17/04 - Simeón el Santo Mártir y Obispo de Persia


Cuando, con el transcurso del tiempo, los cristianos aumentaron en número en Persia, comenzaron a formar iglesias, nombrando sacerdotes y diáconos. Los integrantes de esta comunidad cristiana llevaban una vida irreprochable, negándose a sí mismos y listos para sacrificarse por el nombre y la gloria de Cristo. El corazón de esta comunidad era el obispo Simeón, ejemplo de vida cristiana. Este, llamado "Bar Sabas" -que significa "hijo del batanero"-, había sido nombrado obispo (Catholicós) de Seleucia-Ctesifonte a raíz del cese del obispo anterior en el 324. Simeón, sin embargo, pronto fue relegado a la función de asistente: debido a la falta de confirmación de la sentencia de destitución, se desconoce si comenzó a ejercer realmente como obispo titular.


Cuando en el 340 el rey persa Sapor II restableció la feroz persecución contra los cristianos, no dudó en elevar los impuestos al doble y declarar el cierre de todos los lugares de culto, instigado por los los Magos y los judíos, que también los envidiaban. Los Magos, que como tribu sacerdotal pagana desde el principio habían actuado de generación en generación como guardianes de la religión persa, se indignaron profundamente contra ellos. Veían a los cristianos como una espina en su ojo. Los judíos, que eran opuestos a la religión cristiana, también se mostraron ofendidos. Por eso los acusaron falsamente ante el rey Sapor II, diciendo que tenían una disposición revolucionaria. Acto seguido, Sapor ordenó que le trajeran atado a Simeón y lo acusaron de ser amigo del César de los romanos y de comunicar los asuntos de los persas, siendo traidor al reino y a la religión. Simeón fue atado con cadenas, y llevado ante el rey. Allí aseguró al rey que el cristianismo crea ciudadanos legítimos y no estúpidos revolucionarios. El santo evidenció su excelencia y coraje, porque, cuando Sapor ordenó lo torturasen, no temió ni se postró ante él. El rey, muy exasperado, le preguntó que por qué no se postraba  como lo había hecho anteriormente. Simeón contestó que  “anteriormente no me sometieron a abandonar la verdad de Dios y, por lo tanto, no me opuse a ofrecer el respeto habitual de la realeza; pero ahora no sería apropiado que lo hiciera; porque estoy aquí en defensa de la piedad y de nuestra opinión”. Cuando Simeón dejó de hablar, el rey le ordenó adorar al sol, prometiéndole, como incentivo, otorgarle regalos y mantenerlo en honores; pero, por otro lado, amenazándolo de que, en caso de incumplimiento, le llegarían a él y al grupo entero de cristianos la destrucción. Cuando el rey descubrió que no se asustaba con las amenazas ni se relajaba con las promesas y que Simeón se mantenía firme y se negaba a adorar al sol y a traicionar a su religión, ordenó que lo encerrasen por un tiempo, probablemente imaginando que cambiaría de opinión.


Sapor castigó a los cristianos con impuestos excesivos, a sabiendas de que en su generalidad habían abrazado voluntariamente la pobreza. Confió la recolección de impuestos a hombres crueles con la esperanza de que, por falta de lo necesario y por la atrocidad de los funcionarios, se verían obligados a abandonar su religión; tal era su objetivo. Después, sin embargo, ordenó que los sacerdotes y los guías del culto de Dios fueran asesinados a espada. Las iglesias fueron demolidas, sus embarcaciones fueron depositadas en la tesorería. Así, los Magos, con la cooperación de los judíos, destruyeron rápidamente las casas de oración.


Cuando Simón fue conducido a la prisión, Ustazades, un eunuco anciano, padre adoptivo de Sapor y superintendente de palacio, quien estaba sentado a las puertas del palacio, se levantó para hacerle reverencia. Simeón, con reproche, se lo prohibió en voz alta, evitó su rostro y pasó de largo, porque el eunuco había sido anteriormente cristiano, pero luego había cedido a la autoridad y había adorado al sol. Esta conducta afectó tanto al eunuco que lloró en voz alta, dejó a un lado la prenda blanca con la que estaba vestido y se vistió de negro, como un doliente. Luego se sentó frente al palacio, llorando y gimiendo y diciendo: "¡Ay de mí! Lo que me debe esperar, ya que he negado a Dios; y por este motivo, Simeón, anteriormente mi amigo familiar, no cree que sea digno de hablar, se da la vuelta y se aleja de mí".


Cuando Sapor se enteró de lo que había ocurrido, llamó al eunuco y le preguntó por la causa de su dolor y si alguna calamidad se había abatido sobre su familia. Ustazades respondió: “Oh rey, a mi familia no le ha ocurrido nada; pero preferiría haber sufrido cualquier otra aflicción que la que me ha ocurrido: y hubiera sido fácil de soportar. Ahora me lamento porque estoy vivo, pero debería haber muerto hace mucho tiempo; sin embargo, todavía veo el sol que, no voluntariamente, sino para complacerte, profesaba adorar. Por lo tanto, por ambas razones, es justo que yo deba morir, porque he sido un traidor de Cristo y un engañador para ti”. Luego dio su palabra de que, por el Creador del cielo y la tierra, nunca se apartaría de sus convicciones. Sapor, asombrado por la maravillosa conversión del eunuco, se enfureció aún más contra los cristianos, como si esto hubiera sido efectuado por encantamientos. Aun así, perdonó al anciano y se esforzó, alternando la amabilidad y la dureza por llevarlo a sus propios sentimientos. Pero al descubrir que sus esfuerzos fueron inútiles y que Ustazades persistía en declarar que nunca sería tan necio como para adorar a la criatura en lugar del Creador, se llenó de ira y ordenó que la cabeza del eunuco fuera cortada con una espada. Cuando los verdugos se adelantaron para desempeñar su función, Ustazades les pidió que esperaran un poco para poder comunicar algo al rey. Luego llamó a uno de los eunucos más fieles y le dijo lo siguiente: "Desde mi juventud hasta ahora he estado muy dispuesto, oh rey, a tu casa, y he ministrado con diligencia apropiada a tu padre y a ti mismo. No necesito testigos para corroborar mis declaraciones; estos hechos están bien establecidos por todos los asuntos en los que en diversos momentos te he servido gustosamente, concédeme esta recompensa; los que ignoran las circunstancias no pueden imaginar que he incurrido en este castigo por actos de infidelidad contra el reino o por la comisión de cualquier otro delito; pero que sea publicado y proclamado en el extranjero por un heraldo, que Ustazades pierde su cabeza, no por algo que haya cometido en los palacios, sino por ser cristiano y por negarse a obedecer al rey, quien le había obligado a negar a su propio Dios ". El eunuco entregó este mensaje, y Sapor, de acuerdo con la solicitud de Ustazades, ordenó a un heraldo hacer la proclamación deseada; porque el rey imaginó que los demás serían fácilmente disuadidos de abrazar el cristianismo al verse que el que sacrificó al anciano, padre de crianza y estimado servidor de la casa, seguramente no perdonaría a ningún otro cristiano. Sin embargo, muchos fueron edificados al saber que murió en aras de la piedad, y así se convertirían en imitadores de su fortaleza. De esta manera, terminó la vida honorable de Ustazades.


Cuando la noticia de lo ocurrido fue llevada a Simeón en la prisión, ofreció acción de gracias a Dios por su causa. Al día siguiente, que era el sexto de la semana y, por ser el inmediatamente anterior a la fiesta de la Resurrección, se celebraba el memorial anual de la Pasión del Salvador, el rey emitió órdenes para la decapitación de Simeón; porque había sido conducido nuevamente a palacio desde la prisión, había razonado muy noblemente con Sapor sobre puntos de doctrina y había expresado la determinación de nunca adorar ni al rey ni al sol. El mismo día se ordenó la muerte de otros cien prisioneros. Simeón vio la ejecución de estos. Entre estas víctimas se encontraban obispos, presbíteros y otros clérigos de diferentes grados. Mientras los llevaban a la ejecución, el jefe de los Magos se acercó a ellos y les dijo que podían conservar la vida uniéndose a la religión del rey y adorando al sol. Como ninguno de ellos cumpliera con esta condición, fueron conducidos al lugar de ejecución, y los verdugos se dedicaron a la tarea de matar a estos mártires. Simeón, apoyado por los que iban a ser asesinados, los exhortó a la constancia y habló sobre la muerte, la resurrección y la piedad, y les mostró a partir de las Sagradas Escrituras que una muerte como la de ellos era verdadera vida; mientras que vivir, y por temor a negar a Dios, es como la verdadera muerte.(Mt 10,37-42). También les dijo que, aunque nadie los matara, la muerte los alcanzaría inevitablemente; porque nuestra muerte es una consecuencia natural de nuestro nacimiento. Las cosas de después de las de esta vida son perpetuas, y no les suceden a todos los hombres; pero estos deben dar una explicación precisa del curso de su vida terrena. El que hace el bien recibirá recompensas inmortales y escapará a los castigos reservados para aquellos que hicieron lo contrario. También les dijo que la más grande y feliz de las buenas acciones es morir por la causa de Dios. Mientras Simeón decía tales cosas y los exhortaba sobre la manera en que debían abordar los conflictos, cada uno escuchaba y se dirigía espiritualmente a la masacre. Después de que el verdugo había despachado a cien, el propio Simeón fue asesinado, y Audela y Ananías, dos presbíteros ancianos de su propia iglesia, que habían sido sus compañeros de prisión, sufrieron con él.


Fusices, el superintendente de los artesanos del rey (según algunos sinaxarios, el barbero del rey), estuvo presente en la ejecución. Al percibir que Ananías temblaba mientras se realizaban los preparativos necesarios para su muerte, le dijo: "Oh anciano, cierra los ojos por un momento y ten buen coraje, porque pronto verás la luz de Cristo". No antes de haber pronunciado estas palabras, fue arrestado y conducido ante el rey; y como él se declaró francamente cristiano, y habló con gran libertad al rey respecto a su opinión y a los mártires, fue condenado a una muerte extraordinaria y cruel, porque no era lícito dirigirse al rey con tanta audacia. Los verdugos le perforaron los músculos del cuello de tal manera que le extrajeron la lengua. A cargo de algunas personas, su hija, que se había dedicado a una vida de santa virginidad, fue procesada y ejecutada al mismo tiempo. 


Al año siguiente, el día en que se conmemoraba la Pasión de Cristo, y cuando se estaban haciendo los preparativos para la celebración de la fiesta de su Resurrección de entre los muertos, Sapor emitió un edicto muy cruel en toda Persia, condenando a muerte a todos aquellos quienes se confesasen a sí mismos como cristianos. Se dice que un mayor número de cristianos -unos 1.150 Mártires- sufrieron por la espada, porque los Magos buscaban diligentemente en las ciudades y pueblos a aquellos que se habían ocultado; y muchos se entregaron voluntariamente, para no negar a Cristo mediante su silencio. De los cristianos que fueron así sacrificados, muchos de los que estaban apegados al palacio fueron asesinados, y entre ellos estaba Azades, un eunuco, que era especialmente querido por el rey. Al enterarse de su muerte, Sapor se sintió abrumado por el dolor, puso un alto a la matanza general de cristianos y ordenó que solo fuesen asesinados los dirigentes.


Fuente: eltestigofiel.org / laortodoxiaeslaverdad.blogspot.com

Adaptación propia

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