miércoles, 4 de mayo de 2022

05/05 - Irene la Megalomártir


La Santa Megalomártir Irene vivió durante el s. IV d.C. Era hija de Licinio, que era rey de un pequeño reino, y de Licinia. Procedían de la ciudad de Magedón.


Nacida en el año 315, sus padres le dieron el nombre de Penélope.


Cuando la Santa cumplió seis años, debido a que era justa y superaba en belleza a todas las otras doncellas de su tiempo, fue encerrada por su padre Lιcinio en una torre construida por él, y encargó su educación a un anciano maestro llamado Apeliano, que escribió las memorias de su martirio.


Una noche Irene tuvo la siguiente visión: entró en la torre una paloma manteniendo en su pico un tallo de de olivo, el cual dejó sobre la mesa. También entró un águila llevando una corona de flores, la cual depositó también sobre la mesa. Después entró por otra ventana un cuervo, que puso sobre la mesa una serpiente. Cuando se despertó por la mañana, meditaba, pensativa qué podría significar todo eso que había visto.


Entonces se lo contó al anciano Apeliano, y éste lo interpretó como un preaviso de su gloriosa coronación ante su final martírico tras su bautismo: "La paloma significa la educación de la mente, mientras que la rama de olivo significa el sellado y el comienzo de las cosas, y es un tipo de bautismo. El águila, siendo el rey de las aves, presagia por medio de la corona la victoria que obtendrás a través de cosas elegidas y buenas. El cuervo con la serpiente significa que probarás el sufrimiento y la angustia”.


Fue atraída hacia el cristianismo por una joven criptocristiana, la cual, debido a su honestidad y a sus virtudes, fue muy apreciada por los padres de Penélope y fue asignada por ellos como la cuidadora de su hija. Un sacerdote llamado Timoteo bautizó secretamente a la joven, renombrándola Irene.


Su padre, Licinio, no tardó en ser informado de lo sucedido cuando, además, Santa Irene destrozó los ídolos de la casa de su padre, confesando así su fe en Cristo. Por esta razón, este ordenó que la ataran a los pies de un caballo salvaje para que la matase a coces. Pero por milagro el caballo se volvió y lo mató a él. Entonces hubo una gran confusión entre la gente que allí se encontraba. Irene les consoló con las palabras de Cristo: "Todo es posible para el que cree" (Mc. 23:23). Y de hecho, con una gran fe, ella oró y su padre se levantó vivo. Entonces, todos los miembros de la familia fueron bautizados cristianos. Su padre entonces abandonó su reino y se fue a morar en la torre que había construido para su hija, donde pasó el resto de su vida en penitencia.


Después de que su padre muriera, otro rey llegó al trono cuyo nombre era Sedecías, que instó a la santa a sacrificar a los ídolos. No persuadida por él, fue arrojada en un pozo profundo en el que había varias serpientes venenosas y reptiles. Después de catorce días allí, salió ilesa. Luego le cortaron las piernas, pero, con la ayuda de un ángel divino, recuperó la salud. Luego fue atada a una rueda, pero el agua que hacía girar la rueda dejó de fluir, por lo que la Santa salió ilesa. Por este milagro, ocho mil almas llegaron a creer en Cristo.


Cuando Sedecías fue expulsado de su reino y su hijo Sapor I fue a la guerra contra aquellos por quienes su padre había sido expulsado, Santa Irene se encontró con él y su ejército en las afueras de la ciudad de Magedón. Y después de decir una oración, todos se volvieron sordos y ciegos, para que no pudieran ver por dónde iban, y después de rezar nuevamente, les devolvió la vista y el oído. Por esta razón, traspasaron los talones de la Santa con púas y la cargaron con un saco lleno de arena. De esta manera fue obligada a marchar durante casi 5 kilómetros. Luego la tierra se dividió de repente en dos, tragando a diez mil de los incrédulos, lo que a su vez hizo que treinta mil personas creyeran en Cristo. Sin embargo, el rey aún permanecía en su incredulidad; por lo tanto, un Ángel del Señor lo golpeó y lo mató.


La Santa recibió entonces permiso y libertad para entrar en la ciudad, donde hizo muchos milagros. Al ir a la torre en la que estaban su padre y el sacerdote Timoteo, llevó a cinco mil griegos a creer en Cristo por medio de sus enseñanzas. Con ellos había treinta y tres hombres a quienes se les había ordenado proteger la torre, y todos recibieron el Santo Bautismo.


Al entrar en la ciudad de Galípoli del Helesponto, donde era rey Numeriano, pariente del antiguo rey, se paró ante él y le confesó a Cristo. Entonces este la colocó en tres toros de bronce al rojo vivo, moviéndola del primero al segundo y del segundo al tercero. El tercer toro, aunque sin vida, extrañamente comenzó a caminar, luego se partió en dos, y la Santa emergió ilesa. Muchos incrédulos, hasta cien mil, vieron esta maravilla y creyeron en Cristo. Cuando el rey estaba a punto de morir, entregó a la Santa al gobernador para que fuera castigada con varios tormentos. El gobernador ató a la Mártir con cadenas y encendió fuego debajo de ella. Sin embargo, un Ángel del Señor bajó y apagó el fuego, protegiendo así a la Santa. Cuando el gobernador vio esto, creyó en Cristo con sus hombres.


Debido a que la fama de la Santa se extendió, el rey persa Sapor II (309–379), que reinó durante los años de Constantino el Grande, oyó hablar de ella y quería que fuera decapitada. Por lo tanto, la victoriosa Irene de Cristo fue decapitada y colocada en una tumba, pero nuevamente, por un ángel divino, fue levantada, y él la magnificó por haber sido martirizada por Cristo. Ella fue magnificada también por aquellos que llegaron a creer en Cristo a través de ella. 


Habiéndose levantado, se dice que entró en la ciudad conocida como Mesimbria de Tracia, sosteniendo en su mano una rama de olivo, y así se presentó ante el rey. Al verla, el rey creyó en Cristo y fue bautizado por el presbítero Timoteo junto con otros muchos. Luego la Santa fue a su ciudad de Magedón y lloró por su padre, que había muerto previamente, y se despidió de su madre. De repente, fue tomada por una nube y llegó a Éfeso, donde se quedó por un tiempo realizando muchos milagros, y fue honrada como Isapóstol (Igual a los Apóstoles). Después de esto se reunió con su maestro Apeliano.


Después de haber enseñado en Éfeso, la Santa se fue con otras seis personas y Apeliano de la ciudad de Éfeso a una nueva tumba, donde nadie había estado antes. Después de que ella entró, Apeliano la selló con una piedra. La Santa ordenó que, mientras estuviese entre los vivos, nadie debía quitar la piedra colocada sobre la tumba por Apeliano. Después de dos días, Apeliano fue a la tumba y encontró la piedra levantada de la tumba, y el cuerpo de la mártir había desaparecido.


Al menos dos iglesias estaban dedicadas a Santa Irene en Constantinopla, y también es la patrona de la isla egea de Tera, comúnmente llamada Santorín o Santorini (corrupción de “Santa Irene”).



Fuente: laortodoxiaeslaverdad.blogspot.com / GOARCH

Traducción del inglés y adaptación propias