sábado, 15 de enero de 2022

16/01 - La Veneración de las Preciosas Cadenas del Apóstol Pedro


Herodes Agripa, nieto de Herodes el Grande y rey de los judíos, se enfureció contra la Iglesia de Cristo y asesinó a Santiago, hermano de Juan el Evangelista. Viendo que esto agradaba a los judíos, también detuvo a Pedro y lo metió en prisión con la intención de retenerlo allí hasta después de la fiesta de la Pascua para poder ganarse el favor de la gente presentándoselo como víctima. Pero el Apóstol fue salvado milagrosamente cuando lo liberó un Ángel (Hch 12,1-19).


Las cadenas con las que fue atado recibieron de su sacratísimo cuerpo la gracia de la santificación y la curación, que se concede a los fieles que se acercan con fe. Estas cadenas fueron preservadas por los cristianos tanto en memoria de este gran Apóstol como por su poder de sanidad, pues muchos enfermos eran sanados al tocarlas. Para que estuviesen protegidas y no se perdiesen, se las iban pasando entre los cristianos de la zona de generación en generación.


El hecho de que este tipo de tesoros sagrados obran milagros es testimoniado por la Divina Escritura cuando se cuenta que los cristianos de Éfeso sentían tanta reverencia por el Apóstol Pablo que sus pañuelos y ropas, tocados con devoción, curaban a los enfermos de sus dolencias (Hch 19,12). Pero no solo las ropas de los Apóstoles obraran curaciones, sino incluso su sombra; de ahí que «la gente sacaba los enfermos a las plazas, y los ponía en catres y camillas, para que, al pasar Pedro, su sombra, por lo menos, cayera sobre alguno» (Hch 5,15). Por ello, la Iglesia ha aprendido a mostrar reverencia y veneración, no solo a las reliquias de los cuerpos de los Santos de Dios, sino también a sus ropas.


Durante tres siglos las cadenas se mantuvieron en Jerusalén. Posteriormente San Juvenal, patriarca de la Ciudad Santa, se las entregó como regalo a la Emperatriz Eudoxia, esposa del Emperador Teodosio el Joven, que había sido exiliada. Esta las dividió en dos partes en el año 437 (o 439), enviando una a la iglesia del santo Apóstol en Constantinopla y la otra a su hija, la Emperatriz Eudoxia, esposa de Valentiniano en la antigua Roma. Eudoxia construyó allí en el año 442 la Iglesia de san Pedro, y en ella depositó estas cadenas junto con las otras con las cuales Pedro fue atado durante nueve meses en la Cárcel Mamertina antes de su ejecución bajo el Emperador Nerón. Según la tradición, cuando el Papa de Roma León I cotejó ambas cadenas, estas se unieron milagrosamente, y actualmente se encuentran guardadas en un relicario bajo el altar principal de la basílica. Esta basílica, llamada actualmente de San Pedro Encadenado (en italiano San Pietro in Vincoli) es conocida por albergar el mausoleo del papa Julio II con la famosa escultura Moisés, de Miguel Ángel. El edificio ha sufrido múltiples renovaciones, y reúne en su interior tres ábsides divididos por columnas de estilo dórico. Está formado por una planta de dos naves, y la nave central cuenta con un techo panelado del siglo XVIII donde se muestra el Milagro de las cadenas, obra de Giovanni Battista Parodi en 1706. Las obras y esculturas que se encuentran en el interior de la basílica, son visitadas constantemente por los turistas.


Dos milagros atribuidos a las Cadenas de San Pedro


1. Cuando Constantino el Grande se convirtió en emperador de Roma y puso fin a las persecuciones contra la Iglesia, los cristianos de Roma juntaron las reliquias del apóstol Pedro junto con las cadenas que lo mantuvieron en prisión en Roma, y construyeron un templo en su honor. Las Cadenas fueron muy veneradas por los fieles, porque así como la sombra del apóstol obraba milagros, también lo hicieron las Cadenas que lo sostenían. Las reliquias del apóstol Pedro fueron colocadas en un trono en una zona oculta del templo para evitar su robo, y este área solo se abría tres veces al año para que los cristianos fueran a venerar al apóstol sentado en su trono. Alrededor de este tiempo, un hombre fue al entonces Papa de Roma para confesar un pecado que agobiaba su alma. El Papa escuchó su confesión y le dio una penitencia para ser liberado de la carga de su pecado: tendría que estar encadenado con las pesadas cadenas de Pedro alrededor de su cuerpo y caminar por toda la iglesia siete veces. Después de completar su séptima caminata, debía ir a la cámara oculta que contenía las reliquias santas de San Pedro y golpear con la cabeza la puerta cerrada. Si la puerta se abría sola, esto sería una señal de que el pecado del hombre le había sido perdonado. El hombre hizo lo que se le dijo en humilde obediencia y llamó a la puerta de la cámara con la cabeza, y para su gran asombro y gratitud, la puerta cerrada se abrió sola. Este milagro se hizo famoso en todas partes, y desde entonces a todos los que acudían al Papa para confesarse se les prescribía la misma penitencia para la curación de sus almas.


2. Un día, un hombre que trabajaba en barcos como comerciante cayó en una gran tragedia que lo dejó pobre y lo hizo perder todas sus posesiones. Al llegar al punto en que no tenía los medios para vivir, oró a San Pedro para que le prestara el zapato de oro que se colocó en la reliquia de su pie en su iglesia. Le prometió al apóstol que, si le concedía este préstamo, una vez que estuviera económicamente liquidado, regresaría de su viaje con un zapato de oro más honorable que el primero. Luego le pidió permiso a San Pedro para que inventara una mentira para confesarse con el Papa y, por lo tanto, estar atado a las cadenas para caminar alrededor de la iglesia siete veces, y de allí proceder a la cámara cerrada que contenía sus reliquias y que la puerta se abriera para que él pudiera recibir el zapato dorado. Entonces el hombre se dirigió a la Iglesia del Apóstol Pedro en Roma y confesó un pecado que no cometió. Como era su costumbre, el Papa colocó al hombre las cadenas del apóstol Pedro y caminó siete veces por todo el perímetro de la iglesia. Desde allí se dirigió a la cámara y con la cabeza llamó a la puerta cerrada. Las cadenas de la puerta, de manera milagrosa, se cayeron de la puerta y él se dirigió al trono del apóstol Pedro sobre el cual descansaban sus sagradas reliquias. Luego, de manera maravillosa, el apóstol inclinó una de sus piernas hacia el hombre para darle su zapato de oro. El hombre, lleno de gratitud, tomó el zapato y salió de la iglesia. Las puertas de la cámara volvieron a cerrarse y nadie supo lo que sucedió hasta que llegó el momento de abrir la puerta de la cámara con motivo de la celebración de una de las tres fiestas en las que a todos se les permitía ir a venerar al apóstol. Cuando el Papa vio que le faltaba el zapato de oro al pie de San Pedro, se sintió profundamente afligido por haber sido engañado, pero también sabía que esto no podría haber sucedido a menos que el Señor y San Pedro lo hubiesen permitido, por lo tanto, consideró la circunstancia como algo hecho por la voluntad de Dios. A cambio puso otro zapato de oro hecho como el primero y lo colocó al pie de San Pedro. Mientras tanto, el hombre que había caído en la tragedia y al que le fue otorgado por San Pedro el préstamo de su zapato dorado fue bendecido financieramente. Se hizo muy rico, pero también muy codicioso. Al enterarse de que el Papa reemplazó el zapato de oro prestado por otro, el hombre consideró que ya no necesitaba cumplir su voto. Esa noche, sin embargo, San Pedro se le apareció al hombre y le recordó su deuda. Por lo tanto, el hombre se apresuró a mandar hacer un zapato de oro para cumplir su voto. Con su zapato de oro en mano, el hombre fue al Papa y le confesó su pecado. Le colocaron las cadenas y le obligaron a caminar todo el perímetro de la iglesia siete veces, después de lo cual se dirigió a la cámara cerrada para tocar la puerta con la cabeza. La puerta de la cámara se abrió milagrosamente y al hombre perdonado se le permitió entrar a la cámara privada y venerar las reliquias. Tomó el zapato que el Papa había hecho recientemente del pie del santo y lo reemplazó con el zapato de oro que había mandado hacer él. Cuando esto se hizo, tuvo lugar otro milagro: los dos pies del apóstol se abrieron un poco, como si le ordenaran colocar el tercer zapato dorado entre sus otros dos pies. Cuando esto se hizo, el hombre se fue, habiendo pagado su deuda y con su pecado perdonado.



Fuente: GOARCH / Arquidiócesis de México, Venezuela, Centroamérica y El Caribe (Iglesia Ortodoxa Antioquena) / laortodoxiaeslaverdad.blogspot.com

Traducción del inglés y adaptación propias