martes, 31 de agosto de 2021

01/09 - Comienzo del Año Eclesiástico (Indicción)


El primer día de septiembre se inicia el año eclesiástico. Históricamente en esa fecha el Imperio Romano imponía a sus súbditos un gravamen para el mantenimiento de sus fuerzas armadas. A dicho impuesto se le dio el nombre de Indicción (Definición, Orden, Llamamiento), el cual también fue adoptado por los emperadores en Constantinopla. Posteriormente se usó el término de Distribución para denominarlo. En el año 312, Constantino el Grande introdujo en sus territorios este decreto después de ser proclamado Emperador.

Hay tres tipos de Indicción pero la que celebramos nosotros vino a ser llamada la Constantinopolitana, adoptada por los Patriarcas. Esta Indicción o llamamiento se inicia el 1 de septiembre y es observada con especial atención: en este tiempo, a la vez que se concluye un ciclo de producción con la siega y recolección de las cosechas y su almacenamiento en los graneros, se inicia también la preparación para la siembra y cultivo futuros. Por eso consideramos esta fecha para el inicio del nuevo año.

La Iglesia festeja este día suplicando a Dios por buen tiempo, lluvias generosas y abundancia de los frutos de la tierra. Las Sagradas Escrituras dan testimonio de que el pueblo de Israel celebraba la fiesta del Clamor de las Trompetas en este día ofreciendo himnos de acción de gracias. Además de lo antes dicho, nosotros conmemoramos también, la presencia del Señor en la Sinagoga de Nazareth cuando leyó el pasaje de Isaías: “El Espíritu del Señor está sobre mí, porque me ha ungido para anunciar a los pobres la Buena Nueva” (Lc 4:16-30).

EL AÑO LITÚRGICO EN LA IGLESIA BIZANTINA


La celebración litúrgica en la Iglesia Bizantina se nos presenta de una forma que tiene que ver con toda la vida del cristiano y le confiere un ritmo propio. En cada etapa del camino de la vida, en cada momento difícil, la Iglesia busca santificar a sus hijos con los sacramentos y con las oraciones. De este modo, la vida del cristiano no avanza según los días del calendario, sino según las festividades eclesiales y el tiempo terrestre o natural se transforma en parte de la Historia Sagrada, en Tiempo de Salvación.

Las celebraciones bizantinas están estrechamente ligadas a los “ciclos del tiempo”, así encontramos tres tipos de ciclos: diario, semanal y anual.

El ciclo diario está formado por una serie de servicios litúrgicos que coinciden con un tiempo u hora determinada del día y que puede tener como su culmen la celebración de la Divina Liturgia. El ciclo semanal gira en torno al Domingo, que se dedica a conmemorar y celebrar la Resurrección de Cristo y se constituye en fuente de donde manan las gracias para los otros seis días.

Pero, de los tres tipos de ciclos, el más amplio y desarrollado es el ciclo litúrgico anual que llamamos Año Litúrgico. Comienza el 1 de Septiembre y tiene su culmen en la celebración de la Pascua. Está formado, como el semanal, además de las conmemoraciones diarias de los misterios del Señor, de la Santísima Virgen o de los Santos, por 12 Grandes Fiestas fijas en cuanto que tienen una fecha asignada en el año: 8 de septiembre: la Natividad de la Santa Virgen María, Madre de Dios; 14 de septiembre: se conmemora la Exaltación de la Cruz. Para este día, la Iglesia prescribe el ayuno estricto y en el templo se celebra un rito especial de adoración de la Cruz; 21 de noviembre: la Presentación de la Virgen María en el templo; 25 de diciembre: la Natividad de Cristo; 1 de enero: La Circuncisión del Señor; 6 de enero: el Bautismo del Señor (Epifanía); 2 de febrero: la Presentación del Señor; 25 de marzo: La Anunciación a la Virgen María, fiesta que San Juan Crisóstomo la llamaba la “raíz de las fiestas”; 24 de junio: La Natividad de Juan el Bautista; 29 de junio: La memoria de los santos apóstoles Pedro y Pablo; 6 de agosto: La Trasfiguración del Señor; 15 de agosto: La Dormición de la Santísima Madre de Dios.

Y existen además cuatro grandes fiestas en honor del Señor, que son de carácter movible pues van unidas al misterio de la Resurrección: La Entrada de Jesús en Jerusalén (Domingo de Ramos); El glorioso día de la Resurrección del Señor (Pascua); El luminoso día de la Ascensión de Jesús al cielo y El descenso del Espíritu Santo (Pentecostés).

Adicionalmente tenemos algunas fechas o períodos importantes durante el año: 1 de octubre: la Protección de la Virgen María. El 15 de noviembre: se inicia el ayuno navideño, que precede a la más importante festividad de las consideradas fijas: la Natividad y el Bautismo del Señor. Y la última de las grandes festividades del año es la Decapitación de Juan el Precursor y Bautista que se celebra el 29 de agosto y se caracteriza por ser día de ayuno estricto.

Por último podemos mencionar que revisten también gran importancia la fiesta Titular de la Iglesia, Monasterio o Ciudad que ya no son de carácter general sino particular o local.

Todo el Año Litúrgico, es pues, el medio como la Iglesia al presentarnos los principales misterios de nuestra redención nos recuerda que además de tener la verdadera fe, y de celebrarla con acciones de culto, estamos llamados a dejarnos iluminar y transformar por cada uno de los misterios que celebramos, y que por nuestra vida, por nuestras obras, todos den gloria al Padre, al Hijo y al Espíritu Santo.


Fuente: Arquidiócesis de México, Venezuela, Centroamérica y el Caribe (Iglesia Católica Apostólica Ortodoxa de Antioquía) / Lexorandies.blogspot.com

31/08 - Cipriano el Hieromártir y Obispo de Cartago


Su nombre completo era Tascio Cecilio Cipriano y nació en Cartago, en el norte de África en el año 210 en el seno de una familia pagana muy rica, por lo que recibió una buena educación llegando a ser un maestro muy brillante en su propia ciudad natal. Como estaba relacionado con los ambientes aristocráticos, llevó una vida disipada y reprobable hasta que con más de treinta años de edad, por razones desconocidas, experimentó una importante crisis espiritual. El mismo nos lo cuenta: “Cuando estaba en las tinieblas y en la noche más profunda, cuando me balanceaba de aquí para allá en el mar borrascoso del mundo, sin conocer cual era el propósito de mi propia vida, lejos de la verdad y de la luz, sumido en mi miseria moral, parecía inalcanzable que la gracia del Señor me prometía mi propia salvación” (Ad Donatum de gratia Dei, 3, 4).


El mayor obstáculo para su conversión fue de orden moral: “¿Cómo es posible una transformación tan radical, cómo se hace para dejar todo aquello en que ha crecido conmigo y con el tiempo se ha convertido en una segunda naturaleza?”. Pero estando en esta tesitura fue orientado por el presbítero Ceciliano al que siempre profesó una profunda veneración “considerándolo no ya como un amigo, sino como un padre que me ha dado una nueva vida”. Se convirtió al cristianismo entre los años 245-248, se bautizó y llevó a la práctica los preceptos evangélicos, vendiendo gran parte de sus bienes patrimoniales para repartirlo entre los pobres, dedicándose apasionadamente al estudio de las Sagradas Escrituras y de las obras de Tertuliano, que influyeron posteriormente en su estilo y en su pensamiento.


En el mismo año 248 fue ordenado de sacerdote y solo un año después, al morir el obispo Donato de Cartago, fue llamado a sucederle por aclamación popular, pues los pobres recordaban su caridad. No obstante, la aversión hacia él de cinco presbíteros envidiosos por su riqueza, su talento y su diplomacia, le persiguió durante todo su pontificado.


Su ferviente actividad pastoral, siempre volcado hacia los pobres y los abandonados, su resolución para transformar algunas perniciosas costumbres y su defensa de la virginidad, hicieron que durante la persecución del emperador Decio fuera arrestado. Hasta entonces, los cristianos del norte de África habían vivido relativamente tranquilos, pero en el año 250, el emperador publicó un edicto que acababa con casi aquellos treinta años de tregua.


Muchos cristianos, por miedo, renegaron de su fe y el obispo Cipriano, fue buscado por una multitud de paganos a fin de echarlo a los leones. Cipriano no se dejó prender a fin de no abandonar a su Iglesia de Cartago que estaba convulsa por las deserciones y así, por inspiración divina y aconsejado por algunos amigos, huyó buscando un refugio cercano a la ciudad desde el cual mantuvo una asidua correspondencia con su comunidad y con su clero, exhortándolos a perseverar en la fe y sugiriéndoles asistieran a los arrestados siendo prudentes para no poner en peligro a la iglesia local. Se conservan una veintena de estas cartas. Pero estos cinco presbíteros díscolos se encargaron de promover la discordia diciendo que Cipriano había huido debido a su cobardía e infidelidad a su Iglesia, haciendo llegar estos bulos hasta la mismísima Roma y consiguiendo que desde esta se enviara una carta a Cipriano desaprobando su actuación. Cipriano respondió a esta carta explicando los motivos de su actuación, aclarando que no había abandonado a su pueblo y que estaba en permanente contacto a través de un diácono que le servía de intermediario.


Pero aun más grave fue la cuestión de los “lapsi”, es decir, de los cristianos renegados que posteriormente regresaron a la fe, permaneciendo en el interior de la propia comunidad cristiana de Cartago. Los cinco presbíteros opositores, capitaneados por Novato y ayudados por el rico Felicísimo, además de incitar a los fieles contra su obispo, sostenían que era suficiente la recomendación de “un confesor” para que un renegado fuera readmitido a la comunidad cristiana. Eso permitió que ellos mismos readmitieran en la iglesia a muchos “lapsi” que realmente no estaban arrepentidos de haber renegado de su fe. Contra este movimiento que atacaba en su propia base la autoridad del obispo, Cipriano reaccionó con firmeza excomulgando a los rebeldes salvo en caso de muerte; en respuesta, estos eligieron a un nuevo obispo en la persona de un tal Fortunato, enviando a Novato a Roma a fin de atraerse al clero romano hacia su propia causa. Había surgido el cisma, pues el propio Novato, que solo era sacerdote, durante la ausencia de San Cipriano, había ordenado de diácono al rico Felicísimo que tanto les había ayudado.


También en Roma, por esta misma cuestión de los “lapsi” estalló un cisma incitado por Novaciano que había sido elegido en contraposición al Papa San Cornelio. Entretanto, después de catorce meses de ausencia, Cipriano regresó a Cartago, reunió un concilio de de unos setenta obispos norteafricanos en el cual estableció las normas a seguir para la readmisión de los “lapsi”, graduando el tiempo y la forma de penitencia a la que debería someterse personalmente cada uno según fuera la gravedad de su culpa. El concilio apoyó a Cipriano y condenó a Felicísimo. Los “libellatici”, que eran los cristianos que habían obedecido al emperador, podrían recibir la comunión pero después de un período de prueba y los “sacrificati”, o sea, los que habían ofrecido sacrificios a los dioses, sólo serían perdonados si estaban en peligro de muerte. Los clérigos rebeldes fueron depuestos.


San Cipriano, en su obra “De Lapsi”, cap.4, llega a decir: “Tengo el corazón destrozado y no puedo calmar mi dolor ni mi salud personal porque las heridas de mi grey son más profundas que las heridas del pastor. Yo uno mi corazón al corazón de cada uno y en la tristeza, me siento oprimido por un cúmulo de afanes. Junto con mis hermanos abatidos me siento también postrado”.


Las disposiciones del concilio cartaginés, fueron aprobadas por Roma, donde había ocurrido algo parecido y se habían tomado las mismas medidas, aunque, sin embargo, Cipriano tuvo que seguir luchando contra las insidias de sus adversarios, combatiendo a los cismáticos no sólo en África, sino también en Hispania y en las Galias. Poco a poco, los escritos de Cipriano fueron tomando fuerza y sus oponentes la fueron perdiendo.


Su prestigio fue creciendo porque su actividad asistencial y pastoral fue en aumento como consecuencia de una serie de desastres que azotaron tanto a su diócesis como al resto del norte de África, especialmente la hambruna. Los bárbaros invadieron Numidia deportando en masa a la población por lo que ocho obispos africanos solicitaron la ayuda de Cipriano, el cual les envió doscientos mil sestercios recogidos en una colecta. Asimismo, entre el 252 y 254, África fue devastada por la peste, invadiendo los pueblos y aterrorizando a las gentes y ante todas estas desgracias, Cipriano no se limitó a inculcar el sentido de la caridad entre sus fieles, sino que los animó a atender las necesidades de los desamparados, organizándolos con diligencia y solidaridad, requiriendo de cada uno según sus aptitudes y condición social y sin hacer distinción entre los necesitados, ya fueran cristianos o paganos.


Y para colmo se cernía la amenaza de una nueva persecución por parte del emperador Treboniano Gallo, el cual, para combatir la peste – que creía era un castigo divino – ordenó que todos los habitantes de su imperio ofrecieran sacrificios a los dioses. En Cartago, la ausencia del obispo en estas ceremonias suscitó violentas protestas entre los paganos, pero volvió pronto la calma.


En Roma, al Papa San Cornelio le sucedió San Lucio I y a este, San Esteban I, el cual se enfrentó con San Cipriano, intentando imponerle que la Iglesia de Roma no solo tenía una autoridad moral sobre todas las Iglesias, sino también una autoridad jurídica. Esto hizo que las Iglesias africanas rompieran con Roma hasta que murió el Papa San Esteban I. San Esteban, basándose en el texto evangélico de Mateo, 16, 13-20, quería imponer sus argumentos, pero San Cipriano le respondió que de acuerdo con las enseñanzas de la Iglesia, todos los obispos eran iguales y cada uno de ellos encarnaba en su diócesis la figura de San Pedro. Esta posición fue respaldada por todos los obispos africanos y los del Asia Menor.


A principios del año 255 se inició una nueva controversia que llegó a asumir tonos muy dramáticos. Un laico llamado Magno, propuso a Cipriano la cuestión de si los que habían sido bautizados por sacerdotes cismáticos, debían ser rebautizados. San Cipriano respondió reiterando el uso de la Iglesia africana que no consideraba válido el sacramento administrado por un hereje y en esto también chocó con el Papa San Esteban I que mantenía la tesis contraria siempre que el bautismo hubiera sido administrado en el nombre de las Tres Divinas Personas. Cipriano consideraba que fuera de la Iglesia no podía haber verdadero bautismo, luego los bautismo administrados por herejes, eran nulos, aunque cuando un clérigo hereje había sido bautizado perteneciendo a la Iglesia y después de haberla dejado, haciendo penitencia deseaba volver a su redil no los rebautizaba.


Esta postura romana no gustó a dieciocho obispos de Numidia, que quedaron perplejos por el uso romano de admitir a los bautizados por sacerdotes herejes con una simple imposición de manos y unción con óleo, por lo que sometieron sus dudas al concilio cartaginés. Después de legitimar la usanza africana, el concilio de los setenta obispos celebrado en Cartago en mayo del 256, aprobó por unanimidad una resolución en tal sentido y se la comunicó al Papa San Esteban, afirmándole que el episcopado africano no intentaba imponer a nadie su modo de juzgar, pero que tampoco aceptada de nadie que intentara cambiar sus normas. Los obispos africanos se alineaban con Cipriano, entre ellos, el poderoso Firmiliano, que era obispo de Cesarea Maritima. El Papa Esteban escribió a Cipriano reiterando la supremacía de Roma y amenazándolo con la excomunión, pero éste le contestó que la autoridad del obispo de Roma tenía que estar coordinada con la suya, pero que no era superior. Los ánimos se calmaron al intervenir el obispo Dionisio de Alejandría como moderador entre ambos.


San Esteban I murió mártir el 2 de agosto del año 257 y el mismo mes comenzó la persecución de Valeriano contra los cristianos. San Cipriano preparó a sus fieles con su “De exhortatione martyrii”, pero el 30 de agosto, como consecuencia de este edicto imperial, San Cipriano fue interrogado por el procónsul Aspasio Paterno negándose a ofrecer sacrificios a los dioses, por lo que fue desterrado a Curubios, un lugar no demasiado lejos de Cartago. Allí, aunque angustiado por no estar con sus fieles, llevó una vida relativamente tranquila, fue confortado por la cordialidad de los habitantes del lugar y por las frecuentes visitas de algunos cristianos cartagineses y aun de su amigo el diácono Poncio, que es quién escribió su primera biografía. En Curubios, siguió escribiendo y después de un año de exilio, el nuevo procónsul Galerio Máximo, le ordenó volver a Cartago. Allí se encontró con la noticia de un nuevo edicto imperial que imponía la pena de muerte contra los cristianos. Especialmente, se puso en el punto de mira a los cristianos más destacados, entre ellos a los obispos, presbíteros, diáconos y seglares más influyentes.


Cipriano se dio cuenta rápidamente de la gravedad de la situación sobre todo cuando se enteró de que en Roma había sido martirizado el Papa San Sixto II, sucesor del Papa San Esteban I. El 13 de septiembre, San Cipriano fue conducido a la villa del magistrado Galerio, pero este estaba indispuesto por lo que la audiencia fue pospuesta al día siguiente. Durante la noche estuvo detenido en las dependencias de un oficial en torno a la cual se agolpó un numeroso grupo de cristianos. El interrogatorio del 14 de septiembre se desarrolló en la sala de audiencias del procónsul: le propusieron sacrificar a los dioses, él se negó rotundamente por lo que fue condenado a morir decapitado. Él respondió: “Dios mío, te doy las gracias”.


El relato de la ejecución es descrito minuciosamente por su amigo Poncio: “Cipriano fue conducido al campo de Sexto y le quitaron el manto. Allí se arrodilló sobre la tierra postrándose ante el Señor en profunda oración. Se despojó de su dalmática que entregó a unos diáconos, se quedó con la túnica de lino y se dispuso a esperar al verdugo. Habiendo llegado éste le pagaron veinticinco monedas de oro. Los hermanos arrojaron alrededor suyo pañuelos y servilletas y él, voluntariamente, se vendó los ojos y al no poderse atar las muñecas, el presbítero Julián y un subdiácono le ayudaron. Así, el bienaventurado Cipriano sufrió el martirio”. Los cristianos recogieron el cuerpo y le dieron sepultura en una localidad situada en la vía Messaliense.


Terminadas las persecuciones, cercano al lugar del martirio fueron construidas varias iglesias, que fueron destruidas por los vándalos. El emperador Carlomagno trasladó sus reliquias a Francia estando distribuidas entre varias ciudades francesas, belgas y Venecia, aunque la mayor parte de las mismas se encuentra en la Abadía de Compiègne.


El aniversario de la muerte del santo obispo mártir comenzó pronto a celebrarse no solo en Cartago, sino en toda África, Roma, Constantinopla, las Galias e Hispania. Su intensa vida, su dedicación a su grey y su muerte gloriosa hicieron que su culto se propagara rápidamente. En Cartago se le construyeron tres basílicas: una sobre el lugar del martirio, otra sobre su tumba y una tercera cercana al puerto.


Escritos


Los escritos de San Cipriano de Cartago han tenido siempre como objetivo precisar la doctrina, corregir los errores, promover las virtudes y dirimir algunas controversias en determinadas ocasiones. Sus obras se pueden dividir en cuatro grupos: dogmáticas, apologéticas, morales y cartas.


Obras dogmáticas


“Testimonia ad Quirinum”, escrita en el año 248 es una antología recopilada, realizada a petición de un amigo, que incluye pasajes de las Sagradas Escrituras directamente contra los judíos y normas para inculcar a los cristianos la observancia de los preceptos morales.


“De lapsis”, escrita en el año 251 que es un vivo retrato de las costumbres relajantes de los cristianos frente a las persecuciones aunque al mismo tiempo describe algunos episodios de heroísmo; en ella polemiza duramente contra sus adversarios religiosos y recomienda a los fieles tener la máxima cautela a la hora de readmitir a quienes hubieran apostatados y posteriormente mostraran arrepentimiento, aunque siempre dando esperanzas a los verdaderamente arrepentidos.


“De catholicae ecclesiae unitate”, escrita en el mismo año y presentada ante el primer concilio de Cartago sobre la cuestión de los “lapsi”. En esta obra defiende que la Iglesia construida por Cristo es solo Una y está fundamentada sobre Pedro, aunque manteniendo que cada obispo representa a Pedro en su diócesis; en esta obra también defiende que fuera de la Iglesia no existe salvación.


Obras apologéticas


“Ad Donatum”, escrita en el 246, es una autobiografía escrita para un amigo. En ella habla sobre la corrupción pagana – que él dice contemplar desde la cima de una montaña imaginaria -, exaltando las ventajas y la gloria que tiene la conversión a la fe en Cristo, haciendo uso en esta obra, de una retórica convencional pero con ciertos arrebatos de entusiasmo y de ternura.


“Ad Demetrianum”, escrita en el año 252; en ella hace elucubraciones sobre las eternas transformaciones de la naturaleza intentando demostrar, contra Demetriano, que los cristianos no son los responsables de las calamidades naturales que ocurrían en aquella época, como por ejemplo, la peste. Esas calamidades eran causadas o bien por los malos hábitos de higiene o por la incredulidad e inmoralidad de los paganos.


“Ad Fortunatum”, escrita en el 257 y que es una recopilación de textos bíblicos redactada a petición del obispo Fortunato con la intención de ilustrar a los cristianos acerca de cuales son sus obligaciones y para estimularlos a permanecer en la fe en tiempos de persecuciones.


“Quod idola dii non sint”, escrita en el 246 y en la que contrapone la mendacidad de los dioses falsos con la eternidad del verdadero Dios.


Obras morales


“De habitu virginum”, del 249, que es una instrucción pastoral dirigida a las vírgenes, distinguiendo perfectamente entre obligaciones y consejos y en la que las invita a llevar una vida de mortificación, a no buscar la gloria mundana, ni las riquezas, aconsejándolas que no busquen ni el esplendor en las vestimentas ni el refinamiento y embellecimiento excesivo del cuerpo.


“De dominica oratione”, escrita en el año 252, que es un sermón inspirado en Tertuliano y que escribió con el fin de que se pronunciara ante los catecúmenos que se preparaban para recibir el bautismo: se trata de un comentario a la oración del “Padre nuestro”, que es precedido de algunas consideraciones sobre la necesidad de la oración y sobre las excelencias de las enseñanzas de Cristo.


“De mortalitate”, escrita entre los años 252-253, que es una exhortación a los cristianos para que venzan el desaliento producido por el espectáculo de la desolación y de muerte debido a las epidemias de peste; para los cristianos, la muerte es ganancia porque cambian los bienes terrenales por los eternos.


Las cartas


Se conservan ochenta y una cartas escritas por San Cipriano de Cartago. Dieciséis de ellas fueron escritas entre los años 248-258 constituyendo la parte más rica de su producción literaria. Son apuntes dogmáticos, éticos, ascéticos y biográficos y en ellas compagina una fusión muy singular entre su vigor autoritario y su bondad comprensiva; ambas, caracterizaban su ánimo y su actitud. El vivo sentido de la disciplina, de la jerarquía y de la unidad de la Iglesia, la prudencia que se ha de tener contra los excesos de deseos por conseguir el martirio, la defensa de las prerrogativas episcopales, la dulzura en el consuelo a los que están encarcelados y con los que sufren, la intensidad de la fe en la contemplación de las promesas divinas y del premio que se obtendrá después de la muerte… Todo esto, confiere a estas cartas un gran valor como documento humano y pastoral de primerísimo orden. Algunas de estas cartas, por su contenido y por su estilo, son bellísimas.


La doctrina de San Cipriano de Cartago


El pensamiento de San Cipriano no tiene mucha importancia en el campo teológico y dogmático, ya sea por su forma un tanto desordenada a la hora de escribir, como porque hacia prevalecer sobre todo, los intereses éticos y apologéticos, pero vale la pena prestar atención a una idea central que prevalece en toda su obra: la unidad de la Iglesia y el amor hacia ella: “No se puede tener a Dios por Padre, si no se tiene a la Iglesia por Madre” (De catholicae ecclesiae unitate). Para él, la base de la unidad de la Iglesia es su unión con la Cátedra de Pedro, reconociendo el Primado de Roma y eso lo piensa y enseña aun en la época en que tuvo “sus más y sus menos” con el Papa San Esteban I (recordar el artículo anterior). El dice en esta obra: “Sobre Pedro está edificada la Iglesia y le ha sido confiada las ovejas a pastorear y aunque a todos los apóstoles les fue concedido el mismo poder, fue establecida una sola Cátedra y se determinó que su autoridad es el origen y la naturaleza de la unidad. Es cierto que como Pedro son todos los demás, pero el Primado ha sido dado a Pedro, existiendo una sola piedra y una sola Cátedra. Todos somos pastores, pero hay una sola grey que debe ser pastoreada por todos los apóstoles con un consenso unánime. Quién no conserva esta unidad, ¿puede mantener la fe? El que abandona la Cátedra de Pedro sobre la cual está fundada la Iglesia, ¿pretende pertenecer a la Iglesia?”.


En su carta número 59, cuando habla de los cismáticos que fueron a Roma para patrocinar su causa en contra de él – recordar el artículo anterior -, San Cipriano afirma: “Ellos osaron cruzar el mar para acercarse a la sede de Pedro, que es la iglesia principal de donde sale la unidad entre los obispos”. El dice que “las iglesias locales son las ramas de un solo árbol cuyo tronco es la Iglesia de Roma, que es para las otras iglesias, lo que Pedro es para el resto de los apóstoles”.


Sobre la base de estas afirmaciones de Unidad, él combatió las intrigas y la envidia, los celos y las discordias entre los fieles y sus obispos, afirmando que aun en las acciones más hermosas, como por ejemplo el martirio, si no hay unidad, no sirven para nada. Hay que salvaguardar siempre la unidad entre los obispos y los fieles porque esta es la mayor prueba de que se está dentro de la ortodoxia. La unidad es para él un imperativo de la acción pastoral del obispo: “Esta unidad debemos conservarla con decisión y de modo muy particular, nosotros los obispos que formamos el gobierno de la Iglesia y que tenemos que demostrar que el episcopado en su conjunto es uno e indivisible. Uno es el episcopado del que cada uno de nosotros y de forma conjunta y solidaria, tenemos una parte”.


San Cipriano destaca la figura del obispo dentro de su diócesis, pero la actitud de independencia del episcopado africano contra Roma con ocasión de la controversia sobre el bautismo, parece que agrieta su concepto de la unidad de la Iglesia y su reconocimiento del Primado de Pedro. Sin embargo, él solo se definió simplemente como alguien que apoyaba fundamentalmente el papel de cada obispo en su diócesis, como representante legítimo de los apóstoles, que tenían que estar unidos a Roma en la fe, pero que eso no le daba derecho a Roma para que impusiera sus criterios sin más ni más. Cuando sobre el tema del bautismo se opone a Roma, lo hizo de buena fe y apoyado por todo el episcopado africano, aunque es verdad que estuvo al borde de la herejía y se expuso a la excomunión. Pensando lo que él pensaba sobre la unidad de la Iglesia, en su cabeza no entraba el que un hereje, que estaba fuera de esa unidad eclesial pudiese bautizar. El dice textualmente: “El bautismo es Uno, como el Espíritu Santo es Uno y la Iglesia es Una. Nosotros no rebautizamos, nosotros bautizamos a aquellos que vienen de la herejía, ya que ellos no han podido recibir absolutamente nada de quienes son herejes”.


El prestigio de San Cipriano de Cartago fue enorme tanto en la antigüedad como en la Edad Media. Han sido muchos quienes a lo largo de la historia, han alabado su oratoria, entre ellos San Jerónimo e incluso quienes han pretendido aprovecharse de este prestigio, como por ejemplo, cuando en el Segundo Concilio de Constantinopla, celebrado en el año 553, los macedonianos presentaron el “De Trinitate” de Novaciano como si fuese una obra de San Cipriano a fin de valerse del prestigio de este para que fuese valorada aquella obra.


Antonio Barrero



Fuente: preguntasantoral

Adaptación propia

lunes, 30 de agosto de 2021

31/08 - Deposición del Precioso Cinto de la Santísima Madre de Dios


La deposición del Venerado Cinto, unos dicen que fue llevada a cabo por el rey Arcadio, y otros que por el hijo de Teodosio II.


El traslado se hizo de Jerusalén a Constantinopla, y lo colocaron en un relicario de oro, que se denominó “Santa Sorós”. Pasados 410 años, el rey León el Sabio abrió la Santa Sorós para su esposa la reina Zoe, que estaba poseída por un espíritu impuro. Cuando abrió la Santa Sorós, vio que el Venerado Cinto de la Theotokos brillaba de un modo sobrenatural y tenía un sello de oro que mostraba la fecha en que fue trasladado a Constantinopla. Tras venerarlo, el Patriarca extendió el Venerado Cinto sobre la reina, y enseguida esta fue liberada del demonio. Entonces todos glorificaron al Cristo Salvador y dieron las gracias a Su Purísima Madre, la cual es para los creyentes vigilante, guardiana, protección, refugio y asistencia en cada momento y en cada lugar, día y noche.


A continuación el Venerado Cinto fue dividido en partes, las cuales se llevaron a distintos templos de Constantinopla. Después de la invasión de la Ciudad por los cruzados en 1204 d.C., algunos fragmentos los cogieron estos y otros conquistadores y los llevaron a Occidente. Una parte, sin embargo, fue salvada y se quedó en Constantinopla durante la liberación de la Ciudad a cabo de Miguel VIII Paleólogo. Se guardaban en el sagrado templo de Santa María de las Blaquernas. La última referencia a la santa reliquia es de un peregrino anónimo ruso en Constantinopla entre los años 1424 y 1453 d.C. Tras la conquista de los turcos en 1453 d.C., se desconoce qué pasó con el resto de las partes del Venerado Cinto. El único fragmento salvado se conserva en el Sagrado Monasterio de Batopedio ( "Ιερά Μονή Βατοπαιδίου"), y llegó allí un modo excepcionalmente anecdótico.


San Constantino construyó una cruz de oro para para protección ante las invasiones. En medio de la cruz colocó una pieza de la Venerada Cruz de Jesucristo. La cruz también tenía santas reliquias de Mártires, y una pieza del Venerado Cinto. Todos los emperadores bizantinos portaban esta cruz en sus campañas. El emperador Isaac II Angel (1185-1195) hizo lo mismo en una campaña contra el dirigente de los búlgaros Asán. Sin embargo, venció este último, y en medio del pánico un sacerdote arrojó la cruz al río para que no la robasen los enemigos. Pasados unos días, los búlgaros la encontraron, pasando así a las manos de Asán. Los dirigentes búlgaros, imitando a los emperadores bizantinos, llevaron con ellos en las campañas la cruz. Pero en una batalla contra los serbios, el ejército búlgaro fue vencido por el gobernante Lázaro (1371-1389). Este, más tarde, regaló la cruz de San Constantino al Sagrado Monasterio de Batopedio junto con el fragmento del Venerado Cinto de la Santísima Madre del Dios.


Los Santos Padres del Sagrado Monasterio conservan una tradición según la cual el Venerado Cinto fue entregado al Sagrado Monasterio de Batopedio por el emperador Juan VI Cantacuzeno (1341-1354), el cual a continuación dimitió de su cargo, fue tonsurado monje con el nombre de Joasaf y ejerció en el Santo Monasterio.


Los milagros que han sido obrados por el Venerado Cinto son muchos. Ayuda especialmente a las mujeres estériles a tener hijos si piden con devoción la ayuda de la Santísima. Si tienen fe, se les da un fragmento de cuerda que ha sido bendecida tocando el relicario del Venerado cinto.



Fuente: laortodoxiaeslaverdad.blogspot.com

Adaptación propia

domingo, 29 de agosto de 2021

30/08 - Fantino el Justo de Calabria

(No hay imagen disponible del Santo)

San Fantino era procedente de Calabria, Italia. El nombre de su padre era Jorge, y su madre Briene.


Desde muy joven se dedicó al servicio de la fe, y fue tan virtuoso y educado que le siguieron muchos discípulos a los que les enseñó la práctica de la piedad.


Según se dice, fue abad del monasterio griego de San Mercurio, en Calabria. Tras algunos años de ejercer el cargo, Fantino declaró que Dios le había mandado que abandonase el monasterio. Obedeció esa orden y empezó a peregrinar de un sitio a otro, durmiendo al aire libre y alimentándose de hierbas y frutas. Cuando llegaba a alguna iglesia o monasterio, profetizaba desgracias, con grandes lamentaciones. Cuando encontraba a algún monje en el camino, lloraba por él como por un muerto. Sus amigos, muy afligidos de su extraña conducta, trataron de persuadirle a que volviese al monasterio, pero Fantino respondió simplemente que muy pronto dejaría de existir el monasterio y que él moriría en el extranjero. Poco después, los sarracenos asolaron la Calabria y destruyeron el monasterio de San Mercurio.


A la edad de 60 años, junto con dos de sus discípulos, Vitalio y Nicéforo, San Fantino se fue al Peloponeso, donde se instaló por un corto tiempo en Corinto y trajo a muchas almas a la Salvación. Luego visitó Atenas, donde visitó la iglesia de la Virgen. Luego fue a Larisa de Tesalia, y de allí a Salónica, donde sus virtudes y milagros le hicieron muy famoso. Se quedó allí durante ocho años enteros sirviendo al Evangelio y murió pacíficamente, ya anciano, en el año 974 d.C. 



Fuente: saint.gr

Traducción de Google Translator

Adaptación propia

30/08 - Alejandro, Juan y Pablo el Nuevo, Patriarcas de Constantinopla


SAN ALEJANDRO


San Alejandro era, como dicen, "brillante en el carisma apostólico". Fue obispo vicario durante el tiempo de San Teófanes, el primer Patriarca de Constantinopla. Desde el principio de su trayectoria como servidor de la Iglesia se distinguió por su gran devoción, virtud y bondad.


Debido a la avanzada edad del entonces Patriarca Metrófanes, Alejandro fue el que lo sustituyó en el Primer Concilio Ecuménico como representante suyo, celebrado en Nicea de Bitinia. Y cuando en este sínodo denunció a Arrio, Alejandro, ya con 70 años de edad, aceptó dirigirse a Tracia, Macedonia, Tesalia y al resto de Grecia para enseñar y comunicar las doctrinas correctas del Sínodo de Nicea. Pero mientras estaba en esta misión, el patriarca Metrófanes falleció (313-327). Al morir dejó instrucciones en su testamento de que se eligiera a Alejandro al trono de Constantinopla, porque, a pesar de su edad, tenía los conocimientos adecuados para el gobierno de la arzobispado de la capital.


Como Patriarca, Alejandro afrontó correctamente las difíciles circunstancias de su tiempo. Tuvo que lidiar principalmente con los arrianos y con los paganos. Una vez, en una disputa con un filósofo pagano, el Santo le dijo: «En el nombre de Nuestro Señor Jesucristo, te ordeno que te calles». Y el pagano de pronto enmudeció. Cuando él hizo señales de reconocer sus errores y afirmar la exactitud de la doctrina cristiana, de repente volvió a hablar y creyó en Cristo junto con muchos otros filósofos paganos. Los fieles se alegraron de esto, glorificando a Dios, que había dado tal poder a su Santo.


El hereje Arrio engañó al rey Constantino con que supuestamente su creencia era correcta. Arrio había sido admitido, al parecer, a entrar en comunión con los ortodoxos. Cuando el emperador le preguntó si creía en lo que los Padres de Nicea enseñaban, puso la mano sobre el pecho donde había ocultado hábilmente bajo su ropa un documento con su propio credo falso escrito por el mismo, titulado "esto es lo que creo". San Constantino, sin darse cuenta de la maldad engañosa de Arrio, estableció un día para recibirlo en la Iglesia. Y el rey ordenó a Alejandro que permitiera que los Arrianos participaran en la Divina Comunión. Alejandro , lamentándose, durante toda la noche oró a Dios y le pidió su ayuda, rogándole que no permitiera que este hereje fuese recibido en comunión con la Iglesia. Por la mañana Arrio se presentó triunfante en la Iglesia rodeado de consejeros imperiales y soldados, pero el juicio divino le alcanzó. Parando para atender a sus necesidades fisiológicas, sus entrañas estallaron y murió en su propia sangre y suciedad, al igual que Judas.


Su santidad el Patriarca Alejandro, después de haber trabajado mucho, murió en el año 340 a la edad de 98 años. Después, San Gregorio el Teólogo lo mencionó en un elogio al pueblo de Constantinopla.


El servicio a San Alejandro fue impreso en Venecia en el año 1771. Según algunos manuscritos antiguos, San Alejandro debería ser conmemorado el 2 de Junio. 



SAN JUAN IV EL AYUNADOR


San Juan IV el Ayunador accedió al trono patriarcal en tiempos de Tiberio, en el año 582, y gobernó la Iglesia trece años y cinco meses. Durante su reinado (en el año 586) se instituyó por primera vez el título de Patriarca Ecuménico para los Arzobispos de Constantinopla-Nueva Roma.


Juan es conocido en la Iglesia bizantina como compilador de un “Nomokanon” penitencial (es decir, la regla de las penitencias), que nos ha llegado en varias versiones distintas, pero su fundamento es uno y único. Se trata de instrucciones para los sacerdotes sobre cómo escuchar la confesión de pecados secretos, ya sea que estos hayan sido cometidos o simplemente sean pecados de intención.


Las reglas de la Antigua Iglesia abordan la manera y la duración de las penitencias públicas que se establecieron para los pecadores obvios y manifiestos. Pero era necesario adaptar estas reglas para la confesión secreta de cosas que no eran evidentes. San Juan el Ayunador emitió su “Nomokanon” penitencial (o "Canonaria"), de modo que la confesión de los pecados secretos, desconocidos para el mundo, estaba basada en la buena disposición del pecador y de su conciencia para reconciliarse con Dios, y así el santo redujo las penitencias de los antiguos Padres a la mitad o más.

 

Por otro lado, establece más exactamente el carácter de las penitencias: ayuno severo, ejecución diaria de un número determinado de postraciones en el suelo, entrega de limosnas, etc. La duración de la penitencia está determinada por el sacerdote. El objetivo principal del “Nomokanon” compilado por el santo Patriarca consiste en asignar penitencias, no simplemente de acuerdo con la gravedad de los pecados, sino de acuerdo con el grado de arrepentimiento y el estado espiritual de la persona que confiesa. 


Entre los griegos, y más tarde en la Iglesia rusa, las reglas de San Juan el Aynador son honradas a un nivel "con otras reglas santas", y los “Nomokanon” de su libro se consideran "aplicables para toda la Iglesia Ortodoxa". San Nicodemo del Monte Ato lo incluyó en el Manual para la Confesión (“Exomologitarion”), publicado por primera vez en 1794, y en el “Timón” ( “το πηδάλιον”, [to Pidalion]) publicado en 1800.


San Juan reposó en paz en el año 595.



SAN PABLO EL NUEVO


San Pablo el Nuevo, chipriota de nacimiento, se convirtió en patriarca de Constantinopla (780-784) durante el reinado del emperador iconoclasta León IV el Jázaro (775-780), y era un hombre virtuoso y piadoso, pero tímido. Al ver el martirio que soportaban los ortodoxos por los iconos sagrados, el santo ocultó su ortodoxia y se asoció con los iconoclastas.


Después de la muerte del emperador León, quiso restaurar la veneración de los iconos, pero no fue capaz de lograrlo, ya que los iconoclastas aún eran bastante poderosos. El santo se dio cuenta de que no estaba en su poder guiar al rebaño, por lo que abandonó el trono patriarcal y se dirigió en secreto al monasterio de San Floro, donde recibió el esquema monacal.


Se arrepintió de su silencio y asociación con los iconoclastas y habló de la necesidad de convocar el Séptimo Concilio Ecuménico para condenar la herejía Iconoclasta. Siguiendo su consejo, San Tarasio fue elegido para el trono patriarcal. En ese momento, era un prominente consejero imperial. El santo durmió en el Señor en el año 804.



Fuente: laortodoxiaeslaverdad.blogspot.com

Adaptación propia

sábado, 28 de agosto de 2021

29/08 - Decapitación del Santo Profeta y Precursor Juan el Bautista


El Profeta San Juan el Bautista es considerado después de la Virgen María el santo más honrado. Era hijo del sacerdote Zacarías, casado con Santa Isabel (descendiente de Aarón). Sus padres vivían cerca de Hebrón (en una región montañosa) al sur de Jerusalén. Por parte de su madre él era pariente de Nuestro Señor Jesucristo y nació seis meses antes que el Señor.

Como lo narra el Evangelista San Lucas, el Arcángel Gabriel, se apareció a su padre Zacarías en el Templo y le anunció el nacimiento de su hijo. Y así estos devotos esposos, de edad avanzada, privados del consuelo de tener descendencia, tuvieron por fin un hijo, el cual ellos pidieron en sus oraciones.

Por misericordia de Dios él se liberó de la muerte entre miles de niños que fueron matados en Belén y sus alrededores. San Juan creció en un desierto salvaje, y se preparaba para la gran labor, llevando una forma de vida severa -ayunando, rezando y meditando en su destino preparado por Dios. Llevaba una vestimenta tosca, sujeta con un cinto de cuero, se alimentaba con miel silvestre y langostas. Él siguió una vida de ermitaño hasta el momento en el que el Señor lo llamó a los 30 años de edad para profetizar al pueblo hebreo.

Obedeciendo a este llamado, el Profeta san Juan, llegó a las orillas del río Jordán para preparar a la gente a recibir al esperado Mesías (Cristo). Ante la festividad de la Purificación mucha gente concurría al río para el lavado religioso. Aquí San Juan se dirigía a ellos, proclamando que se confiesen y se bauticen para el perdón de los pecados. La esencia, de su prédica se refería a que, antes de recibir la purificación externa, la gente debía purificarse moralmente, y de esta manera prepararse para la recepción del Evangelio. Claro es, que el bautismo de Juan no era todavia un sacramento bendito, como el bautismo cristiano. Su sentido era el de preparar (convertir) espiritualmente hacia el próximo bautismo con agua y Espíritu Santo. Según la expresión de una oración de la Iglesia, el Profeta san Juan, era la luminosa estrella matutina, la cual desprendía un brillo que era superior a la luminosidad de todas las estrellas y anunciaba la mañana del bendito día, iluminado por Cristo el Sol espiritual (Malaquias 4:2) Cuando la espera del Mesías llegó a su culminación, el Mismo Salvador del mundo, Nuestro Señor Jesucristo llegó al Jordán a bautizarse con San Juan. El bautismo de Cristo fue acompañado de anuncios milagrosos - el descenso del Espíritu Santo que bajó en forma de paloma sobre Él y la voz de Dios Padre que provenía de los cielos, diciendo: "Este es Mi Hijo amado..." Al recibir esta revelación, el Profeta San Juan le decía a la gente sobre El "Aquí esta el Cordero de Dios, que toma sobre Sí los pecados del mundo." Al escuchar esto, dos de los discípulos de Juan siguieron a Jesús. Ellos eran los Apóstoles Juan el Teólogo y Andrés, hermano de Simón, llamado Pedro. Con el bautismo del Salvador el Profeta San Juan concluyó como rubricando su servicio de profeta. Con severidad y sin temor acusaba los vicios tanto de las personas comunes, como la de los poderosos de este mundo. Por ello pronto él padeció.

El rey Herodes Antipas (hijo del rey Herodes el Grande) ordenó encarcelar al Profeta San Juan por acusarlo del abandono de su legítima esposa (hija del rey Aretas de Arabia), y por su unión ilegitima con Herodías, la mujer de su hermano Felipe.

El día de su cumpleaños Herodes hizo un banquete, al cual fueron invitadas personas muy conocidas. Salomé, hija de la pecadora Herodías, con su baile impúdico complació de tal manera al rey Herodes y sus invitados en el banquete, que el rey le prometió bajo juramento darle todo lo que ella le pidiese, aun hasta la mitad de su reino. La bailarina por instigación de su madre, pidió que se le entregue la cabeza de San Juan el Bautista sobre una bandeja. Herodes respetaba a Juan como profeta, por ello, él se disgustó ante ese pedido. Pero le dio vergüenza quebrantar la promesa por el dada, envió entonces al guardia a la prisión, el cual decapitó a san Juan el Bautista y entregó su cabeza a Salomé, quien se la llevó a su madre. Después de insultar Herodia sobre la santa cabeza del profeta, la tiró en un sucio lugar. Los discípulos de San Juan el Bautista le dieron santa sepultura a su cuerpo en Sebastia, una ciudad de Samaria.

Por su crueldad Herodes recibió su castigo en el año 38 después de Cristo. Sus tropas fueron derrotadas por Aretas, que fue contra él, por el deshonor causado a su hija, a la cual él abandonó para convivir con Herodías, y al año siguiente el emperador Calígula lo envió al exilio.

Según las narraciones de la tradición, el Evangelista San Lucas, al visitar distintas ciudades y pueblos con las prédicas de Jesús, desde Sebastia llevó a Antioquía una parte de los santos restos del gran Profeta - la mano derecha. En el año 959, cuando los musulmanes se apoderaron de Antioquía (durante el imperio de Constantino Porfirocente), el diácono Job, de Antioquía se llevó la mano del profeta a Calcedonia, desde allí fue trasladada a Constantinopla, donde se conservó hasta que los turcos tomaron la ciudad. Después la mano derecha del Profeta se encontraba en la Iglesia "De La Imagen Del Salvador" en el Palacio de Invierno de San Petersburgo.

La santa cabeza de San Juan el Bautista fue hallada por la piadosa Juana y sepultada adentro de una vasija en el monte de Olivos. Un asceta devoto, al realizar una zanja para hacer el fundamento de un templo, encontró este tesoro y lo guardó consigo, pero ante su muerte, temiendo que la reliquia fuese profanada por los no creyentes, la escondió en la tierra en el mismo lugar que la encontró. Durante el reinado de Constantino el Grande, dos monjes fueron a Jerusalén para venerar el Santo Sepulcro, y a uno de ellos se le presentó el Profeta San Juan el Bautista y le indicó, en donde estaba enterrada su cabeza. Desde ese momento los cristianos comenzaron a celebrar el Primer hallazgo de la santa cabeza de San Juan el Bautista.

El Señor Jesucristo dijo sobre el Profeta San Juan el Bautista "De todos los nacidos de mujer ninguno (profeta) superó a Juan el Bautista."

San Juan el Bautista es glorificado por la Iglesia como un "Ángel, Apóstol, Mártir, Profeta, Intercesor de la gracia antigua y nueva, de los nacidos honorabilísimo y ojo luminoso de la Palabra".

LECTURAS DE LA DIVINA LITURGIA


Hch 13,25-33: En aquellos días, cuando Juan estaba para concluir el curso de su vida, decía: “Yo no soy quien pensáis, pero, mirad, viene uno detrás de mí a quien no merezco desatarle las sandalias de los pies”. Hermanos, hijos del linaje de Abrahán y todos vosotros los que teméis a Dios: a nosotros se nos ha enviado esta palabra de salvación. En efecto, los habitantes de Jerusalén y sus autoridades no reconocieron a Jesús ni entendieron las palabras de los profetas que se leen los sábados, pero las cumplieron al condenarlo. Y, aunque no encontraron nada que mereciera la muerte, le pidieron a Pilato que lo mandara ejecutar. Y, cuando cumplieron todo lo que estaba escrito de él, lo bajaron del madero y lo enterraron. Pero Dios lo resucitó de entre los muertos. Durante muchos días, se apareció a los que habían subido con él de Galilea a Jerusalén, y ellos son ahora sus testigos ante el pueblo. También nosotros os anunciamos la Buena Noticia de que la promesa que Dios hizo a nuestros padres, nos la ha cumplido a nosotros, sus hijos, resucitando a Jesús.


Mc 6,14-30: En aquel tiempo, como la fama de Jesús se había extendido, el rey Herodes oyó hablar de él. Unos decían: «Juan el Bautista ha resucitado de entre los muertos y por eso las fuerzas milagrosas actúan en él». Otros decían: «Es Elías». Otros: «Es un profeta como los antiguos». Herodes, al oírlo, decía: «Es Juan, a quien yo decapité, que ha resucitado». Es que Herodes había mandado prender a Juan y lo había metido en la cárcel encadenado. El motivo era que Herodes se había casado con Herodías, mujer de su hermano Filipo, y Juan le decía que no le era lícito tener a la mujer de su hermano. Herodías aborrecía a Juan y quería matarlo, pero no podía, porque Herodes respetaba a Juan, sabiendo que era un hombre justo y santo, y lo defendía. Al escucharlo quedaba muy perplejo, aunque lo oía con gusto. La ocasión llegó cuando Herodes, por su cumpleaños, dio un banquete a sus magnates, a sus oficiales y a la gente principal de Galilea. La hija de Herodías entró y danzó, gustando mucho a Herodes y a los convidados. El rey le dijo a la joven: «Pídeme lo que quieras, que te lo daré». Y le juró: «Te daré lo que me pidas, aunque sea la mitad de mi reino». Ella salió a preguntarle a su madre: «¿Qué le pido?». La madre le contestó: «La cabeza de Juan el Bautista». Entró ella enseguida, a toda prisa, se acercó al rey y le pidió: «Quiero que ahora mismo me des en una bandeja la cabeza de Juan el Bautista». El rey se puso muy triste; pero por el juramento y los convidados no quiso desairarla. Enseguida le mandó a uno de su guardia que trajese la cabeza de Juan. Fue, lo decapitó en la cárcel, trajo la cabeza en una bandeja y se la entregó a la joven; la joven se la entregó a su madre. Al enterarse sus discípulos fueron a recoger el cadáver y lo pusieron en un sepulcro. Los apóstoles volvieron a reunirse con Jesús, y le contaron todo lo que habían hecho y enseñado.



Fuente: Arquidiócesis de Santiago y Todo Chile (Patriarcado de Antioquía y Todo el Oriente) / Biblia de la Conferencia Episcopal Española

viernes, 27 de agosto de 2021

28/08 - Moisés el Negro (o el Etíope) de Escete


San Moisés el Etíope es conocido también como San Moisés el Moro o San Moisés el Negro.


De Moisés el Etíope tenemos algo de información gracias a la “Historia Lausiaca” (de Paladio de Galacia), en la que se dice que era natural de Etiopía, negro y muy alto. Había sido esclavo de un patrono que lo había despedido porque lo había cogido realizando pequeños robos y, al quedar en libertad, gracias a su fortaleza física y perspicacia, se convirtió en el cabecilla de una banda de ladrones que operaba a las orillas del Nilo, estando acusado de cometer algunos asesinatos durante sus pillajes.


Basándonos en esta “Historia Lausiaca”, a título de ejemplo, es interesante recordar la vida “poco edificante” que Moisés llevaba antes de su conversión y por eso mencionemos el episodio que cuenta del pastor del cual Moisés quería vengarse porque le había impedido cometer una fechoría. Esto es lo que cuenta: “Moisés intentaba por todos los medios matar al pastor y habiéndose enterado de que este estaba en la otra orilla del Nilo, se puso la ropa sobre la cabeza y cogió la espada con los dientes para atravesar el río a nado y llegar hasta él. El pastor lo vio venir y se escondió en una cueva y Moisés, no pudiendo hacer lo que pretendía, mató a cuatro de sus mejores carneros, los ató con una cuerda e intentó de nuevo atravesar el Nilo llevándoselos detrás de sí. Una vez alcanzada la orilla, llegó a una aldea, los despellejó y después de haberse comido toda la carne que pudo y haber vendido las pieles para comprar vino, se fue a donde estaba su pandilla, a unas cincuenta millas de distancia”.


Pero en un momento de su vida, quizás huyendo del castigo por sus crímenes, decidió visitar el monasterio de Escete donde estaba de abad San Macario el Grande. Allí, al comprobar la paz monástica y la benevolencia de los monjes, fue tocado por la gracia, se arrepintió de sus crímenes y decidió quedarse con ellos dedicándose a llevar una vida de penitencia y de ascetismo con un ardor superior a la fortaleza que había tenido durante su vida de bandido. Fue tonsurado como monje y fue ordenado de sacerdote por el obispo de Alejandría y después, deseando vivir en una mayor soledad, se retiró al desierto de Petra. Pero como las tentaciones le asaltaban violentamente, se volvió a Escete a visitar a San Isidoro, que lo alentó y le permitió reanudar sus esfuerzos de búsqueda de la perfección pero ejercitando más la virtud de la humildad.


Paladio de Galacia, refiriéndose a la muerte de Moisés, dice que murió con setenta y cinco años de edad teniendo junto a él a setenta y ocho discípulos, pero no hace alusión a la destrucción de este monasterio de Escete por parte de los bárbaros que, según el “Apophthegmata Patrum”, mataron a Moisés porque se había negado a huir cuando estos llegaron. Según J.- Cl. Guy, esta invasión tuvo lugar alrededor del año 407 y no en el año 395, fecha que durante un tiempo ha sido la aceptada por los historiadores. Los hechos ocurrieron así: sabiendo que unos bandidos iban a atacar el monasterio, dijo a los monjes que no rechazaran a los asaltantes, que evitaran cualquier violencia y que se escondieran en un lugar seguro. Mientras, él se quedó con siete discípulos suyos, encontrando la muerte a manos de quienes actuaban cómo él lo había hecho antes de su conversión. Los otros monjes que lo acompañaban también murieron martirizados. La tradición dice que él mismo manifestó que tenían que cumplirse las Escrituras que dicen que: “Quién a hierro mata, a hierro muere” (Mateo, 26, 52).


Los sinaxarios bizantinos lo conmemoran el 28 de agosto con una anotación directamente dependiente de Paladio de Galacia, por lo que no hace alusión al martirio, al contrario de lo que hace el “Sinaxario Alejandrino”, que recoge la información del “Apophthegmata Patrum”. Sus reliquias se encuentran, junto con las de San Isidoro, en el monasterio al-Baramous.


San Moisés el Negro es muy venerado en Egipto, ya que tiene fama de taumaturgo. Se cuentan muchos milagros realizados por su intercesión hasta nuestros días.


Antonio Barrero



Fuente: preguntasantoral

Adaptación propia