sábado, 29 de enero de 2022

30/01 - Sinaxis de los Tres Santos Jerarcas: Basilio el Grande, Gregorio el Teólogo y Juan Crisóstomo


Cada uno de estos santos tiene su propio día de fiesta: San Basilio el Grande, el 1 de enero; San Gregorio el Teólogo, el 25 de enero, y San Juan Crisóstomo, el 27 de enero. El 30 de enero se instituyó este día combinado durante el reinado del emperador Alejo Comneno (siglo XI).


Hubo un tiempo en el que se planteó un debate entre la gente sobre cuál de ellos tres era el más grande. Algunos decían que San Basilio, a causa de su pureza y su valor; otros, San Gregorio, por su profunda e inigualable mente teológica, mientras que otros decían San Juan Crisóstomo, a causa de su elocuencia y claridad exponiendo la fe. Así, algunos fueron llamados basilianos, otros gregorianos, y otros, crisostomitas.


Este debate fue planteado por la Providencia Divina para beneficio de la Iglesia y para mayor gloria de los tres santos. El obispo Juan de Eucaita (14 de junio) tuvo una visión en un sueño: los tres santos se le aparecieron separadamente en gran gloria e indescriptible belleza, y después los tres aparecieron juntos. Le dijeron: “Como puedes ver, somos uno en Dios y no hay nada contradictorio en nosotros; nadie está el primero o el segundo entre nosotros”. Los santos también aconsejaron al obispo Juan que escribiera un oficio común para ellos y propusiera una fiesta común para los tres. Siguiendo esta maravillosa visión, se estableció el debate de la siguiente forma: el 30 de enero fue designado como el día de fiesta común de estos tres santos jerarcas. Los griegos consideran esta fiesta, no sólo una fiesta eclesiástica, sino su gran fiesta escolar nacional.


SAN BASILIO EL GRANDE


El epíteto “el Grande” añadido al nombre de San Basilio, arzobispo de Cesarea, se le dio muy pronto por su importancia en la historia y desarrollo de la Iglesia. Junto con San Atanasio de Alejandría, el héroe del primer concilio ecuménico, San Basilio está considerado como “pilar de la Iglesia” por su teología, aunque murió antes del inicio del segundo Concilio. Fue no sólo un teólogo, sino también un asceta y un gran amante de los que sufren: ancianos, viudas, huérfanos, enfermos, pobres. Para todos ellos organizó un impresionante sistema de cuidados sociales.


Vida


Basilio procedía de una familia rica y respetada de Cesarea, ciudad de Capadocia, que tenía una considerable fortuna y tierras en el Ponto. Durante la persecución de Maximino Daia, su abuelo y su esposa, Macrina la Anciana, huyeron a los bosques pónticos durante siete años (en torno a 306-313). Los únicos hijos que alcanzaron la vida adulta fueron Basilio, posteriormente obispo en Capadocia (tío de San Basilio), y Gregorio, padre de San Basilio, que se convirtió en abogado y profesor de derecho. Se casó con Emelia, oriunda de Capadocia, una huérfana hija de un mártir y una piadosa esposa cristiana. Tuvieron diez hijos, cinco chicos y cinco chicas. La mayor de los hermanos era Macrina (llamada como su abuela) que se encargó de educar a toda la familia. Un hermano llamado Naucracio se hizo ermitaño y murió en torno a los 27 años de edad. Los hermanos más famosos son Gregorio, posteriormente obispo en Nisa; y Pedro, obispo en Sebaste tras la muerte de San Basilio.


Basilio fue el tercer hijo de la familia, nacido en 329 ó 330. La mayor parte de su infancia la pasó con su abuela Macrina, alumna de San Gregorio el Taumaturgo, de modo que es obvio que recibió una educación cristiana. Pero su padre quería que fuese abogado, así que estudió en las mejores escuelas de Cesarea, Constantinopla y Atenas, y tuvo entre sus profesores al gran retor y filósofo Libanio, y entre sus compañeros, su amigo San Gregorio Nacianceno, pero también el futuro emperador Juliano el Apóstata. Durante su estancia en Atenas (desde 350) se sabe que Basilio y Gregorio sólo conocían dos caminos -el de la iglesia y el de la escuela- y que eran como una sola alma en dos cuerpos, practicando las virtudes cristianas y aprendiendo al más alto nivel (Oratio 43, capítulo 19-21). Las materias que estudiaron durante cuatro o cinco años fueron astronomía, geometría, gramática, dialéctica, historia y medicina.


En 355 o 356 Basilio abandonó Atenas. De vuelta en casa, supo que su abuela y su padre habían muerto. Su hermana mayor, Macrina (la Joven) asumió el liderazgo de la casa, mientras Basilio empezaba a practicar oratoria en Cesarea. Ciertamente, bajo la influencia de su hermana, Basilio sintió una creciente incomodidad con el mundo, de modo que decidieron consagrarse enteramente a una vida de renuncia monástica y ascetismo. En cualquier caso, Basilio no recibió el bautismo hasta el año 357, de manos del obispo Dianio de Cesarea. Poco después, Basilio visitaba los monasterios de Oriente y Egipto para conocer a los famosos monjes, como escribió a Eustacio de Sebaste (Epistula 223, capítulo 2). De vuelta a casa, renunció a su patrimonio en beneficio de los pobres y se estableció en soledad junto a su familia, que también vivía una dura vida ascética, en su granja del río Iris, cerca de Neocesarea. De hecho, se organizaron como dos monasterios gemelos. En la orilla contraria del río, en Annesi, Macrina había fundado un monasterio donde vivía junto con su madre Emelia. Sus vidas consistían en la lectura de las Escrituras, la oración y el trabajo en el campo.


Basilio conoció al obispo Eustacio de Sebaste, que había fundado un movimiento ascético muy duro que favorecía el modo de vida anacoreta (solitario). Pero San Basilio entendía el monasticismo como vida en común (cenobítica), que es superior porque es más útil y más segura para la salvación personal (Oratio 43, capítulo 62, ver también Sozomeno, Historia Ecclesiastica 4,12). San Gregorio Nacianceno visitó Annesi en torno a 358 y describió el lugar como de una bella soledad. En la atmósfera monástica de Annesi, Basilio y Gregorio compusieron la antología de los trabajos de Orígenes conocidos como “Philokalia” (Gregorio, Epistula 115; Sócrates, Hist. Eccl 4, 24), un importante trabajo para el desarrollo de la terminología teológica posterior.


Es posible que Dianio lo ordenara como lector o incluso diácono antes de su retiro en el Ponto. En cualquier caso Basilio ya era diácono en 360 y tomó parte en las disputas dogmáticas entre los “homoiusianos” (que creían que Cristo era como Dios –homoios– pero no Dios; entre los cuales estaba Basilio de Ancira y Eustacio de Sebaste) y los eunomianos o anomoeanos (extremistas arrianos), pero él apoyó decididamente la posición de Nicea (la “homousiana”). Tras la muerte de Dianio (362), los obispos vecinos eligieron, bajo la presión política del público, a Eusebio como obispo, aunque éste era un laico y no tenía conocimientos teológicos. De modo que buscó un buen teólogo que lo apoyara en la administración de su diócesis y encontró a Basilio, a quien consagró como sacerdote.


En este período, Juliano el Apóstata pidió un gran tributo a cambio de la libertad cristiana. Basilio lo rechazó, y las amenazas del emperador no fueron llevadas a cabo porque murió en 363, en una batalla contra los persas. Poco después, la ciudad se dividió entre los partidarios del obispo y sus oponentes, y en este contexto, Basilio abandonó la ciudad y regresó a su monasterio del Ponto. Pero poco después, debido a que el emperador Valente (364-375) intentó imponer un obispo arriano en Cesarea, Basilio aceptó la petición de Gregorio Nacianceno y regresó a la ciudad, se reconcilió con el obispo y fue, de facto, el líder de la iglesia de Cesarea hasta la muerte de Eusebio (370). Los magistrados imperiales y otras personalidades no querían a Basilio de obispo. El voto decisivo fue dado por el nonagenario Gregorio el Anciano, el padre de Gregorio Nacianceno, que acudió personalmente a la elección y le dio la consagración.


Basilio tenía 40 años de edad cuando se convirtió en arzobispo, teniendo en torno a 50 obispos sufragáneos en Capadocia. Intentó reconciliar las diferentes facciones en la ciudad, pero entraba en gran conflicto con Valente, protector de los arrianos, que llegó a la ciudad en 371 e intentó exiliar al Santo. Aparentemente porque Basilio sanó a la hija enferma del emperador (Oratio 43, capítulo 37), el emperador cambió de estrategia. Dividió la provincia de Capadocia para debilitar la influencia de Basilio y la fuerza de Nicea. En cambio, los capadocios crearon nuevas diócesis y ordenaron nuevos obispos.


Basilio mantuvo correspondencia con los obispos occidentales y trató de restaurar mejores relaciones entre Oriente, dominado por los arrianos, y Occidente, dominado por los niceos. Intentó acabar con el cisma antioqueno y reconciliar el obispo Melecio con el papa Dámaso, que apoyaba al contra-obispo Paulino, pero sin éxito. En los asuntos internos, Basilio intentó mejorar la educación espiritual e intelectual de los obispos y sacerdotes, prohibió a los obispos sufragáneos la ordenación a cambio de dinero bajo pena de excomunión, insistió en la impecable transformación de los sacerdotes y se declaró en contra de la presencia de mujeres en el servicio doméstico en las casas de los clérigos, para eliminar sospechas morales. Envió numerosas cartas pastorales a obispos y sacerdotes, con consejos acerca de diferentes problemas pastorales.


San Basilio es también conocido como el “padre de los pobres” a raíz de la creación del famoso Basilias, construido primero como una casa y posteriormente como una “nueva ciudad” a las puertas de Cesarea, donde los enfermos, los pobres, los extranjeros, los ancianos y todos aquellos incapacitados para trabajar eran ayudados a llevar una vida digna. Este centro humanitario tenía una gran catedral, una casa para el obispo, otros apartamentos para los sacerdotes, monjes, doctores, enfermeras; hospicios para peregrinos, hospitales, establos, graneros y talleres donde diferentes artesanos acudían a ayudar.


San Basilio sirvió como arzobispo sólo durante nueve años. Las tensiones con la política imperial acabaron cuando Valente murió en agosto de 378 y Teodosio se convirtió en emperador y ofreció libertad eclesiástica a los nicenos. Seguramente con ayuda de Basilio, Gregorio Nacianceno se convirtió en obispo en Constantinopla. Poco después de este nombramiento, Basilio se sintió muy enfermo y murió el 1 de enero de 379.


Los escritos de San Basilio


Los trabajos de San Basilio tienen una función teológica muy importante en el desarrollo de la fe cristiana, tanto en teología moral como en dogmática, pero también en la praxis ascética y litúrgica de la Iglesia.


Escritos dogmáticos:


– Contra Eunomio en 3 libros (Migne, Patrologia Graeca 29, cols. 497-670), una respuesta a una apología arriana escrita por Eunomio en 361. La réplica, concebida en 364, defiende la divinidad del Hijo de Dios, que ha nacido del Padre, el No Nacido, y que es consustancial con Él (μοούσιος). En el tercer libro Basilio defiende la consustancialidad del Espíritu Santo. Para este tema escribió un libro especial, siendo éste:

– De Spiritu Sancto, en 375 (Migne, PG 32, cols. 67-218).


Escritos ascéticos:


– Ascetica ( ̓Ασκητικά, Migne, PG 36, cols. 619-1428) compuesta en tres partes: Moralia (θικά), una guía para la vida cristiana en ochenta reglas de costumbres, y dos reglas monásticas: las 55 Grandes Reglas (AsketikonMayor) y las 313 Pequeñas Reglas (Asketikon Menor), en forma de preguntas y respuestas. Ambas reglas monásticas tienen gran importancia hasta el día de hoy en los monasterios cenobíticos de la cristiandad oriental. Gregorio Nacianceno atestiguó que Basilio escribió y usó estas reglas durante su retiro a las orillas del río Iris, para la vida de la comunidad monástica basiliana y como contrapunto a las reglas anacoretas de Eustacio. Basilio nunca usa el término de “monachos” para definir al monje, prefiere el uso del nombre “hermano”, para hacer referencia al monje”.


Escritos litúrgicos: 


– La Liturgia de San Basilio (Migne, PG 21, cols. 1629-1656) que se celebra 19 veces al año.

– Los exorcismos de San Basilio, oraciones leídas al final de la Liturgia del 1 de enero, en todas las Iglesias Ortodoxas.

– Diferentes oraciones usadas en la vida cristiana diaria (como son las oraciones matutinas, las oraciones eucarísticas de antes y después de la Santa Comunión, etc.)


Escritos homiléticos y cartas


– Comentarios bíblicos a diferentes libros: el más común es su comentarios a los Seis Días de la Creación (Hexaemeron), pero también otros, como trabajos exegéticos de los Salmos, Isaías, Job, los 24 sermones, las 366 cartas con propósito dogmáticos, apologético o pastoral.


Veneración:


Su conmemoración comenzó casi inmediatamente después de su muerte, de modo que el día 1 de enero se convirtió en la fiesta del Santo en Oriente.


Las Iglesias Bizantinas tienen otra fiesta para los Tres Pilares de la Iglesia: Basilio, Gregorio Nacianceno y Juan Crisóstomo, el 30 de enero. Esta celebración se relaciona, tradicionalmente, con una dispuesta en torno a “cuál de los tres es el más grande”. San Juan Mauropoulos, obispo de Euhatiae, tuvo una visión en 1084 en la cual los tres jerarcas le comunicaron su total igualdad en el Reino de Dios. Desde entonces, Basilio, Gregorio y Juan son conmemorados conjuntamente y de hecho se les considera patrones de las escuelas teológicas.


Hay numerosas reliquias de San Basilio a lo largo y ancho del mundo. Una de las más importantes es su cabeza, que se preserva hoy en día en el monasterio de la Gran Laura del Monte Athos, en Grecia. Se dice que la mítica espada Durandal contiene algo de sangre de Basilio.


Mitrut Popoiu


SAN GREGORIO EL TEÓLOGO


Infancia


Nuestro Santo vino a este mundo en una fecha no bien determinada, entre los años 330 y 339, su tierra natal fue Arianzo, al noroeste de Capadocia, aunque hay quien se decanta por la ciudad vecina de Nacianzo. Es la suya una familia de Santos: su padre, conocido como San Gregorio Nacianceno “El Antiguo”, su madre, Santa Nona y sus hermanos: Santa Gorgonia y San Cesáreo, de los que nuestro santo es el hermano intermedio.


San Gregorio Nacianceno “El Antiguo”, perteneció a una secta llamada de los hipsitarios (adoradores del Altísimo) con ideas medio judías y medio paganas. Por influencia de su esposa Nona, que provenía de una familia cristiana, se convirtió a esta fe cuando contaba cerca de cuarenta años, fue un hombre recto que ganó la estima de todos y tal aprecio causó que los obispos de Capadocia lo nombraran obispo de Nacianzo siguiendo el parecer de los fieles.


Santa Nona, la madre, era una mujer de fe viva, a toda prueba, de una piedad genuina; fue educadora muy capaz, ya que logró forjar a sus hijos como personas de bien. Por su influencia, San Gregorio comenzó desde muy joven a sentir la vocación por la vida consagrada, atraído a la contemplación de Dios y a renunciar al matrimonio para dedicarse de lleno al Señor. También por ella recibió la mejor cultura de su tiempo, la griega, la profana, para alcanzar un nivel a la altura de los mejores que no eran cristianos.


Juventud


Terminados los estudios en su tierra natal, los continuó en Cesarea de Capadocia y allí conoció al que sería su mejor amigo, San Basilio Magno, con quien continuó estudiando en Cesarea de Palestina, Alejandría y finalmente en Atenas. En Alejandría, además de las artes liberales y la educación general, estudió con entusiasmo la obra teológica de Orígenes y tuvo también un acercamiento con San Atanasio. Allí culminó su estudio de la exégesis alegórica de la Biblia y conoció el monacato como lo propuso San Antonio Abad. Consolidada su amistad con San Basilio Magno, del que nunca se desprenderá, ambos tendrán como condiscípulo hacia el año 355 al futuro emperador Juliano el Apóstata, aunque será únicamente San Gregorio quien tenga dificultades ideológicas con él.


Basilio y Gregorio: dos amigos, un solo corazón


Fue en Atenas donde Gregorio conoció perfectamente la cultura helénica, allí apuntaló su formación literaria. Tuvo por maestros a Himeneo, pagano, y a Proheréseo, cristiano, cuyas clases frecuentó con Basilio en Constantinopla. Fue profunda, ejemplar y célebre la amistad que se forjó entre ambos y pronto se hizo referencia obligada; la amistad de Basilio marcó a Gregorio e influyó decididamente en su crecimiento personal.


En su disertación 43, en alabanza de su amigo, Gregorio expresa sus sentimientos: “Por entonces, no solo admiraba yo a mi grande y querido amigo Basilio por la seriedad de sus costumbres y por la madurez y prudencia de sus palabras, sino que inducía yo mismo a los que no lo conocían a que le tuvieran la misma admiración. Éste fue el principio de nuestra amistad, de este modo se estableció un mutuo afecto entre nosotros… Nos hicimos mutuas confesiones acerca de nuestro común deseo de estudiar la filosofía, ya para entonces se había acentuado nuestra estimación, vivíamos juntos como camaradas, estábamos en todo de acuerdo, teníamos idénticas aspiraciones y nos comunicábamos cada día nuestra común afición por el estudio, con lo que ésta se hacía cada día más ferviente y decidida. Teníamos ambos una idéntica aspiración a la cultura, cosa que es lo que se presta más a envidias, pero sin embargo, no existía entre ambos tal envidia, aunque sí el incentivo de la emulación. Nuestra competición consistía no en obtener cada uno para sí el primer puesto, sino en obtenerlo para el otro, pues cada uno consideraba la gloria de éste como propia. Idéntica era nuestra actividad y nuestra afición, aspirar la virtud, vivir con la esperanza de las cosas futuras… Con estos pensamientos dirigíamos nuestra vida y todas nuestras acciones, esforzándonos en seguir el camino de los mandamientos divinos y estimulándonos el uno al otro en la práctica de la virtud; y si no pareciese una arrogancia el decirlo, diría que éramos el uno para el otro la norma y la regla para discernir el bien del mal”.


Dice el libro del Eclesiástico: “Un amigo fiel es un refugio, el que lo halla, ha encontrado un tesoro. Nada hay que valga como un verdadero amigo ni hay balanza que pueda tazar su valor. El amigo fiel es un elixir de vida, los que temen al Señor lo encontrarán. El que teme al Señor, endereza su amistad, pues como es él, será su compañero”. (Ecl. 6, 14-17).


Hay en las historias del santoral muchos ejemplos de santos que vivieron el valor de la amistad con mucho respeto; sin embargo, a pesar de las dificultades como luego veremos, la amistad entre San Basilio Magno y San Gregorio Nacianceno traspasó el tiempo, hasta el punto de que con la reforma litúrgica del Concilio Vaticano II se unificó la memoria de ambos obispos en una sola fecha, tomando como criterio esta amistad, un caso verdaderamente insólito en la norma de la liturgia, pues cada santo tiene méritos propios y particulares para celebrarse por separado. Aún más, la Conferencia Episcopal de Sicilia solicitó hace unos años a la Santa Sede la autorización de separar la celebración de San Basilio Magno porque éste es el Patrono principal de un archimandrato local; la Santa Sede negó esta posibilidad, aludiendo que la memoria de ambos santos se había unificado precisamente por esa amistad inseparable. Actualmente ambos santos, amigos con raíces no solo temporales sino principalmente espirituales, nos dan ejemplo de cómo cultivar la amistad, siendo solidarios, unidos, fieles, cooperativos, hundiendo la causa de ese valor en el trato y amistad con Dios, para que se consolide la fraternidad y perdure para siempre.


Buscando una identidad


Nuestro santo fue un joven muy dedicado al estudio, de hecho, cuando San Basilio regresó a Capadocia, él continuó sus estudios para profundizarlos mejor por unos años, hasta que alcanzó los treinta años de edad. Luego, de regreso a su tierra, dio pruebas de ser competente en la retórica al mismo tiempo que manifestó dudas y vacilaciones vocacionales respecto a escoger la vida contemplativa y ascética; sin embargo, no cedió por seguir disfrutando del estudio, especialmente las Sagradas Escrituras. Es en este tiempo cuando recibió el Bautismo de manos de su padre.


Secundando una invitación de Basilio, se retiró con él a vivir una experiencia de soledad en Anisa, donde se ejercitó en la ascesis y a la vez colaboró con su amigo en la composición del libro de la “Filocalia”, a base de extractos de obras de Orígenes, que influyó luego en la elaboración de las primeras reglas monásticas, pero pronto enfermó de nostalgia y su sensibilidad ansiosa de acción y de ver a sus familiares le hicieron volver a Nacianzo. Aprovechando esa coyuntura, su padre le ordenó sacerdote sin importarle las protestas de su hijo que accedió finalmente por su timidez y frágil carácter; esto ocurrió a finales del 361 o principios del 362. Luego, una crisis provocada por la exigencia del orden recibido, le hizo huir de Nacianzo y escapó para refugiarse al lado de Basilio y buscar en él la paz, la serenidad y restañar la herida causada por esa arbitrariedad. Al poco tiempo de reflexionar y siguiendo los consejos de su camarada y sufriendo el remordimiento de haberle fallado a su padre, nuestro santo regresó a ejercer su ministerio junto a su progenitor hacia la Pascua del 362, incorporándose tímidamente por el escándalo causado en la comunidad. Por ello publicó una obra apologética titulada “Sobre la Fuga”, un verdadero tratado sobre el sacerdocio.


Diez años transcurrieron mientras él ejerció eficazmente su ministerio sacerdotal al lado de su padre, quien iba disminuyendo su capacidad por la edad. Entre tanto, Juliano el Apóstata llevaba a cabo su plan de restaurar el paganismo, para lo cual se empeñó en destruir la enseñanza religiosa en las escuelas, con la severa prohibición de estudiar a los clásicos, cosa que Gregorio consideraba una calamidad para la Iglesia. Es entonces cuando escribe las “Invectivas contra Juliano”, dos tremendos discursos en los que de tirano no baja al emperador, condenándolo por su actuación. En ellos afirma que la cristiandad superará al gobierno pagano, que tiene una notoria imperfección como es el caso de Juliano, y ésto se logrará mediante el amor y la paciencia. A fines del año 362 Juliano decide perseguir a sus detractores, entre ellos nuestro santo, para para su fortuna este proyecto se para con la muerte del emperador en una campaña contra los persas al año siguiente. Por entonces Basilio fue ordenado sacerdote e igual que su amigo, contra su voluntad, a resultas de lo cual tuvo dificultades con su obispo Eusebio y para solucionar la confrontación entre ambos, tuvieron que intervenir los dos Gregorios: padre e hijo. El padre también intervino eficazmente en la elección de Basilio para suceder a Eusebio en la sede de Cesarea, porque la elección era muy reñida y la oposición fuerte. En esta década también moriría su hermano Cesáreo, al que compuso un discurso fúnebre muy sentido.


Obispo a la fuerza 


A Juliano el Apóstata le siguió en el trono el emperador Valente, que fue un protector de los arrianos. Éste, en el año 371 dividió a Capadocia en dos partes; las razones para hacer esto no fueron solo políticas, sino que también hubo causas religiosas, pues de esta manera dividió la fuerza ortodoxa pro nicena en esa provincia, muy pujante gracias a la labor pastoral de San Basilio Magno, cuya sede metropolitana era Cesarea. La capital de la zona seccionada fue Tiana, con Ántimo, de facción arriana como obispo titular. Para contrarrestar este movimiento y no perder sus derechos, San Basilio usó la estrategia de reforzar su provincia eclesiástica erigiendo varias diócesis nuevas, incluso fuera de las fronteras del imperio: así fundó la diócesis de Sasima, confiando a Gregorio la administración de la misma. La sede del mismo era una creación de buenas intenciones y despacho, pensada más bien como un contrapeso para Ántimo, pues el territorio diocesano era entramado, no había pueblo y el que había carecía de identidad, pues la mayoría de los habitantes eran extranjeros; de hecho, la propia Sásima no pasaba de ser una aldea. San Gregorio se referirá sobre su sede con estas palabras: “Un agujero espantoso, una mísera parada de postas de la carretera principal… sin agua, vegetación o la compañía de caballeros… ¡esto era mi Iglesia de Sásima!”. Así, y por políticas eclesiásticas, sin que nuevamente supiera decir no, por ministerio de Basilio, Gregorio Nacianceno alcanzó la plenitud sacerdotal poco antes de la Pascua del año 372.


En sus escritos manifiesta cómo nunca le pudo disculpar a su amigo esta faena que le adjudicó. Como era de suponer, Gregorio nunca tomó posesión de su sede, aunque estaba dispuesto a hacerlo y por esta situación se le adelantó Ántimo y por la fuerza impuso un aliado como pastor residencial. San Gregorio Nacianceno no consideró que valiera la pena luchar por su sede a pesar de la insistencia de San Basilio y nuevamente dio fuga a la situación. Le replicó a su amigo que no era su intención ser un títere al antojo de sus intereses. El episodio de Sásima marcó para mal su relación con San Basilio durante algún tiempo (372-373).


En una ocasión, Gregorio tuvo la ocasión de defender a su amigo en un banquete, donde se criticaba a Basilio por su exposición renuente expuesta en una homilía, en la que era reticente a afirmar la divinidad del Espíritu Santo; el Nacianceno explicaba que la postura de Basilio era por prudencia solamente. En una carta, la número 58, le escribe a su amigo el episodio, la cual no fue bien recibida y que fue contestada con una cortés y fría respuesta. Poco tiempo después y a instancias de su anciano padre, aceptó ser su auxiliar y se instaló en Nacianzo. En el año 374 murieron sus padres y por gestiones de los obispos circunvecinos, con San Basilio a la cabeza, aceptó administrar la sede naciancena provisionalmente hasta designarse un titular que fuera el sucesor de su difunto padre. Entonces, lo momentáneo resultó estable, hasta prolongarse más de lo soportable, por lo que huyó de nuevo para recalar en Seleucia de Isauria para dedicarse a la contemplación y la vida monástica tan deseada por él.


En el año 378 murió Valente y le sucedió en el trono Teodosio, de confesión ortodoxa, asociando en el trono de occidente a Graciano, ortodoxo como él, con lo que la situación religiosa del imperio daría un giro. El 1 de enero de ese mismo mes y año murió San Basilio Magno, consumido por su infatigable caridad pastoral, un golpe que le causaría una pena muy profunda. No pudo asistir al funeral por motivos de salud, en cambio, envió una sentida carta de condolencia para el hermano de San Basilio, San Gregorio de Nisa y al fallecido le compuso doce poemas en su memoria.


Constantinopla


La capital del Imperio de Oriente, Constantinopla, luego de cuarenta años y gracias al apoyo de Valente, había quedado en manos de los arrianos, que con habilidad lograron seducir a la población, hasta el punto de que los ortodoxos se redujeron a un pequeño número sin pastor. De aquí salió la iniciativa para que se invitara a Gregorio para que los dirigiera. Es probable que San Basilio en su lecho de muerte haya recordado las capacidades su de amigo y hiciera alguna recomendación como defensor de la Ortodoxia en Constantinopla. Éste se venció a sí mismo y a sus repugnancias y aceptó el cargo. Al proponer a Gregorio, la comunidad vio en él su prestigio, capaz de imponerse en un ambiente difícil, tanto en el medio político como religioso, por lo que se exigía para el cargo un hombre con gran cultura. Sus dotes de orador, exponiendo una doctrina segura y su fuerte compromiso cristiano parecieron presentar a la persona adecuada; afortunadamente en esta ocasión se dedicaría con ahínco a su compromiso. En la casa donde se reunía la comunidad se habilitó una pequeña capilla, conocida como la “Anástasis”; este lugar marcaría la resurrección de la comunidad cristiana fiel a la fe apostólica de Constantinopla.


En la noche de la Vigilia Pascual del año 379 tuvo que soportar un fuerte ataque en el que los fieles fueron apedreados y a él mismo se le intentó asesinar; no tomó mayor importancia del penoso incidente y olvidó todo con un sincero perdón. Sucedió en esos días que se infiltró en la comunidad un filósofo cínico convertido al cristianismo, un tal Máximo, que se presentó como defensor de la doctrina del Concilio de Nicea (325). Tuvo la habilidad de engañar a todos, incluyendo a Gregorio, quien ignorando su pasado, le dio su confianza total. Este hombre conocía la rivalidad que tenía el arzobispado de Alejandría con el arzobispado de Constantinopla y obtuvo que desde aquella sede se enviara un grupo de obispos que lo consagrara a él como obispo para cerrar el paso a Gregorio al arzobispado constantinopolitano. Afortunadamente su ambición precipitada le hizo fracasar y tuvo que buscar otros proyectos. Sin embargo, este suceso lastimó a Gregorio, que tuvo la tentación de huir, pero finalmente le contuvieron sus fieles. Como resultado, él quedo avergonzado y expuesto a las críticas como un ingenuo provinciano incapaz de sobrellevar las políticas y las intrigas de la capital del imperio.


Apostólica y ardua fue la labor que San Gregorio Nacianceno realizó para devolver la fe ortodoxa a Constantinopla; enorme repercusión tuvieron para ello cinco discursos teológicos pronunciados en el verano del año 380, exponiendo con claridad y hondura para instrucción de los creyentes y refutación de los herejes, la doctrina limpia sobre la Santísima Trinidad y la divinidad del Verbo. Su grey quedó afianzada y los grupos heterodoxos como los arrianos, eunomianos, macedonianos y apolinaristas quedaron confundidos. Por medio de estos cinco discursos, San Gregorio Nacianceno llegó a la cima de su pensamiento teológico, mereciendo por esto el sobrenombre de “El Teólogo”. Tal fue su prestigio, que San Jerónimo, que vivía por entonces en Antioquía de Siria, fue a visitarlo para conocerlo. Según su propio testimonio, lo eligió como guía y orientador.


El 24 de noviembre Teodosio entró en Constantinopla, obligando enseguida a los arrianos a devolver a los ortodoxos todas las iglesias, desterró al obispo arriano Demófilo y entronizó solemnemente a Gregorio en la Basílica de los Santos Apóstoles, esperando que su iniciativa fuera aceptada por las autoridades competentes.


El Concilio Ecuménico de Constantinopla


La finalidad del Concilio de Constantinopla se dio en un momento en que las divisiones teológicas y las luchas que surgieron de las mismas tuvieron un espacio de serenidad y con una oportunidad propicia para la unificación religiosa del imperio, que era la voluntad de Teodosio. Este Concilio se convocó para afianzar la fe de Nicea, para hacerla respetar y para establecerla como norma segura. En esta reunión participaron 150 padres conciliares, la mayor parte de ellos de la región oriental, especialmente integrada por el grupo de obispos de Antioquia, cuyo titular, San Melecio, fue investido como presidente del mismo, ya que era el decano del episcopado presente. Sin embargo, San Melecio era la cabeza de una facción semicismática, que tenía dividida a Antioquia, una circunstancia que no era bien vista en Roma por el Papa San Dámaso I, San Ambrosio de Milán y en general, por muchos obispos occidentales y no pocos orientales.


El primer punto a tratar fue la asignación de una cabeza al frente de la Iglesia de Constantinopla, por lo que se reafirmó la nulidad de la elección de Máximo y se rectificó como titular a San Gregorio Nacianceno. En este punto se tuvo que examinar cómo el Canon 15 del Concilio de Nicea ordenaba la no transferencia de una sede a otra. Para superar esa dificultad del pasado de Gregorio, San Melecio advirtió que esa norma prácticamente no estaba vigente y que se había escrito para frenar la ambición de poder, que obviamente no era el caso del Nacianceno; además, los traslados se hacían conforme fueran pastoralmente necesarios, como en la presente circunstancia y el mismo Melecio era un ejemplo vivo de ello, pues primero fue obispo de Sebaste y luego de Antioquia. Para remachar y no causar más dificultades a Gregorio, se aclaró también que nunca había tomado posesión de Sásima.


Otro punto que se vio en el Concilio, fue la intención de unir al grupo macedoniano con la ortodoxia. Este grupo aceptaba la divinidad de Cristo pero no la del Espíritu Santo, que era un punto de quiebre respecto a Nicea. Las negociaciones que se hicieron para llegar a un punto de acuerdo no prosperaron, tal vez porque en ambas partes se trataba de actuar con diplomacia y sutileza para no hundir el proyecto conciliar. En este punto San Gregorio Nacianceno se mantuvo inflexible, exponiendo la necesidad de una afirmación tácita de la divinidad de la Tercera Persona de la Santísima Trinidad, más la buena disposición de ambos bandos con sus puntos de partida estaban muy distantes uno del otro y finalmente los macedonianos abandonaron el Concilio y la ciudad. Acabado este paréntesis, el trabajo continuó con el programa establecido.


Se determinó también que estaba prohibido a los obispos de una diócesis mezclarse en los asuntos de otra. En este punto se estructuró la administración eclesiástica con el uso de las diócesis civiles, demarcaciones políticas con zonas geográficas para una iglesia local. Por encima de un grupo de diócesis se ponía la figura de un metropolitano, que ocupaba la sede en la capital de una provincia del imperio. Esta fue una de las aportaciones más originales de este concilio.


Un punto álgido fue la asignación del primado de honor a Constantinopla entre las Iglesias Orientales, pues era la sede del poder temporal y conforme a la tradición oriental, la importancia de una sede iba a la par de la importancia política. En el fondo fue una jugada antialejandrina, pues esta sede pretendía la supremacía en Oriente, al haber actuado algún tiempo como sede vicaria de Roma, política que también tenía aires antipáticos hacia Roma.


Así sucedía todo esto con la efervescencia propia de estos tipo de eventos en Oriente, cuando de repente San Melecio murió, quedando vacía la presidencia del Concilio y dejándolo paralizado. Luego de sus funerales, la presidencia y dirigencia del mismo recayó en San Gregorio Nacianceno, que tuvo como primer punto a tratar el espinoso asunto de la sucesión de un pastor para Antioquia, con la finalidad de acabar con el escándalo del cisma que tenía dividida a esa sede; entonces, propuso como candidato al obispo contrario, rechazado entonces como cismático también y que no estaba presente: Paulino de Antioquia.


Esta sede tenía dos bandos confrontados: neonicenos, con San Melecio a la cabeza y Paulino, que dirigía a los veteronicenos. Gregorio pensaba de esta manera que la división que venía desde hacía décadas terminaría con esta propuesta, logrando la pacificación, incluso con los observadores occidentales, que reconocieron a Paulino como legítimo, pero esta propuesta de paz se estrelló contra un muro de intransigencia, tan profundo como largo era el tiempo de la duración del conflicto, hasta el punto de que por ello, los obispos occidentales veían con buenos ojos a los veteronicenos. Además este grupo no olvidaba la intransigencia de San Dámaso I que había pretendido imponerse a San Basilio Magno y al propio San Melecio de Antioquia. Esta animadversión occidental hizo fracasar la propuesta que cicatrizaría la herida y hasta los amigos más cercanos a Gregorio se alejaron de él, pues no podían olvidar lo que San Dámaso hizo batallar a San Basilio. Entonces, los favorables al Concilio se agruparon en torno a Flaviano, el presbítero que más había colaborado con Melecio de Antioquia y Gregorio, enfadado por el resultado, se ausentó de la asamblea aduciendo como excusa su frágil estado de salud. Este comportamiento tan desatinado, le arrebató la simpatía de muchos obispos que lo habían aprobado como obispo de Constantinopla.


La renuncia a la sede de Constantinopla


Sin embargo, lo peor estaba por suceder, pues llegó ya adelantado el curso del Concilio. Un grupo de obispos llegaron procedentes de Egipto y de Macedonia, sobresaliendo de entre ellos Timoteo de Alejandría, Doroteo de Oxirrinco y Acolio de Tesalónica, aunque que no está claro cuantos y quienes más pudieron ser los demás integrantes de este grupo, solo es seguro hacer referencia a éstos. Su llegada también es motivo de investigaciones, pues no queda claro cómo es que llegaron en ese momento; se piensa que fueron invitados por el propio Teodosio tras las tensiones surgidas. Si así fue, tal vez ocurrió no como una compensación al grupo inferior de los melecianos, sino para hacer más representativa la participación en la reunión y lograr así una restauración más sólida de la enseñanza nicena. A fin de cuentas, fuera como hubiere sido, llegaron protestando por no haber sido convocados desde el principio y se integraron provocando una revancha, revisando y poniendo en discusión las decisiones ya tomadas por el Concilio. No prestaron atención al episodio de Máximo, sino a los puntos vistos posteriormente.


Las quejas se estrellaron sobre la compacta unidad de los melecianos por lo que pasaron al punto de la ratificación de Gregorio como obispo de Constantinopla. Fue Acolio de Tesalónica quien objetó esta circunstancia contraria al canon 15 de Nicea, obedeciendo de esta manera las indicaciones de San Dámaso hechas un año antes. Su intervención fue secundada por los obispos egipcios y no hubiera tenido éxito de no ser porque la relación entre San Gregorio y los melecianos había entrado en crisis. Además, el Santo cometió un error fatal: sus nervios – de constitución frágil y duramente probados en los días precedentes -, se resintieron al haber sido atacado por parte de quienes esperaba apoyo al favorecer a Paulino; entonces, manifestó su deseo de desistir a la dignidad de la que se le acusaba de haberse apropiado irregularmente. En una personalidad compleja y contradictoria como la suya, no es posible excluir que su sinceridad fuera acompañada por otra causa secreta: la de que su aspiración fuera reforzada al ser rechazada y confirmada solemnemente pues así lo parecen explicar sus amargas expresiones: “¡Dejadme ser como el Profeta Jonás! Fui el responsable de la tormenta, pero me sacrificaré por la salvación de la nave. Cogedme y echadme… No fui feliz cuando me ascendieron al trono, y con alegría descenderé del él”.


Nadie le había pedido que renunciara a su dignidad y pretendiendo de manera emotiva presentar su dimisión, esperando que le fuera denegada, su actuación fue contraproducente pues la renuncia le fue aceptada, circunstancia que le cayó de sorpresa. Las cosas no se revirtieron para San Gregorio, pues cuando el santo obispo se presentó ante Teodosio para comunicarle su renuncia, éste, a pesar de admirar su elocuencia, de su conducta irreprochable y de sus santas dotes doctrinales, debió convencerse de que Gregorio no era el hombre más apto para dirigir una Iglesia tan delicada como era la de la capital del Imperio y de llevar a buen término la conclusión del Concilio como presidente. Así pues, el Nacianceno se despidió de su sede y del Concilio de manera digna y solemne – aunque sin esconder su amargura -, en la Iglesia de los Santos Apóstoles, en presencia de la Corte y de los Padres Conciliares. Ni siquiera se esperó a la conclusión del Concilio, regresó a Capadocia para reponer su quebrantada salud y recuperar la calma interior luego de estos penosos avatares, retomando la administración de la diócesis de Nacianzo, hasta que años después hizo elegir a su amigo Eulalio para ese cargo. Posteriormente se retiró definitivamente a Arianzo.


Personalidad


Al equilibrio y vivacidad de Basilio, se oponen el idealismo e inconstancia de Gregorio, quien se había apoyado en su amigo como guía seguro. Gregorio fue dueño de una gran inteligencia que lo impulsó como eximio teólogo, un modelo para las generaciones posteriores, aunque también en este campo hay que admitir una inestabilidad de carácter que le impidió una aplicación sistemática y constante. Él fue un literato, un retor, un poeta que experimentaba el placer de encontrarse en el centro de la atención y de las miradas de todos. También tuvo un alma delicada y sensible, a la que cautivaron más las cuestiones espirituales, con una vocación siempre tendiendo a la oración y al recogimiento; las necesidades del momento lo hicieron actuar como se requería, aunque experimentó miedos, dudas, inseguridades y fracasos. Como era muy expresivo, cualquier circunstancia le hacía escribir y por eso su prosa es tan extensa. Hecho más para la contemplación que para la acción, vio claro cuál era su deber y supo sobreponerse y renunciar a su amada soledad.


Maestro de la fe


En el recogimiento de su soledad, pudo dedicarse a una ingente obra por escrito, saliendo de su pluma mucha correspondencia, en la que sabe orientar hacia Dios a sus corresponsales, a quienes se entrega con ternura y delicadeza. Por la fe ortodoxa demuestra que la cultura cristiana no es inferior a la pagana: de la primera hace una fina presentación literaria frente a la vieja propaganda de los herejes, que usaban la poesía para contaminar con sus errores al pueblo, la misma que ahora era usada por él como medio pedagógico para demostrar que entre los cristianos también había poetas, lo que negaban los paganos. Sin ser un poeta de gran relieve, supo manejar el poema didáctico, el himno, la elegía y el epigrama. Se conservan cerca de cuatrocientas poesías suyas, en las que se mueve con facilidad y con dominio del estilo griego. En toda esta parte de su obra, incluso cuando se reduce a una prosa versificada, se entrevé su ternura de espíritu y su sensibilidad casi enfermiza y plenamente enamorada de Dios, entregada a su servicio. El más largo de sus poemas es el que trata sobre su propia vida, que alcanza los 1949 versos.


Rufino de Aquilea refiere de su enseñanza lo siguiente: “Prueba manifiesta de error en la fe, es no estar de acuerdo con la fe de Gregorio”. De este Santo hay que reconocer su plena ortodoxia que da respaldo moral a su doctrina como una regla de la verdadera fe, motivo por el que varios concilios lo citan en muchas ocasiones. San Gregorio Nacianceno influyó significativamente en a teología trinitaria, es recordado como el “Teólogo Trinitario”, él explica el hecho trinitario, hace la distinción de las Tres Divinas Personas o hipóstasis en la Santísima Trinidad; es el primero en precisar las propiedades distintivas de las Tres Divinas Personas con las respectivas características de su naturaleza y persona; sus relaciones internas son expuestas así: “ingénitus-genitus-procedens”: “El Padre no tiene su ser de ningún otro, el Hijo es engendrado por el Padre, el Espíritu Santo es procedente del Padre”. Suyas son estas palabras también: “El Espíritu Santo es verdaderamente Espíritu, viniendo en verdad del Padre pero no de la misma manera que el Hijo, pues no es por generación, sino por procesión, puesto que debo acuñar un apalabra en beneficio de la claridad”. Aunque no desarrolla el concepto plenamente, su idea quedará como semilla que germinará y dará fruto en la teología sobre el Espíritu Santo que habrá después. Conviene recordar que San Gregorio Nacianceno expresa, afirma y defiende la divinidad del Espíritu Santo, quien es el que nos santifica cuando estamos unidos a Cristo, en una “deificacion que consiste en acceder por el Hijo y el Espíritu Santo, al Padre, fuente misma de la divinidad”.


En cuanto a la Redención es suya la sentencia cristológica antiapolinarista que dice: “no es sanado lo que no es asumido”, pues esa secta negaba que Cristo tuviera alma. También enseña que Cristo tiene dos naturalezas: humana y divina, que Él posee un cuerpo humano con su respectiva alma, no habiendo por esto dos Hijos ni dos Dioses. Ambos elementos constituyen al Salvador, pero el Salvador no es uno y lo otro.


Sobre el Bautismo enseña que es necesario bautizar a los niños, particularmente si están en peligro de muerte; el martirio puede, por asimilación, suplir este sacramento. Respecto a la Eucaristía afirma la real presencia de Jesucristo en ella, por la que el Señor se hace presente entre nosotros y actualiza su inmolación en el Calvario.


Con la escatología, enseña sobre las postrimerías del alma y que la respuesta del hombre ante el hecho la muerte debe ser física y ascética. Con ella, él puede ser admitido a la visión de Dios, luego, los cuerpos de los difuntos podrán participar de ella hasta después de la resurrección. Como la muerte lleva aparejada la corrupción, se debe buscar la incorrupción, por eso la muerte ascética es un medio para lograrlo y la garantía de ello es la humanidad de Cristo resucitado. Respecto de los réprobos, dice que las penas que éstos sufren en el infierno, son más de orden moral que físicas.


La profundidad de su magisterio bien le ha merecido el sobrenombre de “El Téologo” por antonomasia. Su pneumatología y cristología fueron decisivas para el posterior desarrollo teológico y dogmático. Su experiencia personal hace binomio con la enseñanza de la Iglesia, profundizando el conocimiento de Dios en provecho suyo y en bien de quienes se siente responsable. Su influjo fue decisivo en el pensamiento oriental, hay rastros de su enseñanza en la Regla Monástica de San Basilio y en los escritos de Evagrio Póntico, el Pseudo Dionisio, Diódoro de Fótica, San Máximo el Confesor, San Doroteo de Gaza, Rufino de Aquilea, San Gregorio I el Magno y San Jerónimo, quien da una referencia suya: “Grandísimo orador fue mi maestro, y escuchándolo interpretar la Escrituras, conseguí interpretarlas”.


Su obra se pueden clasificar en discursos, que son 43 y no 44 como se creía, pues uno que se consideraba suyo se rechazó por espurio. Se pueden mencionar entre ellos el ya referido Sobre la Fuga, Invectivas contra Juliano, y Los Discursos Teológicos sobre la Trinidad. Se conservan como 244 cartas, dedicados San Basilio, sus familiares y amigos. Su composición poética se divide en Carmina dogmática (38 poemas), Carmina Moralia (40 poemas), sobre su vida (99 poemas), amigos (8 poemas) epitafios (129 poemas) y Epigrammata (94 poemas). Existe un poema sobre la Pasión de Cristo que muchos consideran apócrifo, pero autores como Francisco Trisoglio o André Tuilie sostienen que sí es obra suya.


Muerte y culto


Es probable que San Gregorio Nacianceno muriese en Arianzo en el año 390, en una fecha indeterminada, aunque algunos consideran que fue el 9 de mayo, día en que se venía celebrando en la Iglesia Latina hasta la reforma litúrgica del Concilio Vaticano II. Otra línea propone como el día de su muerte el 25 de enero. Los sinaxarios lo celebran junto con este mismo santo y con San Juan Crisóstomo en la fiesta de los Tres Jerarcas, el 30 de enero y a él sólo el día 25 del mismo mes.


Las reliquias


Tiempo después de su muerte, sus restos fueron llevados de Capadocia a Constantinopla y luego a Roma. Éste último traslado está vinculado al Monasterio de monjas benedictinas en el Campo Marte, a donde las habrían llevado algunas monjas bizantinas de Santa Anastasia en Constantinopla para evitar su profanación en tiempos de las persecuciones iconoclastas de los emperadores León III y Constantino V “Coprónimo”, en el siglo VIII. Fueron colocadas en la Iglesia de Santa María en el Campo Marte, muy probablemente en tiempos del Papa San León III (795-816), siendo veneradas en un oratorio cercano denominado “San Gregorio” en su honor; aquí recibieron culto durante la Edad Media.


El Papa Gregorio XIII (1572-1585), cuando vio que se había concluido la primera capilla de la nueva Basílica de San Pedro en el Vaticano y que se podía abrir al culto público, la inauguró el 12 de febrero de 1578, un I Domingo de Cuaresma. En el altar colocó la imagen de Nuestra Señora del Perpetuo Socorro y queriendo enriquecer y honrar el mayor templo de la cristiandad con reliquias de santos insignes, solicitó a las monjas de Santa María en el Campo Marte la autorización de trasladar los valiosos restos de San Gregorio Nacianceno, a quien él tenía profunda admiración y devoción, a la nueva Basílica de San Pedro. Aceptada la petición, quedó en el convento la reliquia de un hueso de su brazo para su veneración en el mencionado oratorio. Este traslado se hizo el 11 de junio de 1580 con una memorable ceremonia. Así, San Gregorio Nacianceno fue el primer santo que se colocó y que se veneró junto al Apóstol San Pedro en este iglesia, siendo guardadas sus reliquias dentro de una urna de bronce en un altar de la Capilla Gregoriana.


El 10 de agosto de 2004, por voluntad del Papa de Roma San Juan Pablo II y a petición del Patriarca Ecuménico de Constantinopla, Su Omnisantidad Bartolomé I, se retiró del arca una gran parte de las reliquias de nuestro Santo para ser llevadas a la Catedral de San Jorge en el Fanar (Constantinopla). En una celebración ecuménica presidida por el referido Pontífice y en compañía del mismo Patriarca, el 27 de noviembre del mismo año se hizo la formal entrega de estas preciosas reliquias junto con las de San Juan Crisóstomo.


Humberto


SAN JUAN CRISÓSTOMO


El Padre de la Iglesia San Juan Crisóstomo (347-407), arzobispo de Constantinopla, fue un obispo y notable predicador en Siria y Constantinopla durante los siglos IV y V. Es muy conocido por la elocuencia de sus discursos y por su denuncia de los abusos cometidos por las autoridades, tanto en la Iglesia como en el Imperio Romano de la época.


Después de su muerte fue nombrado Crisóstomo, en griego, «boca de oro», pero una leyenda popular dice que este nombre surgió antes. En Antioquía, durante un discurso muy elocuente y profundo una sencilla mujer lo interrumpió mientras predicaba llamándolo “boca de oro”. Le dijo que sus palabras eran como una fuente, pero que la comprensión popular era como un cubo al que no llegaba el agua de dicha fuente. Desde ese momento, San Juan cambió su forma de predicar a fin de que todo el mundo lo entendiera. Fue también muy conocido por su notable sensibilidad ascética. Es una de las figuras más importantes de la Patrística Cristiana y es venerado tanto en Oriente como en Occidente con el título de Doctor de la Iglesia.  A veces se le conoce como San Juan de Antioquia, pero en realidad este nombre es de un obispo de Antioquía (429-441), que encabezó a un grupo de obispos orientales moderados durante la controversia nestoriana.


Su vida


San Juan Crisóstomo nació en Antioquía en el seno de una noble familia; su padre, llamado Segundo, era un oficial de alto rango del ejército imperial que murió poco tiempo después del nacimiento de Juan, por lo que fue criado por su madre, Antusa, que provenía de una rica familia cristiana. Su madre quedó viuda con solo veinte años de edad, se negó a casarse de nuevo y dedicó su vida a la educación de su hijo. Juan recibió la educación clásica griega del filósofo Andragatius y del retórico Libanio. Fue bautizado en el año 370, con veintitrés años de edad y fue ordenado lector (hipodiácono), estudiando teología con Diodoro de Tarso, que era uno de los líderes de la que llegó a denominarse Escuela de Antioquía. Vivió como ermitaño en una cueva en las montañas de Antioquia durante dos años, pero debido a su mala salud tuvo que regresar a la ciudad.


Durante diez años, antes de ser ordenado de diácono, estuvo especialmente preocupado por la cuestión del celibato y el monacato y sobre este tema escribió en varias ocasiones. Su tratado Sobre el sacerdocio, escrito durante sus años de diaconado es una obra maestra de la literatura patrística en la que San Juan Crisóstomo hace hincapié en la sublimidad del sacramento del Sacerdocio. Llegó a decir una vez: «Si te encuentras en el camino un sacerdote y un ángel, ve a besar la mano del sacerdote, ya que los ángeles aunque quieren ser capaces de administrar el Sacramento de la Eucaristía, no pueden, ya que esto pertenece sólo a los seres humanos”. Fue ordenado diácono en el año 381 por San Melecio de Antioquía, y luego sacerdote en el 386 por el obispo Flaviano I de Antioquía. Estuvo doce años como predicador en una iglesia construida por Constantino el Grande, y pronto llegó a ser conocido por la elocuencia de su discurso público. De este modo, sus explicaciones de varios pasajes de la Escritura y sus enseñanzas morales son en realidad piezas brillantes de la homilética. Las obras más valiosas son sus Homilías sobre varios libros de la Biblia.


San Juan insistió mucho en la caridad, estando especialmente preocupado por las necesidades espirituales y materiales de los pobres. Habló en contra de los abusos que los ricos de Antioquia y Constantinopla hacían de sus riquezas y bienes. La mayor parte de los temas de su predicación fueron eminentemente sociales, explicando como tenía que ser el modo de vida de los cristianos. Un incidente ocurrido durante su ministerio en Antioquia puede ilustrar muy bien la influencia de sus sermones. Cuando llegó a Antioquia, a causa de un motín popular en el que las estatuas del emperador y su familia fueron mutiladas, el obispo San Melecio tuvo que intervenir, mediar ante Teodosio I. Durante la Cuaresma del año 397, Juan predicó veintiún sermones para demostrar a la gente que habían cometido errores. Parece que su influencia fue muy eficaz pues muchos paganos se convirtieron al cristianismo. En esa ocasión, la venganza del emperador Teodosio no fue tan dura como se esperaba.


En Constantinopla


Después de la muerte de Nectario, arzobispo de Constantinopla, ocurrida en el año 397, Juan, en contra de su voluntad, se convirtió en el nuevo arzobispo de la Capital Imperial. Desde el primer momento, no le agradó el protocolo de la Corte Imperial que confería mayores privilegios a la jerarquía eclesiástica que a los funcionarios del Estado y mientras fue obispo se negó rotundamente a realizar actos espectaculares en su lujosa residencia-palacio. Esto le valió para conseguir gran popularidad entre el pueblo, pero no con los ricos y el alto clero. La reforma que realizó en el clero trajo mucho descontento entre los clérigos. Como ejemplo de esta reforma, a fin de establecer la disciplina, instó a los predicadores a regresar a sus iglesias donde se suponía que tenían que servir a los feligreses. Su estancia en Constantinopla fue mucho más difícil que en Antioquía.


Teófilo, obispo de Alejandría quería que Constantinopla estuviese bajo su influencia y se opuso desde el principio al nombramiento de Juan. Como rival de Orígenes y de sus enseñanzas, Teófilo acusó a Juan de que iba a ser demasiado influenciado por la teología de Orígenes. A finales del siglo IV, Teófilo había castigado a cuatro monjes egipcios (conocidos como los hermanos Tall) por su apoyo a lo que enseñaba Orígenes. Estos huyeron de sus monasterios en Egipto y fueron recibidos por Juan, que los defendió ante el emperador.


Juan se encontró con otro enemigo: Aelia Eudoxia (esposa del emperador romano oriental Arcadio), que no le gustaba las denuncias de San Juan a su extravagancia en el vestir femenino. Asimismo, el ministro Eutropio, que le había ayudado hasta entonces, se convirtió también en su opositor ya que Juan criticaba los abusos que este cometía. Pronto, Teófilo, Eudoxia, y sus otros enemigos se aliaron en contra de Juan. En el año 403 se celebró un sínodo para condenar a Juan, acusándolo se seguir la doctrina de Orígenes. Teófilo, con ventiseis obispos más otros diez que estaban bajo la jurisdicción de Juan, lo acusaron de haber insultado a tres viudas. El consejo, presidido por Teófilo, convocó a Juan para que se defendiera de estas calumnias y otras ridiculeces y como Juan no se presentó ante ellos, fue depuesto y enviado al exilio. Pero esta decisión fue anulada inmediatamente por el emperador Arcadio que estaba convencido de que la gente de Constantinopla lo amaba y apoyaba.


En esto, ocurrió un verdadero “terremoto” en el dormitorio del emperador: la emperatriz, embarazada, había perdido al niño que nació muerto y esto fue interpretado como signo de la ira de Dios, por lo que la paz, solo duró dos meses. Pronto fue erigida una estatua de plata de la emperatriz Eudoxia cerca de la Catedral y Juan criticó abiertamente las ceremonias de dedicación. Habló en contra de la emperatriz en un tono muy duro: «Una vez más Herodías se demoniza a sí misma, una vez más está temblando, baila y salta de nuevo, una vez más está buscando la cabeza de Juan» (una alusión a lo que sucedió a San Juan el Bautista, ya que casualmente tenían el mismo nombre). Durante la Pascua del año 404, Eudoxia, asesorada por Teófilo, convocó un nuevo sínodo en el que San Juan fue depuesto por segunda vez con el argumento de que «no había sido restablecido por un Consejo después de ser depuesto por primera vez». San Juan fue arrestado cerca de su palacio diocesano durante la Pascua y exiliado hasta después de Pentecostés, el 20 de junio en el año 404. Después de una breve parada en Nicea, San Juan llegó después de setenta y siete días de camino, a Arabissos o Cucuz en Armenia Menor. El Papa Inocencio I protestó contra el destierro de San Juan, pero fue en vano.


Juan escribió algunas cartas que tuvieron una gran influencia en Constantinopla, y gracias a ellas se exilió aún más, a Pityus (orilla oriental del Mar Negro, hoy en Georgia), pero nunca llegó a su destino, porque murió durante el viaje, en Comana, en el Ponto, el día 14 de septiembre del año 407. Sus últimas palabras fueron: «¡Gloria a Dios por todo!». Sus restos fueron llevados a Constantinopla en el año 438 por el emperador Teodosio II, y puestos en la iglesia de los Santos Apóstoles, evento que se celebra en la Iglesia el día del 27 de enero.


Doctrina de San Juan Crisóstomo


En su trabajo pastoral, San Juan Crisóstomo se refiere a temas tales como el conocimiento de Dios, los Sacramentos, la Iglesia y el amor cristiano. Su obra completa está compuesta por dieciocho volúmenes en la edición de Patrologia Graeca, y está muy difundida también en cerca de dos mil manuscritos. En relación con el conocimiento de Dios, San Juan Crisóstomo lucha contra la herejía de los Anomaioi argumentando que la naturaleza de Dios y de Cristo Jesús no se puede conocer, es imposible de entender a través de la razón. Esta herejía de Eunomio, no sólo negó la consustancialidad de Jesús, sino incluso que era de una naturaleza diferente de la de Dios. San Juan escribió sobre los sacramentos: el Santo Bautismo, la Penitencia, el Matrimonio, la Sagrada Eucaristía y el Sacerdocio. Acerca de la Iglesia, San Juan Crisóstomo dice que ella es el Cuerpo de Cristo, que los creyentes son los miembros de este cuerpo y que Cristo es la cabeza del cuerpo: «y sometió todas las cosas bajo sus pies, y lo dio por cabeza sobre todas las cosas a la iglesia, la cual es su cuerpo, la plenitud de Aquel que todo lo llena en todo «(Ef 1, 22-23).


San Juan afirma que el amor es esencial para conseguir la salvación, que es la virtud que hace al hombre semejante a Dios, que es el Amor. El amor a Dios debe complementarse con el amor al prójimo y debe caracterizarse por la misericordia. San Juan afirma que cuando ayudamos a un pobre tenemos que ser conscientes de que en realidad ayudamos a Cristo, que nos recompensará en el Día del Juicio Final: «Venid,  benditos de mi Padre, tomad posesión del reinado que ha sido preparado para vosotros desde la fundación del mundo, porque tuve hambre y me disteis de comer; tuve sed y me disteis de beber, fui forastero y me recibisteis…«(Mt . 25, 34-35).


Obras Litúrgicas


En las Iglesias Orientales, dos de sus obras merecen especial atención. San Juan ha armonizado la vida litúrgica de la Iglesia, la revisión de las oraciones y la guía de la Santa Liturgia o la celebración de la Santa Eucaristía. Hasta hoy, la Iglesia Ortodoxa y la Iglesia Católica de rito bizantino celebran sobre todo la Divina Liturgia de San Juan Crisóstomo. En estas iglesias cada año en el servicio de Pascua se lee la homilía de Pascua de San Juan Crisóstomo, que es una verdadera obra maestra de la homilética y de la literatura. Junto con las obras de teología, San Juan escribió un tratado Sobre la vanagloria y sobre el crecimiento de los niños, que es uno de los primeros manuales de Pedagogía.


La importancia de San Juan Crisóstomo


En una época en la cual el clero diocesano era duramente criticado por su lujoso estilo de vida, San Juan estuvo decidido a reformar el clero de Constantinopla. Sus esfuerzos tuvieron una seria resistencia y no tuvo más que un efecto limitado. Como teólogo, ha sido y sigue siendo muy importante en el cristianismo oriental, pero también lo es para el cristianismo occidental. Por lo general se negó a seguir a sus contemporáneos se inclinó hacia la alegoría, y hablaba directamente, aplicando las enseñanzas de las Escrituras a la vida cotidiana. Hasta cierto punto, sus escritos son una síntesis del método hermenéutico de los más alegóricos de la Escuela de Alejandría con la forma literal de comprensión de la Escuela de Antioquía.


Sus exilios muestran que el poder secular tuvo una fuerte influencia en la Iglesia Oriental de aquella época. También pone de manifiesto la rivalidad entre Constantinopla y Alejandría; cada una quería tener el privilegio de tener el primer lugar entre las Iglesias. Esta hostilidad mutua, con el tiempo, creó mucho sufrimiento en la Iglesia y en el Imperio Romano. Es interesante observar el desarrollo de la autoridad papal.


Celebración


La Iglesia Bizantina lo considera como uno de sus principales Jerarcas y lo conmemora el día 13 de noviembre y junto con San Basilio Magno y San Gregorio el Teólogo, lo conmemora el día 30 de enero. El retorno de sus reliquias a Constantinopla, es recordado mañana, día 27 de enero. La Iglesia Latina también lo considera Santo Padre de la Iglesia y lo conmemora el día 13 de septiembre.


San Juan Crisóstomo visto por el Papa de Roma Benedicto XVI (19 de septiembre de 2007)


Queridos hermanos y hermanas:


Este año se cumple el decimosexto centenario de la muerte de san Juan Crisóstomo (407-2007). Podría decirse que Juan de Antioquía, llamado Crisóstomo, o sea, “boca de oro” por su elocuencia, sigue vivo hoy, entre otras razones, por sus obras. Un copista anónimo dejó escrito que estas “atraviesan todo el orbe como rayos fulminantes”. Sus escritos nos permiten también a nosotros, como a los fieles de su tiempo, que en varias ocasiones se vieron privados de él a causa de sus destierros, vivir con sus libros, a pesar de su ausencia. Es lo que él mismo sugería en una carta desde el destierro (cf. A Olimpia, Carta 8, 45).


Nacido en torno al año 349 en Antioquía de Siria (actualmente Antakya, en el sur de Turquía), desempeñó allí su ministerio presbiteral durante cerca de once años, hasta el año 397, cuando, nombrado obispo de Constantinopla, ejerció en la capital del Imperio el ministerio episcopal antes de los dos destierros, que se sucedieron a breve distancia uno del otro, entre los años 403 y 407. Hoy nos limitamos a considerar los años antioquenos de san Juan Crisóstomo.


Huérfano de padre en tierna edad, vivió con su madre, Antusa, que le transmitió una exquisita sensibilidad humana y una profunda fe cristiana. Después de los estudios primarios y superiores, coronados por los cursos de filosofía y de retórica, tuvo como maestro a Libanio, pagano, el más célebre retórico de su tiempo. En su escuela, san Juan se convirtió en el mayor orador de la antigüedad griega tardía.


Bautizado en el año 368 y formado en la vida eclesiástica por el obispo Melecio, fue por él instituido lector en el año 371. Este hecho marcó la entrada oficial de Crisóstomo en la carrera eclesiástica. Del año 367 al 372, frecuentó el Asceterio, una especie de seminario de Antioquía, junto a un grupo de jóvenes, algunos de los cuales fueron después obispos, bajo la guía del famoso exegeta Diodoro de Tarso, que encaminó a san Juan a la exégesis histórico-literal, característica de la tradición antioquena.


Después se retiró durante cuatro años entre los eremitas del cercano monte Silpio. Prosiguió aquel retiro otros dos años, durante los cuales vivió solo en una caverna bajo la guía de un “anciano”. En ese período se dedicó totalmente a meditar “las leyes de Cristo”, los evangelios y especialmente las cartas de Pablo. Al enfermarse y ante la imposibilidad de curarse por sí mismo, tuvo que regresar a la comunidad cristiana de Antioquía (cf. Palladio, Vida 5). El Señor —explica el biógrafo— intervino con la enfermedad en el momento preciso para permitir a Juan seguir su verdadera vocación.


En efecto, escribirá él mismo que, ante la alternativa de elegir entre las vicisitudes del gobierno de la Iglesia y la tranquilidad de la vida monástica, preferiría mil veces el servicio pastoral (cf. Sobre el sacerdocio, 6, 7): precisamente a este servicio se sentía llamado san Juan Crisóstomo. Y aquí se realiza el giro decisivo de la historia de su vocación:  pastor de almas a tiempo completo. La intimidad con la palabra de Dios, cultivada durante los años de la vida eremítica, había madurado en él la urgencia irresistible de predicar el Evangelio, de dar a los demás lo que él había recibido en los años de meditación. El ideal misionero lo impulsó así, alma de fuego, a la solicitud pastoral.


Entre los años 378 y 379 regresó a la ciudad. Diácono en el 381 y presbítero en el 386, se convirtió en un célebre predicador en las iglesias de su ciudad. Pronunció homilías contra los arrianos, seguidas de las conmemorativas de los mártires antioquenos y de otras sobre las principales festividades litúrgicas:  se trata de una gran enseñanza de la fe en Cristo, también a la luz de sus santos. El año 387 fue el “año heroico” de san Juan Crisóstomo, el de la llamada “rebelión de las estatuas”. El pueblo derribó las estatuas imperiales como protesta contra el aumento de los impuestos. En aquellos días de Cuaresma y de angustia a causa de los inminentes castigos por parte del emperador, pronunció sus veintidós vibrantes Homilías sobre las estatuas, orientadas a la penitencia y a la conversión. Siguió un período de serena solicitud pastoral (387-397).


San Juan Crisóstomo es uno de los Padres más prolíficos: de él nos han llegado 17 tratados, más de 700 homilías auténticas, los comentarios a san Mateo y a san Pablo (cartas a los Romanos, a los Corintios, a los Efesios y a los Hebreos) y 241 cartas. No fue un teólogo especulativo. Sin embargo, transmitió la doctrina tradicional y segura de la Iglesia en una época de controversias teológicas suscitadas sobre todo por el arrianismo, es decir, por la negación de la divinidad de Cristo.


Por tanto, es un testigo fiable del desarrollo dogmático alcanzado por la Iglesia en los siglos IV y V. Su teología es exquisitamente pastoral; en ella es constante la preocupación de la coherencia entre el pensamiento expresado por la palabra y la vivencia existencial. Este es, en particular, el hilo conductor de las espléndidas catequesis con las que preparaba a los catecúmenos para recibir el bautismo. Poco antes de su muerte, escribió que el valor del hombre está en el “conocimiento exacto de la verdadera doctrina y en la rectitud de la vida” (Carta desde el destierro). Las dos cosas, conocimiento de la verdad y rectitud de vida, van juntas:  el conocimiento debe traducirse en vida. Todas sus intervenciones se orientaron siempre a desarrollar en los fieles el ejercicio de la inteligencia, de la verdadera razón, para comprender y poner en práctica las exigencias morales y espirituales de la fe.


San Juan Crisóstomo se preocupa de acompañar con sus escritos el desarrollo integral de la persona, en sus dimensiones física, intelectual y religiosa. Compara las diversas etapas del crecimiento a otros tantos mares de un inmenso océano: “El primero de estos mares es la infancia” (Homilía 81, 5 sobre el evangelio de san Mateo). En efecto “precisamente en esta primera edad se manifiestan las inclinaciones al vicio y a la virtud”. Por  eso, la ley de Dios debe imprimirse desde el principio en el alma “como  en una tablilla de cera” (Homilía 3, 1 sobre el evangelio de san Juan):  de hecho esta es la edad más importante. Debemos tener presente cuán fundamental es que en esta primera etapa de la vida entren realmente en el hombre las grandes orientaciones que dan la perspectiva correcta a la existencia. Por ello, san Juan Crisóstomo recomienda:  “Desde la más tierna edad proporcionad a los niños armas espirituales y enseñadles a persignarse la frente con la mano” (Homilía  12, 7 sobre  la primera carta a los Corintios).


Vienen luego la adolescencia y la juventud: “A la infancia le sigue el mar de la adolescencia, donde los vientos soplan con fuerza…, porque en nosotros crece… la concupiscencia” (Homilía 81, 5 sobre el evangelio de san Mateo). Por último, llegan el noviazgo y el matrimonio:  “A la juventud le sucede la edad de la persona madura, en la que sobrevienen los compromisos de familia:  es el tiempo de buscar esposa” (ib.). Recuerda los fines del matrimonio, enriqueciéndolos —mediante la alusión a la virtud de la templanza— con una rica trama de relaciones personalizadas. Los esposos bien preparados cortan así el camino al divorcio:  todo se desarrolla con  alegría y se puede educar a los hijos en la virtud. Cuando nace el primer hijo, este es “como un puente; los tres se convierten en una sola carne, dado que el hijo une las dos partes” (Homilía 12, 5 sobre la carta a los Colosenses) y los tres constituyen “una familia, pequeña Iglesia” (Homilía 20, 6 sobre la carta a los Efesios).


La predicación de san Juan Crisóstomo se desarrollaba habitualmente durante la liturgia, “lugar” en el que la comunidad se construye con la Palabra y la Eucaristía. Aquí la asamblea reunida expresa la única Iglesia (Homilía 8, 7 sobre la carta a los Romanos); en todo lugar la misma palabra se dirige a todos (Homilía 24, 2 sobre la Primera Carta a los Corintios) y la comunión eucarística se convierte en signo eficaz de unidad (Homilía 32, 7 sobre el evangelio de san Mateo).


Su proyecto pastoral se insertaba en la vida de la Iglesia, en la que los fieles laicos con el bautismo asumen el oficio sacerdotal, real y profético. Al fiel laico dice:  “También a ti el bautismo te hace rey, sacerdote y profeta” (Homilía 3, 5 sobre la segunda carta a los Corintios). De aquí brota el deber fundamental de la misión, porque cada uno en alguna medida es responsable de la salvación de los demás:  “Este es el principio de nuestra vida social…:  no interesarnos sólo por nosotros mismos” (Homilía 9, 2sobre el Génesis). Todo se desarrolla entre dos polos:  la gran Iglesia y la “pequeña Iglesia”, la familia, en relación recíproca.


Como podéis ver, queridos hermanos y hermanas, esta lección de san Juan Crisóstomo sobre la presencia auténticamente cristiana de los fieles laicos en la familia y en la sociedad, es hoy más actual que nunca. Roguemos al Señor para que nos haga dóciles a las enseñanzas de este gran maestro de la fe.


Mitrut Popoiu / Benedicto XVI


LECTURAS DE LA DIVINA LITURGIA


Heb 13,7-16: Hermanos, acordaos de vuestros guías, que os anunciaron la palabra de Dios; fijaos en el desenlace de su vida e imitad su fe. Jesucristo es el mismo ayer y hoy y siempre. No os dejéis arrastrar por doctrinas complicadas y extrañas; lo importante es robustecerse interiormente por la gracia y no con prescripciones alimenticias, que de nada valieron a los que las observaban. Nosotros tenemos un altar del que no tienen derecho a comer los que dan culto en el tabernáculo; porque los cuerpos de los animales, cuya sangre lleva el sumo sacerdote para el rito de la expiación, se queman fuera del campamento; y por eso Jesús, para consagrar al pueblo con su propia sangre, murió fuera de la puerta. Salgamos, pues, hacia él, fuera del campamento, cargados con su oprobio; que aquí no tenemos ciudad permanente, sino que andamos en busca de la futura. Por medio de él, ofrezcamos continuamente a Dios un sacrificio de alabanza, es decir, el fruto de unos labios que confiesan su nombre. No os olvidéis de hacer el bien y de ayudaros mutuamente; esos son los sacrificios que agradan a Dios.

Mt 5,14-19: Dijo el Señor a sus discípulos: «Vosotros sois la luz del mundo. No se puede ocultar una ciudad puesta en lo alto de un monte. Tampoco se enciende una lámpara para meterla debajo del celemín, sino para ponerla en el candelero y que alumbre a todos los de casa. Brille así vuestra luz ante los hombres, para que vean vuestras buenas obras y den gloria a vuestro Padre que está en los cielos. No creáis que he venido a abolir la Ley y los Profetas: no he venido a abolir, sino a dar plenitud. En verdad os digo que antes pasarán el cielo y la tierra que deje de cumplirse hasta la última letra o tilde de la ley. El que se salte uno solo de los preceptos menos importantes y se lo enseñe así a los hombres será el menos importante en el reino de los cielos. Pero quien los cumpla y enseñe será grande en el reino de los cielos».


Fuente: Preguntasantoral / Los Prólogos de Ochrid (San Nicolás Velimirovich) / vatican.va / Sagrada Biblia de la Conferencia Episcopal Española