jueves, 19 de agosto de 2021

20/08 - Samuel el Profeta


Todo comenzó cuando se encontraba durmiendo plácidamente durante la noche. Solo era un niño, con 12 años de edad, pero el Señor Dios de Israel había decidido que ya era lo suficientemente mayor para ser profeta.


¿De qué otra manera podríamos explicar la increíble sucesión de eventos que comenzaron con una voz, profunda pero poderosa, resonando en la oscuridad de esa media noche?


«Samuel, Samuel». . .


El niño abrió un ojo. ¿Había estado soñando? ¿Quién había pronunciado su nombre? Observando a través de la ventana más cercana vio las estrellas brillando sobre el cielo de Palestina. Dormía, como de constumbre, en una pequeña habitación creada para él en el Templo en Silo, en donde se encontraba viviendo bajo la tutela de Elí, el Sumo Sacerdote. Parpadeando lentamente se preguntó a sí mismo si habría imaginado esa voz que se mantenía insistentemente llamando y llamando su nombre. 


«Samuel, Samuel, Samuel». Esta vez se sentó erguido sobre su cama angosta. Con los ojos muy abiertos miró alrededor del cuarto atiborrado en busca de un intruso. Pero no vio nada. El cuarto se encontraba vacío. Bajo la pálida luz procedente de las estrellas solo podía ver la silla de madera que el Sumo Sacerdote le había dado y la tenue sombra arrojada por la silla, así como la túnica que se había quitado antes de acostarse.


La voz comenzó a hablar nuevamente. Emocionado y paralizado al mismo tiempo el niño se quedó sentado, inmóvil, mientras las palabras resonaban en su cabeza. ¿Estaba escuchando esas palabras con sus oídos de carne o lo hacía a través de su espíritu? Sorprendido y un poco más que asustado, escuchó como la voces fluían, una a una, a través del silencio de la noche. 

                            

Ellas le dijeron que se avecinaba un terrible acontecimiento y que sería muy pronto. Un poderoso ejército se encontraba en camino hacia la Tierra de los Israelitas: los temidos Filisteos. El ejército era imparable y la gente de Israel estaba a punto de ser superada. Miles morirían de manera brutal y la Sagrada Arca de la Alianza sería arrebatada por esta gente bárbara –dejando a los vencidos Israelitas retorciéndose impotentes en medio de su ignominia y vergüenza.


La gran voz le habló a Samuel en Silo en el año 1096 a.C., lo que significa casi once siglos antes del nacimiento del Santo Salvador, quien libraría al mundo de la muerte y del pecado. Y mientras más escuchaba el joven Samuel estas advertencias venidas desde lo alto, más alarmado se ponía. De acuerdo con el mensaje profético que estaba recibiendo, los Filisteos tendrían éxito debido, en gran parte, a las terribles transgresiones que estaban teniendo lugar en la Casa de Elí, el mismo Sumo Sacerdote que estaba a cargo del Templo. 


Esas transgresiones tenían su origen en la conducta de los dos hijos blasfemos de Elí, Jofní y Pinjás, quienes se habían negado a adorar al Unico Dios Verdadero de Israel y que además habían iniciado una revuelta espiritual. 


No hay que equivocarse: Jofní y Pinjas le habían dado la espalda a Dios Todopoderoso –y su Padre Elí, quien tenía defectos morales, había sido demasiado temeroso en disciplinarlos adecuadamente, temeroso de sus explosiones de ira. A menos que actuaran rápidamente, un desastre de proporciones inmensas habrían de sobrevenir, no solo a la Casa de Elí, sino también a toda la Nación de Israel.


Tan sorprendido estaba Samuel escuchando estas predicciones alarmantes que sólo podría maravillarse ante las extraordinarias circunstancias que lo habían ubicado en este escenario en Silo, donde ahora se le requería que le dijese al mundo acerca de esta falta moral de Elí y de sus hijos, así como de la terrible catástrofe que estaba a punto de acontecer sobre Israel.


Nacido alrededor del 1108 a.C. en Arimatea de Palestina (quince siglos antes que otro residente de ese pueblo, José de Arimatea, quien llevaría el Cuerpo de Jesucristo para ser enterrado en su propia tumba en Jerusalén), Samuel era el hijo de dos Judíos piadosos de la tribu de Leví: Elcaná y Ana, su sufrida esposa.


Infértil por muchos años, la paciente Ana había implorado una y otra vez a Dios, con lágrimas, que le enviase un hijo. Y cuando finalmente llegó ese niño, ella le agradeció al Todopoderoso poniéndole por nombre Samuel (que significa “escuchado por Dios”) y entregando al niño, a la edad de tres años, al sacerdote del Gran Templo de Silo, para que fuese educado allí como una oración en agradecimeinto por la bondad  del Santo Dios de Israel.


Esta era la secuencia de acontecimientos que por ese entonces habían moldeado la niñez de Samuel... quien estaba destinado a ser el Juez número quince (y el último) de Israel, quien al mismo tiempo llegó a ser uno de los más grandes profetas durante una vida extraordinaria de más de noventa y ocho años.


Un niño con una inteligencia pronta y con una inclinación natural por la oración, Samuel muy pronto se dio cuenta de que Dios lo llamaba para decirle a la gente de Silo (en ese entonces el hogar del Arca de la Alianza, el cual era el objeto sagrado más preciado en la vida de los Judíos) sobre la perfidia inexcusable de Jofní y de Pinjás. Al mismo tiempo el Profeta les advertiría sobre el inminente ataque de los poderosos Filisteos.


Para hablar en voz alta en Silo acerca de estas cosas se requería de un gran valor, pero el Señor le proveyó completamente a Samuel con ello. Muy pronto, el muy bien articulado joven, se encontraba causando una gran consternación a lo largo de toda la región anunciando, a todo aquél que lo escuchara, la profecía que le había sido revelada aquella noche bajo las estrellas de Palestina.


Por cierto que la reacción fue bastante predecible. Mientras que algunos de los ancianos y sacerdotes de Silo acusaban a Samuel de un escandaloso alboroto, otros insistían en que el joven simplemente había perdido la razón y que estaba hablando tonterías. 


Satisfechos con esas simples explicaciones, los residentes de Shiloh y de sus alrededores no hicieron nada por investigar los cargos en contra de la Casa de Elí. Día tras día y semana tras semana continuaron ignorando al joven profeta.


Sin embargo muy pronto llegó el terrible desastre.


Marchando con un inmenso ejército, los poderosos Filisteos arrasaron todo obstáculo de su camino, mientras aplastaban a sus oponentes en cada una de sus batallas.


Ciudades incendiadas, rebaños masacrados y campos incendiados. Al final, más de 30.000 israelitas fueron asesinados cruelmente en batalla y Silo sería dejada en ruinas humeantes... mientras los Filisteos victoriosos se hacían dueños de la inestimable Arca de la Alianza. Durante la tormentosa lucha que rodeó la invasión, Jofní y Pinjás fueron asesinados. Cuando un mensajero llegó al Templo para informar al Sacerdote Elí acerca de su trágica pérdida, las noticias lo hicieron caer al suelo, rompiéndose la nuca y muriendo en el acto.


Sin embargo la devastación aún no había terminado. Algunas horas después, informada de la situación, la esposa de Pinjás dio a luz repentinamente al niño que estaba esperando (Icabod) y falleció de la impresión luego de proclamar: «Pero Tú nos has salvado de nuestros enemigos, y has avergonzado a aquellos que nos odian». (1 Samuel 4, 22)


Sin embargo lo que siguió a continuación fue aún peor; luego de su humillante derrota los Israelitas pasarían veinte años terribles como esclavos de los Filisteos –antes de escuchar finalmente la voz de su nuevo profeta, Samuel, y volverse hacia la verdadera y adecuada adoración a Dios Todopoderoso. Solo entonces, cuando la voz de Samuel fue escuchada apropiadamente, la gente de Israel recuperaría su libertad y la sagrada Arca de la Alianza.


A partir de este momento, el hombre cuya profecía había sido rechazada en primer lugar, sería reverenciado como profeta, sacerdote y juez –y sería Samuel quien dirigiría a los guerreros Israelitas a la guerra con la que finalmente ganarían su liberación de los Filisteos.  


Luego de todos estos grandes problemas, el sabio Samuel guiaría a su pueblo por otros cincuenta años, durante los cuales les recordaría una y otra vez que la adoración al Unico y Verdadero Dios de Israel era su primera y más importante obligación como seres humanos. Durante ese tiempo el anciano profeta también consagraría a uno de los más grandes reyes del linaje real de Israel, el noble David.


Cuando el anciano profeta llegó a recibir su recompensa eterna –a la edad de 98 años alrededor del año 1010 Antes de Cristo- la nación entera lloró la pérdida de uno de sus más fieles y devotos consejeros espirituales en su historia. Al final Samuel fue enterrado en su propia casa en el pequeño pueblo de Arimatea, una figura amada para quienes su longeva y fiel vida continúa inspirando a Cristianos y a no Cristianos hasta nuestros días.



Fuente: laortodoxiaeslaverdad.blogspot.com

Adaptación propia