viernes, 30 de abril de 2021

01/05 - Jeremías el Profeta


Este gran Profeta de Dios, Jeremías, que amaba a sus hermanos y se lamentaba grandemente por ellos y rezaba mucho por el pueblo y por la Ciudad Santa, era hijo de Jilquías, de la tribu de Leví, de la ciudad de Anatot en la tierra de Benjamín.

Jeremías fue santificado desde el vientre de su madre, como el mismo Señor dijo acerca de él: «Antes de formarte en el vientre, te elegí; antes de que salieras del seno materno, te consagré: te constituí profeta de las naciones» (Jer 1,5).

Profetizó durante treinta años, desde 613 hasta 583 a.C.

Durante la última cautividad del pueblo en el reinado de Sedecías, cuando solo unos pocos permanecieron en la tierra para cultivarla, este Profeta se quedó con ellos con permiso de Nabuzardán, el jefe de la guardia bajo Nabucodonosor. Jeremías lloró y se lamentó desconsoladamente por la desolación de Jerusalén y por la esclavitud de su pueblo, pero incluso los pocos que quedaron volvieron a pecar, y, temiendo la venganza de los caldeos, escaparon a Egipto, llevándose consigo a la fuerza a Jeremías y a Baruc, su discípulo y escriba. Allí profetizó acerca de Egipto y otras naciones, y fue apedreado hasta la muerte en Tafne por su propio pueblo hacia el año 583 a.C., ya que no soportaban oír la verdad de sus palabras y sus justos reproches.

El libro de la profecía de Jeremías se divide en cincuenta y un capítulos, y su libro de las Lamentaciones en cinco; se le coloca el segundo entre los Profetas Mayores. Su nombre significa: «Yah es exaltado».

jueves, 29 de abril de 2021

30/04 - Santiago Apóstol (el Mayor), hijo de Zebedeo, Patrón de España


El apóstol Santiago, primer apóstol martir, viajó desde Jerusalén hasta Cádiz (España). Sus predicaciones no fueron bien recibidas, por lo que se trasladó posteriormente a Zaragoza. Aquí se convirtieron muchos habitantes de la zona. Estuvo predicando también en Granada, ciudad en la que fue hecho prisionero junto con todos sus discípulos y convertidos. Santiago llamó en su ayuda a la Virgen María, que entonces vivía aún en Jerusalén, rogándole lo ayudase. La Virgen le concedió el favor de liberarlo y le pidió que se trasladara a Galicia a predicar la fe, y que luego volviese a Zaragoza.



Santiago cumplió su misión en Galicia y regresó a Zaragoza, donde corrió muchos peligros. Una noche, el apóstol estuvo rezando intensamente con algunos discípulos junto al río Ebro, cerca de los muros de la ciudad, pidiendo luz para saber si debía quedarse o huir. Él pensaba en María Santísima y le pedía que rogara con él para pedir consejo y ayuda a su divino Hijo Jesús, que nada podía entonces negarle. De pronto, se vio venir un resplandor del cielo sobre el apóstol y aparecieron sobre él los ángeles que entonaban un canto muy armonioso mientras traían una columna de luz, cuyo pie, en medio de un rayo luminoso, señalaba un lugar, a pocos pasos del apóstol, como indicando un sitio determinado.



Sobre la columna, se le apareció la Virgen María. Santiago se levantó del lugar donde estaba rezando de rodillas, y recibió internamente el aviso de María de que debía erigir de inmediato una iglesia allí; que la intercesión de María debía crecer como una raíz y expandirse. María le indicó que, una vez terminada la iglesia, debía volver a Jerusalén. Santiago se levantó, llamó a los discípulos que lo acompañaban, que habían oído la música y visto el resplandor; les narró lo demás, y presenciaron luego todos cómo se iba desvaneciendo el resplandor de la aparición. En el lugar de la aparición, se levantó lo que hoy es la Basílica de Nuestra Señora del Pilar, un lugar de peregrinación famoso en el mundo entero que no fue destruido en la guerra civil española (1936-1939), puesto que las bombas que se lanzaron no explotaron, pudiéndose hoy en día verse expuestas en el interior de la Basílica.



Santiago partió de España, para trasladarse a Jerusalén, como María le había ordenado. María le predijo la proximidad de su muerte en Jerusalén, y lo consoló y lo confortó en gran manera. Santiago se despidió de María y de su hermano Juan, y se dirigió a Jerusalén, donde al poco tiempo fue hecho prisionero.



Fue llevado al monte Calvario, fuera de la ciudad. Durante el recorrido, estuvo predicando y aún fue capaz de convertir a algunas personas. Cuando le ataron las manos, dijo: "Vosotros podéis atar mis manos, pero no mi bendición y mi lengua". Un tullido que se encontraba a la vera del camino, clamó al apóstol que le diera la mano y lo sanase. El apóstol le contestó: "Ven tú hacia mí y dame tu mano". El tullido fue hacia Santiago, tocó las manos atadas del apóstol e inmediatamente sanó.



Josías, la persona que había entregado a Santiago, fue corriendo hacia él para implorar su perdón. Este hombre se convirtió a Cristo. Santiago le preguntó si deseaba ser bautizado. Él dijo que sí, por lo que el apóstol lo abrazó y le dijo: "Tú serás bautizado en tu propia sangre". Y así se cumplió más adelante, siendo Josías asesinado posteriormente por su fe.

En otro tramo del recorrido, una mujer se acercó a Santiago con su hijo ciego para alcanzar de él la curación para su hijo, obteniéndola de inmediato.


Una vez llegado al Monte Calvario, el mismo lugar donde años antes fue crucificado nuestro Señor, Santiago fue atado a unas piedras. Le vendaron los ojos y le decapitaron.

El cuerpo de Santiago estuvo un tiempo en las cercanías de Jerusalén. Cuando se desencadenó una nueva persecución, lo llevaron a Galicia (España) algunos discípulos.

En siglos posteriores y hasta el momento actual, numerosos fieles, principalmente de Europa, recorren parcialmente el "Camino de Santiago" que les conduce a la tumba del Santo, con el fin de pedir perdón por sus pecados.

miércoles, 28 de abril de 2021

29/04 - Jasón y Sosípatro los Apóstoles de los 70 y sus Compañeros


Unos 65 kilómetros de largo y unos 32 de ancho, la isla griega de Corfú brilla como una joya de color turquesa bajo las aguas centelleantes del Mar Jónico. Fue en este idílico paisaje, sólo algunas décadas luego de la muerte y resurrección de Jesús, donde uno de sus primeros obispos soportaría inmensas torturas bajo un déspota romano que quería destruir su fe. Sin embargo, al final, las luchas heroicas del Santo Apóstol Jasón formarían parte de un capítulo triunfante en la historia primitiva de la Santa Iglesia.


Jasón se había convertido al Santo Evangelio gracias a San Pablo, de quien era un pariente lejano. Cuando el Gran Apóstol vio cuan dedicado era predicando la Buena Nueva de Jesús a las multitudes, se mostró complacido al saber que Jasón había accedido a ser parte de Los Setenta –este numeroso grupo de Discípulos, reclutados por los Doce Originales a quienes se les encargó llevar el mensaje de salvación en Jesucristo a todo el mundo conocido.


El Santo Apóstol Jasón había nacido y sido educado en la ciudad de Tarso, localizada en la Provincia de Cilicia (hoy en día parte de la moderna Turquía). Habiendo sido bautizado por San Pablo durante uno de sus muchos viajes, Jasón probaría ser un discípulo extremadamente efectivo, quien frecuentemente sanaba a los enfermos y realizaba otros milagros, al mismo tiempo que atraía muchas conversiones para el Santo Evangelio. Por un buen número de años sirvió como obispo en su región de Tarso.


Como un miembro carismático y ampliamente reconocido de Los Setenta, Jasón era bastante conocido en el mundo Cristiano de su época. Pablo lo menciona en un pasaje clave en su Epístola a los Romanos (16, 21), en el que les dice a la comunidad Cristiana en la Ciudad Eterna:


Os saluda (...) Jasón y Sosípatro, mis parientes.


Luego de muchos años de servicio episcopal sirviendo con piedad y diligencia se le pidió a Jasón que llevara su mensaje algunas millas hacia el oeste... a una bellísima isla del Mar Iónico que era un hervidero de paganos adoradores de ídolos quienes estaban envueltos en las formas más egregias de religión falsa. Estos idólatras confundidos veneraban deidades hechas de oro y plata con piedras preciosas.


El se dirigió voluntariamente hacia este reino complicado cuya violencia resultaba solamente comparable con la belleza de su geografía. Al principio, mientras predicaba la palabra de Dios y construía la iglesia principal dedicada a Esteban, el Protomártir, las cosas parecían ir bastante bien. Pero muy pronto un grupo de paganos que odiaban al Cristianismo y que habían odiado la manera en la que Jasón había conseguido muchas conversiones en su isla se dirigieron hacia el Emperador Romano gobernante difamándolo injustamente.


Tal como sucedía habitualmente el Emperador creyó todas la maldades que le dijeron acerca del clérigo e inmediatamente envió una orden al Gobernador Provincial para que lo encarcelase hasta que renunciara a esa fe inaceptable. Para hacer del castigo aún más desagradable Jasón fue encerrado junto a siete notorios bandidos con la esperanza de que lo maltratasen sólo por diversión.


Los siete criminales –Saturno, Jacisol, Fausto, Genaro, Marcelo, Eutracio y Mamés– eran famosos a lo largo del reino de Jonia por su falsedad, rapacería y crueldad. Sin embargo, de manera sorprendente, ellos se convirtieron muy pronto a la Buena Nueva de Jesús gracias a este alegre apóstol, quien sin lugar a dudas les recordó el hecho de que el Salvador había sido crucificado junto a dos ladrones de toda la vida.


Cuando el Emperador escuchó acerca de la conversión de estos siete criminales estalló de rabia y ordenó inmediatamente que sean hervidos en un recipiente gigante lleno de brea hirviente. 


A pesar de su suerte las víctimas se dirigieron hacia su muerte con un espíritu alegre... impresionando tanto a su carcelero... quien se convirtió a la fe en ese mismo instante. (Su castigo fue rápido: le cortaron una mano con la espada, luego los pies, y finalmente fue decapitado.)


El Emperador estuvo junto a él. Determinado a quebrar la voluntad de este rebelde lo asignó bajo la custodia de un príncipe muy cruel llamado Cipriano, quien era un experto en crear nuevas formas brutales de tortura. Pero el Emperador muy pronto se encontró con otra desagradable sorpresa: Su propia hija Kyrkyra, habiendo presenciado algunos de los sufrimientos de Jasón, había declarado ser Cristiana producto de la empatía de sus tribulaciones.


El vencido Emperador estaba perdiendo su paciencia. Enojado, más allá del auto dominio, encarceló a su hija y ordenó que sea desflorada (violada) por un fornicador famoso llamado Myrin. No mucho tiempo después el malhechor colocó un inmenso y feroz oso en la celda de la doncella. Pero aparentemente, antes de ser destrozada hasta morir, la fiel Kyrkyra le había rezado a Jesús pidiéndole por su ayuda. Cuando el oso apareció completamente domesticado el villano se convirtió y unió sus voces a las de la doncella cantando alabanzas a Dios


Para este instante, completamente fuera de sus casillas, el tirano ordenó a sus hombres que incendien la prisión –pero cuando la piadosa Kyrkyra emergió completamente ilesa de entre las llamas rugientes muchísimos más ciudadanos se convirtieron. Finalmente, el trastornado padre, hizo que le disparasen flechas a su hija, con lo que ella se unió alegremente a las filas de los Bienaventurados Mártires.


A lo largo de todos estos sorprendentes milagros (y muchos más que se dieron lugar en los años posteriores), el Santo Apóstol Jasón nunca perdió su fe en Jesucristo, el Hijo de Dios. Cuando murió de anciano, alrededor del año 110 –aún viviendo en la bella isla Griega en medio del Mar Iónico sus habitantes ya se habían convertido - prácticamente en su totalidad- al Santo Evangelio. Jasón falleció con una oración de gratitud en sus labios.


De la vida de este Santo Obispo e ilustre miembro de Los Setenta aprendemos que la verdadera fe algunas veces requiere de nosotros el creer en la realidad de acontecimientos que parecen desafiar a los cotidianos. Jasón confiaba en su corazón más que en la simple lógica. El confiaba en Dios antes que en cualquier cosa y su fe fue recompensada miles de veces durante su exitosa y larga vida.



Fuente: laortodoxiaeslaverdad.blogspot.com

martes, 27 de abril de 2021

28/04 - Los Santos Nueve Mártires de Cízico


Estos Santos Mártires, que procedían de diversas regiones, sufrieron el martirio juntos cuando fueron decapitados en Cízico, ciudad de Asia Menor en la costa del Mar de Mármara.

lunes, 26 de abril de 2021

27/04 - El Santo Hieromártir Simón el Adelfoteo (Hermano de Dios)


Simón era primo hermano de nuestro Señor Jesucristo. Era hijo de Cleofás (también llamado Alfeo), el hermano de José el Desposado.

Se convirtió en el segundo Obispo de Jerusalén, sucesor de Santiago el Adelfoteo (Hermano de Dios).

Acabó su vida cuando fue crucificado durante el reinado de Trajano, en 107, a la edad de 120 años.

domingo, 25 de abril de 2021

26/04 - Basilio (Basileo) el Santo Mártir, Obispo de Amasea


En la versión jeronimiana de la Crónica de Eusebio, bajo la 275ª Olimpiada (es decir, entre el 321 y el 324), se inscribe que Basilio (o Basileo), obispo de Amasea en el Ponto, sufrió martirio bajo el reinado de Licinio. De hecho, entre las firmas de los que asistieron a los concilios de Ancira y de Neocesarea en 314 se encuentra un Basileo de Amasea, y el propio Eusebio, en su Historia Eclesiástica (X,8), relata que en tiempo de Licinio los cristianos eran tratados con gran crueldad, especialmente en Amasea y otras ciudades del Ponto, y que en particular el gobernador infligió a varios obispos las penas ordinarias de los malhechores.


San Atanasio menciona al gran Basilio del Ponto entre los obispos que en los primeros años de la cuarta centuria mantuvieron con firmeza la consustancialidad del Hijo con el Padre; esa referencia es evidente que apunta al obispo mártir de Amasea.


Las «Actas» del martirio de Basilio, que se suponen escritas por un testigo presencial, un presbítero llamado Juan, cuentan, entre otras cosas, que Basilio dio refugio a una joven cristiana de nombre Glafira, criada de Constancia, mujer de Licinio, y que el emperador, por esta injerencia de Basilio en sus asuntos, se enfureció sobremanera. Sin embargo, cuando los soldados fueron por ellos, Glafira ya había perecido, por lo que San Basilio fue llevado solo a Nicomedia y allí decapitado. Su cuerpo fue arrojado al mar pero, por una revelación divina, fue encontrado y llevado de vuelta a Amasea.



Fuente: eltestigofiel.org

Adaptación propia

sábado, 24 de abril de 2021

Domingo de Ramos. Lecturas de la Divina Liturgia


Flp 4,4-9: Hermanos, alegraos siempre en el Señor; os lo repito, alegraos. Que vuestra mesura la conozca todo el mundo. El Señor está cerca. Nada os preocupe; sino que, en toda ocasión, en la oración y en la súplica, con acción de gracias, vuestras peticiones sean presentadas a Dios. Y la paz de Dios, que supera todo juicio, custodiará vuestros corazones y vuestros pensamientos en Cristo Jesús. Finalmente, hermanos, todo lo que es verdadero, noble, justo, puro, amable, laudable, todo lo que es virtud o mérito, tenedlo en cuenta. Lo que aprendisteis, recibisteis, oísteis, visteis en mí, ponedlo por obra. Y el Dios de la paz estará con vosotros.


Jn 12,1-18: Seis días antes de la Pascua, fue Jesús a Betania, donde vivía Lázaro, a quien había resucitado de entre los muertos. Allí le ofrecieron una cena; Marta servía, y Lázaro era uno de los que estaban con él a la mesa. María tomó una libra de perfume de nardo, auténtico y costoso, le ungió a Jesús los pies y se los enjugó con su cabellera. Y la casa se llenó de la fragancia del perfume. Judas Iscariote, uno de sus discípulos, el que lo iba a entregar, dice: «¿Por qué no se ha vendido este perfume por trescientos denarios para dárselos a los pobres?». Esto lo dijo no porque le importasen los pobres, sino porque era un ladrón; y como tenía la bolsa, se llevaba de lo que iban echando. Jesús dijo: «Déjala; lo tenía guardado para el día de mi sepultura; porque a los pobres los tenéis siempre con vosotros, pero a mí no siempre me tenéis». Una muchedumbre de judíos se enteró de que estaba allí y fueron no solo por Jesús, sino también para ver a Lázaro, al que había resucitado de entre los muertos. Los sumos sacerdotes decidieron matar también a Lázaro, porque muchos judíos, por su causa, se les iban y creían en Jesús. Al día siguiente, la gran multitud de gente que había venido a la fiesta, al oír que Jesús venía a Jerusalén, tomaron ramos de palmeras y salieron a su encuentro gritando: «¡Hosanna! ¡Bendito el que viene en nombre del Señor, el Rey de Israel». Encontrando Jesús un pollino montó sobre él, como está escrito: «No temas, hija de Sión; he aquí que viene tu Rey, sentado sobre un pollino de asna». Estas cosas no las comprendieron sus discípulos al principio, pero cuando Jesús fue glorificado, entonces se acordaron de que esto estaba escrito acerca de él y que así lo habían hecho para con él. Entre la gente que daba testimonio se encontraban los que habían estado con él cuando llamó a Lázaro del sepulcro y lo resucitó de entre los muertos. Por esto, también le salió al encuentro la muchedumbre porque habían oído que él había hecho este signo.

El Sábado de Lázaro y el Domingo de Ramos. Una breve explicación


La semana después del Domingo de María de Egipto se llama la Semana de los Ramos, o de las Palmas. En los oficios del día martes de esta semana, la Iglesia recuerda que Lázaro, el amigo de Jesús, ha muerto y que el Señor lo resucitará de entre los muertos. (Juan 11) A medida que los días progresan hasta llegar al sábado, la Iglesia, en sus diversos himnos y oraciones, sigue a Cristo en su camino hacia Betania, al sepulcro de Lázaro. El día viernes en la tarde, en la víspera de la celebración de la resurrección de Lázaro, concluyen los cuarenta días del “Santo Ayuno” de la Gran Cuaresma:

Habiendo logrado los cuarenta días por el beneficio de nuestras almas, Te rogamos, Tú que amas a la Humanidad, que seamos dignos de ver la santa semana de Tu Pasión, glorificando  en ella Tus grandezas y Tu plan inefable de salvación para nosotros, cantando con una sola voz: Señor, gloria a Ti.  (Himno de las Vísperas)

El Sábado de Lázaro es una celebración pascual.  En este día, la Iglesia glorifica a Cristo como “la Resurrección y la Vida” quien, resucitando a Lázaro, ha confirmado la resurrección universal de toda la humanidad aun antes de Su propia Pasión, Muerte y Resurrección.

Oh Cristo Dios, cuando resucitaste a Lázaro de entre los muertos, aseguraste la resurrección universal. Por lo tanto, nosotros, como los niños, llevamos los símbolos de la victoria, y clamamos a Ti, Hosanna en las Alturas, Bendito sea el que viene en el Nombre del Señor. (Tropario de ese día)

Cristo, la alegría, la verdad y la luz de todos, la vida del mundo y su resurrección, ha aparecido en su bondad a los que están en la tierra. El se ha hecho la Imagen de nuestra Resurrección, otorgando el perdón divino a todos. (Kontakion)

Durante la Divina Liturgia en el Sábado de Lázaro, en  lugar del Trisagion (Santo Dios), se canta el versículo bautismal de la carta a los Gálatas : Vosotros que en Cristo os bautizasteis, de Cristo os revestisteis. Aleluya. (Gálatas 3,27) Este himno expresa el carácter de resurrección que tiene esta celebración. Además, recuerda que el Sábado de Lázaro antiguamente era uno de los grandes días del calendario litúrgico en que se administraba el bautismo en la Iglesia.

Después de la resurrección de Lázaro, Cristo fue saludado por las multitudes como el Mesías-Rey de Israel que tanto habían esperado. Entonces, en cumplimiento de las profecías del Antiguo Testamento, Jesús entró a Jerusalén, montado en un pollino de asno. (Zacarías 9,9; Juan 12,12) Las multitudes lo recibieron con ramos en sus manos y exclamaron a Él con gritos de alabanza: ¡Hosanna! ¡Bendito es Él que viene en el Nombre del Señor! ¡El Hijo de David! ¡El Rey de Israel! Debido a esta  glorificación por el pueblo, los sacerdotes y escribas finalmente se decidieron a “destruirle, a condenarlo a la muerte.” (Lucas 19,47; Juan 11,53; 12,10)


La fiesta de la Entrada Triunfal de Jesucristo a Jerusalén, el Domingo de Ramos, es una de las doce fiestas mayores de la Iglesia. Los oficios de este día siguen en el mismo espíritu que los del Sábado de Lázaro. El templo guarda su esplendor de resurrección, y los himnos continuamente repiten el Hosanna ofrecido a Cristo como el Rey-Mesías que viene en el Nombre de Dios Padre para la salvación del mundo.

El tropario principal de esta fiesta es el mismo que se canta para el Sábado de Lázaro. Se canta en todos los oficios de este día, y en la Divina Liturgia se canta también como Tercera Antífona. El segundo tropario de este día, así como el kontakion y los otros himnos, glorifican la manifestación triunfal de Cristo “seis días antes de la Pascua” cuando se entregará en la Cena y en la Cruz por la vida de este mundo.

Hoy la gracia del Espíritu Santo nos ha reunido. Elevando Tu Cruz, digamos: Bendito sea el que viene en el Nombre del Señor. ¡Hosanna en las Alturas! (1° verso de las Vísperas)

Cuando fuimos sepultados contigo en el bautismo, oh Cristo Dios, nos hiciste dignos de la vida eterna por Tu Resurrección. Ahora Te alabamos cantando:  ¡Hosanna en las Alturas! Bendito sea El que viene en el Nombre del Señor. (Segundo Tropario del Domingo de Ramos)

Sentado en Tu trono en los cielos, y llevado en un pollino de asno en la tierra, oh Cristo Dios, aceptando la alabanza de los ángeles y el canto de los niños quienes proclaman: Bendito  eres Tú que vienes a restaurar a Adán nuevamente. (Kontakion del Domingo de Ramos)

En la vigilia de la fiesta de Domingo de Ramos, se leen las profecías del Antiguo Testamento acerca del Mesías-Rey, junto al relato del Evangelio que cuenta acerca de la entrada triunfal de Cristo a Jerusalén. En el oficio de Matutinos, se bendice ramos que los fieles llevan durante la celebración litúrgica como signo de su propia glorificación a Jesucristo como Salvador y Rey. Estos ramos generalmente son palmas, u otra clase de ramo disponible según la costumbre local.

Los fieles que llevan sus ramos y cantan sus himnos al Señor en el Domingo de Ramos, son juzgados de la misma manera que la multitud de Jerusalén. Fueron las mismas voces que exclamaron ¡Hosanna! a Cristo que, pocos días después, gritaron ¡Crucifícale!  Así, los fieles, mientras glorifican a Cristo con los “ramos de la victoria”, son sometidos a su juicio y entran junto con Él a los días de Su pasión voluntaria.


Fuente: Arquidiócesis de Santiago y Todo Chile (Patriarcado de Antioquía y Todo el Oriente)

viernes, 23 de abril de 2021

Sábado de Lázaro. Lecturas de la Divina Liturgia


Heb 12,28-29;13,1-8: Hermanos, nosotros, que recibimos un reino inconmovible, hemos de mantener esta gracia; y, mediante ella, ofrecer a Dios un culto que le sea grato, con respeto y reverencia, porque nuestro Dios es fuego devorador. Conservad el amor fraterno y no olvidéis la hospitalidad: por ella algunos, sin saberlo, hospedaron a ángeles. Acordaos de los presos como si estuvierais presos con ellos; de los que son maltratados como si estuvierais en su carne. Que todos respeten el matrimonio; el lecho nupcial, que nadie lo mancille, porque a los impuros y adúlteros Dios los juzgará. Vivid sin ansia de dinero, contentándoos con lo que tengáis, pues él mismo dijo: Nunca te dejaré ni te abandonaré; así tendremos valor para decir: «El Señor es mi auxilio: nada temo; ¿qué podrá hacerme el hombre?». Acordaos de vuestros guías, que os anunciaron la palabra de Dios; fijaos en el desenlace de su vida e imitad su fe. Jesucristo es el mismo ayer y hoy y siempre.


Jn 11,1-45: En aquel tiempo había caído enfermo un cierto Lázaro, de Betania, la aldea de María y de Marta, su hermana. María era la que ungió al Señor con perfume y le enjugó los pies con su cabellera; el enfermo era su hermano Lázaro. Las hermanas le mandaron recado a Jesús diciendo: «Señor, el que tú amas está enfermo». Jesús, al oírlo, dijo: «Esta enfermedad no es para la muerte, sino que servirá para la gloria de Dios, para que el Hijo de Dios sea glorificado por ella». Jesús amaba a Marta, a su hermana y a Lázaro. Cuando se enteró de que estaba enfermo se quedó todavía dos días donde estaba. Solo entonces dijo a sus discípulos: «Vamos otra vez a Judea». Los discípulos le replicaron: «Maestro, hace poco intentaban apedrearte los judíos, ¿y vas a volver de nuevo allí?». Jesús contestó: «¿No tiene el día doce horas? Si uno camina de día no tropieza, porque ve la luz de este mundo; pero si camina de noche tropieza, porque la luz no está en él». Dicho esto, añadió: «Lázaro, nuestro amigo, está dormido: voy a despertarlo». Entonces le dijeron sus discípulos: «Señor, si duerme, se salvará». Jesús se refería a su muerte; en cambio, ellos creyeron que hablaba del sueño natural. Entonces Jesús les replicó claramente: «Lázaro ha muerto, y me alegro por vosotros de que no hayamos estado allí, para que creáis. Y ahora vamos a su encuentro». Entonces Tomás, apodado el Mellizo, dijo a los demás discípulos: «Vamos también nosotros y muramos con él». Cuando Jesús llegó, Lázaro llevaba ya cuatro días enterrado. Betania distaba poco de Jerusalén: unos quince estadios; y muchos judíos habían ido a ver a Marta y a María para darles el pésame por su hermano. Cuando Marta se enteró de que llegaba Jesús, salió a su encuentro, mientras María se quedó en casa. Y dijo Marta a Jesús: «Señor, si hubieras estado aquí no habría muerto mi hermano. Pero aún ahora sé que todo lo que pidas a Dios, Dios te lo concederá». Jesús le dijo: «Tu hermano resucitará». Marta respondió: «Sé que resucitará en la resurrección en el último día». Jesús le dijo: «Yo soy la resurrección y la vida: el que cree en mí, aunque haya muerto, vivirá; y el que está vivo y cree en mí, no morirá para siempre. ¿Crees esto?». Ella le contestó: «Sí, Señor: yo creo que tú eres el Cristo, el Hijo de Dios, el que tenía que venir al mundo». Y dicho esto, fue a llamar a su hermana María, diciéndole en voz baja: «El Maestro está ahí y te llama». Apenas lo oyó, se levantó y salió adonde estaba él: porque Jesús no había entrado todavía en la aldea, sino que estaba aún donde Marta lo había encontrado. Los judíos que estaban con ella en casa consolándola, al ver que María se levantaba y salía deprisa, la siguieron, pensando que iba al sepulcro a llorar allí. Cuando llegó María adonde estaba Jesús, al verlo se echó a sus pies diciéndole: «Señor, si hubieras estado aquí no habría muerto mi hermano». Jesús, viéndola llorar a ella y viendo llorar a los judíos que la acompañaban, se conmovió en su espíritu, se estremeció y preguntó: «¿Dónde lo habéis enterrado?». Le contestaron: «Señor, ven a verlo». Jesús se echó a llorar. Los judíos comentaban: «¡Cómo lo quería!». Pero algunos dijeron: «Y uno que le ha abierto los ojos a un ciego, ¿no podía haber impedido que este muriera?». Jesús, conmovido de nuevo en su interior, llegó a la tumba. Era una cavidad cubierta con una losa. Dijo Jesús: «Quitad la losa». Marta, la hermana del muerto, le dijo: «Señor, ya huele mal porque lleva cuatro días». Jesús le replicó: «¿No te he dicho que si crees verás la gloria de Dios?». Entonces quitaron la losa. Jesús, levantando los ojos a lo alto, dijo: «Padre, te doy gracias porque me has escuchado; yo sé que tú me escuchas siempre; pero lo digo por la gente que me rodea, para que crean que tú me has enviado». Y dicho esto, gritó con voz potente: «Lázaro, sal afuera». El muerto salió, los pies y las manos atados con vendas, y la cara envuelta en un sudario. Jesús les dijo: «Desatadlo y dejadlo andar». Y muchos judíos que habían venido a casa de María, al ver lo que había hecho Jesús, creyeron en él.

24/04 - Isabel la Taumaturga


La Venerable Isabel (del gr. "Ελισάβετ", [Elisábet]) procedía de Heraclea de Tracia* y vivió en el siglo V después de Cristo.


Sus padres, Eunomiano ("Ευνομιανός", [Efnomianós]) y Eufemia (Ευφημία,[Effimía], eran reconocidos y famosos por sus riquezas y por su virtud. Habitaban cerca de Heraclea, en un lugar llamado desde la antigüedad "Zrakokríni" ("Θρακοκρήνη") y más tarde "Abidiní" ("Αβυδηνοί"). Vivían con respeto y devoción a Dios, teniendo como modelo al santo Job. Deseando imitar la hospitalidad de Abrahán, ayudaban a manos abiertas a todos los que tenían necesidades materiales. Pero habían pasado dieciséis años desde que se casaron y aún no tenían hijos. Por ello rezaban sin cesar a Dios que les regalase un hijo, para continuar su generación y heredar su riqueza. El Señor que cumple las solicitudes de Sus creyentes, escuchó con benevolencia sus ruegos y no rechazó sus oraciones.


Había en aquel lugar la antigua costumbre de reunirse los cristianos en el día de la memoria de Santa Gliceria (también traducido como Santa Dulcinea, 13 de Mayo), y celebrar su memoria durante toda una semana. Entonces se encontraron allí los padres de la futura santa Isabel con los otros cristianos. Hacían procesiones, pasaban la noche en vigilia glorificando y visitaban otras Iglesias de la ciudad, donde se guardaban las reliquias de cuarenta mujeres santas, del diácono Amós (1 de Septiembre) y de muchos otros santos. Entonces llevaban también en dicha procesión el respetadísimo cráneo de Santa Gliceria.


Celebrando la Divina Liturgia el Obispo de la ciudad llamado León, el padre de Isabel, Eunomiano, vió que el venerado cráneo a veces sonreía y a veces se entristecía. Esto lo consideró una señal de su creencia en la mártir y su alma se llenó de alegría y de pena al mismo tiempo.**  Junto con su esposa rogaron a la santa que solucionase su infertilidad y que les regalase un hijo. Entonces, cuando una vez se quedaron ligeramente dormidos, Eunomiano vio en su sueño a Santa Gliceria, quien le dijo: "¿Para esto me llamas, hombre, y me pides lo que sólo Dios puede dar? Sin embargo, si de verdad me das tu palabra de que conseguiréis un corazón y un espíritu humilde y que nunca presumirás a costa de los demás, haré oración para que el todo bondadoso Señor te de mediante mis interseciones, lo más rápido posible, una hija. La llamarás Elísabet (Isabel), porque será similar a la madre de San Juan el Precursor y Bautista". El padre de la santa dio su palabra de que haría lo que le había pedido Santa Gliceria. Entonces ella le santiguó con la señal de la Cruz y se fue. Su mujer se quedó enseguida embarazada, y tras pasar nueve meses dio a luz una niña. 


Cuando Isabel llegó a los doce años, su madre partió de esta vida temporal. Tres años más tarde se fue también su padre, quedándose huérfana la bendita Isabel. Pero enseguida se dedicó a sí misma a Dios y se distinguió en el servicio a los pobres y a los necesitados. Dio su herencia a los pobres y los acercó a Dios, y a los esclavos les regaló su libertad.


Después partió hacia Constantinopla. Llegó al monasterio del Gran Mártir Jorge, denominado "Pequeña Colina", cuya abadesa era una tía de su padre. En este monasterio renunció al mundo y fue tonsurada monja. Vivió en ayuno y áscesis, con muchas privaciones. Caminaba siempre descalza. Así llegó a la altura de la santidad y el Santo Dios la hizo digna de los carismas de la predicción y de realizar milagros.


Dos años más tarde la abadesa del monasterio partió de la vida presente. El Patriarca Genadio I de Constantinopla la estableció como su sucesora. La santa llenaba de luz a los que con fe se acercaban a ella. Una vez, mientras se desarrollaba la Divina Liturgia en la iglesia del monasterio, vio centellear una luz indescriptible y al Espíritu Santo descender después del Himno Querúbico sobre el santuario y cubrir al sacerdote que estaba frente a la Mesa Santa. La venerable Isabel se llenó de gozo y sorpresa. Pero no se lo dijo a nadie, hasta que no llegó la hora de su partida hacia Dios. 


Según se acercaba su hora, su pasión -como ella decía- de ver su patria, aumentaba. Entonces fue a Heraclea y allí fue a orar a todos los templos y a reverenciar las santas reliquias de los Santos que en ellos se encontraban. Y allí en el templo de la Theotokos, tuvo una visión de la Santa Madre de Dios, recibiéndola. El rostro de la Theotokos lo reconoció en un icono, cuando llegó a la Iglesia del Hieromártir Romanos. La voz de la Inmaculada le dijo que regresase a su monasterio, porque el tiempo de su dormición estaba cerca. De este modo la Venerable Isabel, tras haber regresado, reposó en paz. Sus santos restos fueron enterrados en la Iglesia de San Jorge, permaneciendo completos e intactos.


* Heraclea, antigua ciudad griega, fue el nombre puesto a la ciudad de Périnzos en el año 297 d.C., cuando el emperador de Roma era Diocleciano. Éste cambió el sistema de las eparquías del imperio y estableció Heraclea como centro administrativo. Durante los siglos VII y VIII era lugar frecuente de invasiones de Árabes y de Búlgaros. Périnzos era también una antigua ciudad griega, colonia de Samos, que fue construida en el año 599 a.C. y se encontraba en la Tracia Oriental, en el Mar de Mármara, es decir en el lado europeo, cerca de la actual Mármara Ereglisi (del turco Marmara Ereğlisi).  


** Existe un término en griego, "χαρμολύπη", [jarmolípi], que define exactamente este estado: la existencia simultánea del sentimiento de alegría y pena.



Fuente: laortodoxiaeslaverdad.blogspot.com

miércoles, 21 de abril de 2021

22/04 - Teodoro de Siceón (de Anastasiópolis)


Introducción


No gozaban, a la verdad, de muy buena reputación las ventas y mesones de la antigüedad, y los dueños de tales casas distaban mucho de ser dechados de virtud. No hay más que recordar la venta de Drepanón en Bitinia, que explotaban los allegados de la madre del emperador Constantino. De esta misma categoría era una casa que había en Siceón (Galacia), junto a la calzada, en donde nació nuestro Santo.


Fue su madre la hija de la ventera y su padre un oficial mayor de caballería que no quiso reconocerle. Empero, Constancio Cloro tuvo la honradez de casarse con la madre del niño cuando el oficial bizantino dejó con su deshonra a la madre de San Teodoro.


En ambiente tan corrompido, todo parecía presagiar un porvenir desgraciado al niño y a una hermana suya, de no más limpia ascendencia. No obstante, por la misericordia de Dios enderezáronse tan torcidos caminos. La muchacha, por nombre Blata, fue toda su vida modelo de inocencia y pureza de costumbres, y murió joven en un monasterio adonde su hermano la presentó.


Él, por su parte, dio tales ejemplos de mortificación, fue tan grande su austeridad, practicó la virtud en tan alto grado y obró tantos milagros durante su vida, que era tenido por el mayor santo del imperio bizantino en el siglo VI, y aun hoy día pasa por uno de los más celebrados taumaturgos.


La vida de San Teodoro, escrita poco después de su muerte por uno de los discípulos que le conoció particularmente, es, además, modelo de relato hagiográfico. ¡Lástima que la falta de espacio nos obligue a presentar un breve compendio solamente! Adelantemos desde ahora que la virtud del niño, lejos de desflorarse al contacto pestilente de su familia, tuvo sobre toda su casa maravillosa eficacia.


Su abuela y su tía abandonaron pronto la vida desordenada, pusiéronse bajo su dirección e hicieron grandes adelantos en la piedad. También su madre, tocada de la gracia, mudó de vida.


Niño predestinado


El instrumento de que se sirvió Dios nuestro Señor para obrar esas maravillas fue un modesto sirviente, el cocinero de la venta, casa natal de nuestro Santo. Llamábase aquel Esteban, y por sus conocimientos culinarios la casa alcanzó gran reputación en toda la comarca.


Era hombre de piedad verdaderamente admirable, y entregaba a las iglesias cuanto ganaba, ya en sueldos, ya en propinas; mañana y tarde solía tener oración, y en lo que duraba la Cuaresma solo tomaba un poco de pan y agua al caer del día. Esteban veló con solícito cuidado por la inocencia de los dos niños y, sin sustraerlos en modo alguno al amor que debían a sus padres, hizo de ellos tan piadosos y buenos cristianos que todos los admiraban y estimaban.


El niño Teodoro, que asistió a la escuela desde los seis años, iba a rezar a las iglesias con Esteban, recibía frecuentemente con él el Cuerpo y San­gre de Nuestro Señor Jesucristo y, al igual que el cocinero, tomaba por todo alimento un pedazo de pan al fin del día. Distinguíase por una devoción particular a San Jorge, mártir que se le apareció repetidas veces y cuya iglesia, situada en un monte cercano, visitaba con frecuencia.


Su hermanita, que le quería entrañablemente, le acompañaba a veces durante el día a dicha iglesia; pero él solía ir también durante la noche. A la vuelta recibía reprimendas y cachetes por su salida nocturna, aunque hemos de decir en honor de su madre que cesó de reñirle y pegarle en cuanto supo el motivo de tales ausencias.


El niño aprendióse de memoria todo el Salterio para poder cantar las alabanzas de Dios en cualquier iglesia que frecuentase. Pero le costó sus buenos afanes. Su historiador tuvo cuidado de anotar que los dieciséis salmos primeros, que, salvo uno, son muy breves, se le grabaron pronto en la memoria, pero el Salmo XVII se le resistía en absoluto. La cosa no era para menos, pues dicho salmo es de una extensión más que mediana. El buen muchacho lo rezaba en todas las iglesias, repetía sin cesar los versículos, y ni así llegaba a retenerlo. Finalmente, desesperado ya de aprendérselo, encomendóse al mártir San Cristóbal en su propia iglesia y allí permaneció hasta sabérselo perfectamente. Después, ni el Salmo XVIII ni los siguientes le costaron trabajo.


En cuanto oía hablar Teodoro de un hombre justo, íbase a verle para observar su género de vida. Cierto anacoreta, por nombre Glicerio, a quien fue a visitar un día, le dijo en tono festivo: «Hijo mío, ¿te gustaría llevar el hábito de monje?» —«Oh, sí, mucho —respondió al momento—, mucho lo aprecio y ojalá mereciera llevarlo». Por aquel entonces —observa el historiador— había gran sequedad en la región. El buen anciano salió, pues, de su celda y dijo al niño: «Hijo mío, pongámonos de rodillas y pidamos al Señor que envíe a la tierra la lluvia tan anhelada; así sabremos si somos del número de los justos». Mientras oraban cubrióse de nubes el cielo y a no tardar cayó abundante y benéfica lluvia. Volviéndose entonces al niño, le dice: «En adelante, cuanto pidas al Señor te será otorgado; haz con toda confianza lo que deseas hacer, porque el Señor está contigo».


Ministro del Señor a los dieciocho años


San Teodoro de Anastasiópolis, tenía un modo muy particular de practicar la virtud. A los doce años pasaba la Cuaresma en su cuarto, observando tan puntualmente el silencio que no profería palabra durante la primera y última semana, según costumbre en aquel entonces en que, como es sabido, la Semana Santa era observada con particular rigor.


Dos años más tarde resolvió abandonar el hogar paterno y retirarse a una ermita. Su madre y demás parientes le llevaban rico pan y manjares excelentes; el niño, para no desairarles, recibía cuanto le traían, pero apenas se alejaban lo colocaba a la puerta para que sirviese de alimento a los transeúntes, contentándose él con el pan y los manjares más ordinarios que le llevaban otras almas buenas.


Cavó una celda bajo el altar de su ermita y allí vivió casi dos años; su abuela le llevaba fruta y legumbres, pero el sábado y domingo tan solo, pues los demás días de la semana no probaba bocado.


Tales rigores le parecieron poco y, para aumentarlos, se encerró otros dos años en una cueva que también él mismo cavó debajo de una roca apartada de la ermita: vestíase con tosco sayal, y mientras vivió en ella no se alimentó más que de agua y legumbres que un diácono amigo suyo —único que supo su escondrijo— le llevaba a ocultas. Le dieron por muerto sus parientes y llevaron luto por él, pero las idas y venidas del diácono acabaron por despertar su curiosidad y consiguieron descubrir al joven en su cueva, medio muerto, cubierto de miseria y de úlceras.


Este asunto llegó a oídos del obispo de la diócesis, el cual determinó elevar a las Órdenes sagradas a semejante portento de virtud. Fue, pues, a verle, le examinó y de allí a poco le confirió los grados todos de la clericatura, incluso el presbiterado, a pesar de no contar entonces más que dieciocho años.


Peregrinación a Jerusalén


Poco después de su ordenación decidió San Teodoro de Anastasiópolis emprender el viaje a Jerusalén, tanto por el deseo de ver los lugares santificados por la vida y muerte de Nuestro Señor, como para evitar la excesiva solicitud de su familia. Visitó no solo los santuarios más importantes de la Ciudad Santa, de Belén y de Nazaret, sino también los monasterios, lauras y ermitas de Palestina para recibir la bendición de los monjes más renombrados por su santidad y los consejos más convenientes para la dirección de su alma.


En la laura de Cozeba, próxima a Jericó, recibió el hábito monástico; pues este taumaturgo, conocido ya por sus portentosos milagros, no era aún religioso. Andando el tiempo, volvió otras dos veces a Palestina y permaneció allí largas temporadas.


De vuelta a Galacia después de la primera peregrinación, se estableció en un lugar muy próximo al santuario de San Jorge y mandó preparar, encima de la cueva, dos celdillas sin techo. Habitaba una de ellas, que era de madera, desde Navidad hasta Semana Santa, y pasaba la gran Semana y los días de ayuno del año en la otra, que era de hierro. Además, llevaba puestos una coraza de hierro que pesaba 18 libras; una cruz de lo mismo, de 18 palmos; y el cinturón, el calzado y los guantes eran de idéntico metal.


En el clima extremado de Galacia, hubieran sido en invierno inaguantables los sufrimientos para cualquier otro que no disfrutara como él de complexión robusta. Como vivía a techo descubierto y sin abrigo de ninguna clase, recibía las lluvias o la nieve en su caparazón de hierro o en las hendiduras de su calzado, y por los rigores del frío quedaban, a veces, presos sus pies en el hielo. En tales ocasiones solían venir sus discípulos con agua caliente a estimular sus miembros helados y atenuar un poco sus padecimientos, pero no por eso abandonaba el siervo de Dios este régimen de maceraciones que nos hace estremecer.


Parece que consagró buen número de años a tales penitencias, aunque las interrumpía de cuando en cuando para consagrarse al apostolado de la caridad, curar a los enfermos y, en particular, arrojar al demonio del cuerpo de los posesos. Con tal motivo emprendía largos viajes por las provincias colindantes, pues su fama de santidad era universal.


Profecías sobre el emperador Mauricio


El primitivo oratorio de San Jorge resultaba ya muy reducido, por lo cual mandó construir una iglesia espaciosa en honor de San Miguel. A sus lados iban adosadas dos capillitas dedicadas a la Santísima Virgen y a San Juan Bautista. Los monjes, que con el tiempo se agruparon en torno del Santo, celebraban los divinos misterios en el primer oratorio; los enfermos y posesos que venían a implorar su curación se ponían en la iglesia de San Miguel, abierta día y noche.


El monasterio, que llegó a tener hasta cien monjes, era dirigido por uno de los discípulos favoritos de San Teodoro de Anastasiópolis. Este años antes había curado a la madre de su discípulo de una enfermedad grave. Al pie de la montaña había un monasterio de monjas fundado por la familia del Santo y gobernado algún tiempo por su abuela; a él acudía Teodoro con frecuencia para cumplir con las funciones de su ministerio.


Hacia el año 582, el general Mauricio, pariente del emperador griego Tiberio II, regresaba victorioso de una campaña contra los persas. Al pasar por Galacia fue con numeroso séquito a la gruta en que moraba el Santo y le pidió que le obtuviese de Dios un viaje venturoso. Díjole Teodoro: «Hijo mío, si te encomiendas al mártir San Jorge, pronto sabrás que te nombran emperador, y para entonces te ruego que no te olvides de los pobres». Como el general le expusiera sus dudas sobre el cumplimiento de la profecía, llamóle el Santo aparte y le dijo con detalle cómo y cuándo sería emperador; todo se cumplió poco después. Desde la corte le escribió Mauricio encomendándose a sus oraciones y prometiéndole despachar cualquier solicitud que le hiciese. El Santo pidióle trigo para que sus monjes lo distribuyesen entre los pobres. El emperador le remitió ciento cincuenta fanegas. Poco más tarde el Santo fue llamado para que amonestase y corrigiese a un hijo del emperador.


Pasaron veinte años y el Santo tuvo presentimiento de la muerte trágica de Mauricio. He aquí cómo refiere este suceso uno de sus discípulos:


Estaba Teodoro rezando cierto día el Salterio en una capilla recién terminada, y la lámpara que ardía sin cesar se apagó repentinamente. Teodoro hizo seña a un monje para que la encendiera; así lo hizo por dos veces, pero otras tantas volvió a apagarse. Reprochóle el Santo su poca traza y quiso encenderla él mismo, pero no fue más afortunado. Entendió entonces que había allí algún misterio y ordenó a los monjes que examinaran su conciencia y confesaran sus pecados; manifestaron que no se sentían culpables de nada. Entonces púsose el Santo en oración para pedir a Dios que le aclarase aquel suceso extraordinario. Pronto empezó a entristecerse hasta prorrumpir en llanto y exclamó: «Verdaderamente, oh Isaías, conocías bien la naturaleza del hombre cuando dijiste: “El hombre es heno y la gloria del hombre es como la flor del heno: secóse el heno y cayó su flor”». Oyéndole sus monjes hablar así, le preguntaron la causa de su dolor, a lo cual contestó que en breve moriría Mauricio y que tales calamidades sobrevendrían cuales la generación de entonces no podía ni sospechar.

 

San Teodoro de Anastasiópolis, obispo


Cuando así profetizaba San Teodoro el fin desastroso del emperador, ya había presentado la dimisión de la sede de Anastasiópolis, que había ocupado por espacio de diez años. Esta ciudad, que probablemente es la de Bey-Bazar, actual cabeza de partido de la provincia de Angora, se halla a unos 70 kilómetros de esta última y distaba unas cuatro leguas de Siceón, ciudad natal del Santo.


Tan popular se había hecho la fama de Teodoro, confirmada por milagros cotidianos, que, habiendo vacado la sede de Anastasiópolis hacia el año 588, sus moradores fueron a pedir al metropolitano de Angora que nombrara obispo al ilustre abad. A pesar de su reiterada resistencia, Teodoro hubo de inclinarse ante la voluntad de Dios y dejarse consagrar; mas no por eso disminuyó las austeridades pasadas.


Gran pena fue para él tener que dejar la contemplación para dedicarse a los asuntos temporales, que siempre le causaron viva repugnancia. Además, sus diocesanos, los de las ciudades particularmente, se aprovechaban poco de sus enseñanzas y no mudaban de conducta.


Todas estas razones influyeron en su voluntad hasta el punto de que decidió presentar la dimisión. Al principio se vio detenido por las apariciones de San Jorge, que le rogaba difiriese lo más posible tal determinación; pero sucesivos acontecimientos extremaron las cosas y acabó por dar el paso definitivo. Para evitarse las preocupaciones propias de los asuntos temporales, arrendó unas fincas de la iglesia a un tal Teodosio, hombre sin entrañas. Quejáronse los pobres al prelado porque el arrendador los maltrataba. El Santo exhortó al administrador a mudar de conducta, pero lejos de enmendarse, Teodosio trató a los braceros aun con más dureza, de suerte que un día se reunieron los campesinos armados de espadas, hondas y garrotes, dispuestos a matarle si comparecía. Ante semejante hostilidad, el administrador se fue a la ciudad en busca de refuerzos. Habiéndolo sabido el obispo y temiendo alguna muerte de que se le pudiera imputar responsabilidad ante Dios, mandó llamar a Teodosio y le prohibió volver a aquel lugar. Entonces el administrador tornóse contra el Santo, le llenó de denuestos y se irritó tanto, que de un empellón hizo rodar por el suelo al prelado y el asiento que ocupaba. Y no paró aquí todo, sino que le exigió como indemnización dos libras de oro, por no estar cumplido el plazo de arriendo. San Teodoro se levantó con toda calma, pero juró ante los presentes que no había de ser más su obispo.


Por último, una tentativa de envenenamiento que le dejó por espacio de tres días entre la vida y la muerte le decidió a retirarse. Su dimisión, rechazada por los diocesanos y por su metropolitano, fue admitida al fin por el emperador y el patriarca de Constantinopla, después de un viaje que el Santo hubo de emprender a la capital del imperio. Era hacia el año 599.


Siniestros vaticinios | Su muerte


Todavía le restaban trece años de vida que pasó casi totalmente en su acostumbrado retiro de Siceón, en medio de las austeridades que ya conocemos y cumpliendo multitud de obras de caridad. Con todo, le hallamos con frecuencia en esta última etapa de su vida por las calzadas de Asia Menor acudiendo al lado de las almas buenas que imploraban el auxilio de sus oraciones y el poder de sus milagros, que, a decir verdad, era extraordinario. Su historiador nos refiere, en efecto, más de un centenar de portentosas maravillas llevadas a cabo por Teodoro. Nosotros nos contentaremos con afirmar que no había enfermedad que se resistiera a la santidad de San Teodoro de Anastasiópolis. Devolvió la vista a los ciegos, el oído a los sordos, la palabra a los mudos, el uso de sus miembros a los paralíticos; libró del demonio a gran número de posesos. Su historiador nos dice que casi no pasaba día sin obrar algún prodigio. También tenía el Santo el don de leer en los corazones y profetizar lo venidero.


En el año 609 celebráronse procesiones en varias ciudades de Galacia. Las cruces que es costumbre llevar a la cabeza de las mismas empezaron a agitarse por sí solas de modo inesperado, raro y de mal agüero. Alarmóse Tomás, patriarca de Constantinopla, mandó a buscar a San Teodoro y le rogó le dijera si ese temblor de las cruces lo había o no de tener en consideración. Habiéndole afirmado el Santo que sí, el patriarca deseó saber el significado de aquel fenómeno. Como Teodoro mostrase reparo en descubrírselo, arrojóse a sus pies declarando que no se levantaría hasta oír la respuesta. Entonces conmovióse San Teodoro hasta derramar lágrimas y dijo:


«No quería afligiros, porque no habéis de sacar ningún provecho de saber esas cosas; pero ya que así lo deseáis os diré que ese temblor de las cruces nos anuncia muchas y grandes calamidades. Bastantes cristianos abandonarán la religión de sus padres; habrá incursiones de bárbaros, mucha efusión de sangre, destrucción y sediciones en todo el mundo. Las iglesias quedarán desiertas; la ruina del culto divino y del imperio se aproxima y con ello el advenimiento de nuestro enemigo Satanás».


El imperio griego se hallaba empeñado en una guerra con los persas, que debía proseguir aún por espacio de diecinueve años, costar la vida a millones de hombres y acarrear la destrucción de infinidad de pueblos y ciudades y la ruina de varias provincias. Apenas estuvo alejado ese peligro y restablecida la paz, sobrevinieron los fanáticos discípulos de Mahoma, que, en pocos años, desgajaron en provecho propio la mitad de las provincias orientales del imperio bizantino y obligaron a apostatar a algunos millones de cristianos.


Todo esto había visto aquel hombre de Dios y lo anunciaba con espanto; sin embargo, ni el patriarca ni él llegaron a presenciarlo. San Teodoro de Anastasiópolis murió en su monasterio el 22 de abril de 613.



Fuente: proyectoemaus.com