viernes, 22 de abril de 2022

Santo y Gran Sábado


El Funeral de Cristo, celebrado la noche del viernes, litúrgicamente pertenece al Sábado Santo, Sábado de Gloria: “Éste el sábado que excede las bendiciones, en el cual Cristo descansó”. En este día celebramos “la sepultura del Cuerpo Divino y el descenso de nuestro Señor… al Hades, con el cual volvió nuestro género de la corrupción y lo trasladó a la Vida Eterna”.


El sábado está apretado entre la tristeza del viernes y la alegría del domingo, aunque está más allegado a la Resurrección. Notamos que el Oficio del Funeral está marcado con el sello de la alegría, sea con relación a los Tonos(el primero y el Quinto) o al contenido de los cantos. Por ejemplo las partes de las Bendiciones (Evlogitarias) “¡Bendito eres Tú, Señor, enséñame Tus Mandamientos!” las mismas que cantamos los Maitines de los domingos a lo largo del año.


Obispo, Sacerdote y Diácono, todos se revisten de sus ornamentos completos (esta es la única vez en la cual ocurre esto fuera de la Divina Liturgia, por la venerabilidad del acontecimiento) y rodean a la divina parihuela como a Mesa Sagrada, pidiendo de ella la Vida.


El descendimiento del Señor al Hades es un asunto muy importante en nuestra doctrina ortodoxa, porque en aquél día conquistó Cristo al reino del mal en su propio dominio y se anunció como Salvador para aquéllos que no tuvieron la suerte del anuncio antes de Su Encarnación. Esto aparece en las palabras de Mateo que “Se abrieron los sepulcros, y muchos cuerpos de santos difuntos resucitaron… y se aparecieron a muchos”(Mateo 27: 52 – 53). Esto es una gran prueba del Ilimitado Amor del Señor.


La mañana del día siguiente es anunciada a nosotros como inicio de la victoria, leemos, pues, el Evangelio (El Anuncio)de la Resurrección (Matero 28: 1 – 20). En él toda la creación es convocada para recibir la Luz que sale del sepulcro, y serán dispersadas las hojas de laureles en el templo, y estos has sido tradicionalmente la corona de los victoriosos y los reyes. En este día se celebraba el bautismo de los catecúmenos y se revestían de una túnica blanca que simboliza un estado de pureza que ha sido lograda en Cristo por el nacimiento del hombre nuevo por la Resurrección. Por eso cantamos “Los que os habéis bautizado en Cristo os habéis revestido de Cristo.” (Gálatas 3: 27), y esto es lo que hacemos durante toda la semana de Pascua conocida por “Semana de la Renovación”, como lo indica el sello bautismal de estos oficios. Pero la expresión de la bendición en la Divina Liturgia de Sábado de Gloria, que se celebraba tradicionalmente en la víspera, no menciona el hecho de la Resurrección porque todavía no ha sido anunciada.


Desde el punto de vista teológico, podemos decir que el camino que conduce al Cielo incluye un aspecto que es particularmente difícil de preservar y cultivar en nuestra sociedad moderna: un aspecto expresado muy elocuentemente en el Himno de la Divina Liturgia del Sábado Santo, tomado prestado de la Liturgia de Santiago el Apóstol. En este día, cantamos con solemne anticipación palabras que expresan asombro (“temor y temblor”) ante el inefable misterio de la muerte y la resurrección venidera del eterno Hijo de Dios.


“¡Que toda carne mortal guarde silencio, y permanezca con temor y temblor, sin meditar nada mundano. Porque el Rey de reyes, y Señor de señores, viene a ser sacrificado, y a entregarse como alimento a sus fieles!”.


En las celebraciones habituales de la Divina Liturgia, nos exhortamos a nosotros mismos y a los demás a “apartar a un lado toda preocupación mundana”, para recibir “al Rey de todo”. En el Sábado Santo, en el que conmemoramos el descanso de Cristo en la tumba y Su descenso al reino de la muerte, recordamos el precio pagado por nuestra liberación de la muerte y la corrupción. Declaramos que Él, el preexistente Hijo divino del Padre, vino al mundo y a nuestra vida con un propósito: morir para que por medio de su muerte pudiéramos tener la vida, vivida en comunión eterna con la Santa Trinidad.


No hay nada en la experiencia humana, ni siquiera en la imaginación humana, que pueda ofrecer una gran promesa y un gran gozo como este mensaje central del Evangelio cristiano. Sin embargo, para muchos de nosotros, el aspecto más familiar y penoso de nuestro viaje cuaresmal probablemente sea nuestra incapacidad de unirnos a este mensaje (a esta extraordinaria promesa) de forma que cambie realmente nuestra vida. La distracción, la dispersión el caos, ya sea desde fuera o desde lo profundo de nuestra propia psique, ejerce su influencia demoníaca en cualquier fase de nuestra vida diaria, mientras estamos trabajando, con nuestros amigos o familia, o en un oficio litúrgico. Y así, vivimos nuestra vidas superficialmente, sintiendo poco de lo que realmente es importante en este mundo, lo único que es verdaderamente necesario.


El Gran Sábado nos llama de vuelta a lo esencial. En el Himno de Entrada, especialmente se nos recuerda que nuestra vida es un campo de batalla, donde la lucha constante nos enfrenta con el enemigo, contra las malas inclinaciones de nuestra naturaleza caída. Apropiadamente, nos llama a participar en esta lucha con temor, con temblor y en silencio.


Uno de los grandes maestros de la tradición bizantina, el místico del siglo V, Diadoco de Fótice, capturó el vínculo vital entre el silencio interior y la lucha espiritual, con estas palabras:


“El conocimiento espiritual llega por medio de la oración, la profunda quietud y el completo desapego... Cuando el intenso poder del alma (thymikon, ira espiritual) se alza contra las pasiones, debemos saber que es hora del silencio, ya que la hora de la batalla está a punto”.


Al final de la Gran Semana, mientras viajamos con nuestro Señor hacia Su resurrección, escuchamos una vez más, en las palabras del Himno de la Entrada del Gran Sábado, una invitación a entrar en ese silencio: silencio que es esencial si vamos a asumir con verdadera fidelidad la lucha ascética que caracteriza nuestra entera “vida en Cristo”.


Con ese silencio estemos en santo temor ante el Rey de reyes y Señor de señores. Durante unos momentos trasladémonos más allá de la superficialidad de nuestra existencia social y cultural: el ruido, la distracción y la inutilidad de nuestra rutina diaria. Por la gracia de Dios, descubramos al menos un mínimo de “oración, profunda quietud y desapego”. En esta quietud (en el silencio concedido a nuestra carne mortal), contemplemos las insondables profundidades del amor del sacrificio de Jesús, por nosotros mismos y por toda la humanidad. Y “con temor y temblor”, recibámoslo como alimento eucarístico, el Pan del cielo, que nos alimenta para la vida eterna.



Varios / John Breck 

Traducción: Cantor Nektario B.



Fuente: cristoesortodoxo.com