lunes, 31 de mayo de 2021

01/06 - Justino el Filósofo y Mártir y sus Compañeros


Uno de los más distinguidos mártires del reinado de Marco Aurelio fue san Justino. A pesar de que era laico, fue el primer apologeta cristiano cuyas obras principales han llegado hasta nosotros. Sus escritos ofrecen detalles muy interesantes sobre los primeros años del santo y las circunstancias de su conversión.


El mismo Justino cuenta que era samaritano, ya que había nacido en Flavia Neápolis (Nablus, cerca de la antigua Siquem); no conocía el hebreo, pues sus padres eran paganos, probablemente de origen griego. Justino recibió una excelente educación liberal, que aprovechó muy bien, y se consagró especialmente al estudio de la retórica y a la lectura de los poetas e historiadores. Más tarde, su sed de saber le movió a estudiar filosofía. Durante algún tiempo profundizó el sistema de los estoicos, pero lo abandonó al comprender que no tenían nada que enseñarle sobre Dios. Recurrió entonces a un maestro peripatético, pero el interés de éste por el dinero, le decepcionó muy pronto. Los pitagóricos le dijeron que, para empezar, necesitaba conocer la música, la geometría y la astronomía. Finalmente, un discípulo de Platón le ofreció enseñarle la ciencia de Dios. Un día en que paseaba por la playa, tal vez en Éfeso, reflexionando sobre uno de los principios de Platón, vio que le seguía un venerable anciano; al punto empezó a discutir con él el problema de Dios. El anciano despertó su interés, diciéndole que él conocía una filosofía más noble y satisfactoria que cuantas Justino había estudiado; Dios mismo había revelado dicha filosofía a los profetas del Antiguo Testamento y su punto culminante había sido Jesucristo. El anciano exhortó al joven a pedir que se le abrieran las puertas de la luz para llegar al conocimiento que sólo Dios podía dar. La conversación con el anciano movió a Justino a estudiar la Sagrada Escritura y a informarse sobre el cristianismo, aunque ya desde antes se había interesado por la religión de Jesús: «Aun en la época en que me satisfacían las enseñanzas de Platón -escribe-, al ver a los cristianos arrostrar la muerte y la tortura con indomable valor, comprendía yo que era imposible que hubiesen llevado la vida criminal de que se les acusaba». A lo que parece, Justino tenía unos treinta años cuando se convirtió al cristianismo; pero ignoramos el sitio y la fecha exacta de su bautismo. Muy probablemente tuvo éste lugar en Éfeso o en Alejandría, pues consta que Justino estuvo en esas ciudades.


Aunque ya había habido antes algunos apologetas cristianos, los paganos conocían muy poco de las creencias y las prácticas de los discípulos de Cristo. Los primitivos cristianos, la mayor parte de los cuales eran hombres sencillos y poco instruidos, aceptaban tranquilamente las falsas interpretaciones para proteger los sagrados misterios contra la profanación. Pero Justino estaba convencido, por su propia experiencia, de que muchos paganos abrazarían el cristianismo, si se les presentaba en todo su esplendor. Por otra parte -citemos sus propias palabras- «tenemos la obligación de dar a conocer nuestra doctrina para no incurrir en la culpa y el castigo de los que pecan por ignorancia». Así pues, tanto en su enseñanza como en sus escritos, expuso claramente la fe y aun describió las ceremonias secretas de los cristianos. Ataviado con las vestimentas características de los filósofos, Justino recorrió varios países, discutiendo con los paganos, los herejes y los judíos, En Roma tuvo una argumentación pública con un cínico llamado Crescencio, en la que demostró la ignorancia y la mala fe de su adversario. Según parece, la aprehensión de Justino en su segundo viaje a Roma se debió al odio que le profesaba Crescencio. Justino confesó valientemente a Cristo y se negó a ofrecer sacrificios a los ídolos. El juez le condenó a ser decapitado. Con él murieron otros seis cristianos, una mujer y cinco hombres. Desconocemos le fecha exacta de la ejecución.


Los únicos escritos de Justino mártir que nos han llegado completos son las dos Apologías y el Diálogo con Trifón. La primera Apología, de la que la segunda no es más que un apéndice, está dedicada al emperador Antonino, a sus dos hijos, al senado y al pueblo romanos. En ella protesta Justino contra la condenación de los cristianos por razón de su religión o de falsas acusaciones. Después de demostrar que es injusto acusarles de ateísmo y de inmoralidad insiste en que no sólo no son un peligro para el Estado, sino que son ciudadanos pacíficos, cuya lealtad al emperador se basa en sus mismos principios religiosos. Hacia el fin, describe el apologeta el rito del bautismo y de la misa dominical, incluyendo el banquete eucarístico y la distribución de limosnas. El tercer libro de Justino es una defensa del cristianismo en contraste con el judaismo, bajo la forma de un diálogo con un judío llamado Trifón. Parece que san Ireneo utilizó un tratado de Justino contra la herejía.


Las actas del juicio y del martirio de san Justino son uno de los documentos más valiosos y auténticos que han llegado hasta nosotros. El prefecto romano, Rústico, ante el que comparecieron Justino y sus compañeros, los exhortó a someterse a los dioses y a obedecer a los emperadores. Justino replicó que no era un delito obedecer a la ley de Jesucristo:


Rústico: ¿En qué disciplina estás especializado?

Justino: Estudié primero todas las ramas de la filosofía; acabé por escoger la religión de Cristo, por desagradable que esto pueda ser para los que se hallan en el error.

Rústico: Pero, debes estar loco para haber escogido esa doctrina.

Justino: Soy cristiano porque en el cristianismo está la verdad.

Rústico: ¿En qué consiste exactamente la doctrina cristiana?

Justino le explicó que los cristianos creían en un solo Dios, creador de todas las cosas y que confesaban a su hijo, Jesucristo, anunciado por los profetas, quien había venido a salvar y juzgar a la humanidad. Rústico preguntó entonces dónde se reunían los cristianos.


Justino: Donde pueden. ¿Acaso crees que todos nos reunimos en el mismo sitio? No. El Dios de los cristianos no está limitado a un solo lugar; es invisible y se halla en todas partes, así en el cielo como en la tierra, de suerte que los cristianos pueden adorarle en todas partes.

Rústico: Está bien. Pero dime entonces, dónde te reuniste tú con tus discípulos.

Justino: Siempre me he hospedado en casa de un hombre llamado Martín, junto a los baños de Timoteo. Este es mi segundo viaje a Roma y nunca me he alojado en otra parte. Todos los que lo desean pueden ir a verme y oírme en casa de Martín.

Rústico: Así pues, ¿eres cristiano?

Justino: Sí, soy cristiano.

Después de preguntar a los otros si eran también cristianos, Rústico dijo a Justino:


Rústico: Dime, tú que eres elocuente y crees poseer la verdad, si yo te mando torturar y decapitar, ¿crees que irás al cielo?

Justino: Si sufro por Cristo todo lo que dices, espero recibir el premio prometido a quienes guardan sus mandamientos. Yo creo que todos los que cumplen sus mandamientos permanecen en gracia de Dios eternamente.

Rústico: ¿De suerte que crees que irás al cielo a recibir el premio?

Justino: No es una simple creencia, sino una certidumbre. No tengo la menor duda sobre ello.

Rústico: Está bien. Acércate y sacrifica a los dioses.

Justino: Ningún hombre sensato renuncia a la verdad por la mentira.

Rústico: Si no lo haces, te mandaré torturar sin misericordia.

Justino: Nada deseamos más que sufrir por nuestro Señor Jesucristo y salvarnos. Así podremos presentarnos con confianza ante el trono de nuestro Dios y Salvador para ser juzgados, cuando se acabe este mundo.

Los otros cristianos ratificaron cuanto había dicho Justino. El juez los sentenció a ser flagelados y decapitados. Los mártires murieron por Cristo en el sitio acostumbrado. Algunos de los fieles recogieron, en secreto, los cadáveres y les dieron sepultura, sostenidos por la gracia de Nuestro Señor Jesucristo, a quien sea dada gloria por los siglos de los siglos. Amén.


Como es natural, existe una literatura muy abundante sobre un apologeta, cuya vida y escritos plantean tantos problemas. Recomendamos a este propósito la excelente bibliografía que da G. Bardy en su artículo Justin en DTC, vol. vm (1924), ce. 2228/2277. Fuera del hecho de su martirio, todo lo que sabemos acerca de San Justino se reduce a lo que él mismo nos cuenta en su «Diálogo con Trifón». San Ireneo, Eusebio y san Jerónimo, mencionan a san Justino, pero apenas añaden algún dato nuevo. El texto de las actas de su martirio se halla en Acta Sanctorum (junio, vol. I). En casi todas las colecciones modernas de actas de los mártires, se encuentran las actas de san Justino. Es curioso que en Roma no se conserve ninguna huella del culto a san Justino; su nombre no se halla ni en el calendario filocaliano ni en el Hieronymianum.



Fuente: eltestigofiel.org

Adaptación propia

domingo, 30 de mayo de 2021

31/05 - Hermias el Mártir de Comana


El Santo Mártir de Hermias vivió en la Comana de Capadocia en tiempos del emperador romano Marco Aurelio, también llamado Antonino (161-180), o en el de Antonino Pío (138-161)  Había formado parte de las tropas del César desde muy joven y rápidamente se distinguió por su valentía, su destreza y su espíritu de lucha, lo cual obtuvo debido a su fe en Jesús Cristo.


Durante el reinado de Marco Aurelio (138-161 d.C.) estalló una gran persecución contra los cristianos. Hermias fue de los primeros en ser detenidos, siendo ignorados sus grandes servicios a la nación y su respetada avanzada edad. Fue llevado ante frente al Dux Sebastián, quien le ordenó ofrecer sacrificios a los ídolos. Pero el santo, inquebrantable e inmutable, se negó a traicionar a su Señor y sacrificar a los extraños ídolos paganos. 


Con la dulzura que le caracterizaba, respondió a las solicitudes de los tiranos: "Sería muy absurdo, respetado señor, abandonar la luz y preferir la oscuridad, abandonar la verdad y abrazar la mentira, renunciar a la vida y preferir la muerte. Sería absurdo al final de mi vida perder estos preciosos bienes." Entonces, lleno de ira, el Dux ordenó que lo torturasen duramente. Primero le golpearon en la cara, luego le cortaron la piel y finalmente le arrancaron los dientes. Después le arrojaron a un horno de leña. Cuando fue abierto el horno tres días después, con la intervención y con la gracia de Dios, el Santo salió sano y salvo de toda aquella terrible tortura.


El gobernador Sebastián ordenó a cierto mago que envenenara a Hermias con una poción. La bebida venenosa no hizo daño al santo. Una segunda copa con un veneno aún más fuerte tampoco logró matar al Santo. El mago, asombrado de que Hermias todavía estuviese vivo, creyó en Cristo el Salvador, siendo decapitado de inmediato. Este mago, cuyo nombre no conocemos, fue bautizado con su propia sangre y recibió la corona del martirio.


Hermias fue sometido a torturas aún más terribles. Le rompieron los tendones, le arañaron el cuerpo con instrumentos afilados, lo arrojaron en aceite hirviendo y le sacaron los ojos, pero fue salvo gracias al Señor Jesucristo. Luego suspendieron al mártir cabeza abajo. Durante tres días estuvo colgado en esta posición. Las personas enviadas por el gobernador para verificar su muerte lo encontraron vivo. Atacados por el milagro, fueron cegados por el miedo y comenzaron a pedir al Santo ayuda. El santo mártir ordenó a los ciegos acercarse a él, y los sanó en el nombre de Jesucristo.


Enojado, el gobernador ordenó que se despellejara la piel del cuerpo del santo, pero él siguió vivo. Entonces el enloquecido Sebastián lo decapitó con su propia espada, regalándole la corona de la gloria en el año 160 d.C. 


Más tarde, los cristianos enterraron secretamente el cuerpo del mártir Hermias, cuyas reliquias otorgaron numerosas curaciones.



Fuente: laortodoxiaeslaverdad.blogspot.com / GOARCH

Adaptación propia

sábado, 29 de mayo de 2021

30/05 - Isacio (Isaac), Abad del Monasterio de Dalmato


Durante la persecución del emperador arriano Valente, un ermitaño originario de Siria llamado Isacio (Isaac) se sintió movido por Dios a abandonar la soledad para ir a reprender al emperador. Así pues, se trasladó a Constantinopla hacia el año 374 y advirtió varias veces a Valente de que, si no interrumpía la persecución y devolvía a los cristianos las iglesias que había dado a los herejes, le aguardaba una gran catástrofe y un fin atroz. Valente se burló de las predicciones del ermitaño.


En una ocasión en que Isaac cogió la brida del corcel en que el emperador cabalgaba por las afueras de la ciudad, Valente ordenó a sus hombres que arrojasen al profeta en un pantano. Isaac escapó milagrosamente, pero como volviese a repetir su profecía, fue encarcelado. La profecía se cumplió poco después, ya que Valente fue derrotado y murió en la batalla de Andrinópolis. Teodosio, el sucesor de Valente, devolvió la libertad a San Isaac, a quien profesó siempre gran veneración.


El siervo de Dios se retiró de nuevo a la soledad, donde pronto fueron a reunírsele varios discípulos. Como se negasen a abandonarle, a pesar de sus instancias, San Isaac fundó para ellos un monasterio, que fue, según se dice, el primero que hubo en Constantinopla y que después adoptó el nombre del Abad Dalmato, que le sucedió. Según otra la tradición, el monasterio fue construido por Dalmato el Patricio, sobrino de San Constantino el Grande, pero muchos dicen que fue fundado por San Isacio. Otros, por su parte, sostienen que el monasterio tomó su nombre de ambos santos, motivo por el que en griego aparecería en plural (‘Dalmaton’). Según Zonaras, el emperador iconoclasta Constantino el Coprónimo convirtió posteriormente el monasterio en cuartel: «En cuanto al monasterio llamado Dalmato, el más antiguo de Constantinopla, [el Emperador], tras expulsar a los monjes, lo convirtió en un cuartel para los soldados» (‘Crónica’, XV, 8). El Tercer Concilio Ecuménico elevó al abad de Dalmato al rango de Archimandrita y Exarca de los prominentes monasterios de la Ciudad Imperial.


Nuestro santo asistió al I Concilio de Constantinopla, que fue el segundo de los Concilios ecuménicos.


Isacio sobresalió en la vida monástica y partió con el Señor en el año 396. La famosa Catedral de San Isaac en San Petersburgo está dedicada a este Santo.

Domingo de la Samaritana. Lecturas de la Divina Liturgia


Hch 11,19-30: En aquel tiempo los que se habían dispersado en la persecución provocada por lo de Esteban llegaron hasta Fenicia, Chipre y Antioquía, sin predicar la palabra más que a los judíos. Pero algunos, naturales de Chipre y de Cirene, al llegar a Antioquía, se pusieron a hablar también a los griegos, anunciándoles la Buena Nueva del Señor Jesús. Como la mano del Señor estaba con ellos, gran número creyó y se convirtió al Señor. Llegó la noticia a oídos de la Iglesia de Jerusalén, y enviaron a Bernabé a Antioquía; al llegar y ver la acción de la gracia de Dios, se alegró y exhortaba a todos a seguir unidos al Señor con todo empeño, porque era un hombre bueno, lleno de Espíritu Santo y de fe. Y una multitud considerable se adhirió al Señor. Bernabé salió para Tarso en busca de Saulo; cuando lo encontró, se lo llevó a Antioquía. Durante todo un año estuvieron juntos en aquella Iglesia e instruyeron a muchos. Fue en Antioquía donde por primera vez los discípulos fueron llamados cristianos. En aquellos días, bajaron a Antioquía unos profetas de Jerusalén. Uno de ellos, de nombre Agabo, movido por el Espíritu, se puso en pie y predijo que iba a haber una gran hambre en todo el mundo, lo que en efecto sucedió en tiempo de Claudio. Los discípulos determinaron enviar una ayuda, según los recursos de cada uno, a los hermanos que vivían en Judea; así lo hicieron, enviándolo a los presbíteros por medio de Bernabé y de Saulo.


Jn 4,5-42: En aquel tiempo llegó Jesús a una ciudad de Samaría llamada Sicar, cerca del campo que dio Jacob a su hijo José; allí estaba el pozo de Jacob. Jesús, cansado del camino, estaba allí sentado junto al pozo. Era hacia la hora sexta. Llega una mujer de Samaría a sacar agua, y Jesús le dice: «Dame de beber». Sus discípulos se habían ido al pueblo a comprar comida. La samaritana le dice: «¿Cómo tú, siendo judío, me pides de beber a mí, que soy samaritana?» (porque los judíos no se tratan con los samaritanos). Jesús le contestó: «Si conocieras el don de Dios y quién es el que te dice “dame de beber”, le pedirías tú, y él te daría agua viva». La mujer le dice: «Señor, si no tienes cubo, y el pozo es hondo, ¿de dónde sacas el agua viva?; ¿eres tú más que nuestro padre Jacob, que nos dio este pozo, y de él bebieron él y sus hijos y sus ganados?». Jesús le contestó: «El que bebe de esta agua vuelve a tener sed; pero el que beba del agua que yo le daré nunca más tendrá sed: el agua que yo le daré se convertirá dentro de él en un surtidor de agua que salta hasta la vida eterna». La mujer le dice: «Señor, dame esa agua: así no tendré más sed, ni tendré que venir aquí a sacarla». Él le dice: «Anda, llama a tu marido y vuelve». La mujer le contesta: «No tengo marido». Jesús le dice: «Tienes razón, que no tienes marido: has tenido ya cinco, y el de ahora no es tu marido. En eso has dicho la verdad». La mujer le dice: «Señor, veo que tú eres un profeta. Nuestros padres dieron culto en este monte, y vosotros decís que el sitio donde se debe dar culto está en Jerusalén». Jesús le dice: «Créeme, mujer: se acerca la hora en que ni en este monte ni en Jerusalén adoraréis al Padre. Vosotros adoráis a uno que no conocéis; nosotros adoramos a uno que conocemos, porque la salvación viene de los judíos. Pero se acerca la hora, ya está aquí, en que los verdaderos adoradores adorarán al Padre en espíritu y verdad, porque el Padre desea que lo adoren así. Dios es espíritu, y los que lo adoran deben hacerlo en espíritu y verdad». La mujer le dice: «Sé que va a venir el Mesías, el Cristo; cuando venga, él nos lo dirá todo». Jesús le dice: «Soy yo, el que habla contigo». En esto llegaron sus discípulos y se extrañaban de que estuviera hablando con una mujer, aunque ninguno le dijo: «¿Qué le preguntas o de qué le hablas?». La mujer entonces dejó su cántaro, se fue al pueblo y dijo a la gente: «Venid a ver un hombre que me ha dicho todo lo que he hecho; ¿será este el Mesías?». Salieron del pueblo y se pusieron en camino adonde estaba él. Mientras tanto sus discípulos le insistían: «Maestro, come». Él les dijo: «Yo tengo un alimento que vosotros no conocéis». Los discípulos comentaban entre ellos: «¿Le habrá traído alguien de comer?». Jesús les dice: «Mi alimento es hacer la voluntad del que me envió y llevar a término su obra. ¿No decís vosotros que faltan todavía cuatro meses para la cosecha? Yo os digo esto: levantad los ojos y contemplad los campos, que están ya dorados para la siega; el segador ya está recibiendo salario y almacenando fruto para la vida eterna: y así, se alegran lo mismo sembrador y segador. Con todo, tiene razón el proverbio: uno siembra y otro siega. Yo os envié a segar lo que no habéis trabajado. Otros trabajaron y vosotros entrasteis en el fruto de sus trabajos». En aquel pueblo muchos samaritanos creyeron en él por el testimonio que había dado la mujer: «Me ha dicho todo lo que he hecho». Así, cuando llegaron a verlo los samaritanos, le rogaban que se quedara con ellos. Y se quedó allí dos días. Todavía creyeron muchos más por su predicación, y decían a la mujer: «Ya no creemos por lo que tú dices; nosotros mismos lo hemos oído y sabemos que él es de verdad el Salvador del mundo».

viernes, 28 de mayo de 2021

29/05 - Teodosia la Hosiomártir de Constantinopla


Este artículo pretende dar a conocer una Santa ciertamente poco conocida por los cristianos occidentales, pero que para los bizantinos es una de los principales mártires de los iconoclastas, es decir, que perdieron la vida o padecieron en defensa de la veneración de las sagradas imágenes.


Teófanes el Cronógrafo es quien nos ha hecho llegar la información de que Santa Teodosia vivió y murió en tiempos de León III Isáurico (717-741); este testimonio es más fiable que los propios Sinaxarios, que la colocaron en tiempos de Constantino V, el hijo de León.


Este relato nos dice que nació en Constantinopla, hija de padres piadosos, después de que sus padres pasaron años rezando por un hijo, por eso le dieron ese nombre, que en griego significa “don de Dios”. Con siete años quedó huérfana de padre y su madre se recogió, con ella, en un monasterio de la ciudad, donde despertó su amor por la vida consagrada. Dotada de un gran fervor religioso, a la muerte de su madre profesó como religiosa en el monasterio de Santa Anastasia en Constantinopla, tras haber distribuido todo el dinero obtenido de la venta de sus bienes a los pobres y haberse guardado únicamente aquello necesario para la elaboración de sagrados iconos, oficio al cual se dedicaba, siendo sus favoritos los iconos de la Theotokos (Virgen María) y de la mártir Santa Anastasia, titular de su convento.


Pero cuando el emperador León Isáurico subió al trono, habilitó un edicto para la destrucción de las imágenes sagradas en todo el Imperio Bizantino. En aquellos tiempos se inició la lucha iconoclasta contra el culto de las imágenes, pero Teodosia hizo gala de valentía, participando en algunas manifestaciones a favor de este culto. El 29 de enero del año 729, el patriarca Anastasio -que había sido nombrado por el emperador en sustitución del legítimo patriarca Germán y que también era de tendencias iconoclastas- siguiendo órdenes del emperador, mandó que fuera retirado y destruido un icono del Salvador que decoraba las Puertas Broncíneas de la ciudad -en la entrada del palacio denominada Chalce-, y que según dicen, llevaba allí colgado nada menos que 400 años.


Cuando Teodosia supo la afrenta que se iba a cometer contra la sagrada imagen, reunió algunas monjas compañeras suyas y se comprometieron a sustraerla y protegerla. Pero para cuando llegaron, ya hallaron al encargado de turno encaramado a una escalera y tratando de descolgar el icono. En un arrebato de indignación, las monjas se arrojaron sobre la escalera y la derribaron. El funcionario se mató de la caída. No contentas con ello, Teodosia y las monjas comenzaron a arrojar piedras contra el Patriarca Anastasio, allí presente, y no pararon hasta que lo mataron y lo dejaron tendido en el suelo con la cabeza abierta y los sesos desparramados.


Como era de esperar, el emperador León mandó detener a Teodosia y darle castigo por su acción. Encerrada en la cárcel, recibió cada día 100 latigazos, llegando a estar siete días así, con un total de 700 latigazos. Al octavo día la sacaron desnuda a la calle y de esta guisa la hicieron correr por las calles de la ciudad; si tropezaba, se caía o se paraba, era brutalmente apaleada por los soldados que la rodeaban. Finalmente, cuando exhausta de agotamiento y dolor no pudo dar un paso más, uno de esos soldados la remató atravesándole la garganta con el cuerno de un carnero previamente afilado.


El cuerpo de Teodosia fue devotamente recogido por los fieles y enterrado en el monasterio de Santa Eufemia, cerca de Deixocratis, en el Cuerno de Oro de la ciudad. Desde entonces ha recibido la veneración sin ambages del pueblo bizantino, que la considera una auténtica mártir de los iconoclastas.


La iglesia en la que fue sepultada la mártir, como he dicho, estaba dedicada a Santa Eufemia, pero cuando allí colocaron su cuerpo, le pusieron su nombre. El 28 de mayo de 1435, la ciudad se rindió a las tropas otomanas, que asaltaron la iglesia, capturaron y vendieron como esclavos a los que estaban allí reunidos en oración, y las reliquias de la Santa fueron arrojadas a los perros, de suerte que se han perdido. Actualmente, la iglesia que albergó su cuerpo está convertida en mezquita y se llama Gül-Djami (“la mezquita de la rosa”).


Meldelen



Fuente: preguntasantoral

Adaptación propia

29/05 - Teodora la Hosiomártir de Tiro


Cuando una joven doncella expresó su simpatía por algunos mártires Cristianos que estaban a punto de morir, fue arrestada inmediatamente. En el plazo de dos horas se la encontró culpable de una serie de acusaciones y sometida a torturas increíbles –simplemente porque les había pedido a los mártires que la tuviesen presente en sus oraciones.


El nombre de esta joven virgen era Teodosia, y estuvo destinada a sufrir por Jesucristo en Abril del año 307 d.C.. Los crímenes contra esta niña que aún no había cumplido los dieciocho años tuvieron lugar en la ciudad Palestina de Cesarea, bajo el reino del despiadado Gobernador Romano Provincial Urbano.


Nacida en la bella ciudad costera de Tiro, en la antigua Fenicia (hoy en día parte del moderno Líbano) alrededor del año 290, la Mártir Santa Teodosia, de 17 años de edad, era una piadosa y correcta joven que no soportaba ver gente tratada con crueldad.


El Domingo de Resurrección de Nuestro Señor y Salvador Jesucristo se enteró de que varios jóvenes Cristianos habían sido apresados en Cesarea, ciudad donde vivía con su familia. Actuando impulsivamente, la considerada joven se aproximó a las víctimas con la esperanza de ofrecer un poco de consuelo a esos valientes creyentes que estaban a punto de recibir su sentencia de muerte. Los encontró encadenados unos a otros y sentados en en el piso del calabozo. Mojados, con frío y tiritando, estaban rezando y suplicando fortaleza para poder soportar su castigo, ante lo cual la doncella se conmovió profundamente por su ruego. Habían sido capturados por los soldados bajo el mando del Emperador Romano Maximino, que era duro de corazón y que en ese entonces se encontraba persiguiendo a los Cristianos a lo largo de las provincias del Oriente Medio. Los jóvenes Cristianos –que habían despertado la lástima de Teodosia- serían torturados y asesinados por Urbano, el Gobernador. Este despiadado tirano era conocido en todo lugar por su despiadada eficacia eliminando a los seguidores de Jesucristo. Cuando se anunció la decisión de Urbano, en ese Domingo de Resurrección diecisiete siglos atrás, la alegre Teodosia expresó claramente sus sentimientos –llamando con fuerte voz a los Cristianos condenados y pidiéndoles que la recordasen en el Paraíso y que hablasen bien de ella ante el Señor. Sin embargo esto no le pareció bien al Gobernador, quien ordenó inmediatamente a sus soldados capturar a esta infractora de la ley. Llevada ante su trono, algunos minutos después, ella se negó a admitir que había hecho algo malo. Y cuando se le ordenó adorar a los ídolos romanos con la finalidad de probar que no albergaba secretas simpatías Cristianas, la joven Teodosia se negó a cumplir. El Gobernador se quedó mirándola sorprendido. “Que así sea”. Con un movimiento de su mano señaló a sus verdugos que la amarrasen y se la llevasen. Lo que siguió a continuación es muy difícil de contar: la joven fue apuñalada repetidamente en sus costillas y en sus senos. Además fueron quebrados sus huesos en varios lugares por matones cuatro veces más grandes que ella. Sin embargo, no lloró y ciertamente que no cedió en su posición. Con sus ojos cerrados y con una mano en su corazón comenzó a rezar fervientemente al Señor Dios Jesucristo, a quien  ahora ella reconocía completamente como su propio Salvador.


Enfurecido por su negativa a reconocer su presencia, el homicida Gobernador Urbano se decidió rápidamente a tomar las medidas más extremas. Muy pronto sus verdugos traspasaron con espadas sus intestinos al tiempo que doblaban sus extremedidades en diferentes direcciones hasta el punto que los mismos soldados se encontraron a sí mismos haciendo muecas de dolor ante el sonido de los huesos rotos. Sin embargo su espíritu no se quebró. Tan grande era su fe en el Salvador que con cada respiro ella rezaba con mayor intensidad. El Gobernador Urbano la observaba y su cólera era una cosa terrible de presenciar. Al final decidió darle una última oportunidad para salvarle la vida. Inclinándose hacia adelante hasta poner su rostro burlón muy cerca del suyo le hizo la pregunta que podría salvarla de la muerte. “¿Por lo menos te inclinarías una sola vez ante los ídolos de Roma?”. Ella permaneció inmóvil por algunos segundos y luego, con lo último de energía que le quedaba, negó con su cabeza. Con una voz que era difícilmente más alta que un susurro le dijo al más poderoso gobernador en toda Palestina, según está registrado en los relatos de su martirio: “No se equivoque, no se engañe, pero ha de saber lo siguiente: se me ha concedido tomar parte en el coro de los santos mártires de Dios.”


El Gobernador ya había visto suficiente. Con una maldición terrible y un gesto violento ordenó que fuese arrojada a las aguas turquesas del océano que flanqueaban las bellas playas de Cesaréa. Allí se ahogó rápidamente y muy pronto su cuerpo maltratado se hundió en las profundidades del Mar Mediterráneo. Ella se había ido a un mundo mejor, a una mejor vida.


Por la vida de esta Santa Virgen y Mártir Teodosia, podemos ver como Dios algunas veces pide el sacrificio final, aun de sus hijos inocentes. Sin embargo, también provee la fortaleza necesaria para superar esas terribles pruebas, y uno de los consuelos que recibimos es el saber que una gran santa como la Virgen Mártir Teodosia vive hoy en el reino bendito que está más allá de toda pena, dolor y que está lleno de gozo triunfante.



Fuente: laortodoxiaeslaverdad.blogspot.com

Adaptación propia

jueves, 27 de mayo de 2021

28/05 - Helicónides la Mártir


Hoy es la festividad de una mártir griega de curioso nombre con distintas variantes -Helicónide, Helicónides, Helcónide, Helicónida o Helcónida, y las mismas versiones sin H- que vivió en el siglo III y procedía de la ciudad de Tesalónica, aunque como veremos, pasó por dos procesos distintos y acabó sufriendo el martirio en Corinto.


El Martirologio Romano de 1956 dice textualmente el día 28 de mayo: “En Corinto, Santa Elcónida, mártir, en tiempo del emperador Gordiano. Atormentada primero bajo el presidente Perennio con varios suplicios, y de nuevo torturada por su sucesor Justino, pero librada por un ángel, por último cercenados los pechos, arrojada a las fieras, probada por el fuego y decapitada, consumó el martirio.


Desarrollando esta breve aunque detallada referencia podremos conocer un poco mejor a la mártir que celebramos hoy, para lo cual seguiremos su passio griega.


Passio de la Santa


Según nos dice este relato, Helicónides era una virgen cristiana que vivía en Tesalónica. Durante la persecución del emperador Gordiano, en el siglo III, se había trasladado a la ciudad de Corinto, donde se dedicaba a exhortar a los habitantes para que dejaran de adorar a los ídolos insensibles y abrazaran la fe en Cristo, para que rindieran culto al verdadero Dios, Creador del universo. Es decir, que era una predicadora y que evangelizaba al pueblo.


Por estas actividades, fue arrestada por orden del procónsul Perinio, Peronio o Perennio -tampoco está claro el nombre exacto de este magistrado- el cual, admirándose de su belleza, trató de persuadirla, con halagos y amenazas, para que sacrificase a los dioses. Como ella rechazó la oferta, la entregó a los verdugos para que la torturaran, quienes la ataron por los pies a un yugo de buey y le destrozaron las plantas de los pies, la sumergieron en un caldero de plomo derretido y la atormentaron con otras atrocidades de este estilo. Pero de todo esto salió indemne gracias a la intervención de un ángel.


Temiendo que fuera una hechicera, el gobernador inventó nuevos tormentos para ella: le desollaron la cabeza, le quemaron los pechos y la cabeza con fuego, mientras ella sufría estoicamente el dolor. Peronio entonces mandó suspender el tormento y luego le propuso de nuevo que sacrificara a los dioses, prometiéndole que si lo hacía, le daría grandes honores y la nombraría sacerdotisa. Ya fuera por estar exhausta de dolor o porque ya estaba pensando en su próximo paso, la Santa pareció consentir la propuesta, así que un cortejo de sacerdotes paganos y notables de la ciudad la condujo al templo, al son de trompetas y tambores, para que todos vieran a la cristiana que iba a sacrificar.


Cuando estuvo en el templo, Helicónides pidió que la dejaran sola y, apenas lo estuvo, abatió y destruyó a todos los ídolos que se encontraban dentro (eran, concretamente, las estatuas de los dioses Palas, Júpiter y Esculapio). Pasado un rato, los sacerdotes entraron en el lugar y, al ver la destrucción cometida por la santa, se enfurecieron y maldijeron a la virgen, gritando: “¡Matad a la hechicera!”. Le dieron una paliza y la arrojaron en prisión, donde permaneció cinco días, pero no quedó abandonada a sus heridas, sino que Cristo Salvador y los santos arcángeles Gabriel y Miguel se le aparecieron para curar sus heridas.


Entretanto, a Perinio le sucedió otro procónsul no menos cruel, que se llamaba Justino, y que tampoco consiguió vencer la fe de Helicónides. La metió en un horno ardiente, pero las llamas la respetaron y quemaron a setenta soldados que estaban presentes. Fue tendida sobre un lecho ardiente de bronce, pero nuevamente, el mismo Cristo, acompañado por los arcángeles Miguel y Gabriel, se le apareció para reconfortarla y darle la comunión. Le cortaron los pechos y luego soltaron sobre ella tres hambrientos leones, que sin embargo, se acercaron mansamente a ella y se echaron a sus pies. La multitud pagana, al ver esto, en lugar de compadecerse gritaba: “¡Muerte a la hechicera!”. Como si hubieran entendido lo que la gente decía, los tres leones saltaron fueran de la arena y atacaron al público, que huyó aterrorizado. No sabiendo ya qué hacer con ella, el gobernador ordenó decapitarla. Ella marchó a su propia ejecución contenta, y oyó una voz convocándola a las moradas celestiales. Finalmente, la decapitaron, y en el instante de su muerte se obró un nuevo prodigio, pues de su cuello cortado manó leche, no sangre. Su cuerpo fue reverentemente enterrado por los cristianos.


Iconografía, culto y reliquias


Aunque el culto a la Santa ha llegado hasta hoy por menciones textuales y bibliográficas -que no por monumentos ni templos concretos, los cuales no parecen haber existido-, lo cierto es que apenas existen representaciones de ella y todas son muy recientes, representándola simplemente como una virgen mártir o aludiendo a alguna escena o secuencia de su martirio, como el elemento de la leche brotando del tajo del cuello, un elemento que comparte con Santa Catalina de Alejandría.


No he podido averiguar si actualmente se conservan reliquias suyas o dónde se veneran, tampoco su nombre, ciertamente extraño a nuestros oídos, parece haber tenido repercusión en la antroponimia actual. Siendo una desconocida en tantas fuentes antiguas, es complicado poder establecer con seguridad nada sobre ella, quedándonos tan sólo un historiado relato de martirio.


Meldelen



Fuente: preguntasantoral

Adaptación propia

28/05 - El Santo Hieromártir Eutiquio, Obispo de Melitene


Toda información acerca de este Mártir se ha perdido, excepto que se presentó voluntariamente ante los tiranos, se burló de los ídolos, sufrió muchos e indecibles tormentos  y acabó siendo ahogado en el mar.

miércoles, 26 de mayo de 2021

27/05 - Santo Hieromártir Eladio


Poco se sabe sobre San Eladio más allá de que era obispo y se negó a sacrificar a los ídolos. Durante su martirio nuestro Señor Jesucristo se le apareció y le curó sus heridas, tras lo cual fue arrojado al fuego y preservado ileso; después de sufrir nuevos tormentos, fue golpeado con puñetazos hasta la muerte.

martes, 25 de mayo de 2021

IV Miércoles después de Pascua - Mediopentecostés


En el punto medio entre las grandes fiestas de Pascua y Pentecostés, el día vigésimo quinto, que cae siempre en miércoles, es una de las fiestas más queridas para los cristianos de rito bizantino más devotos, y es conocida simplemente como Mediopentecostés. Mediopentecostés es al Pentecostarion lo que el Tercer domingo de la Gran Cuaresma, que honra a la Santa Cruz, es para el período de la Gran Cuaresma. Es un día que nos ayuda a enfocarnos en el tema central de todo el período. Mientras que el punto medio de la Gran Cuaresma nos recuerda que debemos llevar la Cruz de Cristo con valor para que podamos morir diariamente con Cristo para experimentar la resurrección de nuestro Señor, el punto medio del Pentecostarion nos ilumina con respecto al tema de los cincuenta días siguientes a Pascua, que es la adquisición del Espíritu Santo, derramado como un regalo a todos los fieles que participan del Agua Viva que es el mismo Cristo.


El tema central a lo largo del período del Pentecostarion, por lo tanto, es el agua. Este se convierte en el tema central del período porque es el tema central del Evangelio de Juan, que leemos en su totalidad durante el Pentecostarion y que naturalmente deriva en los Hechos de los Apóstoles, que también se leen durante este período en su totalidad.


Este tema aparece por primera vez en la misma Pascua, en el alegre Canon de la Fiesta de las Fiestas, escrito por San Juan Damasceno, cuando nos invita a "tomar una nueva bebida", no "surgida de una roca estéril", como en el Antiguo Testamento bajo Moisés, sino que más bien "brota de la tumba de Cristo". Luego, durante la Liturgia Divina Pascual, el sacerdote sale con el Evangelio y canta en voz alta el Salmo 67:27 diciendo: "En las congregaciones bendecid a Dios, el Señor de los manantiales de Israel".


Cuando se termina la Renovación o la Semana Brillante, la Iglesia establece sabiamente dos domingos para eliminar todas las dudas relacionadas con la Resurrección de Cristo, la del domingo de Santo Tomás y el domingo de las Mujeres Miróforas. Esto se hace para garantizar que todos participemos del Agua Viva que solo el Señor resucitado puede dar. Los siguientes tres domingos, a medida que nos acercamos a Pentecostés, el tema del agua se vuelve cada vez más central en los himnos de la Iglesia. Así, nos encontramos un domingo en la piscina de ovejas con el paralítico, luego en el pozo de Jacob con la mujer samaritana, y finalmente en la piscina de Siloé con el ciego.


Durante este período festivo escuchamos acerca del "Agua Viva" que, si uno participa de ella, "nunca tendrá sed". Se nos enseña que es nuestro mismo Salvador esta Agua Viva, y participamos de Él a través de las aguas bautismales y de la Copa de la Vida que surgió de Su costado en Su crucifixión para la remisión de los pecados y la vida eterna (brotó sangre y agua).


Luego, en Pentecostés, llovió la gracia increada de Dios sobre nuestras almas y cuerpos secos para que podamos ser fructíferos y tener una gran cosecha como escuchamos en el santo Evangelio en ese día: "Si alguno tiene sed, venga a Mí y beba". Finalmente, el Pentecostarion concluye con la fiesta de todos los santos, es decir, aquellos que participaron de las "aguas de la piedad", que es la cosecha de la efusión del Espíritu Santo.


Los Padres de la Iglesia nos enseñan que la fiesta de Mediopentecostés se encuentra en medio del período de cincuenta días desde la Pascua hasta Pentecostés como un poderoso río que fluye de la gracia divina y que tiene como fuente estas dos grandes fiestas. Pascua y Pentecostés se unen en Mediopentecostés. Sin Pascua no hay Pentecostés y sin Pentecostés no hay propósito para la Pascua.


Leemos con más detalle en el Gran Libro de las Horas:


"Después de que el Salvador sanó milagrosamente al paralítico, los judíos, especialmente los fariseos y los escribas, fueron movidos a envidia y lo persiguieron, y trataron de matarlo, usando la excusa de que no guardaba el sábado, ya que hizo milagros en ese día. Jesús se marchó a Galilea. Cerca de la mitad de la Fiesta de los Tabernáculos, subió de nuevo al templo y enseñó. Los judíos, maravillados por la sabiduría de sus palabras, dijeron: "¿cómo sabe este hombre las letras, sin haber aprendido? " Pero Cristo primero les reprochó su incredulidad e ilegalidad, y luego les demostró por la Ley que intentaban asesinarlo injustamente como forma de despreciar la Ley, ya que había sanado al paralítico en el día de reposo.


Por lo tanto, dado que las cosas de las que habló Cristo en medio de la Fiesta de los Tabernáculos están relacionadas con el domingo del Paralítico que acaba de pasar, y como ya hemos llegado al punto medio de los cincuenta días entre Pascua y Pentecostés, la Iglesia ha designado esta fiesta presente como un vínculo entre las dos grandes Fiestas, uniendo, por así decirlo, las dos en una y compartiendo la gracia de ambas. Por lo tanto, la fiesta de hoy se llama Mediopentecostés y la lectura del Evangelio, "En la mitad de la fiesta", aunque se refiere a la Fiesta de los Tabernáculos, se usa.


Cabe señalar que había tres grandes fiestas judías: la Pascua, Pentecostés y la Fiesta de los Tabernáculos. La Pascua se celebraba el 15 de Nisán, el primer mes del calendario judío, que coincide aproximadamente con nuestro marzo. La fiesta conmemoró el día en que a los hebreos se les ordenó que comieran el cordero al anochecer y ungieran las puertas de sus casas con su sangre. Luego, habiendo escapado de la esclavitud y la muerte a manos de los egipcios, pasaron por el Mar Rojo a la Tierra Prometida. Se llama 'la fiesta de los Panes sin Levadura' porque comían pan sin levadura durante siete días. Pentecostés se celebraba cincuenta días después de la Pascua, en primer lugar, porque las tribus hebreas habían llegado al Monte Sinaí después de salir de Egipto, y allí se recibió la Ley de Dios; en segundo lugar, se celebró para conmemorar su entrada en la Tierra Prometida, donde también comieron pan, después de haber sido alimentados con maná durante cuarenta años en el desierto. Por lo tanto, ellos ofrecían a Dios un sacrificio de pan preparado con trigo nuevo. Finalmente, también celebraban la Fiesta de los Tabernáculos del 15 al 22 del "séptimo mes", que corresponde aproximadamente a nuestro mes de septiembre. Durante este tiempo, vivían en cabañas hechas de ramas en conmemoración de los cuarenta años que pasaron en el desierto, viviendo en tabernáculos, es decir, en tiendas de campaña (Ex. 12: 10-20; Lev. 23 LXX). "


La Fiesta de la Mediopentecostés se celebra durante toda una semana hasta el miércoles siguiente, por lo que es una fiesta de ocho días. Durante todo este tiempo, los himnos de Mediopentecostés se unen con los de la Pascua. Debido al tema del agua, tradicionalmente la Iglesia celebra la Bendición Menor de las Aguas en este día, preferiblemente con una procesión con la Santa Cruz hasta una fuente de agua. El tema de la fiesta no solo invoca al agua, sino que, más importante aún para la cronología del Evangelio, honra a Cristo como Maestro y Sabiduría a medida que se revela entre las historias del paralítico y la del hombre ciego. Durante este tiempo se nos dice: "a la mitad de la fiesta, Jesús subió al templo y enseñó ... Jesús les respondió y dijo: -Mi doctrina no es mía, sino del que me envió. Si algún hombre hace Su voluntad, él sabrá de la doctrina, ya sea de Dios o si hablo de mí mismo "(Juan 7: 14-30). El icono para esta fiesta representa al joven Jesús enseñando a los ancianos en el Templo (Lucas 2:46, 47), momento en el que Jesús se reveló a sí mismo como un maestro o rabino. Los iconos bizantinos tradicionales representan a Jesús como más grande que los ancianos, mostrando su estado espiritual superior.


Dado que los himnos de la Iglesia invocan y alaban a nuestro Señor como la Sabiduría de Dios mencionada en el Libro de Proverbios del Antiguo Testamento, es tradicional que todas las iglesias nombradas en honor a la Santa Sabiduría celebren su fiesta en este día. De hecho, el erudito griego Constantine Kalokyre ha escrito un estudio titulado "Las iglesias de la sabiduría de Dios y la fecha de su celebración", que apareció en el periódico San Gregorio Palamás, no. 71 (723) (1988), pp. 538-617. En este estudio, se llega a la conclusión de que la Gran Iglesia de Santa Sofía en Constantinopla celebraba su fiesta en Mediopentecostés.



Fuente: laortodoxiaeslaverdad.blogspot.com

Adaptación propia

26/05 - Carpo y Alfeo, Apóstoles de los 70


San Carpo


Las luchas a vida o muerte de este seguidor y muy cercano compañero del Gran San Pablo tuvieron lugar alrededor del año 70.


Cuando, durante un terremoto, la cima de una colina se partió, creando un abismo peligroso, el Santo Apóstol Carpo temió por su vida. ¿Podría él – uno de los Setenta discípulos elegidos para predicar el Evangelio de Jesucristo– caer dentro del abismo producido por el terremoto? A San Carpo el repentino terremoto lo haría luchar desesperadamente para evitar ser tragado por la tierra. También le daría la lección espiritual más grande de toda su vida.


Este dramático incidente ocurrió durante un período en el cual el santo y futuro mártir había estado rezando a Dios, muy enfadado, rogándole que destruyese a dos viles pecadores. Estos dos desvergonzados infieles estaban seduciendo y pervirtiendo a muchos de los jóvenes que vivían en la Isla de Creta, a donde San Carpo había sido enviado por San Pablo a predicar el Santo Evangelio. Para San Carpo, hombre profundamente piadoso y con gran temor de Dios que había sido nombrado por San Pablo Obispo de Berea en la región de Tracia (hoy en día parte de Turquía y Grecia), la clase de comportamiento pecador que estaba presenciando todos los días en Creta era completamente inaceptable. San Carpo, siendo un hombre profundamente espiritual, solía experimentar  frecuentemente visiones venidas de lo alto –un hecho que impresionó profundamente a su mejor amigo en Creta, San Dionisio el Areopagita, quien visitaba frecuentemente al enviado de San Pablo en la isla-. Cada vez que San Dionisio hablaba con el enfurecido obispo, San Carpo mencionaba una y otra vez las obras despreciables que cometían dichos pecadores, que estaban seduciendo a los inocentes y guiándolos hacia el camino de la perdición.


Fervoroso y devoto miembro de Los Setenta, recordado con mucho afecto por el gran maestro San Pablo en su Segunda Carta a Timoteo (4, 13), se dice que San Carpo experimentaba visiones del Hijo de Dios y de Sus Santos Angeles cada vez que celebraba la Liturgia Divina. A causa de su intensa espiritualidad, San Carpo se ofendía especialmente por el comportamiento licencioso y deseaba que los dos malhechores fueran “destruidos por el fuego.” Sin embargo, un día, cuando estaba rezando con mucha fuerza este resultado escuchó repentinamente, según los historiadores de ese período, una especie de Voz en su interior: 


“Sigue adelante y continúa atormentándome más, pues estoy dispuesto a sufrir y, más aún, a ser crucificado a causa de la salvación de esa gente.”


No había ninguna posibilidad de equivocación con esa Voz: San Carpo estaba escuchando al Santo Redentor, quien parecía estar diciéndole que esos pecadores debían ser perdonados por sus malas obras y no ser arrojados al fuego. El santo luchó muy profundamente en su alma en contra de esta advertencia, pues no podía pasar por alto su enojo ante este tipo de pecado cometido ante el rostro de Dios.


Un día, cuando estaba planeando pasar la tarde haciendo oración en contra de esos pecadores, se dirigió a la cima de una inmensa colina ventosa, y una vez ahí comenzó una vez más a importunar a Cristo Dios para que enviara un fuego devorador que consumiera a los malvados. Pero en vez de satisfacer su dudosa solicitud, el Todopoderoso envió un terrible terremoto que partió en dos la colina dejando, al santo ante el borde de un abismo aterrorizador. En un rapto de miedo por el peligro que se abría ante sus pies el obispo vio repentinamente a los dos hacedores de mal que odiaba. Ambos estaban trepando por uno de los lados de la colina y estaban a punto de caer en las fauces llenas de colmillos de una serpiente gigante. Mientras el sorprendido San Carpo observaba con creciente angustia, la horrible serpiente salivaba y reía anticipadamente por su terrible comida. Pero justo antes de que los dos pecadores fuesen devorados para siempre bajo las fauces de esta terrible aparición, San Carpo sintió que una ola de compasión se apoderaba de su alma y comenzó a rezar por su rescate. De acuerdo con San Dionisio, quien registró la totalidad del incidente para la posteridad, Jesús respondió instantáneamente a la oración desesperada del santo. Moviéndose a gran velocidad se podían ver las manos del Salvador extendiéndose hacia los pecadores mientras se disponía a sacarlos del abismo... y enviarlos hacia la bendita paz del arrepentimiento y a una nueva vida como creyentes sin mancha del Santo Evangelio.


A San Carpo esta visión le dio la lección de su vida. En vez de destruir a los pecadores –y a pesar de la oración del obispo–, el Señor Dios les había mostrado su misericordia y la oportunidad de arrepentirse y rehacer sus torcidas vidas. Con lágrimas en sus ojos el santo se dio cuenta de que acababa de presenciar el Verdadero Espíritu del Santo Evangelio: la compasión y el perdón que siempre “odia el pecado pero que ama al pecador.”


Después de este acontecimiento que cambió su vida, San Carpo vendría a ser un obispo mucho más bondadoso y compasivo. Sin embargo, sus luchas y sus sufrimientos aún no habían terminado. A los pocos años, mientras predicaba  el Santo Evangelio a los paganos y judíos de la amplia región de Tracia, trabaría conflicto con adoradores de ídolos, así como con sus sacerdotes, quienes resentían profundamente el desafío que San Carpo estaba haciendo en contra de su autoridad.


Murió cubierto de sangre –pero con una oración de perdón en sus labios– alrededor del año 95 de Nuestro Señor, según la mayoría de historiadores de ese período. Sus reliquias fueron enterradas bajo la iglesia que ayudó a construir en Berea. Luego de más de diecinueve siglos, el Bienaventurado Mártir San Carpo continúa inspirando a los Cristianos que tienen problemas con el perdón. Su vida nos recuerda que el propósito de Cristo en la tierra no fue “destruir a los pecadores con fuego” a causa de la ira, sino perdonarlos por causa del amor.


San Alfeo


El Santo Discípulo Alfeo, cuya maravillosa vida como siervo de Jesucristo también es conmemorada en este día, fue el padre de dos de los Apóstoles de entre los Doce Originales: Santiago y el Evangelista San Mateo.


Nacido en la ciudad Galilea de Cafarnaún, en Palestina, el Venerable Alfeo era un hombre piadoso y temeroso de Dios que había enseñado a sus hijos el amor a su prójimo como a ellos mismos. Sin embargo, a pesar de sus enseñanzas, en su juventud este hijo de Leví había elegido ser un despreciable recaudador de impuestos, un funcionario al servicio de los ocupantes romanos de Palestina, quienes tenían la autoridad de recaudar impuestos sobre cualquier producto que se vendiera en la Provincia. Tal y como los otros recaudadores de impuestos de la región, Leví era despiadado a la hora de sacar la mayor cantidad de dinero que pudiera de cada una de sus víctimas. Pero entonces sucedió una cosa maravillosa. Después de haber escuchado las palabras de Jesús durante una de sus visitas de predicación a la región, Santiago y Mateo se convertirían al Santo Evangelio y llegarían a ser dos de los Doce Apóstoles Originales. Al final las amables y reverentes enseñanzas de su humilde padre en Cafarnaúm ayudarían a preparar al recaudador de impuestos (su nombre Cristiano era “Mateo”) para el servicio al Evangelio del Hijo del Hombre.


También se cree que San Alfeo fue el padre de los santos mártires San Abercio (picado por las abejas hasta la muerte cuando fue amarrado a un árbol) y de Santa Elena (apedreada hasta morir). Padre amoroso y bondadoso, según cuentan numerosos registros, no escatimó esfuerzo alguno con el fin de educar a sus hijos para que fuesen ceistianos virtuosos y amorosos. Tan efectiva fue su enseñanza que ambos, hijos e hijas, llegarían a ser, a la larga, santos amados de la Santa Iglesia.


Este padre bendito murió alrededor del año 100 en su nativa Cafarnaún mientras daba gracias a Dios por haberle permitido criar hijos tan maravillosos. Su vida nos enseña sobre la importancia de criar a nuestros hijos con compasión, sabiduría y reverencia por la Santa Palabra de Dios.



Fuente: laortodoxiaeslaverdad.blogspot.com / GOARCH