miércoles, 21 de abril de 2021

22/04 - Teodoro de Siceón (de Anastasiópolis)


Introducción


No gozaban, a la verdad, de muy buena reputación las ventas y mesones de la antigüedad, y los dueños de tales casas distaban mucho de ser dechados de virtud. No hay más que recordar la venta de Drepanón en Bitinia, que explotaban los allegados de la madre del emperador Constantino. De esta misma categoría era una casa que había en Siceón (Galacia), junto a la calzada, en donde nació nuestro Santo.


Fue su madre la hija de la ventera y su padre un oficial mayor de caballería que no quiso reconocerle. Empero, Constancio Cloro tuvo la honradez de casarse con la madre del niño cuando el oficial bizantino dejó con su deshonra a la madre de San Teodoro.


En ambiente tan corrompido, todo parecía presagiar un porvenir desgraciado al niño y a una hermana suya, de no más limpia ascendencia. No obstante, por la misericordia de Dios enderezáronse tan torcidos caminos. La muchacha, por nombre Blata, fue toda su vida modelo de inocencia y pureza de costumbres, y murió joven en un monasterio adonde su hermano la presentó.


Él, por su parte, dio tales ejemplos de mortificación, fue tan grande su austeridad, practicó la virtud en tan alto grado y obró tantos milagros durante su vida, que era tenido por el mayor santo del imperio bizantino en el siglo VI, y aun hoy día pasa por uno de los más celebrados taumaturgos.


La vida de San Teodoro, escrita poco después de su muerte por uno de los discípulos que le conoció particularmente, es, además, modelo de relato hagiográfico. ¡Lástima que la falta de espacio nos obligue a presentar un breve compendio solamente! Adelantemos desde ahora que la virtud del niño, lejos de desflorarse al contacto pestilente de su familia, tuvo sobre toda su casa maravillosa eficacia.


Su abuela y su tía abandonaron pronto la vida desordenada, pusiéronse bajo su dirección e hicieron grandes adelantos en la piedad. También su madre, tocada de la gracia, mudó de vida.


Niño predestinado


El instrumento de que se sirvió Dios nuestro Señor para obrar esas maravillas fue un modesto sirviente, el cocinero de la venta, casa natal de nuestro Santo. Llamábase aquel Esteban, y por sus conocimientos culinarios la casa alcanzó gran reputación en toda la comarca.


Era hombre de piedad verdaderamente admirable, y entregaba a las iglesias cuanto ganaba, ya en sueldos, ya en propinas; mañana y tarde solía tener oración, y en lo que duraba la Cuaresma solo tomaba un poco de pan y agua al caer del día. Esteban veló con solícito cuidado por la inocencia de los dos niños y, sin sustraerlos en modo alguno al amor que debían a sus padres, hizo de ellos tan piadosos y buenos cristianos que todos los admiraban y estimaban.


El niño Teodoro, que asistió a la escuela desde los seis años, iba a rezar a las iglesias con Esteban, recibía frecuentemente con él el Cuerpo y San­gre de Nuestro Señor Jesucristo y, al igual que el cocinero, tomaba por todo alimento un pedazo de pan al fin del día. Distinguíase por una devoción particular a San Jorge, mártir que se le apareció repetidas veces y cuya iglesia, situada en un monte cercano, visitaba con frecuencia.


Su hermanita, que le quería entrañablemente, le acompañaba a veces durante el día a dicha iglesia; pero él solía ir también durante la noche. A la vuelta recibía reprimendas y cachetes por su salida nocturna, aunque hemos de decir en honor de su madre que cesó de reñirle y pegarle en cuanto supo el motivo de tales ausencias.


El niño aprendióse de memoria todo el Salterio para poder cantar las alabanzas de Dios en cualquier iglesia que frecuentase. Pero le costó sus buenos afanes. Su historiador tuvo cuidado de anotar que los dieciséis salmos primeros, que, salvo uno, son muy breves, se le grabaron pronto en la memoria, pero el Salmo XVII se le resistía en absoluto. La cosa no era para menos, pues dicho salmo es de una extensión más que mediana. El buen muchacho lo rezaba en todas las iglesias, repetía sin cesar los versículos, y ni así llegaba a retenerlo. Finalmente, desesperado ya de aprendérselo, encomendóse al mártir San Cristóbal en su propia iglesia y allí permaneció hasta sabérselo perfectamente. Después, ni el Salmo XVIII ni los siguientes le costaron trabajo.


En cuanto oía hablar Teodoro de un hombre justo, íbase a verle para observar su género de vida. Cierto anacoreta, por nombre Glicerio, a quien fue a visitar un día, le dijo en tono festivo: «Hijo mío, ¿te gustaría llevar el hábito de monje?» —«Oh, sí, mucho —respondió al momento—, mucho lo aprecio y ojalá mereciera llevarlo». Por aquel entonces —observa el historiador— había gran sequedad en la región. El buen anciano salió, pues, de su celda y dijo al niño: «Hijo mío, pongámonos de rodillas y pidamos al Señor que envíe a la tierra la lluvia tan anhelada; así sabremos si somos del número de los justos». Mientras oraban cubrióse de nubes el cielo y a no tardar cayó abundante y benéfica lluvia. Volviéndose entonces al niño, le dice: «En adelante, cuanto pidas al Señor te será otorgado; haz con toda confianza lo que deseas hacer, porque el Señor está contigo».


Ministro del Señor a los dieciocho años


San Teodoro de Anastasiópolis, tenía un modo muy particular de practicar la virtud. A los doce años pasaba la Cuaresma en su cuarto, observando tan puntualmente el silencio que no profería palabra durante la primera y última semana, según costumbre en aquel entonces en que, como es sabido, la Semana Santa era observada con particular rigor.


Dos años más tarde resolvió abandonar el hogar paterno y retirarse a una ermita. Su madre y demás parientes le llevaban rico pan y manjares excelentes; el niño, para no desairarles, recibía cuanto le traían, pero apenas se alejaban lo colocaba a la puerta para que sirviese de alimento a los transeúntes, contentándose él con el pan y los manjares más ordinarios que le llevaban otras almas buenas.


Cavó una celda bajo el altar de su ermita y allí vivió casi dos años; su abuela le llevaba fruta y legumbres, pero el sábado y domingo tan solo, pues los demás días de la semana no probaba bocado.


Tales rigores le parecieron poco y, para aumentarlos, se encerró otros dos años en una cueva que también él mismo cavó debajo de una roca apartada de la ermita: vestíase con tosco sayal, y mientras vivió en ella no se alimentó más que de agua y legumbres que un diácono amigo suyo —único que supo su escondrijo— le llevaba a ocultas. Le dieron por muerto sus parientes y llevaron luto por él, pero las idas y venidas del diácono acabaron por despertar su curiosidad y consiguieron descubrir al joven en su cueva, medio muerto, cubierto de miseria y de úlceras.


Este asunto llegó a oídos del obispo de la diócesis, el cual determinó elevar a las Órdenes sagradas a semejante portento de virtud. Fue, pues, a verle, le examinó y de allí a poco le confirió los grados todos de la clericatura, incluso el presbiterado, a pesar de no contar entonces más que dieciocho años.


Peregrinación a Jerusalén


Poco después de su ordenación decidió San Teodoro de Anastasiópolis emprender el viaje a Jerusalén, tanto por el deseo de ver los lugares santificados por la vida y muerte de Nuestro Señor, como para evitar la excesiva solicitud de su familia. Visitó no solo los santuarios más importantes de la Ciudad Santa, de Belén y de Nazaret, sino también los monasterios, lauras y ermitas de Palestina para recibir la bendición de los monjes más renombrados por su santidad y los consejos más convenientes para la dirección de su alma.


En la laura de Cozeba, próxima a Jericó, recibió el hábito monástico; pues este taumaturgo, conocido ya por sus portentosos milagros, no era aún religioso. Andando el tiempo, volvió otras dos veces a Palestina y permaneció allí largas temporadas.


De vuelta a Galacia después de la primera peregrinación, se estableció en un lugar muy próximo al santuario de San Jorge y mandó preparar, encima de la cueva, dos celdillas sin techo. Habitaba una de ellas, que era de madera, desde Navidad hasta Semana Santa, y pasaba la gran Semana y los días de ayuno del año en la otra, que era de hierro. Además, llevaba puestos una coraza de hierro que pesaba 18 libras; una cruz de lo mismo, de 18 palmos; y el cinturón, el calzado y los guantes eran de idéntico metal.


En el clima extremado de Galacia, hubieran sido en invierno inaguantables los sufrimientos para cualquier otro que no disfrutara como él de complexión robusta. Como vivía a techo descubierto y sin abrigo de ninguna clase, recibía las lluvias o la nieve en su caparazón de hierro o en las hendiduras de su calzado, y por los rigores del frío quedaban, a veces, presos sus pies en el hielo. En tales ocasiones solían venir sus discípulos con agua caliente a estimular sus miembros helados y atenuar un poco sus padecimientos, pero no por eso abandonaba el siervo de Dios este régimen de maceraciones que nos hace estremecer.


Parece que consagró buen número de años a tales penitencias, aunque las interrumpía de cuando en cuando para consagrarse al apostolado de la caridad, curar a los enfermos y, en particular, arrojar al demonio del cuerpo de los posesos. Con tal motivo emprendía largos viajes por las provincias colindantes, pues su fama de santidad era universal.


Profecías sobre el emperador Mauricio


El primitivo oratorio de San Jorge resultaba ya muy reducido, por lo cual mandó construir una iglesia espaciosa en honor de San Miguel. A sus lados iban adosadas dos capillitas dedicadas a la Santísima Virgen y a San Juan Bautista. Los monjes, que con el tiempo se agruparon en torno del Santo, celebraban los divinos misterios en el primer oratorio; los enfermos y posesos que venían a implorar su curación se ponían en la iglesia de San Miguel, abierta día y noche.


El monasterio, que llegó a tener hasta cien monjes, era dirigido por uno de los discípulos favoritos de San Teodoro de Anastasiópolis. Este años antes había curado a la madre de su discípulo de una enfermedad grave. Al pie de la montaña había un monasterio de monjas fundado por la familia del Santo y gobernado algún tiempo por su abuela; a él acudía Teodoro con frecuencia para cumplir con las funciones de su ministerio.


Hacia el año 582, el general Mauricio, pariente del emperador griego Tiberio II, regresaba victorioso de una campaña contra los persas. Al pasar por Galacia fue con numeroso séquito a la gruta en que moraba el Santo y le pidió que le obtuviese de Dios un viaje venturoso. Díjole Teodoro: «Hijo mío, si te encomiendas al mártir San Jorge, pronto sabrás que te nombran emperador, y para entonces te ruego que no te olvides de los pobres». Como el general le expusiera sus dudas sobre el cumplimiento de la profecía, llamóle el Santo aparte y le dijo con detalle cómo y cuándo sería emperador; todo se cumplió poco después. Desde la corte le escribió Mauricio encomendándose a sus oraciones y prometiéndole despachar cualquier solicitud que le hiciese. El Santo pidióle trigo para que sus monjes lo distribuyesen entre los pobres. El emperador le remitió ciento cincuenta fanegas. Poco más tarde el Santo fue llamado para que amonestase y corrigiese a un hijo del emperador.


Pasaron veinte años y el Santo tuvo presentimiento de la muerte trágica de Mauricio. He aquí cómo refiere este suceso uno de sus discípulos:


Estaba Teodoro rezando cierto día el Salterio en una capilla recién terminada, y la lámpara que ardía sin cesar se apagó repentinamente. Teodoro hizo seña a un monje para que la encendiera; así lo hizo por dos veces, pero otras tantas volvió a apagarse. Reprochóle el Santo su poca traza y quiso encenderla él mismo, pero no fue más afortunado. Entendió entonces que había allí algún misterio y ordenó a los monjes que examinaran su conciencia y confesaran sus pecados; manifestaron que no se sentían culpables de nada. Entonces púsose el Santo en oración para pedir a Dios que le aclarase aquel suceso extraordinario. Pronto empezó a entristecerse hasta prorrumpir en llanto y exclamó: «Verdaderamente, oh Isaías, conocías bien la naturaleza del hombre cuando dijiste: “El hombre es heno y la gloria del hombre es como la flor del heno: secóse el heno y cayó su flor”». Oyéndole sus monjes hablar así, le preguntaron la causa de su dolor, a lo cual contestó que en breve moriría Mauricio y que tales calamidades sobrevendrían cuales la generación de entonces no podía ni sospechar.

 

San Teodoro de Anastasiópolis, obispo


Cuando así profetizaba San Teodoro el fin desastroso del emperador, ya había presentado la dimisión de la sede de Anastasiópolis, que había ocupado por espacio de diez años. Esta ciudad, que probablemente es la de Bey-Bazar, actual cabeza de partido de la provincia de Angora, se halla a unos 70 kilómetros de esta última y distaba unas cuatro leguas de Siceón, ciudad natal del Santo.


Tan popular se había hecho la fama de Teodoro, confirmada por milagros cotidianos, que, habiendo vacado la sede de Anastasiópolis hacia el año 588, sus moradores fueron a pedir al metropolitano de Angora que nombrara obispo al ilustre abad. A pesar de su reiterada resistencia, Teodoro hubo de inclinarse ante la voluntad de Dios y dejarse consagrar; mas no por eso disminuyó las austeridades pasadas.


Gran pena fue para él tener que dejar la contemplación para dedicarse a los asuntos temporales, que siempre le causaron viva repugnancia. Además, sus diocesanos, los de las ciudades particularmente, se aprovechaban poco de sus enseñanzas y no mudaban de conducta.


Todas estas razones influyeron en su voluntad hasta el punto de que decidió presentar la dimisión. Al principio se vio detenido por las apariciones de San Jorge, que le rogaba difiriese lo más posible tal determinación; pero sucesivos acontecimientos extremaron las cosas y acabó por dar el paso definitivo. Para evitarse las preocupaciones propias de los asuntos temporales, arrendó unas fincas de la iglesia a un tal Teodosio, hombre sin entrañas. Quejáronse los pobres al prelado porque el arrendador los maltrataba. El Santo exhortó al administrador a mudar de conducta, pero lejos de enmendarse, Teodosio trató a los braceros aun con más dureza, de suerte que un día se reunieron los campesinos armados de espadas, hondas y garrotes, dispuestos a matarle si comparecía. Ante semejante hostilidad, el administrador se fue a la ciudad en busca de refuerzos. Habiéndolo sabido el obispo y temiendo alguna muerte de que se le pudiera imputar responsabilidad ante Dios, mandó llamar a Teodosio y le prohibió volver a aquel lugar. Entonces el administrador tornóse contra el Santo, le llenó de denuestos y se irritó tanto, que de un empellón hizo rodar por el suelo al prelado y el asiento que ocupaba. Y no paró aquí todo, sino que le exigió como indemnización dos libras de oro, por no estar cumplido el plazo de arriendo. San Teodoro se levantó con toda calma, pero juró ante los presentes que no había de ser más su obispo.


Por último, una tentativa de envenenamiento que le dejó por espacio de tres días entre la vida y la muerte le decidió a retirarse. Su dimisión, rechazada por los diocesanos y por su metropolitano, fue admitida al fin por el emperador y el patriarca de Constantinopla, después de un viaje que el Santo hubo de emprender a la capital del imperio. Era hacia el año 599.


Siniestros vaticinios | Su muerte


Todavía le restaban trece años de vida que pasó casi totalmente en su acostumbrado retiro de Siceón, en medio de las austeridades que ya conocemos y cumpliendo multitud de obras de caridad. Con todo, le hallamos con frecuencia en esta última etapa de su vida por las calzadas de Asia Menor acudiendo al lado de las almas buenas que imploraban el auxilio de sus oraciones y el poder de sus milagros, que, a decir verdad, era extraordinario. Su historiador nos refiere, en efecto, más de un centenar de portentosas maravillas llevadas a cabo por Teodoro. Nosotros nos contentaremos con afirmar que no había enfermedad que se resistiera a la santidad de San Teodoro de Anastasiópolis. Devolvió la vista a los ciegos, el oído a los sordos, la palabra a los mudos, el uso de sus miembros a los paralíticos; libró del demonio a gran número de posesos. Su historiador nos dice que casi no pasaba día sin obrar algún prodigio. También tenía el Santo el don de leer en los corazones y profetizar lo venidero.


En el año 609 celebráronse procesiones en varias ciudades de Galacia. Las cruces que es costumbre llevar a la cabeza de las mismas empezaron a agitarse por sí solas de modo inesperado, raro y de mal agüero. Alarmóse Tomás, patriarca de Constantinopla, mandó a buscar a San Teodoro y le rogó le dijera si ese temblor de las cruces lo había o no de tener en consideración. Habiéndole afirmado el Santo que sí, el patriarca deseó saber el significado de aquel fenómeno. Como Teodoro mostrase reparo en descubrírselo, arrojóse a sus pies declarando que no se levantaría hasta oír la respuesta. Entonces conmovióse San Teodoro hasta derramar lágrimas y dijo:


«No quería afligiros, porque no habéis de sacar ningún provecho de saber esas cosas; pero ya que así lo deseáis os diré que ese temblor de las cruces nos anuncia muchas y grandes calamidades. Bastantes cristianos abandonarán la religión de sus padres; habrá incursiones de bárbaros, mucha efusión de sangre, destrucción y sediciones en todo el mundo. Las iglesias quedarán desiertas; la ruina del culto divino y del imperio se aproxima y con ello el advenimiento de nuestro enemigo Satanás».


El imperio griego se hallaba empeñado en una guerra con los persas, que debía proseguir aún por espacio de diecinueve años, costar la vida a millones de hombres y acarrear la destrucción de infinidad de pueblos y ciudades y la ruina de varias provincias. Apenas estuvo alejado ese peligro y restablecida la paz, sobrevinieron los fanáticos discípulos de Mahoma, que, en pocos años, desgajaron en provecho propio la mitad de las provincias orientales del imperio bizantino y obligaron a apostatar a algunos millones de cristianos.


Todo esto había visto aquel hombre de Dios y lo anunciaba con espanto; sin embargo, ni el patriarca ni él llegaron a presenciarlo. San Teodoro de Anastasiópolis murió en su monasterio el 22 de abril de 613.



Fuente: proyectoemaus.com