18/01 - Atanasio y Cirilo, Patriarcas de Alejandría


SAN ATANASIO


San Atanasio, «el campeón de la ortodoxia», nació probablemente hacia el año 297, en Alejandría. Lo único que sabemos de su familia es que sus padres eran cristianos y que tenía un hermano llamado Pedro. Rufino nos ha conservado una tradición, según la cual, Atanasio llamó la atención del obispo Alejandro un día que se hallaba «jugando a la iglesia» con otros niños, en la playa. Pero esta tradición es muy discutible, ya que, cuando Alejandro fue consagrado obispo, Atanasio debía tener unos quince o dieciséis años. Como quiera que fuese, con ayuda del obispo o sin ella. Atanasio recibió una educación excelente, que comprendía la literatura griega, la filosofía, la retórica, la jurisprudencia y la doctrina cristiana. Atanasio llegó a poseer un conocimiento excepcional de la Sagrada Escritura. Él mismo dice que sus profesores de teología habían sido confesores durante la persecución de Maxímiano que había sacudido a Alejandría cuando él era todavía un niño de pecho. Es interesante hacer notar que, según parece, Atanasio estuvo desde muy joven en estrecha relación con los ermitaños del desierto, sobre todo con el gran san Antonio: «Yo fui discípulo suyo -escribe- y, cual Eliseo, vertí el agua en las manos de ese nuevo Elías». La amistad de Atanasio con los ermitaños, le sirvió de mucho en su vida posterior. En 318, cuando tenía alrededor de veintiún años, Atanasio hizo su aparición, propiamente dicha, en eI escenario de la historia, al recibir el diaconado y ser nombrado secretario del obispo Alejandro. Probablemente en ese período compuso su primer libro: el famoso tratado de la Encarnación, en el que expuso la obra redentora de Cristo.


Probablemente hacia el año 323, un sacerdote de la iglesia de Baukalis, llamado Arrio, empezó a escandalizar a Alejandría, al propagar públicamente que el Verbo de Dios no era eterno, sino que había sido creado en el tiempo por el Padre y que, por consiguiente, sólo podía llamársele Hijo de Dios de un modo figurativo. El obispo le ordenó que pusiese por escrito su doctrina y la presentó al clero de Alejandría y a un sínodo de obispos egipcios. Con sólo dos votos en contra, la asamblea condenó la herejía de Arrio y le depuso, junto con otros once sacerdotes y diáconos que le apoyaban. El heresiarca pasó entonces a Cesarea, donde siguió propagando su doctrina y consiguió el apoyo de Eusebio de Nicomedia y otros prelados sirios. En Egipto se había ganado ya a los «melecianos» y a muchos de los intelectuales; por otra parte, sus ideas, acomodadas al ritmo de las canciones populares, habían sido divulgadas con increíble rapidez, por los marineros y mercaderes en todos los puertos del Mediterráneo. Se supone, con bastante probabilidad que Atanasio, en su calidad de archidiácono y secretario del obispo, tomó parte muy activa en la crisis y que escribió una carta encíclica, en la que anunciaba la condenación de Arrio. Pero en realidad, lo único que podemos afirmar con certeza, es que acompañó a su obispo al Concilio de Nicea, donde se fijó claramente la doctrina de la Iglesia, se confirmó la excomunión de Arrio y se promulgó la confesión de fe conocida con el nombre de Credo de Nicea. Es muy poco probable que Atanasio haya tomado parte activa en las discusiones de la asamblea, puesto que no tenía sitio en ella. Pero, si Atanasio no ejerció ninguna influencia sobre el Concilio, el Concilio la ejerció sobre él, ya que -como ha dicho un escritor moderno-, toda la vida posterior de Atanasio fue, a la vez, un testimonio de la divinidad del Salvador y una ratificación heroica de la profesión de fe de los Padres de Nicea.


Poco después del fin del Concilio murió Alejandro. Atanasio, a quien había nombrado para sucederle, fue elegido obispo de Alejandría, a pesar de que aún no había cumplido los treinta años. Casi inmediatamente, emprendió la visita de su enorme diócesis, sin excluir la Tebaida y otros monasterios; los monjes le acogieron en todas partes con gran júbilo, pues Atanasio era un asceta como ellos. Otra de sus medidas fue nombrar a un obispo para Etiopía, que acababa de convertirse al cristianismo. Pero desde el principio de su gobierno, Atanasio tuvo que hacer frente a las disensiones y a la oposición. No obstante sus esfuerzos por realizar la unificación, los melecianos se obstinaron en el cisma e hicieron causa común con los herejes; por otra parte, los arrianos, a los que el Concilio de Nicea había atemorizado por un momento, reaparecieron con mayor vigor que antes, en Egipto y en Asia Menor, donde encontraron el apoyo de los poderosos. En efecto, el año 330, Eusebio de Nicomedia, el obispo arriano, volvió del destierro y consiguió persuadir al emperador Constantino, cuya residencia favorita se encontraba en su diócesis, a que escribiese a Atanasio y le obligase a admitir nuevamente a Arrio a la comunión. El santo obispo respondió que la Iglesia católica no podía estar en comunión con los herejes que atacaban la divinidad de Cristo. Entonces, Eusebio escribió una amable carta a Atanasio, tratando de justificar a Arrio; pero ni sus halagos ni las amenazas del emperador lograron hacer mella en aquel frágil obispo de corazón de león, a quien más tarde Juliano el Apóstata trató de ridiculizar con el nombre de «el enano». Eusebio de Nicomedia escribió, entonces, a los melecianos de Egipto, exhortándolos a poner por obra un plan para deponer a Atanasio. Así, los melecianos acusaron al santo obispo de haber exigido un tributo para renovar los manteles de sus iglesias, de haber enviado dinero a un tal Filomeno, de quien se sospechaba de haber traicionado al emperador y de haber autorizado a uno de sus legados para destruir el cáliz en el que celebraba la misa un sacerdote meleciano, llamado Iskiras. Atanasio compareció ante el emperador; demostró plenamente su inocencia y volvió, en triunfo, a Constantinopla, con una carta ecomiástica de Constantino. Sin embargo, sus enemigos no se dieron por vencidos, sino que le acusaron de haber asesinado a Arsenio, un obispo meleciano y le convocaron a comparecer ante un concilio que iba a tener lugar en Cesarea. Sabedor de que su supuesta víctima estaba escondida, Atanasio se negó a comparecer. Pero el emperador le ordenó que se presentase ante otro concilio, convocado en Tiro el año 335. Como se vio más tarde, la asamblea estaba llena de enemigos de san Atanasio, y el presidente era un arriano que había usurpado la sede de Antioquía. El conciliábulo acusó a Atanasio de varios crímenes, entre otros, el de haber mandado destruir el cáliz. El santo demostró inmediatamente su inocencia, por lo que tocaba a algunas de las acusaciones, y pidió que se le concediese algún tiempo para obtener las pruebas de su inocencia en las otras. Sin embargo, cuando cayó en la cuenta de que la asamblea estaba decidida de antemano a condenarle, abandonó inesperadamente la sala y se embarcó con rumbo a Constantinopla. Al llegar a dicha ciudad, se hizo encontradizo con la comitiva del emperador, en la calle, y obtuvo una entrevista. Atanasio probó su inocencia en forma tan convincente que, cuando el Concilio de Tiro anunció en una carta que Atanasio había sido condenado y depuesto, Constantino respondió convocando al Concilio en Constantinopla para juzgar de nuevo el caso. Pero súbitamente, por razones que la historia no ha logrado nunca poner en claro, el monarca cambió de opinión. Los escritores eclesiásticos no se atrevieron naturalmente a condenar al cristianísimo emperador; pero al parecer, lo que le había molestado fue la libertad apostólica con que le habló Atanasio en una entrevista posterior. Así pues, antes de que la primera carta imperial llegase a su destino, Constantino escribió otra, por la que confirmaba la sentencia del Concilio de Tiro y desterraba a Atanasio a Tréveris, en las Galias.


La historia no ha conservado ningún detalle sobre ese primer destierro, que duró dos años, excepto que el obispo de la localidad acogió hospitalariamente a Atanasio, y que éste se mantuvo en contacto epistolar con su grey. El año 337 murió Constantino. Su imperio se dividió entre sus tres hijos: Constantino II, Constancio y Constante. Todos los prelados que se hallaban en el destierro fueron perdonados. Uno de los primeros actos de Constantino II fue el de entronizar nuevamente a Atanasio en su sede de Alejandría. El obispo entró triunfalmente en su diócesis. Pero sus enemigos trabajaban con la misma actividad de siempre y Eusebio de Nicomedia se ganó enteramente al emperador Constancio, en cuya jurisdicción se encontraba Alejandría. Atanasio fue acusado ante el monarca, de provocar la sedición y el derramamiento de sangre y de robar el grano destinado a las viudas y los pobres. Eusebio consiguió, además, que un concilio realizado en Antioquía, depusiese nuevamente a Atanasio y ratificase la elección de un obispo arriano para su sede. La asamblea llegó incluso a escribir al papa, san Julio, para invitarle a suscribir la condenación de Atanasio. Por otra parte, la jerarquía ortodoxa de Egipto escribió una encíclica al papa y a todos los obispos católicos, en la que exponía la verdad sobre san Atanasio. El Sumo Pontífice aceptó la proposición de los eusebianos para que se reuniese un sínodo a fin de zanjar la cuestión. Entre tanto, Gregorio de Capadocia había sido instalado en la sede de Alejandría; ante las escenas de violencia y sacrilegio que siguieron a su entronización, Atanasio decidió ir a Roma a esperar la sentencia del concilio. Éste tuvo lugar sin los eusebianos, que no se atrevieron a comparecer, y terminó con la completa reivindicación de san Atanasio. El Concilio de Sárdica ratificó poco después esa sentencia. Sin embargo, Atanasio no pudo volver a Alejandría sino hasta después de la muerte de Gregorio de Capadocia, y sólo porque el emperador Constancio, que estaba a punto dé declarar la guerra a Persia, pensó que la restauración de san Atanasio podía ayudarle a congraciarse con su hermano, Constante. El obispo retornó a Alejandría, después de ocho años de ausencia. El pueblo le recibió con un júbilo sin precedente y, durante tres o cuatro años, las guerras y disturbios en que estaba envuelto el imperio le permitieron permanecer en su sede, relativamente en paz. Pero Constante, que era el principal sostén de la ortodoxia, fue asesinado y, en cuanto Constancio se sintió dueño del Oriente y del Occidente, se dedicó deliberadamente a aniquilar al santo obispo, a quien consideraba como un enemigo personal. El año de 353, obtuvo en Arlés que un conciliábulo de prelados interesados condenase a san Atanasio. El mismo año, el emperador se constituyó en acusador personal del santo en el sínodo de Milán; y, sobre un tercer concilio, no mejor que los anteriores, escribió san Jerónimo: «El mundo se quedó atónito al verse convertido al arrianismo». Los pocos prelados amigos de san Atanasio fueron desterrados; entre ellos se contaba al papa Liberio, a quien los perseguidores mantuvieron exilado en Tracia hasta que, deshecho de cuerpo y espíritu, aceptó momentáneamente la condenación de Atanasio.


El santo consiguió mantenerse algún tiempo en Egipto con el apoyo del clero y del pueblo. Pero la resistencia no duró mucho. Una noche, cuando se hallaba celebrando una vigilia en la iglesia, los soldados forzaron las puertas y penetraron para herir o matar a los que opusieran resistencia. Atanasió logró escapar providencialmente, y se refugió entre los monjes del desierto, con los que vivió escondido seis años. Aunque el mundo sabía muy poco de él, Atanasio se mantenía muy al tanto de lo que sucedía en el mundo. Su extraordinaria actividad, reprimida en cierto sentido, se desbordó en la esfera de la producción literaria; muchos de sus principales tratados se atribuyen a ese período. A poco de la muerte de Constancio, ocurrida en 361, siguió la del arriano que había usurpado la sede de Alejandría, quien pereció a manos del populacho. El nuevo emperador, Juliano, revocó todas las sentencias de destierro de su predecesor, de suerte que Atanasio pudo volver a su ciudad. Pero la paz duró muy poco. Los planes de Juliano el Apóstata para paganizar la cristiandad encontraban un obstáculo infranqueable en el gran campeón de la fe en Egipto. Así pues, Juliano le desterró «por perturbar la paz y mostrarse hostil a los dioses», Atanasio tuvo que refugiarse una vez más en el desierto. En una ocasión estuvo a punto de ser capturado: se hallaba en una barca, en el Nilo, cuando sus compañeros, muy alarmados, le hicieron notar que una galera imperial se dirigía hacia ellos. Sin perder la calma, Atanasio dio la orden de remar al encuentro de la galera. Los perseguidores les preguntaron si habían visto al fugitivo: «No está lejos -fue la respuesta-; remad aprisa si queréis alcanzarle». La estratagema tuvo éxito. Durante su destierro, que era ya el cuarto, san Atanasio recorrió la Tebaida de un extremo al otro. Se hallaba en Antinópolis cuando dos solitarios le dieron la noticia de que Juliano acababa de morir, en Persia, atravesado por una flecha.


El santo volvió inmediatamente a Alejandría. Algunos meses más tarde, fue a Antioquía invitado por el emperador Joviniano, quien había revocado la sentencia de destierro. Pero el reinado de Joviniano fue muy breve y, en mayo del 365, el emperador Valente publicó un edicto por el que desterraba a todos los prelados a quienes Constancio había exilado y los sustituía por los de su elección. Atanasio se vio obligado a huir una vez más. El escritor eclesiástico Sócrates dice que se ocultó en la sepultura de su padre; pero una tradición más probable sostiene que se refugió en una casa de los alrededores de Alejandría. Cuatro meses después, Valente revocó el edicto, tal vez por temor de que estallase un levantamiento entre los egipcios, que estaban cansados de ver sufrir a su amado obispo. El pueblo le escoltó hasta su casa, con grandes demostraciones de júbilo. San Atanasio había sido desterrado cinco veces y había pasado diecisiete años en el exilio; pero, en los últimos siete años de su vida, nadie le disputó su sede. En ese período escribió, probablemente, la «Vida de San Antonio». Murió en Alejandría, el 2 de mayo del año 373; su cuerpo fue, después, trasladado a Constantinopla y más tarde, a Venecia.


San Atanasio fue el hombre más grande de su época y uno de los más grandes jefes religiosos de todos los tiempos. No se puede exagerar el valor de los servicios que prestó a la Iglesia, pues defendió la fe en circunstancias particularmente difíciles y salió triunfante. El cardenal Newman sintetizó su figura al decir que fue «uno de los principales instrumentos de que Dios se valió, después de los Apóstoles, para hacer penetrar en el mundo las sagradas verdades del cristianismo». Aunque casi todos los escritos de san Atanasio surgieron al calor de la controversia, debajo de la aspereza de las palabras corre un río de profunda espiritualidad que se deja ver en todos los recodos y revela las altas miras del autor. Como un ejemplo, citaremos su respuesta a las objecciones que los arrianos oponían a los textos «Pase de Mí este cáliz» y «¿Por qué me has abandonado?»:


¿No es acaso una locura admirar el valor de los ministros del Verbo y decir que el Verbo, de quien ellos recibieron el valor, tuvo miedo? Precisamente el valor invencible de los santos mártires prueba que la Divinidad no tuvo miedo y que el Salvador acabó con nuestro temor. Porque, así como con su muerte destruyó la muerte y con su humanidad nuestras miserias humanas, así, con su temor destruyó nuestro temor y consiguió que nunca más temiésemos la muerte. Su palabra y su acción son una misma cosa ... Humanas fueron las palabras: «Pase de mí este cáliz» y «¿Por qué me has abandonado?»; pero devina fue la acción por la que Él, el mismo Verbo, hizo que el sol se detuviera y los muertos resucitasen. Así, hablando humanamente, dijo: «Mi alma está turbada»; y, hablando divinamente: «Tengo poder para entregar mi vida y volver a tomarla». Turbarse era propio de la carne; pero tener poder para entregar la vida y recobrarla a voluntad no es propiedad del hombre, sino del poder del Verbo. Porque el hombre no muere voluntariamente, sino por obra de la naturaleza y contra su voluntad; pero el Señor, que es inmortal puesto que no tiene carne mortal, podía, a voluntad, como Dios que es, separarse del cuerpo y volver a tomarlo ... Así pues, dejó sufrir a su cuerpo, pues para ello había venido, para sufrir corporalmente y conferir con ello la impasibilidad y la inmortalidad a la carne; para tomar sobre sí ésas y otras miserias humanas y destruirlas; para que después de Él todos los hombres fueran incorruptibles como templos del Verbo.


La principal fuente sobre la vida de san Atanasio es la de sus propios escritos; pero el santo estuvo tan mezclado a la historia de su época, que habría que citar a innumerables autores. El cardenal Newman, siendo todavía anglicano, hizo inteligible la complicada situación de la época, tanto en su obra sobre san Atanasio mismo, como en Causes of the Rises and Success of Arrianism. Hay también un brillante capítulo sobre San Atanasio en The Greek Fathers (1908), de A. Fortescue. En castellano, en BAC, la «Patrología» (tomo II) de Quasten trata extensamente del santo y sus escritos.


SAN CIRILO


Nacido en Alejandría, era el sobrino del Patriarca de esta misma ciudad, Teófilo. Probablemente bajo la protección de su tío hizo muy buenos estudios, tanto religiosos como profanos, como lo prueban sus escritos.


Primeramente atraído por la vida eremítica, se hizo monje y se entregó a la ascesis. Pero su tío lo llamó muy pronto y lo hizo formar parte de su clero.


Con este carácter acompañó al Obispo de Alejandría al Sínodo de la Encina, cerca de Calcedonia, donde fue depuesto, por motivos harto fútiles, Juan de Constantinopla, más conocido con el nombre de Juan Crisóstomo, medida a la que evidentemente era totalmente ajeno al joven sacerdote (año 403). Cuando en el año 412 hubo sucedido a su tío en la sede de Alejandría, ilustrada el siglo precedente por San Atanasio, Cirilo no tardó en rehabilitar al condenado y en inscribir de nuevo en los dípticos el nombre de Juan Crisóstomo (417).


Desde el principio de su episcopado (412) se vio en lucha con los novacianos y los Judíos. Cuando decidió cerrar las iglesias de los primeros y expulsar a los segundos, hubo motines en el curso de los cuales la célebre Hipatía, hija del filósofo Teón, y ella misma platónica influyente, encontró la muerte. Apoyado por los monjes, el obispo resistió aun al Prefecto Orestes.


Pero el acontecimiento que debía marcar toda su carrera fue el nombramiento para el Patriarcado de Constantinoplade un sacerdote de Antioquía, Nestorio (428). Emprendiendo inmediatamente la lucha contra los apolinaristas, el nuevo obispo enseñaba claramente que el Cristo Verbo Encarnado era simultáneamente Dios perfecto y hombre perfecto; pero agregaba que la Virgen María, Nadre de Cristo, no habiendo dado a luz más que su naturaleza humana, no debía ser llamada “Madre de Dios – Theotokos”. Se produjo el escándalo. En una homilía a sus fieles, respaldadda por una carta a los monjes, Cirilo restableció la verdad: “Si Cristo es perfectamente Dios y hombre a la vez, sin embargo no está dividido, no es sino una sola Persona, la Persona divina del Verbo; y el nombre de ‘Madre de Dios’ atribuido a la Virgen María subraya presisamente la unidad de la Persona divina en Cristo”. Luego le escribió a Nestorio para señalarle sus inexactitudes de expresión que podrían venir a ser errores formales.


“Los fieles, el obispo de Roma mismo, Celestino, están muy escandalizados. . . Consentid, os lo ruego, en dar a María el título de Theotokos: no es ésta una doctrina nueva que se os pida profesar, es la creencia de todos los Padres ortodoxos”.-Pero a estas sabias y mesuradas advertencias no respondió Nestorio sino con el desdén, llegando hasta a pagar calumniadores para tratar de desacreditar al “egipcio”.


No habiendo obtenido mejor efecto una segunda carta, Cirilo intentó otro recurso por medio de un viejo amigo, Acacio, obispo de Berea, venerado por todos sus colegas. En fin, sobre esta materia firmuló tres profesiones de fe destinadas al Emperador Teodosio ll, a la Emperatriz Eudoxia, y a los príncipes Arcadio, Marina y Pulqueria. El Papa Celestino l, informado a su vez del asunto, examinó los sermones de Nestorio, ya sospechoso para Roma, en razón de su actitud demasiado favorable para los pelagianos; un sínodo romano aprobó las tesis de Cirilo y además le encargó obtener de Nestorio una retractación, o bien, si Nestorio no consentía en ello, deponerlo. En una carta al heresiarca, después de un breve resumen de la doctrina ortodoxa, Cirilo formulaba doce anatemas que le pedía firmar. Sus términos le parecieron inaceptables a Nestorio, y aun viciados de apolinarismo: los rechazó con altivez y apeló a un concilio ecuménico, obteniendo del Emperador la promesa de su celebración.


Habiendo dado su consentimiento el Papa, el Concilio se reunió en Efeso bajo la presidencia de Cirilo de Alejandría, aun sin esperar la llegada de los legados pontificios (22 de junio de 431). El acusado se sustrajo, estimando irregular el procedimiento. No por eso dejó de pronunciarse la sentencia de deposición esa misma tarde. Pero Nestorio tenía partidarios: Candidiano, representante del emperador; Juan, Arzobispo de Antioquía y sus sufragáneos, y otros también que no habían asistido a la asamblea. Estos se reunieron en un concilio que naturalmente proclamaron ser el único legítimo y ecuménico, por lo cual comenzaron por excomulgar a Cirilo de Alejandría, a Memnón de Efeso y a todos los prelados que habían participado en la primera asamblea, mientras que el emperador, por sulado, anulaba las decisiones del 22 de junio y hacía aprehender a Cirilo y Memnón. Pero los representantes de la Santa Sede llegaron, provistos de instrucciones precisas. Las actas de la asamblea fueron solemnemente ratificadas, Juan de Antioquía y sus acólitos desaprobados, Nestorio y sus adeptos definitivamente condenados. Algunos de los “orientales” se desligaron de Juan de Antioquía para unirse a la doctrina del “Theotokos”; pero en definitiva el concilio tuvo que disolverse sin haber hecho la unión de todo el episcopado en este punto. El emperador convocó para ante sí, en Calcedonia, una delegación de cada uno de los partidos y comprendió por fin de qué lado estaba la razón. Nestorio fue relevado de sus funciones, relegado primeramente a su antiguo monasterio, y luego desterrado.


Pero por eso dejó de tener seguidores. Dos conciliábulos, uno en Tarso, luego otro en Antioquía, no contemos con negarse a reconocer la doctrina del Patriarca de Alejandría, pretendieron exigirle la retractación de sus “anatemas”, a los cuales algunos reprocharon más tarde el estar viciados de “apolinarismo” y de servir de base a la herejía “monofisista”, la cual so pretexto de salvaguardar la unidad de Cristo no veían en El sino una sola naturaleza.


Pero el emperador, cansado de tantas discusiones, exigía el final de la controversia y la reconciliación de los obispos. Por lo tanto los Orientales hicieron proposiciones de paz: “El símbolo de Nicea, le escribieron a Cirilo, contiene toda la doctrina evangélica y apostólica; no necesita de ninguna adición. De manera clara y completa lo explica la carta de Atanasio a Epicteto. Todo lo que se ha sido recientemente agrandado debe ser retirado como superfluo”. . . La alusión era demasiado clara, el procedimiento muy astuto; pero el santo Patriarca tenía la mente demasiado alerta y la voluntad suficientemente recta para caer en el lazo. Su respuesta fue categórica: con gusto perdonaba las injurias de que había sido objeto en Efeso, tanto antes como después del Concilio; rechazaba toda sospecha de arrianismo o de apolinarismo; veneraba el símbolo de Nicea y enseñanza de San Atanasio; pero retirar sus “anatemas” sería traicionar la causa de la ortodoxia, anular el concilio de Efeso y justificar a Nestorio. Que todos ratifiquen pura y simplemente la condenación del heresiarca, y dejará de haber materia de discusión, y se restablecerá la paz.


No tardaron en dividirse los obispos respecto a la actitud que debían tomar ante Cirilo. Finalmente, un delegado, Pablo de Emesa, fue encargado de llevar a Alejandría una profesión de fe colectiva. Lo cual es prueba de que a pesar de todo se consideraba al Santo Patriarca como un árbitro en las cuestiones de doctrina. Pero una carta de Juan de Antioquía acompañaba al documento, carta hábil y cautelosa, pero pérfida, en la cual el autor felicitaba a Cirilo de haber atenuado sus anatemas, de haber prometido aun enmendarlos, de atenerse al Símbolo de Nicea y a la Carta de Atanasio, etc., sin ninguna alusión a la condenación de Nestorio. Una vez más Cirilo vio la astucia y la desbarató: “Aunque la paz es deseable, dijo, sin embargo no debe hacerse con detrimento de la ortodoxia. Todos deben reputar a Nestorio y sus impiedades”. Al mensajero mismo le exijió el reconicimiento de Maximiano como Obispo de Constantinopla en lugar de Nestorio depuesto; y luego lo despachó a Antioquía para pedir la firma del propio patriarca Juan. Este terminó por decidirse y suscribir el formulario de Cirilo, “el Símbolo de Unión”. Por fin estaba descartada la amenaza de cisma. Con gran alegría lo participó el Santo Patriarca al Papa Sixto III y a los principales obispos sus amigos, Maximiano de Constantinopla, Rufo de Tesalónica, Donato de Nicópolis.


Todavía se obstinaban algunos recalcitrantes, que para justificarse pretendían hallar en los “anatemas” de Cirilo huellas de apolinarismo, mientras que ciertos partidarios de Cirilo lo acusaban ahora de no haber consentido en el “Símbolo de Unión” sino sacrificado puntos de ortodoxia. De aquí toda una correspondencia autodefensiva, pero llena también de precisiones dogmáticas importantísimas, en particular la célebre fórmula: La naturaleza del Verbo de Dios encarnado”.


Más la herejía había de revivir ahora bajo otra forma: la publicación póstuma de escritos de Diódoro de Tarso y de Teodoro de Mopsuestia, a quienes se recordaba muy favorablemente en Antioquía y en Oriente. Ya al final de su vida, Cirilo de Alejandría escribió todavía varios tratados para combatir esos errores.

Murió el 27 de junio de 444.


OBRAS

 

La obra teológica y literaria de San Cirilo de Alejandría es considerable.


“La adoración en espíritu y en verdad”. En forma de diálogo entre el autor y un amigo, Paladio, estudio exegético de la sentencia de Cristo: “Yo no he venido a abolir la Ley y los profetas sino más bien a darles cumplimiento” y de su respuesta a la Samaritana: Ha llegado la hora de adorar a Dios en espíritu y en verdad”. Diecisiete libros para demostrar que las observancias judaicas eran la figura del culto verdadero y que los ritos materiales del Antiguo Testamento preparaban la adoración espiritual de la Nueva Ley, adoración que realizan las almas purificadas por los méritos de Jesucristo y dignas desde ese momento de presentarse con El ante Dios.


Completando esta primera obra, los “Glafiros” (o textos escogidos) explican como en todos los libros de Moisés está figurado el misterio de Cristo. Están consagrados siete libros a los Patriarcas citados en el Génesis, “tipos de Cristo”; tres a los acontecimientos referidos en el Exodo: Zarza ardiente, Cordero Pascual, maná, etc. . . , símbolos de los misterios de Cristo; los otros a las prescripciones del Levítico y a los episodios contenidos en los Números y el Deuteronomio, que evocan la acción redentora de Cristo.


Un “Comentario del prefeta Isaías” tiene algunos pasajes especialmente notables: la Virgen que da a luz (Cap. 7); la confianza que inspiran el poder y la bondad de Dios (caps. 40, 4l); los sufrimientos del Salvador (cap. 53)


Un comentario sobre los doce Profetas menores.


Un Comentario del Evangelio de San Juan es una exposición dogmática que insiste repetidas veces en la divinidad de Cristo, su consubstancialidad con el Padre, luego sobre la personalidad divina del Espíritu Santo y unidad de naturaleza con el Padre y el Hijo. En la intención del autor ésta es también una refutación a las herejías corrientes, en particular del arrianismo y del nestorianismo.


Otras obras exegéticas de San Cirilo no nos han llegado sino es estado fragmentario: Evangelios de San Mateo y San Lucas; Epístolas de San Pablo a los Romanos, a los Corintios, a los Hebreos, Libros de los Reyes, Libros Sapienciales, Salmos, Profetas Jeremías y Daniel.


Desde antes de la controversia nestoriana, San Cirilo había escrito tratados de teología. A petición de un amigo, Nemesio, y para responder a las aseveraciones de los arrianos, compuso un “Tesoro de sentencias sobre la Santísima Trinidad”. No es otra cosa que la doctrina tradicional sobre esta materia, pero condensada en frases breves y afirmaciones persuasivas y expuestas a lo largo de 35 Discursos o Capítulos.


“La Trinidad consubstancial”, como el título lo indica, vuelve a tocar el mismo tema, pero bajo una forma diferente: es un diálogo, y en un lenguaje más familiar.


En la adorable Trinidad no hay más distinción que la de las hipóstasis y los nombres: Padre, Hijo y Espíritu Santo. Estos nombres son relativos e indican los caracteres hipostáticos. Y aunque distintas, las hipóstasis son inseparables (La Trinidad, diálogo, l, Vll; Sobre San juan, XlV, XVll). La Trinidad está ya indicada, si no revelada explíciramente, en el Antiguo Testamento, por ejemplo en la palabra creadora pronunciada en plural ---“Hagamos al hombre a nuestra imagen”---. O también en la aparición de los tres ángeles a Abraham (Sobre San juan XVII). El nombre de Padre es el que mejor la conviene a la Primera Persona, porque designa su carácter hipostático; sin embargo el Padre es igualmente llamado “Principio” o “Fuente”, porque El es en efecto el principio de la divinidad, sin que esta prerrogativa por lo demás le confiera una superioridad sobre las otras personas. Cuando Cristo dice: “El Padre es más grande que Yo”, esto significa o bien que el Padre es más grande que el Verbo encarnado considerado como hombre, o bien que el Padre es el principio generador mientras que el Hijo es engendrado (Sobre San Juan, XlV). Tampoco hay en el Padre prioridad de origen: es Padre desde toda la eternidad, pero el Hijo es Hijo igualmente desde toda la eternidad (La Trinidad, diálogo ll).—El Hijo es Dios por naturaleza tanto como el Padre, y le es coeterno y coonsubstancial (La Trinidad, diálogos l. lll). El es la imagen, el Verbo, el poder, la sabiduría del Padre (Tesoro, lV, l2, 32). La producción del Verbo mental por el espíritu humano da una lejana idea de generación del Verbo eterno por el Padre (Sobre S. Juan, l; Tesoro, lV, 6; La Trinidad, diálogo ll).---También el Espíritu Santo es Dios por naturaleza, igual y consubstancial al Padre y al Hijo, aunque tiene su hipótesis distinta (La Trinidad, diálogo Vll; Sobre San Juan, XlV; Epístola, 55). El es como el fruto de la esencia divina, el complemento de la Trinidad; procede substancialmente del Padre y del Hijo, del Padre por el Hijo; es especialmente la imagen, la energía del Hijo, pero es enviado tanto por el Padre como por el Hijo (Sobre San Juan, XlV; Epíst. 55).


Pero a partir del asunto nestoriano, toda la atención de San Cirilo se concentra en la Cristología. Tratados y refutaciones, sin contar las cartas de las que algunas son verdaderos opúsculos, no comprenden menos de quince obras.


“Las conclusiones que conciernen a la Encarnación del Hijo de Dios” las resume Focio en estos términos: “¿Qué significa Cristo? ¿Cómo habrá que entender Emmanuel? ¿Qué es Jesucristo? ¿Por qué el hijo de Dios es llamado Hijo del hombre? ¿Por qué se dice que el Verbo de Dios se anonadó? ¿Cómo Cristo es uno? ¿Cómo explicar la unión de las dos naturalezas? ¿Qué quiere decir: ‘El ‘Verbo se hizo carne y habitó entre nosotros? Cristo no es un hombre teóforo. Todo lo que se dice de Cristo se refiere a uno solo y no a dos. ¿Cómo sa Santísima Virgen es Madre de Dios, Theotokos?”.


“La verdadera Fe”, libro dedicado al emperador Teodosio, no es una exposición completa de la creencia católica; pero, escrito antes del concilio de Efeso, se limita también a la Cristología. Todas las antiguas herejías sobre este punto son examinadas: los gnósticos, que no le conceden a Cristo sino un cuerpo aparente y no real; o los maniqueos, que dicen que el Verbo eterno ha sido cambiado en un ser terreno; Fotino, que afirma que Cristo no comenzó a existir sino a partir de su generación en el seno de María, o los apolinaristas, que lo privan de alma humana racinal. Y a la teoría de Nestorio responde Cirilo que Cristo es uno, tanto antes como después de la Encarnación, porque la unión entre el Verbo y la humanidad es tan íntima e indisoluble que constituye una sola Persona, Dios y Hombre a la vez.


Con algunas variantes en la forma y quizá una mayor abundancia de citas sacadas de los Evangelios y de las Epístolas, esa misma doctrina se le presenta bajo un título idéntico: La verdadera Fe”, a la emperatriz Eudoxia, y a las princesas Pulqueria, Arcadia y Marina, hermanas de Teodosio.


“Quíntuple libro contra las blasfemias de Nestorio”. Con toda lealtad cita San Cirilo textualmente los pasajes reprensibles de su adversario (aunque éste, para defenderse, le reprocha el falser su sentido desprendiéndolos de su contexto). Luego los critica y les opone el dogma católico: I) La Virgen María es verdaderamente Madre de Dios, Theotokos; 2) Cristo no es solamente un hombre teóforo, sino una verdadera Persona divina; 3) Entre Cristo y su humanidad hay unión hipostática; 4) La gloria del Hijo de Dios es en El un atributo propio y no una cualidad sobreañadida; 5) El Verbo Encarnado sufrió, resucitó en su carne.


Y he aquí los famosos anatematismos, así llamados porque están redactados en la forma de textos conciliares terminando en la sentencia “que sea anatema”. Baste con resumir el punto de doctrina enunciado en cada uno: 1) El Emmanuel es el Hijo de Dios, y la Virgen su Madre es verdaderamente Madre de Dios, Theotokos; 2) La unión entre el Vervo divino y la carne humana de Cristo es una unión hipostática; 3) Esta unión es tal que Cristo es verdaderamente Uno, y no podría ser dividido; 4) por lo tanto, todo lo que se dice de Cristo se aplica a una sola y misma Persona; 5) Cristo no es solamente un hombre teóforo; 6) Así es que no se debe decir que el Verbo es el Dios o el Señor de Cristo; 7) Cristo no recibió la gloria como una cualidad sebreañadida que no le perteneciera como propia; 8) este Emmanuel, Dios y Hombre, tiene derecho al culto de latría, y no se debe decir que se adora, con el Verbo, al hombre que le está unido; 9) la gloria que Cristo recibe del Espíritu Santo no es extraña, porque el Espíritu Santo es su propio Espíritu; 10) el Verbo Encarnado es nuestro Salvador, y es El quien se ofrece al Padre como hostia de suave olor; 11) La carne de Cristo, carne del Verbo vivificador, es vivificante; 12) Es el Verbo quien sufrió, quien fue crucificado, quien muere en su carne.


Naturalmente que estos anatematismos no podían ser del gusto de los partidarios de Nestorio. A instigación de Juan de Antioquía, Andrés de Samosata los criticó de manera violenta. Para responderle San Cirilo escribió “La Apología contra los Orientales”,en la cual cada uno de los anatematismos integralmente reproducido, es seguido de la pretendida refutación hecha por Andrés, y luego del enfoque que mantiene y justifica los términos de los anatematismos, restableciendo en caso necesario el sentido verdadero desnaturalizado por las interpretaciones del contradictor.


Teodoreto, Obispo de Ciro, habiendo creído descubrir en los anatematismos huellas de apolinarismo, recibe una respuesta análoga a la enviada ya a los Orientales: La Apología contra Teodoreto”. Pasando de la defensa al ataque, Cirilo descubre en el texto de su adversario expresiones que parecen asimilar a Cristo con un simple profeta.


En “La Explicación de los doce capítulos” se trata todavía de los anatematismos, pero esta vez en atención a amigos perfectamente ortodoxos a los que ciertas fórmulas les han sorprendido y que el Santo Doctor se aplica a precisar y explicar.


“La Apología de Teodosio”,sin insistir en el asunto en sus detalles, se esfuerza por convencer al emperador de que la compañia llevada contra Nestorio no era partidista sino únicamente inspirada por el afán de salvaguardar la ortodoxia.


“Contra los que no quieren reconocer en la Santísima Virgen a la Madre de Dios” examina un punto particular de los errores de Nestorio, aquel que había disgustado a sus oyentes y puesto alerta al patriarca de Alejandía. En la Sagrada Escritura, en particular en los Evangelios y la Epístolas de los Apóstoles es donde el autor busca los argumentos y los textos que prueban que el Hijo de María es verdaderamente Dios, y no solamente un hombre unido a Dios; que consiguientemente María es realmente Madre de Dios.


El “Diálogo sobre la unidad de Cristo” es un tratado completo de la Encarnación: 1) Emmanuel es verdaderamente el Verbo de Dios hecho hombre, sin lo cual la redención sería vana. Así es que el Verbo encarnado tiene una doble generación: una eterna como Dios, y la otra temporal como hombre. Y sin embargo El es uno, la única Persona del Verbo, por lo cual la Virgen María, aunque no haya dado naciemiento sino a la humanidad del Verbo, es sin embargo la Madre de esta única Persona que es el Verbo encarnado; 2) No es posible dividir a Emmanuel. Aunque la divinidad sigue siendo distinta de la humanidad, ambas están sin embargo indisolublemente unidas para no formar sino un solo Cristo, así como el alma y el cuerpo del hombre, distintos, también ellos, están unidos ciertamente el Hijo de Dios por naturaleza, y no por adopción o por gracia; 3) El Hijo de Dios, impasible en su divinidad, sufrió en su carne; murió en la cruz, luego resucitó. En su muerte somos bautizados; por su carne somos vivificados.


Tres libros escritos en el siglo precedente por el emperador Juliano el Apóstata “Contra los Evangelios y los cristianos” circulaban todavía en ciertos medios. San Cirilo emprende el contrarrestar su nefasta influencia con sus “Libros contra el emperador Juliano”, dedicados al emperador Teodosio. Conforme a su método habitual, el autor cita textualmente a su adversario, y luego lo refuta punto por punto: “¿No es Moisés más antiguo, más venerable que todos los sabios de la antigüedad griega? ¿Y el culto hebraico del Dios creador no es infinitamente superior a las fábulas de la mitología?” Siguen los relatos de la creación, luego la legislación mosaica, para llegar a Cristo, cuyos milagros prueban la divinidad y que ha venido a perfeccionar la Antigua Ley, y en fin a la Iglesia, supervivencia de Cristo, cuya doctrina prevalece sobre la de los paganos. Las numerosas citas de filósofos, sabios, poetas e historiadores, entretejidas en toda su obra, prueban la inmensa cultura literaria que poseía San Cirilo.


Otros libros de cuya existencia no sabemos sino por algunos fragmentos, completan la obra cristológica de Cirilo de Alejandría: “Contra los Sinousiastas”. Secta egipcia de apolinaristas: “Contra Diódoro de Tarso y Teodoro de Mopsuestia”, seguidores de Nestorio; “Libro de textos”, conjunto de citas patrísticas relativas al misterio de la Encarnación; “Contra los pelagianos”

Un conjunto tan considerable de escritos dogmáticos basta ampliamente para justificar el título de “Doctor de la Encarnación” otorgado a San Cirilo de Alejandría.


Hay que agregarle todavía sin embargo dos series de Homilías: 1) veintinueve homilías pascuales, en las que después de algunas generalidades sobre los deberes de su cargo pastoral y las exhortaciones a la penitencia, el santo obispo vuelve a su tema favorito, la Encarnación, la Redenció,, la Maternidad divina de María, siguiendo los Artículos del Símbolo. “No es un hombre ordinario el que María dio a luz; es el Hijo de Dios hecho hombre. Por lo tanto Ella es ciertamente la Madre del Señor y Madre de dios” (Hom. I7; 2). Homilías diversas, desgraciadamente mutiladas, en las que aparece también el pensamiento dominante del Santo Doctor. Setenta Cartas relativas también más o menos a las mismas cuestiones doctrinales. Las más características son las dirigidas a los monjes de Egipto para hablarles de la divinidad de Cristo y la maternidad divina de María; luego las cartas a Nestorio, una pararecordarle el Símbolo de Nicea y la unión hipostática del Verbo con la humanidad, la otra para notificarle la sentencia del Papa y preparar los anatematismos, cartas que fueron producidas y aprobadas en el concilio de Efeso, luego de nuevo en el concilio de Constantinopla en 553; en fin, la carta a Juan de Antioquía, conteniendo el “símbolo de unión”, formulario de la doctrina de la Encarnación, adoptado a la terminología oriental.


Teólogo de cepa, San Cirilo de Alejandría no es sin embargo uno de los que abrieron horizontes nuevos sobre los divinos misterios. Sistemáticamente descansa en la enseñanza tradicional: en sus tratados pululan, al lado de textos escriturados, citas de Santos Padres, de las que ha constituido una especie de catálogo. Su predecesor en la Sede de Alejandría, San Atanasio, es el objeto de su particular veneración; y aprovecha también mucho de la escuela de los Capadocios, San Basilio y San Gregorio de Nisa.


Aunque los estudios sobre la Santísima Trinidad lo ocuparon durante los primeros años de su episcopado, desde el día en que se le informó de los errores nestorianos se especializó en la cristología; y todas las demás cuestiones dogmáticas o morales, tales como la caída del hombre y su justificación, las liga como a su punto central al doble misterio de la Encarnación y de la Redención.


La Creación a partir de la nada es una obra propia y exclusivamente divina, incomunicable. Y el Verbo de Dios, después de haber dado la existencia a las creaturas, las conserva todavía y las sostiene, sin lo cual volverían a la nada de donde salieron (Glafiras, contra Juliano). Al principio Dios había dotado a las creaturas de vida y de incorruptibilidad. La muerte y la corrupción no se no se introdujeron en el mundo sino por la malicia del demonio y la caída del primer hombre.


Los Angeles, incorporales, o al menos sin cuerpo de carne, sino de etéreos, espirituales, están en la cúspide de la Creación: en grandísimo número y agrupados en órdenes distintas, tienen por misión adorar y alabar al Creador, y luego el ejecutar sus órdenes en la Creación (Hom. i2, 17; San Juan, VI, XlV). Los ángeles malos, cuyo jefe es Satanás, insurreccionados contra su Creador, se dedican a engañar a los hombres, a hacerse adorar por ellos como dioses, a multiplicar a los malos, que son sus auxiliares en la tierra (Hom. Pasc. l6, 17).


Después de haber preparado el dominio del que quería hacerlo dueño, Dios creó al hombre, obra maestra entre las creaturas visibles. Lo hizo racional, a fin de que fuese capaz de comprender la belleza del universo y de conocer a su Creador; lo hizo libre, a fin de que pudiese obrar espontáneamente y merecer una recompensa. El alma es muy superior al cuerpo, puesto que es espiritual. Ella no es engendrada con el cuerpo, sino unida por Dios al cuerpo engendrado por los padres. No preexiste ella respeto del cuerpo, como lo pretendía Orígenes, y no es por castigo por lo que está unida al cuerpo (Hom. Pasc.). El la creó a su imagen, inteligente, virtuosa, perfecta, sin inclinación al mal, y la dotó de privilegios sobrenaturales, la ciencia, la incorruptibilidad. Pero, evidentemente, el hombre quedaba bajo la dependencia de su Creador. A fin de que él diese prueba de sumisión, Dios le impuso un precepto, o más bien una prohibición. No estando su naturaleza definitivamente fijada en el bien, Adán cedió al tentador transgredió el orden divino. Este pecado arrojó de su alma al Espíritu Santo, y simultáneamente suprimió los privilegios graciosamente concedidos para Adán mismo y para toda su descendencia: “Cuando Adán cayó bajo el imperio del pecado y quedó sujeto a la corrupción, las pasiones impuras se apoderaron de la carne. Por la desobediencia de uno solo, que era el padre, la naturaleza humana fue herida con la enfermedaddel pecado. De esta suerte, todos los hombres vienen a ser pecadores, no porque hayan pecado con Adán, puesto que aún no existían, sino porque de él han recibido una naturaleza pecadora”. Sin embargo, esta naturaleza no está totalmente viciada: la libertad, especialmente, sibsiste, y a pesar de la violencia de las pasiones, ayudada por Gracia, puede todavía obrar el bien (Sobre San Juan, 1; Sobre Epístola a los Romanos, V).


Por haber previsto el Señor, desde toda la eternidad, la caída del hombre, había resuelto, igualmente desde toda la eternidad, salvarlo. Favor mós gratuito todavía que la Creación, si se piensa en que para la restauración de la humanidad se necesitaba nada menos que la Encarnación y la muerte del Hijo de Dios (De la Verdadera Fe, a las Princesas). Por esto “el Verbo se hizo carne”, por esto El es verdaderamente Dios y verdaderamente hombre, Dios perfecto sin haber perdido nada de lo que era, y hombre perfecto en todo semejante a nosotros, salvo el pecado. Aunque es completa su naturaleza humana (cuerpo y alma), no tiene sin embargo una existencia autónoma, sino que subsiste en la Persona del Verbo: la inión de las dos naturalezas es tan íntima que no hay sino una sola hipóstasis (Sobre San Juan, VII; Epístolas 17, 44). Más de una vez San Cirilo emplea a este respecto la expresión “una sola naturaleza del Verbo de Dios hecho carne”. Esto es lo que hizo que se le acusara de caer en el apolinarismo. Pero lo explicaba él en el sentido más ortodoxo: quiere decir que la naruraleza divina del Verbo no cambió cuando se unió con la carne. (Epístola 46). Los abatimientos de Cristo en su humanidad no son menos propios de El que las grandezas de su divinidad (Contra Teodoreto).


A fin de rescatar la humanidad pecadora y de rehacernos como hijos de Dios, Cristo debía expiar el pecado en su propia carne y vencer a la muerte con su propia muerte (Sobre San Juan, XIV). En efecto, no se ha contentado con pasar sobre la tierra para ser nuestro Doctor y nuestro modelo: ha querido ser Redentor. Ha venido a ser el segundo Adán, el principio de la humanidad regenerada, la fuente de toda vida sobrenatural y de toda santidad. Por ser sus méritos sobreabundantes, han compensado nuestras faltas y obtenido todas las gracias. Y su Resurrección, aparte de probar su divinidad, es la prenda de nuestra resurrección futura (Sobre San Juan, XIII, XV).


La Virgen María, Madre de Cristo, es por ese mismo hecho Madre de Dios. De otra manera habría que decir que en Cristo hay dos seres yuxtapuestos, Dios y el hombre, y no unidos en una sola Persona. Aunque la Escritura y el Concilio de Nicea no emplean este término, tienen expresiones equivalentes que muestran que tal Verdad les parece indiscutible (Epístola XI, a Celestino).—La concepción de Cristo fue milagrosa y virginal, por la acción del Espíritu Santo en María; y permaneció Ella Virgen en el alumbramiento y después del alumbramiento de Jesús (Sobre San Juan, VIII). En las nupcias de Caná, María mostró el poder de su intercesión, puesto que gracias a Ella Jesús cumplió el milagro que primero no quería hacer (Sobre San Juan, VIII). Al morir en el Calvario, Jesús confió su Madre a San Juan, quien tuvo la misión de consolarla y de tranquilizarla en sus angustias, porque “ si su corazón fue traspasado por una espada”, quizá llegó Ella a dudar de la divinidad de su Hijo (Sobre San juan, XIX).—Opinión que ahora parece injuriosa para la Fe de María. Otros autores ----Orígenes, San Basilio---- anteriormente habían interpretado en este sentido la Profecía del anciano Simeón.


La santificación es la transformación, una renovación del alma, es pasar de la muerte a la vida, y por lo tanto un renacimiento y como una nueva creación, todavía más preciosa que la primera, puesto que nos convierte en hermanos de Cristo e hijos de Dios. (Sobre San Juan, l, XVII). El Espíritu Santo, virtud santificadora de Cristo, opera este cambio: El mismo fija su morada en el alma así divinizada, y con El la Trinidad entera de la que es inseparable (Sobre San Juan, VII, XIV).


La gracia santificante es ora designada como una cualidad maravillosa que transforma el alma, una vestidura, un aliño, una fuerza, una riqueza; ora se le confunde con el Espíritu Santo mismo: “El Espíritu Santo es pues Dios, el que transforma las almas a la imagen de Dios, no por una gracia que le serviría de instrumento, sino dándose El mismo como participación de la naturaleza divina. . . “ (P.G. t. 75, col. 1089).


Mediante la Iglesia, “esposa de Cristo, madre de los creyentes, nueva Jerusalén”, se transmite la Gracia a las almas. La Iglesia es santa y fuente de toda santificación; es una, así como no hay sino un solo Cristo una sola fe, un solo bautismo, y desdichados de los herejes que de ella se separan. La Iglesia es católica, abierta a todos los pueblos de la tierra; es apostólica, fundada sobre los Apóstoles, quienes están agrupados alrededor de Pedro su Jefe, al cual lo sucede el Obispo de Roma, quien tiene la primacía sobre todos los pastores y los fieles. Establecida por Cristo, que sigue siendo su piedra angular, desafía a sus perseguidores y sabe que no puede perecer (P.G., t. 70, col. 968, 1193; t. 71, col. 120, 405; t. 75, col. 865; t. 77, col. 80).


La Iglesia, a su vez, comunica la Gracia, por medio de los Sacramentos. El bautismo administrado en el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo, es el instrumento primordial de la santificación: confiere al neófito una dignidad superior a la de Juan Bautista mismo, llamado sin embargo el mayor de los Profetas (P.G., t. 73, col. 757; Sobre la Epístola a los Romanos, Vl). Sus ministros son los apóstoles y sus sucesores, los cuales han recibido el poder de perdonar los pecados (Sobre San Juan, XX). Los adultos se preparan a él por el catecumenado, y en el momento de recibirlo pronuncian una triple profesión de fe (P.G., t. 70. col. 40). Pero se bautiza también a los recién nacidos (Sobre San Juan, XI, 26). Todavía se acostumbra que se le difiera hasta la hora de la muerte: deplorable costumbre: “El que recibe el bautismo en el último momento ciertamente es santificado, pero no obtiene más que la remisión de sus pecados; le entrega al Padre el talento que le había sido confiado sin haber producido nada” (P.G., t. 69, col. 432). En ningún caso puede ser reiterado el bautismo (P.G., t. 68. col. 413).


La Confirmación o “crisma del crecimiento” es un complemento del bautismo y a menudo administrado en el curso de la misma ceremonia Sobre San Juan, XI, 26; P.G., t. 60, col. 561).


Aunque no hay nuevo bautismo, hay una Penitencia para los que pierden, por el pecado, el beneficio de su primera santificación. Nunca se debe desesperar porque todos los pecados pueden ser purificados por Cristo. Les basta con confesar sus faltas con humildad y sincero arrepentimiento a los Apóstoles o a sus sucesores, que han recibido el poder de perdonar los pecados (Sobre San Juan, XX, 23; La verdadera Fe, a Teodosio, P.G., t. 74, col. 721; t. col. 1185).


La Eucaristía, a menudo llamada “la eulogia mística”, es la carne del Verbo encarnado. “El Señor ha dicho, de manera demostrativa: ----este es mi cuerpo, esta es mi sangre---- a fin de que no consideremos lo que parece como simples figuras sino que sepamos que las substancias ofrecidas han sido verdaderamente transformadas en el cuerpo y en la sangre de Cristo por la omnipotencia de Dios” (P.G., t. 72, col. 452, 912). La Eucaristía es igualmente un sacrificio en el que Cristo, víctima sin tacha, es inmolado, aunque de manera no sangrante. Este sacrificio sse ofrece todos los días y no dejará de serlo hasta el final de los tiempos (P.G., t. 68, col. 708; t. 72, col. 297). La comunión eucarística une al hombre con Cristo como dos trozos de cera se funden juntos:la carne de Cristo nos vivifica y santifica cuerpo y alma, así como la levadura penetra y transforma la masa (Sobre S. Mateo, XXVI; Sobre San Lucas, XXII; Sobre San juan, VI; Contra Nestorio, 1, IV; Anatema XI). La más pequeña partícula de la eulogia puede producir estos efectos, puesto que contiene a Cristo todo entero, el cual no podría ser dividido. (P.G., t. 74, col. 660). Aunque es necesario ser puro para participar en la Santa Eulogia, no hay que apartarse de ella por un sentimiento de indignidad, porque es ella la que da la fuerza de resistir al pecado y de mortificar las pasiones (P.G., t. 73, col. 584).


La Extremaunción no está indicada sino por una breve alusión al texto del Apóstol Santiago (P.G., t. 68, col. 472).


El Orden constituye la jerarquía eclesiástica -----obispos, sacerdotes, diáconos-----, cuyo doble oficio es rendir a Dios un culto digno de El y anunciar a los humanos los divinos misterios (P.G., t. 72, col. 272; t. 73, col. 317). El Obispo debe cuidar el no conferir el sacerdocio sino a hombres dignos y no a neófitos (P.G., t. 73, col. 240; t. 77, col. 385).


El Matrimonio es legítimo y excelente, instituido por el Creador para la propagación del género humano. Jesús mismo lo honró y bendijo con su presencia en las nupcias de Caná (Sobre San Juan, II). Sin embargo, la continencia y el celibato son estados más perfectos (P.G., t. 68, col. 690). El matrimonio se contrae por el consentimiento recíproco de los esposos: es indisoluble entre los cristianos; el divorcio tolerado bajo la Antigua Ley está prohibido ahora. Solamente con la muerte del cónyugue está permitido otro matrimonio (P.G., t. 74, col. 800, 876).


Sobre la doctrina general de la predestinación, de la salvación, de la vida futura, San Cirilo está en perfecto acuerdo con los Padres anteriores o contemporáneos, especialmete con San Agustín.


Dios quiere la salvación de todos los hombres, y ofrece gratuitamente este beneficio, sin ningún mérito previo. Sin embargo, no lo impone: respetuoso de la libertad humana, a cada uno le deja la responsabilidad de su destino. Evidentemente conoce de antemano el uso que los hombres harán de sus dones; pero tal presciencia no es un constreñimiento. Dios previó la caída de Adán; Cristo predijo la traición de Judas y la negación de Pedro; pero la libertad de los culpables no estaba impedida ni su responsabilidad atenuada, consiguientemente.


La vida humana sobre la tierra es un período de prueba. Después de la muerte, las almas no se quedan a errar alrededor de las tumbas, según pretendían los paganos, ni tampoco descienden ya a los "infi“rnos" com” otrora, antes de la Resurrección de Cristo: son juzgadas según sus obras, y entonces las almas de los justos entran a las moradas celestiales, mientras que las almas de los pecadores son precipitadas en los suplicios. Ciertas almas deben acabar, mediante penas temporales en el más allá, la explicación de sus faltas. Conviene orar por ellas, y en particular ofrecer el Santo Sacrificio,a fin de obtenerles misericordia. Al ocurrir el segundo Advenimiento de Cristo, todos los hombres resucitarán. Y un juicio universal fijará la suerte eterna de los cuerpos tanto como de las almas: vida gloriosa para los buenos, ignominiosa para los malos (P.G., t. 72 a 76 passim).


Método habitual en los herejes es tratar de apoyar sus teorías sobre la autoridad de algunos personajes conocidos y venerados y, si es posible, de Doctores y Padres de la Iglesia: espigando cuidadosamente algunos textos previamente cortados de su contexto, se esfuerzan por aprovecharlos para justificar sus doctrinas. Y así Eutiques y los monofisitas, luego Sergio y los monotelitas pretendieron hallar en las obras de San Cirilo de Alejandría pasajes que afirmaban la unidad de naturaleza o la unidad de voluntad en Cristo: “Yo he leído en los escritos del bienaventurado Cirilo y de los Santos Pasdres que después de la unión del Verbo con la humanidad ya no hay que hablar de dos naturalezas, sino de una sola” (Eutiques en el Sínodo de Constantinopla, 448).---“Sabemos que entre otros ilustres Padres, el muy santo Cirilo, Arzobispo de Alejandría, habló en algunas de sus obras de una sola energía vivificante de Cristo, nuestro verdadero Dios” (Carta de Sergio a Ciro de Fase).


Pero se desbarató este pérfido aprovechamiento cuando los verdaderos intérpretes y discípulos de San Cirilo demostraron su ortodoxia. Flaviano de Constantinopla denuncia al heresiarca Eutiques y agrega: “Previamente la verdadera fe que Cirilo enseño en sus cartas a Nestorio y a los Orientales”. . . y el Papa San León escribe al Emperador Teodosio II, a propósito del nuevo Obispo de Constantinopla: “Que lea con cuidado la carta de Cirilo de Alejandría a Nestorio, en la que se encuentra una explicación clara del Sínodo de Nicea; verá que concuerda punto por punto con la enseñanza de los antiguos Padres”.


Después del Sínodo de Constantinopla en 448, es el Concilio de Calcedonia, en 451, el que invoca “la fe de Cirilo”, inserta en las actas extractos de sus obras, compara su doctrina con la de San León y aprueba oficialmente cuanto hizo él en Efeso.


“Cirilo de Alejandría es el más dogmático, y por así decir el más escolástico de todos los Padres” (Arnaud d’ Andilly, Perpétuité de la Foi). No es menos extremadamente tradicional, porque cita constantemente los textos escriturarios o patrísticos.



Fuente: eltestigofiel.org

Adaptación propia

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