martes, 18 de enero de 2022

19/01 - Macario de Alejandría


San Macario el joven, ciudadano de Alejandría, era pastelero de oficio.


Deseoso de servir plenamente a Dios, abandonó el mundo en la flor de su edad y pasó más de sesenta años en contemplación y penitencia en el desierto. Primero se retiró a la Tebaida, en 335. Después de un período de introducción a la práctica de la virtud, bajo la dirección de maestros de gran santidad, se trasladó del alto al bajo Egipto, en 373. En dicha región había tres desiertos casi limítrofes: el de Escete, en las fronteras de Libia; el de Celles, que debía su nombre a las celdas de ermitaños que abundaban en él, y el de Nitria, que confinaba con el ramal occidental del Nilo. San Macario tenía una celda en cada uno de dichos desiertos, pero su residencia principal se hallaba en el de Celles. Cada uno de los anacoretas vivía confinado en su propia celda, excepto los sábados y domingos, cuando todos se reunían en una iglesia para celebrar y recibir los divinos misterios. Cuando llegaba un nuevo candidato, todos los anacoretas ponían sus celdas a su disposición, dispuestos como estaban a construirse otra. Las celdas estaban a suficiente distancia unas de otras, para que los monjes no pudieran verse. El trabajo manual, que consistía en tejer cestos, no interrumpía la oración del corazón. En toda la región reinaba el silencio más profundo.


Nuestro santo recibió la ordenación en el desierto de Celles, y en él fue la edificación de sus hermanos, en tanto que san Macario el Viejo era la edificación de los monjes de Escete. Paladio nos cuenta un ejemplo de la extraordinaria abnegación de los anacoretas. Habiendo recibido como regalo un racimo de uvas frescas, san Macario lo llevó a un monje vecino que se hallaba enfermo, el cual a su vez lo regaló a un tercero; de esta suerte el racimo pasó por todas las celdas y volvió a manos de Macario, quien se regocijó sobremanera de ver el espíritu de mortificación de sus hermanos y dejó intacto el racimo.


La austeridad de todos los ermitaños era extremada, pero en esto, Macario dejaba atrás a sus hermanos. Durante siete años no se alimentó más que de raíces silvestres y, en los tres años siguientes, sólo comía cuatro o cinco onzas de pan al día y unas gotas de aceite, según narra Paladio. Sus vigilias no eran menos sorprendentes. Dios le había dado un cuerpo capaz de soportar todos los rigores, y su fervor era tan grande, que adoptaba sin vacilar cuantas prácticas de penitencia veía empleadas por los otros.


Poco antes del año 349, la fama del monasterio de Tabennisi, dirigido por san Pacomio, le movió a ir a él disfrazado. San Pacomio le dijo que le encontraba demasiado viejo para adaptarse a las penitencias y vigilias del monasterio, pero finalmente se decidió a admitirle, a condición de que observara todas las reglas. Como se aproximara la cuaresma, cada uno de los monjes se preparaba a emplear ese santo tiempo según su fervor y sus fuerzas, ya fuera ayunando totalmente dos, tres y hasta cuatro días enteros; ya trabajando intensamente. Macario recogió una buena cantidad de hojas de palma para ocuparse en la confección de cestos, y pasó los cuarenta días en el retiro, sin comer más que unas cuantas yerbas los domingos. Mientras sus manos trabajaban activamente, su corazón se perdía en Dios. Tal prodigio sorprendió a los mismos monjes, quienes en Pascua manifestaron al abad que, de no ponerle coto, tal singularidad podía perjudicar a la comunidad. San Pacomio hizo oración para saber quién era en realidad el nuevo monje; y, habiendo conocido por revelación divina, que se trataba del gran Macario, le abrazó, le dio las gracias por la edificación que había dado a la comunidad y le rogó que no les olvidase en sus oraciones al volver a su desierto.


Las tentaciones no faltaron a nuestro santo. Una de ellas fue la idea de dejar el desierto e ir a Roma a cuidar a los enfermos de los hospitales. Pero, reflexionando sobre ello, Macario comprendió que sólo le movía un secreto deseo de ser conocido y estimado por su virtud. Sólo una humildad tan profunda como la suya era capaz de descubrir el veneno de la vanagloria, escondido bajo esa apariencia de caridad. Convencido del grave peligro que la vanagloria constituía para él, Macario se arrojó por tierra en su celda, gritando al demonio: «Sácame de aquí por la fuerza, si eres tan poderoso, que yo no he de ir por mi propio pie». En tal actitud permaneció hasta la noche; pero, en cuanto se puso en pie, el enemigo renovó su asalto. Para resistirle, Macario llenó de arena dos cestos, se los echó al hombro y se puso a marchar en el desierto. Un amigo que le encontró en el camino, le preguntó qué hacía y se ofreció a ayudarle a transportar la arena; el santo sólo le respondió: «Estoy atormentando a mi verdugo». Al volver a su celda, la tentación había desaparecido.


Paladio nos cuenta que, deseando Macario entregarse a la contemplación celestial sin interrupción alguna durante cinco días, se encerró en su celda y dijo a su alma: «Has plantado tu tienda en el cielo para conversar con Dios y sus ángeles; guárdate, pues, de volver tus ojos a la tierra a mirar las cosas bajas». Pasó los dos primeros días en éxtasis; pero el demonio le combatió en tal forma al tercer día, que Macario tuvo que volver a su vida ordinaria. Como lo observó el santo en esta ocasión, Dios se retira algunas veces de sus escogidos, para que sientan su propia debilidad y comprendan que la vida del hombre es una lucha sin fin. San Jerónimo y otros autores narran que, habiendo un anacoreta dejado a su muerte cien coronas que había ganado tejiendo túnicas, los monjes se reunieron para deliberar lo que debía hacerse con aquel dinero. Algunos pensaban que convenía repartirlo entre los pobres, otros que debía darse a la Iglesia; pero Macario, Pambo, Isidoro y el resto de los «Padres», ordenaron que se arrojase el dinero sobre la tumba con estas palabras: «Tu dinero sea contigo para tu perdición». Este ejemplo aterrorizó a los monjes y acabó con toda tentación de codicia.


Paladio, que vivió bajo la dirección de nuestro santo algún tiempo, hacia el año 391, fue testigo de algunos de los milagros obrados por él. Según su relato, Macario se negó a recibir y aun a dirigir la palabra a cierto sacerdote, cuyo rostro estaba desfigurado por una excrescencia cancerosa. Paladio se apresuró a rogar al santo anacoreta que dijera cuando menos unas palabras de consuelo al infeliz, a lo que Macario respondió que la enfermedad era un castigo de Dios por un pecado de la carne, pero que rogaría por él, en caso de que prometiera arrepentirse sinceramente y no volver a celebrar los divinos misterios. El sacerdote confesó su pecado y prometió enmendarse; el santo le absolvió y le impuso las manos; pocos días más tarde el sacerdote volvió perfectamente curado, glorificando a Dios y proclamando su agradecimiento a Macario.


Los dos Macarios cruzaban un día el Nilo en la misma barca, y algunos oficiales que en ella se hallaban no pudieron dejar de observar en voz alta que, a juzgar por la alegría de sus rostros, los monjes debían ser muy felices en medio de su pobreza. A lo cual Macario de Alejandría respondió, haciendo alusión a su nombre, que en griego significa «feliz»: «Tenéis razón en llamarnos felices, pues tal es nuestro nombre. Como veis, nosotros somos felices despreciando al mundo, en tanto que vosotros sois miserables sirviéndolo». Estas palabras, pronunciadas con un acento de inmensa verdad, hicieron tal efecto al tribuno que les había interpelado, que distribuyó todo su haber entre los pobres y abrazó la vida eremítica.


Un monasterio que llevaba el nombre de san Macario subsistió varios siglos en el desierto de Nitria. En su carta a Rústico, san Jerónimo parece haber trascrito una buena parte de los documentos espirituales de nuestro santo. En la Concordia Regularum o «Colección de reglas» se halla otra serie de normas espirituales de los dos Macarios, de Serapión (de Arsinoe o de Nitria), de Pafnució de Bekbale (sacerdote del desierto de Escete) y de otros treinta y cuatro abades. Según narra este último, los monjes ayunaban todo el año, excepto los domingos y el período del año que va de Pascua a Pentecostés; observaban igualmente la más estricta pobreza y pasaban el día en la oración y el trabajo manual. La hospitalidad era considerada como una gran virtud; pero, a fin de favorecer la vida de retiro, estaba prohibido a los monjes dirigir la palabra a los extraños sin licencia especial, excepto a aquél de los ermitaños cuyo cargo consistía en ocuparse de los huéspedes. La definición del anacoreta que nos da el abad trapense de Rancé, es un verdadero retrato de Macario en el desierto: «Cuando un alma ha gustado de Dios en la soledad, ya no puede pensar sino en el cielo».



Fuente: El Testigo Fiel

Adaptación propia