jueves, 20 de enero de 2022

21/01 - Máximo el Confesor


San Máximo el Confesor fue uno de los Santos Padres Orientales más importantes de la Iglesia, conocido por sus escritos místicos y ascéticos y por su defensa de la ortodoxia ante la herejía conocida como el monotelismo. Su título de Confesor (en griego también martyros), significa que él sufrió por la fe cristiana, aunque directamente no fue martirizado.


Sus primeros años de vida:


San Máximo (580-662), nació en Constantinopla, en el seno de una familia noble por lo que recibió una buena educación. Sus adversarios monotelitas y hasta hoy los maronitas, afirman que era de Palestina. En el año 610, Máximo se convirtió en el secretario personal del emperador Heraclio (610-641), pero por razones desconocidas, después de tres años dejó esta posición y entró en el monasterio de Chrysopolis situado en la otra orilla del estrecho del Bósforo, llegando a realizar los votos monásticos. Poco tiempo después se convirtió en el abad del monasterio y desde esa posición, solía decir que “la teología sin la práctica es una teología de los demonios”, por lo que su enfoque teórico de la teología se desdobló en la práctica de la misma.


Durante la invasión persa del año 632 se vio forzado a huir junto con toda su comunidad, llegando a la Provincia de África, que en ese momento estaba bajo dominio bizantino y con él, su amigo Sofronio que, posteriormente, llegó a ser patriarca de Jerusalén. Permanecieron en un monasterio cercano a Cartago donde estudió los escritos cristológicos de San Gregorio de Nacianzo y de San Dionisio el Areopagita.


La disputa monotelita:


En África, Máximo y Sofronio iniciaron su lucha contra la posición oficial del emperador, quién encontró en los fundamentos monotelitas la solución para reunificar a los cismáticos miafisitas (o monofisitas) de Egipto y Siria con los creyentes ortodoxos de Constantinopla. Los miafisitas (antecesores de los actuales coptos de Egipto), creían que en Cristo había una sola naturaleza – la divina – ya que la naturaleza humana desapareció en la divina al igual que una gota de agua desaparece cuando cae en el océano. Con el fin de restablecer no solo la unión religiosa sino también la política que estaba en peligro por las invasiones persas y árabes, el emperador Heraclio, de acuerdo con el patriarca Sergio de Constantinopla (610-638), impuso mediante un decreto oficial la doctrina monotelita como la posición oficial de la Iglesia. La nueva doctrina afirmaba que en Cristo hay dos naturalezas (la divina y la humana), pero un solo ser (mono-thelos) y una sola voluntad (mono-erga), lo que en realidad suponía un monofisismo encubierto. La declaración oficial se convirtió, en el año 633, en un pacto formal entre los ortodoxos y los monofisitas.


El primero que vio el peligro que entrañaba este “compromiso” y el primero en luchar contra él, fue en realidad el monje Sofronio y eso ocurrió incluso antes de que el compromiso o pacto se firmara. Poco después se convirtió en patriarca de Jerusalén y desde esa posición, publicó en el año 643 una carta sinodal en la que hacía una clara distinción entre las dos naturalezas de Cristo. En los cuatro años siguientes no ocurrió nada en especial, pero en el año 638 comenzaron los problemas cuando el emperador Heraclio publicó la Ekthesis como la “Confesión de fe” oficial del Imperio. Entonces, San Máximo se convirtió en el líder de la lucha contra esa herejía y entre los años 642 y 645 llevó a cabo una amplia labor para fortalecer a los obispos africanos contra la herejía imperial.


En julio del 645, Máximo tuvo en Cartago y en presencia de varios obispos, una gran disputa pública con Pirro, que había sido patriarca de Constantinopla entre los años 638 al 641 y con posterioridad lo fue nuevamente en el 654 y que era un monotelita convencido pero al mismo tiempo un viejo amigo de Máximo. Con posterioridad a este debate, Pirro reconoció como falsa y herética la posición monotelita y así, varios concilios celebrados en África condenaron poco después el monotelismo como una herejía.


La muerte martirial de San Máximo


A finales del año 646 San Máximo fue a Roma donde permaneció hasta el año 649. Allí, el Papa Martín (649-653) convocó el Concilio de Letrán en el año 649 y con la presencia de ciento cinco obispos también se condenó el monotelismo. Sin embargo, en aquellos momentos ocurrió algo terrible: el centro de Italia cayó bajo el control bizantino y en el año 648, el emperador Constantino II (641-668), sucesor de Heraclio, promulgó un nuevo decreto por el cual se prohibía bajo pena grave toda discusión sobre si en Cristo había una o dos obras y voluntades.


En el año 653, San Máximo y el Papa San Martín de Roma fueron arrestados y llevados a Constantinopla. San Martín, condenado sin juicio, murió en el camino, pero San Máximo fue llevado ante un tribunal en el año 655 que lo condenó al exilio en Bizya, una localidad de Tracia. En el mismo año, un nuevo juicio lo llevó a Perberis, a orillas del Mar Negro y más tarde, en el año 662, San Máximo fue llevado nuevamente a Constantinopla para asistir a otro juicio o audiencia con la finalidad de forzarle para que aceptara la enseñanza monotelita. Allí, ante el pueblo, los soldados le cortaron la mano derecha y la lengua con la intención de incapacitarle para que no pudiese exponer sus posiciones y comunicarse tanto oralmente como por escrito.


Después de esta bárbara mutilación que ocurrió cuando San Máximo tenía unos ochenta años de edad, fue exiliado en Lazika, situado en la costa oriental del Mar Negro, siendo encerrado en la fortaleza de Schemarum, probablemente cerca de la moderna ciudad georgiana de Tsageri, donde permaneció hasta el final de su vida, cosa que ocurrió el día 13 de agosto del año 662, cuando tenía la venerable edad de ochenta y dos años. Estos eventos ocurridos a San Máximo fueron recordados por Anastasio el Bibliotecario (Migne, Patrologia Latina, vol. 128, “Historiae de vitis Romanorum pontificum”, 130, col. 737-763).


Junto con el Papa San Martín, San Máximo fue rehabilitado por el Sexto Conciclio Ecuménico (680-681), que declaró que Cristo poseía tanto un ser humano como una voluntad divina. Con esta declaración, el monotelismo se convirtió en herejía y Máximo, después de su muerte, fue declarado inocente de todos los cargos que se le habían imputado. Su festividad se celebra en la Iglesia Bizantina el día 13 de agosto (traslado de sus reliquias) y el día 21 de enero.


Reliquias


El Sinaxario bizantino, así como el Menologio dan fe de que después de la muerte de San Máximo, en su tumba se produjeron numerosos milagros, sanaron muchas personas y que aparecieron tres luces brillantes a modo de candelabros que podrían simbolizar a la Santísima Trinidad.


En el llamado Prólogo Griego, el día 13 de agosto se conmemora el traslado de las reliquias de San Máximo desde Lazika en la orilla sudeste del Mar Negro hasta Constantinopla, al monasterio de la Madre de Dios en Chrysopolis, donde él había estado como abad, cosa que probablemente ocurrió con posterioridad a la celebración del VI Concilio Ecuménico. Muchos eruditos consideran que el día 13 de agosto fue el día de la muerte del santo, aunque probablemente su conmemoración principal se trasladó al 21 de enero, al ser el 13 de agosto el último día de la Octava de la Transfiguración del Señor.


Actualmente, una parte de sus reliquias se encuentran en el monasterio de San Pablo en el Monte Athos (un relicario con la mano derecha del santo que le fue cortada en el año 662). Esa reliquia fue llevada allí desde Constantinopla en el siglo XI por parte del Abad Pablo de Xiropotamou. Esta es la única reliquia insigne conocida del santo.


De todos modos, algunas revistas internacionales han afirmado que el resto de las reliquias de San Máximo, así como su tumba, fueron descubiertas en Georgia, cerca de Tsangeri, en octubre del año pasado. Los argumentos de estos descubridores pueden ser creíbles porque en realidad no hay información histórica sobre el movimiento real de las reliquias, sino que solo se sabe lo que dicen las fuentes litúrgicas. Su tumba se encontró bajo el altar de una iglesia dedicada en su honor en Tsangeri, junto con los restos de otros tres discípulos suyos.


Sus escritos


Se conservan numerosos escritos de San Máximo, algunos de los cuales fueron incluidos en la Philokalia griega, que es una importante colección de escritos místicos de la cristiandad oriental. Algunos de sus escritos son dogmáticos, pero curiosamente, San Máximo es conocido no por sus escritos dogmáticos acerca de la persona y naturalezas de Cristo, sino por aquellas en las que describió como debía ser la vida contemplativa proporcionando una amplia guía para uso de los ascetas. Algunas otras obras tratan de temas litúrgicos y hermenéuticos. Como seguidor de San Dionisio Areopagita, San Máximo presenta e interpreta la filosofía neo-platónica desde una manera cristiana. Sus trabajos sobre San Dionisio fueron continuados en Occidente por Juan Scotus Erigena.


La influencia platónica en el pensamiento de San Máximo se puede ver con mayor claridad en su antropología. Máximo adoptó la idea de que la humanidad fue hecha a imagen de Dios y el propósito de la salvación es devolvernos a la unidad con Dios. En soteriología, San Máximo insistió en que la humanidad está destinada a estar plenamente unida con Dios, ya que Dios fue el primero que se unió completamente a la humanidad mediante la Encarnación. Esto ya también lo había mantenido antes San Atanasio de Alejandría. Si Cristo no hubiera llegado a ser completamente humano, la salvación no hubiera sido posible, ya que la humanidad no habría podido llegar a ser completamente divina. Es por esto por lo que condenó firmemente el monotelismo, que era la herejía que negaba la voluntad humana de Cristo. El acento en la idea de la divinización o deificación humana hizo de Máximo uno de los teólogos más importantes de Oriente. Desdeñado durante siglos por los escolásticos occidentales, los escritos de San Máximo han tenido siempre un lugar especial en la teología oriental. Él es considerado el “padre espiritual” de algunos místicos como San Simeón el Nuevo Teólogo o San Gregorio Palamas.


Sus obras más importantes son


“Las respuestas a Talasio”, que es una serie de sesenta y cinco preguntas y respuestas acerca de algunos pasajes de las Escrituras difíciles de interpretar.


“Ambigua”, que es una exploración de los pasajes difíciles de encontrar en los escritos de San Dionisio el Areopagita y de San Gregorio Nacianceno y que está centrado en temas cristológicos.


“Scholiae”, que son comentarios y meditaciones sobre los primeros escritos de San Dionisio el Areopagita.


“La Mistagogía”, que es un comentario y meditación de la Divina Liturgia y la conexión entre el macrocosmos y el microcosmos.


“Los capítulos sobre el amor”, que son algunos ensayos sobre la vida espiritual, agrupados en colecciones de cientos de tales meditaciones.


“Las Palabras ascéticas”, que es un diálogo sobre la vida monástica.


“La Vida de la Santísima Virgen”, que es la primera biografía completa sobre la Virgen María con interesantes conexiones con los evangelios apócrifos.


Mitrut Popoiu


San Máximo el Confesor visto por el Papa de Roma Benedicto XVI

(25 de junio de 20008)


Hoy quiero presentar la figura de uno de los grandes Padres de la Iglesia de Oriente del período tardío. Se trata de un monje, san Máximo, al que la tradición cristiana le otorgó el título de Confesor por la intrépida valentía con que supo testimoniar —"confesar"—, incluso con el sufrimiento, la integridad de su fe en Jesucristo, verdadero Dios y verdadero hombre, Salvador del mundo.


San Máximo nació en Palestina, la tierra del Señor, en torno al año 580. Desde su adolescencia se orientó a la vida monástica y al estudio de las Escrituras, en parte a través de las obras de Orígenes, el gran maestro que ya en el siglo III había "consolidado" la tradición exegética alejandrina.


De Jerusalén se trasladó a Constantinopla y de allí, a causa de las invasiones bárbaras, se refugió en África, donde se distinguió por su gran valentía en la defensa de la ortodoxia. San Máximo no aceptaba ninguna disminución de la humanidad de Cristo. Había surgido la teoría según la cual Cristo sólo tenía una voluntad, la divina. Para defender la unicidad de su persona, negaban que tuviera una auténtica voluntad humana. Y, a primera vista, podía parecer algo bueno que Cristo tuviera una sola voluntad. Pero san Máximo comprendió inmediatamente que esto destruía el misterio de la salvación, pues una humanidad sin voluntad, un hombre sin voluntad no es verdadero hombre, es un hombre amputado.


Por tanto, según esa teoría, el hombre Jesucristo no habría sido verdadero hombre, no habría vivido el drama del ser humano, que consiste precisamente en la dificultad para conformar nuestra voluntad con la verdad del ser. Así, san Máximo afirma con gran decisión: la sagrada Escritura no nos muestra a un hombre amputado, sin voluntad, sino a un verdadero hombre, a un hombre completo: Dios, en Jesucristo, asumió realmente la totalidad del ser humano —obviamente, excepto el pecado—; por tanto, también una voluntad humana.


Dicho de esta forma resulta claro: Cristo, o es hombre o no lo es. Si es hombre, también tiene voluntad. Pero entonces surge el problema: ¿no se cae así en una especie de dualismo? ¿No se acaba afirmando dos personalidades completas: razón, voluntad y sentimiento? ¿Cómo superar el dualismo, conservar la integridad del ser humano y, sin embargo, defender la unidad de la persona de Cristo, que no era esquizofrénico? San Máximo demuestra que el hombre no encuentra su unidad, su integración, su totalidad en sí mismo, sino superándose a sí mismo, saliendo de sí mismo. De este modo, también en Cristo, saliendo de sí mismo, el hombre se encuentra a sí mismo en Dios, en el Hijo de Dios.


No se debe amputar al hombre para explicar la Encarnación; basta comprender el dinamismo del ser humano, que sólo se realiza saliendo de sí mismo. Sólo en Dios nos encontramos a nosotros mismos; sólo en él encontramos nuestra totalidad e integridad. Así se ve que el hombre que se encierra en sí mismo no está completo; por el contrario, el hombre que se abre, que sale de sí mismo, es un hombre completo y precisamente en el Hijo de Dios se encuentra a sí mismo, encuentra su verdadera humanidad.


Para san Máximo esta concepción no es una especulación filosófica; la ve realizada en la vida concreta de Jesús, sobre todo en el drama de Getsemaní. En este drama de la agonía de Jesús, en la angustia de la muerte, de la oposición entre la voluntad humana de no morir y la voluntad divina, que se ofrece a la muerte, en este drama de Getsemaní se realiza todo el drama humano, el drama de nuestra redención. San Máximo nos dice, y sabemos que es verdad: Adán —y Adán somos nosotros— creía que el "no" era el culmen de la libertad. Sólo sería realmente libre quien puede decir "no"; para realizar realmente su libertad, el hombre debe decir "no" a Dios; sólo así cree que es él mismo, que ha llegado al culmen de la libertad. La naturaleza humana de Cristo también llevaba en sí esta tendencia, pero la superó, pues Jesús comprendió que el "no" no es el grado máximo de la libertad humana.


El grado máximo de la libertad es el "sí", la conformidad con la voluntad de Dios. El hombre sólo llega a ser realmente él mismo en el "sí"; el hombre sólo llega a estar inmensamente abierto, sólo llega a ser "divino" en la gran apertura del "sí", en la unificación de su voluntad con la voluntad divina. Adán deseaba ser como Dios, es decir, ser completamente libre. Pero el hombre que se encierra en sí mismo no es divino, no es completamente libre; lo es si sale de sí; en el "sí" llega a ser libre. Este es el drama de Getsemaní: no se haga mi voluntad, sino la tuya. Cambiando la voluntad humana por la voluntad divina nace el verdadero hombre; así somos redimidos. Este era, en síntesis, el punto principal del pensamiento de san Máximo y vemos que en él está en juego todo el ser humano; está en juego toda nuestra vida.


San Máximo ya tenía problemas en África por defender esta concepción del hombre y de Dios; y fue llamado a Roma. En el año 649 participó en el concilio de Letrán, convocado por el Papa Martín I, para defender las dos voluntades de Cristo contra el edicto del emperador, que por el bien de la paz prohibía discutir esta cuestión. El Papa Martín I tuvo que pagar un precio muy alto por su valentía: aunque estaba enfermo, fue arrestado y llevado a Constantinopla. Procesado y condenado a muerte, se le conmutó la pena por el destierro definitivo en Crimea, donde falleció el 16 de septiembre del año 655, tras dos largos años de humillaciones y tormentos.


Poco tiempo después, en el año 662, le tocó el turno a san Máximo, el cual, también oponiéndose al emperador, seguía repitiendo: "Es imposible afirmar que Cristo tenía una sola voluntad" (cf. PG 91, cc. 268-269). Así, junto con dos de sus discípulos, ambos llamados Anastasio, san Máximo fue sometido a un proceso agotador, a pesar de que ya tenía más de ochenta años de edad. El tribunal del emperador le condenó, con la acusación de herejía, a la cruel mutilación de la lengua y de la mano derecha, los dos órganos mediante los cuales, a través de la palabra y los escritos, san Máximo había combatido la doctrina errónea de la voluntad única de Cristo. Por último, el santo monje, así mutilado, fue desterrado a la Cólquida, en el mar Negro, donde murió, agotado por los sufrimientos padecidos, a los 82 años, el 13 de agosto del año 662.


Al hablar de la vida de san Máximo, hemos mencionado su obra literaria en defensa de la ortodoxia. En particular, nos referimos a la Disputa con Pirro, que había sido patriarca de Constantinopla; en ella logró persuadir a su adversario de sus errores. En efecto, con gran honradez, Pirro concluyó así la Disputa: "Pido perdón para mí y para quienes me han precedido: por ignorancia llegamos a estos absurdos pensamientos y argumentaciones; y pido que se encuentre la manera de cancelar estas absurdidades, salvando el recuerdo de quienes se han equivocado" (PG 91, c. 352).


Además, nos han llegado varias decenas de obras importantes, entre las que destaca la Mystagogia, uno de los escritos más significativos de san Máximo, que recoge su pensamiento teológico con una síntesis bien estructurada.


El pensamiento de san Máximo nunca es sólo teológico, especulativo, encerrado en sí mismo, pues siempre desemboca en la realidad concreta del mundo y de la salvación. En este contexto, en el que tuvo que sufrir, no podía evadirse con afirmaciones filosóficas sólo teóricas; debía buscar el sentido de la vida, preguntándose: ¿quién soy?, ¿qué es el mundo? Al hombre, creado a su imagen y semejanza, Dios le ha encomendado la misión de unificar el cosmos. Y como Cristo unificó en sí mismo al ser humano, el Creador ha unificado el cosmos en el hombre. Nos ha mostrado cómo unificar el cosmos en la comunión de Cristo, llegando así realmente a un mundo redimido.


A esta profunda visión salvífica se refiere uno de los teólogos más destacados del siglo XX, Hans Urs von Balthasar, quien, "relanzando" la figura de san Máximo, define su pensamiento con la incisiva expresión "liturgia cósmica" (Kosmische Liturgie). En el centro de esta solemne "liturgia" siempre está Jesucristo, único Salvador del mundo. La eficacia de su acción salvífica, que unificó definitivamente el cosmos, está garantizada por el hecho de que él, aun siendo Dios en todo, también es íntegramente hombre, incluyendo la "energía" y la voluntad del hombre.


La vida y el pensamiento de san Máximo quedan fuertemente iluminados por su inmensa valentía para testimoniar la realidad íntegra de Cristo, sin disminuciones ni componendas. Así queda claro quién es realmente el hombre y cómo debemos vivir para responder a nuestra vocación. Debemos vivir unidos a Dios, para estar así unidos a nosotros mismos y al cosmos, dando al cosmos mismo y a la humanidad su justa forma. El "sí" universal de Cristo también nos muestra claramente dónde situar adecuadamente todos los demás valores. Pensemos en valores que justamente se defienden hoy, como la tolerancia, la libertad y el diálogo. Pero una tolerancia que no sepa distinguir el bien del mal sería caótica y auto-destructiva. Del mismo modo, una libertad que no respete la libertad de los demás y no halle la medida común de nuestras libertades respectivas, sería anárquica y destruiría la autoridad. El diálogo que ya no sabe sobre qué dialogar resulta una palabrería vacía.


Todos estos valores son grandes y fundamentales, pero sólo pueden ser verdaderos si tienen un punto de referencia que los une y les confiere la verdadera autenticidad. Este punto de referencia es la síntesis entre Dios y el cosmos, es la figura de Cristo en la que aprendemos la verdad sobre nosotros mismos, así como el lugar donde se han de situar todos los demás valores, por haber descubierto su auténtico significado. Jesucristo es el punto de referencia que ilumina todos los demás valores. Este es el punto de llegada del testimonio de este gran Confesor. Así, al final, Cristo nos indica que el cosmos debe llegar a ser liturgia, gloria de Dios, y que la adoración es el inicio de la verdadera transformación, de la verdadera renovación del mundo.

Por eso, quiero concluir con un pasaje fundamental de las obras de san Máximo: "Adoramos a un solo Hijo, en unión con el Padre y el Espíritu Santo, como antes de los siglos, ahora y en todos los siglos, y por los siglos de los siglos. ¡Amén!" (PG 91, c. 269).


Fuente: preguntasantoral / vatican.va