anunciarle que él y su esposa, la Justa Isabel, serían bendecidos con un hijo que llegaría a ser el Santo Predecesor del Señor. 


Nacido seis meses antes que Cristo Jesús, y emparentado con él por el lado materno -ya que su madre Isabel era la mayor de las primas de la Bienaventurada Theotokos-, Juan Bautista había estado lleno del Espíritu santo, y aun en su juventud empezó a profetizar entre sus amigos y familiares sobre los grandiosos acontecimientos que muy pronto cambiarían el mundo de Palestina y más allá. Con la finalidad de prepararse a sí mismo para el gran destino que se le presentaba adelante, este hombre de corazón piadoso y humilde pasaría muchísimos días ayunando y rezando en la soledad del desierto de Judea, mientras preparaba su alma para las pruebas que pronto habría de soportar. Finalmente, cuando cumplió 30 años, llegó la hora de iniciar su servicio como profeta. Dejando detrás suyo las arenas del desierto regresó a las ciudades y pueblos de Palestina para urgir al arrepentimiento de todos y cada uno mientras advertía a quienes lo escuchaban que se prepararan para el gran día que se acercaba raudamente: el día de la Liberación y la Esperanza en el cual el Unico Hijo de Dios haría Su aparición sobre esta tierra.


Frecuentemente descrito como “la estrella de la mañana”, esta figura solitaria se levantó con una elocuencia majestuosa en las orillas del Jordán, donde pasaría muchos años enseñando y aumentando el grupo de sus seguidores sobre la urgente importancia de aceptar al Mesías en sus vidas. 


Su muerte llegó cuando Cristo ya había comenzado a cambiar este mundo y fue enterrado en la ciudad Samarita de Sebaste. Pero la historia de la influencia de San Juan en el mundo estaba muy lejos de haber terminado. Prontamente el Evangelista Lucas, mientras buscaba conversos para Cristo a lo largo del mundo Palestino, llegó a esa región y pidió que se le entregara el cuerpo del Profeta. Su solicitud fue cumplida solamente de manera parcial, pero al final el gran Evangelizador partió llevando consigo una reliquia inapreciable: la mano derecha que había administrado el bautismo a Jesús. Lucas la llevó consigo hacia su ciudad natal de Antioquia, en lo que ahora es Turquía, y cuando la ciudad fuera tomada posteriormente por los turcos, un valiente diácono conocido como Job transportó la reliquia hacia Calcedonia, desde donde llegó finalmente a la capital del mundo Bizantino, la siempre interesante Constantinopla.


En el lapso de unos pocos años el misterioso poder de la mano del Bautista sería causante de una docena de diferentes y legendarios milagros. Uno de ellos ocurrió durante un período en el cual un poderoso dragón asolaba en la afueras de la ciudad, en la cual era adorado como dios por sus aterrorizados residentes. Este monstruo pagano demandaba sacrificios humanos una vez al año: la hija de un Cristiano prominente, quien sería forzado a observar mientras la bestia salía fuera de su cueva y se acercaba rugiente y sibilante para devorar a la temerosa víctima en una escena terrible, violenta y sangrienta.


Sin embargo en esta ocasión el astuto padre decidió hacer lo contrario a someterse al dragón. Mientras rezaba fervientemente a Dios –junto con el Santo Precursor– por el rescate de su hija, repentinamente el dolorido padre se decidió por una estrategia desesperada. Mientras inclinaba su cabeza en oración piadosa, usó sus dientes para soltar uno de los dedos, y entonces, en el momento en que la rugiente bestia arrojaba fuego y emergió de la cueva para tomar su alimento, este valiente opositor arrojó el dedo dentro de las fauces del dragón. Los residentes de la ciudad, quienes esperaban ver el final de otra vida inocente, se quedaron sorprendidos cuando terminaron viendo como de manera repentina el dragón se tambaleaba agonizante hacia tierra. La inmensa multitud de testigos estaba tan conmovida al observar al padre y a la hija darse un abrazo de profunda alegría que proclamaron inmediatamente su nueva fe en Cristo y se apresuraron a construir una nueva iglesia en el mismo lugar en el que la reliquia había salvado a la víctima de su muerte inminente, la que recibió el nombre de Santo Profeta, San Juan el Bautista.


La historia del brutal martirio que sufrió Juan el Bautista ha sido contada innumerables veces a lo largos de los años; sin embargo su drama y suspense nunca pierden su fuerza. Habiendo sido arrestado por el Herodes Antipas, el Gobernador Romano en Palestina, por haber desafiado su matrimonio adúltero e ilegal con la esposa (Herodías) de su propio hermano (Herodes Filipa), el Santo Profeta languidecía en una celda cercana al palacio en donde el tirano y su corte corrupta festejaban todas las noches.  


Aunque sólo algunos pocos dentro de la corte lo sabían, la consorte del Gobernador había venido intrigando en contra del Profeta, a quien odiaba desde hacía algún tiempo. ¿Cómo se atrevía a condenar su matrimonio con el Poderoso Herodes? Observando cuidadosamente, la enfurecida Herodías, vio su oportunidad cuando el asesino Herodes, impresionado por una danza que había realizado la bella Salomé, le dijo –tontamente- que “pidiera un deseo.” Presionada por la conveniencia de Herodías, Salomé no dudó en pedir su deseo: que le trajeran la cabeza de Juan el Bautista en una bandeja de plata. Su malvado deseo fue cumplido en pocos momentos y el hombre santo lanzó su último suspiro.


Juan, el Profeta Santo, murió sólo seis meses después de haber bautizado a Jesús, al Cristo Redentor, en el Río Jordán. Su vida nos proporciona un conmovedor ejemplo de cómo la Providencia escoge frecuentemente a los últimos de entre nosotros para llegar a ser los actores principales en el Santo Drama de Su Voluntad Infinita. El hijo ordinario de un Sacerdote del Templo en Palestina, Juan el Bautista, fue elegido a través de la misteriosa voluntad del Dios Todopoderoso para llegar a ser una puerta a través de la cual pasaría el Bienaventurado Salvador de la Humanidad. A través de Juan el Bautista, Dios conservó su alianza con Abrahán, la Alianza que prometía la llegada de un salvador que redimiría a toda la raza humana. Por esta razón celebramos la vida de Juan como un signo del infinito amor de Dios para todos nosotros.


Descanso de las labores. Se permite el pescado.


LECTURAS DE LA DIVINA LITURGIA


Hch 19,1-8: En aquellos días, mientras Apolo estaba en Corinto, Pablo atravesó la meseta y llegó a Éfeso. Allí encontró unos discípulos y les preguntó: «¿Recibisteis el Espíritu Santo al aceptar la fe?». Contestaron: «Ni siquiera hemos oído hablar de un Espíritu Santo». Él les dijo: «Entonces, ¿qué bautismo habéis recibido?». Respondieron: «El bautismo de Juan». Pablo les dijo: «Juan bautizó con un bautismo de conversión, diciendo al pueblo que creyesen en el que iba a venir después de él, es decir, en Jesús». Al oír esto, se bautizaron en el nombre del Señor Jesús; cuando Pablo les impuso las manos, vino sobre ellos el Espíritu Santo, y se pusieron a hablar en lenguas extrañas y a profetizar. Eran en total unos doce hombres. Pablo fue a la sinagoga y durante tres meses hablaba con toda libertad del reino de Dios, dialogando con ellos y tratando de persuadirlos.


Jn 1,29-34: En aquel tiempo, al ver Juan a Jesús que venía hacia él, exclamó: «Este es el Cordero de Dios, que quita el pecado del mundo. Este es aquel de quien yo dije: “Tras de mí viene un hombre que está por delante de mí, porque existía antes que yo”. Yo no lo conocía, pero he salido a bautizar con agua, para que sea manifestado a Israel». Y Juan dio testimonio diciendo: «He contemplado al Espíritu que bajaba del cielo como una paloma, y se posó sobre él. Yo no lo conocía, pero el que me envió a bautizar con agua me dijo: “Aquel sobre quien veas bajar el Espíritu y posarse sobre él, ese es el que bautiza con Espíritu Santo”. Y yo lo he visto y he dado testimonio de que este es el Hijo de Dios».



Fuente: GOARCH / laortodoxiaeslaverdad.blogspot.com / Sagrada Biblia de la Conferencia Episcopal Española

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