25/11 - Mercurio el Megalomártir de Cesarea en Capadocia


Los soldados mártires conforman, según la tradición cristiana de los primeros siglos, una categoría especial de santos. Junto con los más famosos de todos ellos: San Jorge, San Demetrio y San Teodoro Stratelatos, San Mercurio es considerado como un modelo de soldado romano que se convirtió en soldado de Cristo contra el politeísmo.


La vida de San Mercurio


Existen muchos relatos sobre la vida de San Mercurio y así, podemos hacer mención de la “Pasión de San Mercurio bajo Decio”, un texto griego que se encuentra en la colección “vitae” del bolandista Hippolyte Delehaye, bajo el número BHG (Bibliotheca Hagiographica Graeca) 1274. Una versión corta de esta “passio” se atribuye a Acacius de Cesarea, que sobre él escribió un panegírico en el siglo IV. A todo esto hay que añadir la tradición copta sobre la temprana vida del santo. Esta versión se inicia de la siguiente forma: San Mercurio nació en el año 225 en Eskentos (Capadocia, en el Asia Menor), en el seno de una familia pagana, siendo su nombre original Philopater, que significa “amante del padre”. Su padre era un oficial escita en el ejército romano, llamado Yares, aunque según otras fuentes su nombre era Gordiano. La conversión de la familia ocurrió después de que a su padre, de manera milagrosa, un ángel del Señor lo salvara de la muerte durante una campaña de caza. Todos ellos fueron bautizados tomando los nuevos nombres de Noah (antes, Gordiano), Safina (su madre) y, respectivamente, Mercurio (antes Philopater). Su vida continuó normal pero recibiendo una educación cristiana.


Más tarde, Mercurio, al parecer con solo veinte años de edad, reemplazó a su padre en su posición militar uniéndose al ejército romano y ganándose una buena reputación en el manejo táctico de la espada luchando en Armenia en la cohorte de los Martenses (de Martes, el antiguo dios de la guerra), bajo el mando de Saturnino.


La “Pasión griega” comienza con el momento en el que al parecer, no estando ya en Capadocia sino cerca de Roma, Mercurio participó en una lucha, junto al emperador Decio (249-251) contra unos bárbaros que atacaron la capital. Después de varios días de lucha, el arcángel Miguel se apareció a Mercurio sosteniendo una espada resplandeciente y diciéndole: “Mercurio, siervo de Jesucristo, no tengas miedo. Toma esta espada de mi mano y lucha con ella contra los bárbaros. Cuando regreses victorioso, no te olvides de tu Dios. Yo soy Miguel, el arcángel, a quién Dios ha enviado para que te informe de que debes sufrir por el nombre del Señor. Yo estaré contigo, apoyándote hasta que completes tu testimonio. El nombre de nuestro Señor Jesucristo será glorificado en ti”. Hay que hacer mención de que Mercurio no entendía en aquel momento qué persona era la que le estaba ayudando. Un texto más ampliado de esta “passio”, que es utilizado en los sinaxarios ortodoxos, dice que Mercurio se asustó y pensó que aquella persona podría ser alguno de los hombres notables de Roma. El santo cogió la espada del arcángel y luchó contra los bárbaros de tal manera que mató a muchos de ellos. Debido a que llevada dos espadas – la suya y la de San Miguel – a Mercurio se le conoce en el mundo árabe con el nombre de Abi-Seifein (el padre de dos espadas).


Cuando Decio se enteró de esta victoria triunfal, nombró a Mercurio general de su ejército y dejó que los soldados descansaran en la ciudad. Aquella misma noche, el ángel lo despertó y le dijo quién era. También le predijo su muerte martirial: “Mira, no te olvides del Señor, tu Dios, porque deberás competir en su nombre como tu acostumbras a hacerlo y ganarás la corona de la victoria en el reino celestial, junto con todos los santos”. En ese momento, Mercurio se acordó del Dios de su padre y de la manera en la que su padre solía orar y se comprometió a confesar al Señor delante de todos.


Al segundo día, Decio quiso dar las gracias a los dioses por esta victoria y llamó a Mercurio para que participara en un consejo. El consejo decidió hacer un sacrificio en el templo de Artemisa, más el día del sacrificio, Mercurio se deslizó entre la multitud para evitarlo, pero de todos modos, no pudo evitar tener una reunión con el emperador al que le habían hecho llegar información de que Mercurio no quería participar en el sacrificio. En ese momento, Mercurio confesó que era leal servidor en la guerra, pero que su único Dios era Jesucristo y ante todos, confesó que era cristiano. Debido a esto, fue degradado de su cargo militar y deshonrado.


Decio lo envió a la cárcel hasta el momento en que decidiera que sanción imponerle, pero en esta ocasión, Mercurio fue animado nuevamente por un ángel. De acuerdo con esta “passio” griega, Mercurio comunicó al emperador que su padre era un escita llamado Gordiano y que su nombre original era Philopater. Que había recibido el nombre de Mercurio y que solo el tribuno del ejército lo llamaba así. Dijo que no tenía miedo a las torturas porque “el escudo y la coraza de la fe me protegerán contra todo lo que se decida contra mí”. Ante estas palabras, Decio decidió extenderlo por los brazos y piernas sobre el fuego, pero su sangre lo apagó y de vueltas a la cárcel, fue curado milagrosamente por un ángel que al mismo tiempo lo reconfortó. Al día siguiente, al verlo curado, Decio lo acusó de brujería y ordenó a sus soldados que colgaran a Mercurio boca abajo amarrándole una piedra al cuello. Fue golpeado y quemado con un hierro al rojo vivo. Finalmente, Decio decidió que tenía que morir decapitado pero en su tierra, Capadocia, para que sirviera de ejemplo a los demás. En Capadocia se le apareció el mismísimo Señor y lo llamó al eterno descanso otorgándole la corona del martirio. Fue decapitado el día 25 de noviembre. En el “Acta sanctorum” del mes de noviembre (publicado en la versión del “Synaxarium Ecclesiae Constantinopolitanae”), se dice que tenía veinticinco años de edad, era de estatura alta, de rostro hermoso y pelo rubio. “Luego, después de haber sido bendecido, Mercurio estaba tan feliz que corrió hacia sus verdugos rogándoles que de inmediato ejecutaran las órdenes del Rey. Luego se arrodilló y dijo: “Señor, no tengas en cuenta este pecado”. Mercurio fue decapitado el 4 de diciembre del año 250. Tenía solo veinticinco años”.


La veneración de San Mercurio y sus reliquias


Supuestamente, las reliquias del santo permanecieron en una iglesia de Capadocia, pero su culto se extendió rápidamente por Egipto, donde existen muchas iglesias a él dedicadas, entre ellas la de Qas al-Sham, en el Cairo Viejo, iglesia que data del siglo VI.


Un catholicós armenio visitó Egipto durante el patriarcado de Juan XIII (1484-1524) y se llevó parte de las reliquias de San Mercurio a fin de colocarlas en la iglesia antes mencionada situada en el Cairo Viejo. Este acontecimiento es celebrado en el Calendario Copto el día 9 de Baounah (16 de junio). Algunas otras reliquias están distribuidas por otras iglesias, como en el monasterio de Montevergine (Campania) y en la iglesia de San Mercurio en Serracapriola, cerca de Foggia, en Italia. Otras reliquias fueron llevada al monasterio de Vatopedi y a otros diez monasterios del Monte Athos y algunas otras a Grecia. Según la tradición, desde el año 1767, la reliquia del cráneo de San Mercurio se encuentra en la catedral de Râmnicu Vâlcea (Rumanía). Otras están en el monasterio de Horezu, a unos cien kilómetros de Râmnicu Vâlcea y en la iglesia de San Mercurio de Bucarest. La Iglesia Copta posee muchas pequeñas reliquias en muchos templos, especialmente en El Caizo, Giza y Alejandría, en la iglesia copta de Frankfurt y en el monasterio copto de Kröffelbach, ambos en Alemania.


Los milagros acaecidos junto a su cuerpo comenzaron inmediatamente después de su muerte. El se volvió blanco como la nieve emitiendo un dulce olor a mirra e incienso. Fue sepultado en el lugar donde murió y la mencionada “Vita” acredita muchos milagros alrededor de su tumba. De esto se hace mención en “La Vida de Basilio” de Anfiloquio de Iconio, (siglo IX, Bibliotheca Hagiographica Graeca 247) y en las Crónicas de Juan Malalals (del siglo V). Unos cien años más tarde, San Basilio de Cesarea estaba rezando para que los cristianos fueran protegidos de la persecución de Julián el Apóstata (361-363). Ante él tenía dos iconos, uno de la Madre de Dios y otro de San Mercurio. En ese momento el emperador Julián estaba en guerra contra los persas y mientras oraba San Basilio, vio la lanza de San Mercurio ensangrentada, informándole el santo que en aquel mismo instante había muerto el emperador, asesinado por la lanza de un soldado desconocido. De todos modos, esta historia difiere de la historia oficial, según la cual, Julián el Apóstata murió a causa de una flecha. Esta historia está pintada sobre todo en los iconos coptos del santo, donde se le representa con dos espadas y matando con una lanza a Julián; al fondo, aparece San Basilio orando.


De acuerdo con dos fuentes de origen sirio, “El romance de Julián el Apóstata” y “La vida de Eusebio de Samosata” (Bibliotheca Hagiographica Orientalis 294), el verdugo de Julián el Apóstata fue Mar Qurus, uno de los Cuarenta mártires de Sebaste. Esta identificación realizada después de algunas investigaciones nos hace pensar que la historia de San Mercurio bajo el emperador Decio, puede ser una historia apócrifa.


La Iglesia Occidental conmemora a San Mercurio el día 11 de noviembre, mientras que en Oriente se festeja el 24 de noviembre. La Iglesia Copta lo celebra el 9 de Baounah (16 de junio), fecha del traslado de las reliquias y el 25 de Abib (1 de agosto) cuando se conmemora la consagración de la primera iglesia que lleva el nombre del gran San Mercurio Abi Saifain. Mencionemos también que en la víspera de su conmemoración del 9 de Baounah (15 de junio) del año 2007, fueron cerca de un millón de peregrinos al monasterio copto Abi Seifein en El Cairo.


Mitrut Popoiu



Fuente: Preguntasantoral

25/11 - Catalina la Megalomártir de Alejandría


Santa Catalina, originaria de Alejandría, era hija de Constante (o Cesto). Era una doncella de gran belleza, castísima e ilustre por su riqueza, linaje y erudición.


Sobre el año 310, teniendo Catalina 18 años, el emperador Majencio mandó que todos los residentes de la provincia, ricos y pobres, se reunieran en Alejandría para hacer sacrificios a los dioses. Cuando Catalina oyó los lamentos de los cristianos, se hizo la señal de la cruz y se fue con un par de sirvientes al mercado, donde vio una gran cantidad de cristianos que eran llevados a la fuerza al templo para ofrecer sacrificios a los ídolos. Ella se unió a ellos y estando delante del emperador, le dijo: “Te saludo, Majestad, porque estoy en deuda con tu dignidad. Pero lo hago con el fin de persuadirte de que te alejes de tus dioses y adores al único Dios verdadero". Y mantuvieron un largo debate filosófico y teológico sobre la necedad de creer en varios dioses y cómo con la simple razón, y más iluminada por la fe, se podía concluir que existía un solo Dios, y este era el Padre de Jesucristo. Majencio, confundido, la invitó al palacio y admiró su inteligencia, sabiduría y belleza. Le preguntó quien era, y Catalina le respondió: "Soy Catalina, hija del rey Costes. De noble cuna soy, y desde muy temprana edad me crié en las artes liberales, pero todo lo he dejado, y he buscado refugio en mi Señor Jesús, porque estos dioses tuyos no son capaces de nada, y a sus adoradores no les hacen caso".


Y buscó Majencio a todos los sabios y filósofos de Alejandría, convencido de que podrían persuadir a la joven. Eran 50 hombres sabios, algunos ancianos que habían dedicado toda su vida al estudio. Catalina fue advertida por un ángel, que le aseguró que podría convencerlos a todos y que incluso darían sus vidas por Cristo. El debate fue muy largo para ponerlo todo aquí. Baste decir que Catalina comenzó desmontando a sus dioses falsos y explicando cada uno de los oráculos de las Sibilas, que anunciaban a Cristo en sus oráculos. Demostró la veracidad de la Encarnación, Pasión, Muerte y Resurrección de Cristo, su preexistencia a todo y su venida gloriosa. Al final, el más sabio de todos dijo a Majencio: "Has de saber, Majestad, que ninguno hemos sido capaces de resistir a esta joven. El Espíritu de Dios mismo habla en esta chica. Ella nos ha llenado de tal admiración que no nos atrevemos ni a decir una palabra contra el tal Cristo: por lo tanto, llegamos a la conclusión de que Él tiene que ser el único Dios verdadero”. Majencio se irritó tanto que mandó quemarlos vivos en medio de la plaza. Lloraban algunos porque no eran bautizados y temían no entrar al cielo. Catalina les calmó diciéndoles: “Eso no ha de preocuparos. Vuestra sangre os servirá de bautismo”.


Luego de esto, Majencio obligó a Catalina a sacrificar ante un ídolo puesto en público. Ella se negó y el emperador mandó la desnudaran y la golpearan con varas de hierro. Luego mandó encerrarla durante diez días en un calabozo, sin comida ni agua. En la cárcel fue consolada por los ángeles, hecho que vio Porfirio, un amante de la esposa de Majencio, y se convirtió a Cristo. Catalina le profetizó que moriría mártir por la fe. Hasta 200 personas se convirtieron por la palabra y el ejemplo de la santa.


Doce días estuvo Catalina en la cárcel, al cabo de los cuales Majencio la halló con salud y nada debilitada. Pensó que la santa tenía algún infiltrado que la ayudaba, pero ella le confesó que Cristo y los ángeles la alimentaban. Majencio le exigió, nuevamente, que sacrificara a los dioses, a lo que Catalina se negó, por lo que fue sometida a la rueda de púas. Era esta un artefacto con cuatro ruedas con puntas de hierro o madera. Dos ruedas frente a otras dos que, al moverse, funcionaban como ruedas dentadas, estando la mártir entre ellas. Al comenzar el suplicio, los ángeles bajaron y rompieron el cruel instrumento. Al ver este portento, la emperatriz confesó su adulterio y su conversión a la fe cristiana, por lo que le fueron cortados los pechos y la cabeza. Porfirio tomó el cuerpo y lo sepultó cristianamente, y al día siguiente se presentó como cristiano, así que Majencio lo mandó decapitar y echar el cuerpo a los perros.


Majencio entonces sugirió a Catalina que dejara la fe de Cristo y se convirtiera en su emperatriz, pero ella se negó y Majencio mandó decapitarla. Catalina oró al Señor: "Jesús, tú que eres la esperanza y la salvación de todos los creyentes, honor y gloria de las vírgenes, escucha mi oración y concede a todos los que me invoquen en la hora de su muerte o en cualquier de peligro que sean protegidos de todo mal”. Y se oyó una voz del cielo que dijo: "Ven aquí, mi querida esposa; las puertas del cielo están abiertas para ti y para cualquiera que recuerde tus tormentos". Y le cortaron la cabeza, manando del cuello leche en lugar de sangre.


Catalina recibió la corona del martirio en el año 305. Sus santas reliquias fueron llevadas por los Ángeles a la santa montaña del Sinaí, donde fueron sepultadas veinte días más tarde y fueron descubiertas muchos años después; el famoso monasterio de Santa Catalina estaba originalmente dedicado a la Santa Transfiguración del Señor y a la Zarza Ardiente, pero posteriormente fue dedicado a la Santa que nos ocupa. Durante siglos se dijo que un aceite milagroso (miro) fluía de sus reliquias.


En España es la patrona de la ciudad de Jaén. Cuenta una tradición qure la Santa se le apareció en sueños al rey Fernando el Santo de Castilla ofreciéndole las llaves de la ciudad, que en ese momento estaba siendo sitiada, y por tanto anunciando la victoria sobre los musulmanes al poco tiempo. Hoy en día el castillo de la ciudad y el cerro en el que se asienta llevan su nombre, además de ser copatrona junto a la Virgen María de la Capilla.


En los tiempos antiguos, Santa Catalina y San Mercurio eran celebrados el 24 de noviembre, y los Santos Hieromártires Clemente de Roma y Pedro de Alejandría el 25, pero las fechas de estos Santos fueron intercambiadas a petición de la Iglesia y Monasterio del Monte Sinaí para que la fiesta de Santa Catalina, su patrona, pudiera ser celebrada de manera más solemne junto a la Apódosis de la Entrada de la Madre de Dios en el Templo; sin embargo, las Iglesias eslavas siguen conmemorando a estos Santos en su fecha original.



Fuente: goarch.org / Religión en Libertad / VGL

Adaptación propia

24/11 - Pedro, Arzobispo de Alejandría


San Pedro ocupó de manera ilustre el trono de Alejandría durante doce años, en torno al año 300, y, como dice Eusebio, «era un ejemplo divino de obispo debido a la excelencia de su vida y su estudio de las Sagradas Escrituras» (ver ‘Historia Eclesiástica, Libro VII, 3 , Libro VIII 11,13 y Libro IX,6).


Según Felipe de Sidetes, Pedro fue director de la famosa escuela catequética de Alejandría. Su importancia teológica estriba en el hecho de que marcó, y muy probablemente inició, la reacción de Alejandría contra el origenismo extremo.


El cisma meleciano estalló cuando Pedro dejó Alejandría para esconderse, durante la persecución de Diocleciano. Hay tres relatos diferentes sobre este cisma:


(1) De acuerdo con los tres documentos latinos (traducidos de los originales griegos perdidos) publicados por Maffei, Melecio (o Melicio), obispo de Licópolis, se aprovechó de la ausencia de Pedro para usurpar sus funciones patriarcales y contravino los cánones al consagrar obispos para sedes que no estaban vacantes, cuyos ocupantes estaban en prisión por la fe. Cuatro de ellos protestaron, pero Melecio no les prestó atención y se fue a Alejandría, donde, por instigación de un tal Isidoro y de Arrio -el futuro heresiarca-, puso a un lado a los que Pedro dejó encargados y nombró a otros. A raíz de esto, Pedro lo excomulgó.


(2) San Atanasio acusa a Melecio no solo de conducta turbulenta y cismática, sino de sacrificar a los dioses y de denunciar a Pedro ante el emperador. No hay incompatibilidad entre los documentos latinos y San Atanasio, pero la declaración de que Melecio sacrificó debe ser recibida con cautela; podría basarse en un rumor que surgió por la inmunidad de la que parecía disfrutar. De todos modos, no se supo nada sobre eso en el Primer Concilio de Nicea.


(3) De acuerdo con San Epifanio (Haer., 68), Melecio y San Pedro riñeron por la reconciliación de los lapsi: el primero se inclinaba a medidas más rigurosas. Epifanio probablemente obtuvo su información de una fuente meleciana, diciendo por ejemplo que Pedro fue compañero de prisión de Melecio y fue martirizado en prisión, pero, según Eusebio de Cesarea, su martirio fue inesperado y, por lo tanto, no sería precedido por un tiempo en prisión.


Pedro excomulgó a Arrio por simpatizar con el cisma meleciano. Cuando Arrio supo que San Pedro había sido encarcelado, le envió a muchos sacerdotes y diáconos para que le pidieran que fuera recibido de nuevo en la comunión de la Iglesia antes de su martirio. Cuando los emisarios de Arrio (que, a diferencia de San Pedro, no eran conscientes de los desastres que aquel causaría) vieron con sorpresa la vehemencia con la que este rechazaba recibir a aquel, el Santo les reveló una terrible visión que había tenido en la que el Maestro Cristo se le había aparecido en forma de niño que llevaba un vestido rasgado de la cabeza a los pies; cuando San Pedro le preguntó quién había roto su vestido, el Señor respondió que Arrio y que no debía ser recibido de nuevo en la comunión eclesial.


Existe una colección de catorce cánones emitidos por Pedro en el tercer año de la persecución que tratan principalmente sobre los lapsi, extraída probablemente de una festiva epístola pascual. El hecho de que fueran ratificados por el Concilio de Trullo, y así se convirtieran en parte de la ley canónica de la Iglesia Oriental probablemente explica su conservación. Muchos manuscritos contienen un canon décimo quinto tomado de un escrito sobre la Pascua. Los casos de diferentes clases de lapsi se decidieron con estos cánones.


Las actas del martirio de San Pedro son muy tardías. En ellas aparece la historia de Cristo apareciéndosele a San Pedro con su vestidura rasgada, prediciendo el cisma arriano. San Cirilo, en el Concilio de Éfeso, citó tres pasajes del “Sobre la Divinidad”, aparentemente escritos contra las opiniones subordinacionistas de Orígenes. Dos fragmentos adicionales (en siríaco) que reclaman ser del mismo libro fueron impresos por Pitra en “Analecta Sacra”, IV, 188. Leoncio de Bizancio cita un pasaje que afirma las dos naturalezas de Cristo de una obra sobre “La Venida de Cristo”, y dos pasajes del primer libro de un tratado contra la opinión de que el alma había existido y pecado antes de unirse al cuerpo. Este tratado debe haber sido escrito contra Orígenes. Son muy importantes siete fragmentos conservados en siríaco (pitra, op. Cit., IV, 189-93) de otra obra sobre la Resurrección en la cual la identidad del resucitado con el cuerpo terrenal se afirma contra Orígenes.


Pitra también publicó cinco fragmentos armenios (op. Cit., IV, 430 ss.). Dos de ellos corresponden con uno de los fragmentos siríacos. Los tres restantes pueden ser falsificaciones monofisitas (Harnack, “Altchrist. Lit.”, 447). Probablemente también es espurio un fragmento citado por el emperador Justiniano en su carta al patriarca Menas, dando a entender que fue tomado de una mistagogia de la Basílica de San Pedro (see Routh, "Reliq. Sac.", III, 372; Harnack, op. cit., 448). El "Chronicon Paschale" da un extracto grande de un supuesto escrito de Pedro sobre la Pascua. Éste es condenado como espurio por una referencia a San Atanasio (cuyos editores a menudo la suprimen) a menos que, ciertamente, la referencia sea una interpolación. Un fragmento impreso por primera vez por Routh de un tratado “Sobre la Blasfemia” generalmente se considera espurio. Un fragmento copto sobre guardar el domingo, publicado por Schmidt (Texte und Untersuchung., IV) ha sido considerado espurio por Delehaye, con cuyo veredicto parecen estar de acuerdo los críticos. Otros fragmentos coptos han sido editados con una traducción por Crum en la “Revista de Estudios Teológicos” (IV, 287 ss.). Muchos de éstos proceden del mismo manuscrito como el fragmento editado por Schmidt. Su editor dice: “Sería difícil afirmar la autenticidad de estos textos siguiendo el criticismo de Delehaye (Anal. Bolland., XX, 101), aunque algunos pasajes, que he publicado pueden indicar interpolación en vez de una composición apócrifa completa.”


El Santo Hieromártir Pedro fue decapitado durante el reinado de Maximino, en el año 312; es llamado «el Sello de los Mártires» porque fue el último Obispo de Alejandría en sufrir el martirio bajo los Emperadores paganos. Sus sucesores en el trono, los Santos Alejandro y Atanasio el Grande, llevaron a la victoria final la batalla contra la herejía de Arrio que San Pedro había comenzado.



Fuente: goarch.org / Aciprensa

24/11 - Nuestro Santo Padre Clemente, Papa de Roma


San Clemente Romano es el tercer sucesor de San Pedro, después de los papas San Lino y San Cleto. Roma le vio nacer al pie del monte Celio, y en Roma fue bautizado. Sobresalió en las letras, especialmente en griego.


Es uno de los llamados Padres Apostólicos y una de las figuras principales de la antigüedad cristiana. Eusebio lo menciona siempre junto a San Ignacio de Antioquia. Según San Ireneo, Clemente había tratado a los Apóstoles, de los que había recibido la predicación viva del Maestro.


Según Tertuliano, de Pedro recibe el diaconado, el sacerdocio y el episcopado. Y según Orígenes, con Pablo colabora en la fundación de la Iglesia de Filipos. Nos entronca, pues, con las mismas fuentes.


Clemente gobernó la Iglesia romana, como sucesor del papa San Cleto, del 90 al 99. Su pontificado fue muy fecundo. Fue un verdadero adalid de la unidad de la Iglesia contra todas las fuerzas de dispersión.


El Liber Pontificalis nos conserva las características de su pontificado: «Clemente gobernó la Iglesia durante nueve años. Reorganizó la Comunidad de Roma, dividió la ciudad en siete sectores, encomendados a siete diáconos. Mandó redactar con cuidado las Actas de los Mártires».


El hecho más importante de su pontificado es la Carta dirigida a la Iglesia de Corinto, desgarrada por la discordia, donde los llama a la obediencia del obispo de Roma. Es el documento papal más antiguo, después de las Cartas de San Pedro. Esta Carta es llamada «Primera epifanía del Primado Romano», y el obispo Dionisio de Corinto la veneraba como a la Biblia.


En efecto, la comunidad cristiana de Corinto, radicada en una de las ciudades más cosmopolitas, dio -mezclados con muchas alegrías-, algunos motivos de preocupación; ya en tiempos del apóstol Pablo, que adoctrinó a los primeros, hubo problemas con algunos cristianos que perdían su fuerza por la boca y se mostraron indisciplinados. Años después se repitió la historia de los carismáticos que no aceptaban someterse a la autoridad de los legítimos pastores. El papa de Roma Clemente tuvo que intervenir en esos episodios poco agradables, molestos y preocupantes; era preciso corregir la desunión y evitar el peligro cismático.

Clemente I, obispo de Roma durante diez años, mandó a aquellos fieles una espléndida carta que llevaron Claudio Efebo, Valerio y Fortunato. Está escrita en griego, que era entonces el idioma oficial, y transportaba a Corinto la paternal recomendación de practicar la caridad fraterna. No figura en el escrito el nombre de su autor, pero el análisis interno induce a pensar casi con certeza que el autor, al ser obispo y de Roma, debe ser el papa Clemente, el cuarto, tercer sucesor de Pedro, después de Lino y Cleto, por eso se le atribuye con toda probabilidad. De hecho, así lo entendieron Eusebio de Cesarea que califica la carta como "universalmente admitida, larga y admirable", Orígenes y el resto de los escritores eclesiásticos.

Algunas Actas lo presentan emparentado con la familia imperial, como si fuera primo de Domiciano, o pariente de aquel Flavio Clemente al que mandó matar el emperador por el crimen de "ateísmo". Otros testimonios aducen su condición de liberto de la casa Flavia; unos afirman que procedía del paganismo, mientras que otros lo presentan con ascendencia judía. Hay quien lo quiere identificar con el homónimo mencionado por al Apóstol Pablo en la carta a los filipenses como colaborador suyo, y hasta afirma alguno más que fue convertido en Roma por la predicación de Pedro.

Sea como fuere, a través del escrito se ve la fina figura de un papa conocedor del Antiguo y Nuevo Testamento y bien experimentado en el espíritu de oración. Habla de forma arrebatada de la fe, origen de la disposición humilde de donde nace la aceptación de la autoridad; expone -con la seguridad que dan las disposiciones divinas y no las componendas humanas- la existencia de la autoridad jerárquica proveniente de la voluntad fundacional de Cristo, y llama a la comunidad universal de los creyentes "cuerpo de Cristo" y "rebaño"; no falta el recurso a la "tradición recibida" para llegar a la concordia de la fe y recuperar la paz. En su Carta nos muestra Clemente su idea de la jerarquía, de la disciplina y de la liturgia, su espíritu católico, su amplia cultura, su solidez teológica, su amor a la paz y a la unidad:

«Es preciso someterse con humildad. Dejemos la soberbia, enemiga de la armonía. Las ofrendas y los ritos litúrgicos han de celebrarse, no a voluntad de cada uno y sin orden, sino conforme a lo ordenado por el maestro. Sigamos el canon venerable y glorioso de nuestra tradición, conservemos el muro fraterno de la caridad. Sin ella nada es agradable a Dios. La cabeza no es nada sin los pies, pero, a su vez, los pies serían inútiles sin la cabeza. Los pequeños y los grandes se necesitan mutuamente».

Es admirable descubrir con nitidez la conciencia de su autoridad y de su obligación pastoral al intervenir en uno de los primeros conflictos, en virtud de su autoridad, con tono dignísimo y de gran solicitud paternal.

La carta se considera tan autorizada por los destinatarios que sesenta años más tarde aún se leía a los fieles, en la asamblea dominical, según consta por testimonio de Dionisio de Corinto.

Párrafos de la carta de Clemente dan a entender que se escribió al finalizar una de las persecuciones, probablemente la de Domiciano, emperador al que el poder lo cambió inesperadamente de pacífico a cruel.

En torno a su muerte tampoco falta el relato las actas (s. IV) configuradas con una frondosa literatura que realza la figura del santo. Dicen que el emperador Trajano le desterró al Quersoneso, en Crimea, condenándole a trabajos forzados en una cantera, por negarse a dar culto a los ídolos. Allí dos mil cristianos, también desterrados, trabajaban con él en las canteras de mármol. San Clemente empezó a consolarlos. Todos acudían a él: «Ruega por nosotros, Clemente, para que seamos dignos de las promesas de Cristo». Y él les decía: «No por mis méritos me ha enviado a vosotros el Señor, sino, por los vuestros, para hacerme también a mí partícipe de vuestras coronas».

La tradición referirá abundancia de hechos prodigiosos como el haber sido arrojado al agua en el mar Negro con un ancla atada a su cuello; pero un ángel enviado por Dios hizo en el fondo del mar un magnífico sepulcro de mármol; cada aniversario de su muerte podían los fieles visitarlo a pie seco y cuando una madre olvidó en una ocasión allí a su hijo, lo encontró al año siguiente vivo.

El ancla que está presente en su iconografía también nos sugiere la firmeza de la fe y la seguridad de la unidad de las que fue Clemente eminente campeón con su enérgica defensa al mantener el principio de la autoridad de la sede romana en medio de las persecuciones.

Los santos eslavos, Cirilo y Metodio, en el pontificado de Nicolás I (858-867), trasladaron el cuerpo del mártir desde Quersoneso a Roma, y lo colocaron bajo el altar del templo a él dedicado, uno de los templos más antiguos de Roma, situado entre el monte Celio y el Esquilino.



Fuente: JCM / Varios

Adaptación propia

23/11 - Gregorio, Obispo de Agrigento


Nació sobre el año 520 en Preterium, un pequeño pueblo perteneciente a la ciudad de Agrigento, en Sicilia. Sus padres fueron Caritón y Teodota, nobles que se ocuparon de educarle bien. A los 12 años recitaba de memoria el Salterio, que habría aprendido con monjes cercanos a su familia. A los 16 años, durante el reinado de Justiniano II recibió el Lectorado de manos del Obispo Potamión, y desde entonces se dedicó a la lectura y proclamación de los salmos en la liturgia. Tenía buen ritmo, entonación y excelente voz para el canto. 


A la edad de 18 años, entusiasmado por las peregrinaciones que en aquel tiempo se organizaban para Tierra Santa, se dirigió allá con un grupo de fieles devotos. Allí conoció la vida monacal, tomando el hábito en una de las lauras de Jerusalén.


Su pasión por el canto y la excelencia en la celebración del culto divino le llevaron a ser ordenado diácono por el Obispo Macario. A partir de entonces, además de leer la Escritura, comenzó a predicarla, y con tal elocuencia y tino que fue invitado al II Concilio de Constantinopla en 533. Allí destacó principalmente por su defensa de la doctrina sobre la Divina Persona de Cristo, denunciando los errores doctrinales en los que concurrían los monofisitas a la hora de explicar su Humanidad y Divinidad. Su exposición de la doctrina sobre Cristo le valió el apelativo de "Segundo Crisóstomo", en alusión a San Juan Crisóstomo


En el año 578 marchó a Cartago, donde, con tres monjes romanos, fue conducido de nuevo a Jerusalén. Después de la visita a los santos lugares, se retiró durante cuatro años en soledad, estudio y oración y en el 584, volvió a Jerusalén. Luego marchó a Antioquía y Constantinopla donde su fama de santidad llegó a oídos del emperador Mauricio.


Después del Concilio, una lumbrera como Gregorio no podía quedar "olvidada" en una laura de Oriente, por lo cual los obispos de Sicilia en el año 591 le reclamaron en su tierra, donde fue ordenado presbítero y elegido obispo a la muerte del prelado Teodoro. Su elección fue confirmada gustosamente por el papa de Roma San Gregorio Magno. Nuestro Santo comenzó una ingente labor evangelizadora y reformadora, ya necesaria en el siglo VI. Actualizó e hizo cumplir los cánones eclesiásticos con respecto a la vida del clero y los monjes, lo cual le acerró fuerte oposición de los prebíteros (entre ellos dos llamados Sabino y Crescentino) que antes le habían elegido obispo. Estos pasaron de la guerra solapada a la guerra abierta, llegando algunos a la ignominia de contratar una prostituta para que declarara que era amante de Gregorio. Esta lo hizo y el santo fue arrestado y trasladado a Roma, donde estuvo preso durante dos años, siendo inocente. Jamás se quejó ni acusó a nadie. Pero los milagros que hizo en la cárcel fueron la señal a favor de su inocencia. El Papa de Roma, en un concilio de 150 obispos para discutir la causa de Gregorio, reconoció y proclamó su inocencia. Liberado y restituido en su diócesis, continuó con su misión apostólica.


Pero mientras tanto, su sede había sido ocupada por un obispo simoníaco y hereje que le hacía la guerra. El pueblo quiso linchar al hereje y entronizar a nuestro santo en su cátedra, pero Gregorio no quiso entablar pelea y, por la paz de la Iglesia, se fue a Constantinopla, donde era más querido. Residió en el monasterio de los Santos Sergio y Baco, que ya conocía. Allí vivió varios años como un monje más, hasta que en 598 pudo volver a su sede, luego de la muerte del obispo usurpador.


Gregorio construyó en su diócesis un templo dedicado a santos Pedro y Pablo. Fundó varios colegios para la instrucción de las mujeres agrigentinas y tuvo la colaboración de su madre, Teodata, que era institutriz.


Gregorio fue doctísimo en las disciplinas teológicas y también en las ciencias físicas, y dejó muchos escritos, entre los cuales destacan: las "Oraciones" sobre los dogmas de la Fe de los Antioqueños, las “Dogmáticas”, las “Encomiasticas”, las “Oraciones” sobre la Cuaresma y sobre el apóstol Andrés, y muchos otros escritos publicados en Constantinopla. Pero los escritos más importantes son las “Homilías”, dictadas del griego, que son un interesante comentario que él hizo al Eclesiastés. Versadísimo en la astronomía, sostuvo la teoría del movimiento de la tierra alrededor del sol, conciliando admirablemente la ciencia y la interpretación de la Biblia, a cerca de la inmovilidad de la tierra. Estudió y resolvió muchos problemas de física y fue también conocedor de la medicina, realizando operaciones que parecieron milagros.


En los últimos años de su vida se retiró en soledad. Murió en el año 603 en Agrigento, aunque algunos autores afirman que murió en España, adonde habría ido para una misión. En cualquier caso, sus reliquias se veneran en la catedral de Agrigento. 


Es el patrón de los bienes arqueológicos, en particular de los arquitectónicos.



Fuente: goarch.org / Religión en Libertad

Traducción del inglés y adaptación propias

23/11 - Anfiloquio, Obispo de Iconio


San Anfiloquio fue amigo íntimo de san Gregorio Nacianceno, su primo, y de san Basilio, aunque era más joven que ellos. Las cartas de esos dos santos a Anfíloco son nuestra principal fuente de información.


Anfiloquio nació en Capadocia; en su juventud fue retórico en Constantinopla, donde, según parece, tuvo dificultades económicas. Siendo todavía joven, se retiró a un sitio solitario de las proximidades de Nacianzo junto con su padre, que era ya muy anciano. San Gregorio daba a su amigo un poco de grano a cambio de las legumbres de su huerto. En una carta se queja, en broma, de que siempre sale perdiendo en el negocio.


El año 341 o 374, cuando tenía unos treinta y cinco años, Anfiloquio fue elegido obispo de Iconio (actualmente Konya, en Turquía) y aceptó el cargo muy contra su voluntad. El padre de Anfíloco se quejó a san Gregorio de que le habían privado de su hijo. En su respuesta, el santo afirmó que no tuvo parte alguna en el nombramiento y que él también sufría al verse privado de su amigo. San Basilio, a quien probablemente se debía el nombramiento, escribió a Anfiloquio una carta de felicitación; en ella le exhorta a no dejarse arrastrar nunca al mal, aunque esté de moda y existan otros precedentes, puesto que está llamado a guiar a los otros y no a dejarse guiar por ellos.


Inmediatamente después de su consagración, San Anfiloquio fue a visitar a san Basilio en Cesarea. Allí predicó al pueblo, y sus sermones fueron más apreciados que los de todos los extranjeros que habían predicado en la ciudad. San Anfiloquio consultó frecuentemente a san Basilio acerca de diversos puntos de doctrina y disciplina y, gracias a sus ruegos, escribió san Basilio su tratado sobre el Espíritu Santo, donde, además de demostrar la divinidad del Espíritu y igualdad con el Padre y el Hijo, defiende las tradiciones no escritas de la Iglesia como la señal de la Cruz, la orientación al orar, la prohibición de arrodillarse los domingos, etc.. San Anfiloquio fue quien predicó el panegírico de san Basilio en sus funerales.


Nuestro santo reunió en Iconio un concilio contra los herejes macedonianos, que negaban la divinidad del Espíritu Santo y, en el año 381, asistió al Concilio Ecuménico de Constantinopla contra los mismos herejes. Allí conoció a san Jerónimo, a quien leyó su propio tratado sobre el Espíritu Santo.


Anfiloquio pidió al emperador Teodosio I que prohibiese las reuniones de arrianos, pero el emperador se negó porque juzgaba demasiado rigurosa esa medida. Poco después fue el santo a palacio. Arcadio, que había sido ya proclamado emperador, estaba junto a su padre. San Anfiloquio saludó a Teodosio e ignoró a su hijo. Cuando Teodosio se lo hizo notar, el santo acarició la mejilla de Arcadio. Teodosio montó en cólera. Entonces Anfiloquio le dijo: «Veo que no soportas que se trate con ligereza a tu hijo. ¿Cómo puedes, pues, sufrir que se deshonre al Hijo de Dios?». Impresionado por esas palabras, el emperador prohibió poco después las reuniones públicas y privadas de los arrianos.


San Anfiloquio combatió también celosamente la naciente herejía de los mesalianos. Eran éstos maniqueos e iluminados, que ponían la esencia de la religión en la oración exclusivamente. El santo presidió en Sida de Panfilia un sínodo contra dichos herejes. San Gregorio Nacianceno llama a san Anfiloquio «obispo irreprochable, ángel y heraldo de la verdad». El padre de nuestro santo afirmaba que curaba a los enfermos con sus oraciones.


Habiendo alcanzado una avanzada edad, San Anfiloquio reposó en el Señor hacia el año 395. 


Conocemos bastante bien a san Anfíloco, gracias a las referencias que se hallan en la literatura cristiana de la época. Además, existen dos biografías griegas, que pueden verse en Migne, PG., vol. XXXIX, pp. 13-25, y vol. CXVI, pp. 956-970. La colección de fragmentos de las obras del santo que hay en Migne no es completa. Se hallarán otros fragmentos en K. Holl, Amphilochius von Ikonium (1904), y G, Ficker, Amphilochiana (1906). En Quasten, Patrología, volumen II hay un capítulo dedicado al santo, con mayor insistencia, desde luego, en la obra escrita.



Fuente: eltestigofiel.org / goarch.org

Traducción y adaptación propia

22/11 - La Santa Mártir Cecilia y sus compañeros Valeriano y Tiburcio


Durante más de mil años, Santa Cecilia ha sido una de las mártires de la primitiva Iglesia más veneradas por los cristianos.


Las "actas" de la santa afirman que pertenecía a una familia patricia de Roma y que fue educada en el cristianismo. Solía llevar un vestido de tela muy áspera bajo la túnica propia de su dignidad, ayunaba varios días por semana y había consagrado a Dios su virginidad. Pero su padre, que veía las cosas de un modo diferente, la casó con un joven patricio llamado Valeriano.


El día de la celebración del matrimonio, en tanto que los músicos tocaban y los invitados se divertían, Cecilia se sentó en un rincón a cantar a Dios en su corazón y a pedirle que la ayudase. Cuando los jóvenes esposos se retiraron a sus habitaciones, Cecilia, armada de todo su valor, dijo dulcemente a su esposo: "Tengo que comunicarte un secreto. Has de saber que un ángel del Señor vela por mí. Si me tocas como si fuera yo tu esposa, el ángel se enfurecerá y tú sufrirás las consecuencias; en cambio sí me respetas, el ángel te amará como me ama a mí." Valeriano replicó: "Muéstramelo. Si es realmente un ángel de Dios, haré lo que me pides." Cecilia le dijo: "Si crees en el Dios vivo y verdadero y recibes el agua del bautismo verás al ángel."


Valeriano accedió y fue a buscar al obispo Urbano, quien se hallaba entre los pobres, cerca de la tercera mojonera de la Vía Apia. Urbano le acogió con gran gozo. Entonces se acercó un anciano que llevaba un documento en el que estaban escritas las siguientes palabras: "Un solo Señor, un solo bautismo, un solo Dios y Padre de todos, que está por encima de todo y en nuestros corazones." Urbano preguntó a Valeriano: "¿Crees esto?" Valeriano respondió que sí y Urbano le confirió el bautismo. Cuando Valeriano regresó a donde estaba Cecilia, vio a un ángel de pie junto a ella. El ángel colocó sobre la cabeza de ambos una guirnalda de rosas y lirios. Poco después llegó Tiburcio, el hermano de Valeriano y los jóvenes esposos le ofrecieron una corona inmortal si renunciaba a los falsos dioses. Tiburcio se mostró incrédulo al principio y preguntó: " ¿Quién ha vuelto de más allá de la tumba a hablarnos de esa otra vida?" Cecilia le habló largamente de Jesús. Tiburcio recibió el bautismo, y al punto vio muchas maravillas.


Desde entonces, los dos hermanos se consagraron a la práctica de las buenas obras. Ambos fueron arrestados por haber sepultado los cuerpos de los mártires. Almaquio, el prefecto ante el cual comparecieron, empezó a interrogarlos. Las respuestas de Tiburcio le parecieron, desvaríos de loco. Entonces, volviéndose hacia Valeriano, le dijo que esperaba que le respondería en forma más sensata. Valeriano replicó que tanto él como su hermano estaban bajo cuidado del mismo médico, Jesucristo, el Hijo de Dios, quien les dictaba sus respuestas. En seguida comparó, con cierto detenimiento, los gozos del cielo con los de la tierra; pero Almaquio le ordenó que cesase de disparatar y dijese a la corte si estaba dispuesto a sacrificar a los dioses para obtener la libertad. Tiburcio y Valeriano replicaron juntos: "No, no sacrificaremos a los dioses sino al único Dios, al que diariamente ofrecemos sacrificio." El prefecto les preguntó si su Dios se llamaba Júpiter. Valeriano respondió: "Ciertamente no. Júpiter era un libertino infame, un criminal y un asesino, según lo confiesan vuestros propios escritores."


Valeriano se regocijó al ver que el prefecto los mandaba azotar y hablaron en voz alta a los cristianos presentes: "¡Cristianos romanos, no permitáis que mis sufrimientos os aparten de la verdad! ¡Permaneced fieles al Dios único, y pisotead los ídolos de madera y de piedra que Almaquio adora!" A pesar de aquella perorata, el prefecto tenía aún la intención de concederles un respiro para que reflexionasen; pero uno de sus consejeros le dijo que emplearían el tiempo en distribuir sus posesiones entre los pobres, con lo cual impedirían que el Estado las confiscase. Así pues, fueron condenados a muerte. La ejecución se llevó a cabo en un sitio llamado Pagus Triopius, a seis kilómetros de Roma. Con ellos murió un cortesano llamado Máximo, el cual, viendo la fortaleza de los mártires, se declaró cristiano.


Cecilia sepultó los tres cadáveres. Después fue llamada para que abjurase de la fe. En vez de abjurar, convirtió a los que la inducían a ofrecer sacrificios. El Papa Urbano fue a visitarla en su casa y bautizó ahí a 400 personas, entre las cuales se contaba a Gordiano, un patricio, quien estableció en casa de Cecilia una iglesia que Urbano consagró más tarde a la santa. Durante el juicio, el prefecto Almaquio discutió detenidamente con Cecilia. La actitud de la santa le enfureció, pues ésta se reía de él en su cara y le atrapó con sus propios argumentos. Finalmente, Almaquio la condenó a morir sofocada en el baño de su casa. Pero, por más que los guardias pusieron en el horno una cantidad mayor de leña, Cecilia pasó en el baño un día y una noche sin recibir daño alguno. Entonces, el prefecto envió a un soldado a decapitarla. El verdugo descargó tres veces la espada sobre su cuello y la dejó tirada en el suelo. Cecilia pasó tres días entre la vida y la muerte. En ese tiempo los cristianos acudieron a visitarla en gran número. La santa legó su casa a Urbano y le confió el cuidado de sus servidores. Fue sepultada junto a la cripta pontificia, en la catacumba de San Calixto.


La razón original del culto de Santa Cecilia fue que estaba sepultada en un sitio de honor por haber fundado una iglesia, el "titulus Caeciliae". El Papa de Roma San Pascual I (817-824) trasladó las reliquias de Santa Cecilia, junto con las de los santos Tiburcio, Valeriano y Máximo, a la iglesia de Santa Cecilia in Transtévere. Las reliquias de la santa habían sido descubiertas, gracias a un sueño, no en el cementerio de Calixto, sino en el cementerio de Pretextato. En 1599, el cardenal Sfondrati restauró la iglesia en honor a la Santa en Transtévere y volvió a enterrar las reliquias de los cuatro mártires. Según se dice, el cuerpo de Santa Cecilia estaba incorrupto y entero, por más que el Papa Pascual había separado la cabeza del cuerpo, ya que, entre los años 847 y 855, la cabeza de Santa Cecilia formaba parte de las reliquias de los Cuatro Santos Coronados. Se cuenta que, en 1599, se permitió ver el cuerpo de Santa Cecilia al escultor Maderna, quien esculpió una estatua de tamaño natural, muy real y conmovedora. "No estaba de espaldas como un cadáver en la tumba," dijo más tarde el artista, sino recostada del lado derecho, como si estuviese en la cama, con las piernas un poco encogidas, en la actitud de una persona que duerme." La estatua se halla actualmente en la iglesia de Santa Cecilia, bajo el altar próximo al sitio en el que se había sepultado nuevamente el cuerpo en un féretro de plata. Sobre el pedestal de la estatua puso el escultor la siguiente inscripción: "He aquí a Cecilia, virgen, a quien yo vi incorrupta en el sepulcro. Esculpí para vosotros, en mármol, esta imagen de la santa en la postura en que la vi." De Rossi determinó el sitio en que la santa había estado originalmente sepultada en el cementerio de Calixto, y se colocó en el nicho una réplica de la estatua de Maderna.


Santa Cecilia es muy conocida en la actualidad por ser la patrona de los músicos.



Fuente: Aciprensa

22/11 - Arquipo el Apóstol, Filemón el Apóstol y su esposa Apia, y Onésimo, Discípulo de Pablo


Conocemos a Filemón por la carta que san Pablo le dirige desde su cautiverio romano, la carta más breve del epistolario paulino, apenas 25 versículos, y de la que la autoría directa del Apóstol no ofrece dudas. Aunque de poca extensión, el escrito es de gran importancia, porque ayudó desde los albores de la relación entre la fe cristiana y las instituciones civiles a tratar de orientarse en el delicado problema de cómo convivir con una institución con la esclavitud, tan contraria al espíritu de nuestra fe. Aun hoy la carta puede ser aplicada a repensar otros problemas, igualmente espinosos, en esa misma relación. Pero el objeto de la conmemoración del martirologio -y de esta hagiografía- no es abordar ese interesante tema, sino trazar una semblanza de Filemón y Apia, lo más amplia posible, a partir de los datos que poseamos.


Y lo primero que debemos reconocer es que esos datos son muy escasos. La carta habla en todo momento a Filemón, pero no se dirige particularmente a él, sino que se presenta dirigida «a nuestro querido amigo y colaborador Filemón, a la hermana Apia, a nuestro compañero de armas, Arquipo, y a la Iglesia de tu casa» (vv 1-2). Pablo va a tratar un tema humanamente delicado (el delito de Onésimo, su transformación interior por la fe, la actitud justiciera o misericordiosa que pueda tomar Filemón cuando recupere al prófugo), y posiblemente el Apóstol quiere que ese tema se charle en la comunidad, que no sea una decisión exclusiva de Filemón. estamos posiblemente a inicios de los años 60, y las «iglesias» no eran aun edificios consagrados, ni siquiera espacios específicos, sino comunidades familiares o posiblemente vecinales, siguiendo en esto costumbres que venían ya del judaísmo de la gentilidad. Así que Pablo se dirige «a la Iglesia de tu casa». Eso nos indica que se reunían en lo de Filemón, pero no significa, ni puede deducirse de allí, que fuera el «presidente» de esas reuniones, o que tuviera un cargo directivo en la comunidad. En realidad tampoco puede deducirse lo contrario.


A tenor del versículo 19, podemos entender que la conversión de Filemón fue una tarea personal del Apóstol: «Yo mismo, Pablo, lo firmo con mi puño; yo te lo pagaré... Por no recordarte deudas para conmigo, pues tú mismo te me debes». Posiblemente, Filemón era de posición acomodada, no sólo porque pusiera su casa a disposición de la comunidad, sino por la alusión que hace Pablo en el v.5 «tengo noticia de tu caridad y de tu fe para con el Señor Jesús y para bien de todos los santos»; parece un poco aventurado, sin embargo, afirmar que fuera comerciante de lanas, o concretar más que lo que pueda razonablemente surgir de la carta. Todo apunta a Colosas ya que, aunque la Carta a los Colosenses tiene sus propios problemas de autoría y fecha, se nombran algunos personajes en común, e incluso se dice que esa carta (la de Colosenses) va en manos de Tíquico y Onésimo, posiblemente el mismo esclavo objeto de la carta a Filemón; pero hay que reconocer que la carta no da otros elementos para localizar al personaje con más precisión.


Apia sólo es mencionada en el versículo 2. Tradicionalmente se la supone esposa de Filemón. Mucho más hipotética es la afirmación de que Arquipo, Obispo de Colosas, sea el hijo de ese matrimonio.


Aquí acaba todo lo que podemos decir a ciencia cierta sobre Filemón y Apia. Más allá del texto comienza la tradición que llega a informarnos de otros detalles: Filemón llegó a ser obispo de Colosas, o tal vez de Gaza; en el ministerio fue ayudado estrechamente por Onésimo, y murió mártir, posiblemente en Éfeso, junto con Apia; los dos esposos enterrados hasta la altura del pecho y apedreados, en tiempos de Nerón, el día de la fiesta de Diana.


En cuanto a San Onésimo, etimológicamente su nombre significa “provechoso”. Viene de la lengua griega.


Este esclavo, muerto en el año 90, lo nombra san Pablo brevemente en una de sus cartas: «Te ruego en favor de mi hijo, a quien engendré entre cadenas, Onésimo, que en otro tiempo te fue inútil, pero ahora es muy útil para ti y para mí» (Flm 10-11). Se sabe que estaba al servicio de Filemón, el líder de la ciudad de Colosas, de donde procedía.


Tenía una amistad muy íntima con Pablo porque fue uno de sus conversos. Gozaba de una buena reputación como persona amable, generosa y hospitalaria.


El pecado de haber robado a su dueño, lo confesó y pidió perdón. Desde entonces ya nunca dejaría los pasos de san Pablo, el apóstol de las gentes.


Volvió de nuevo a casa de Filemón y lo aceptó como a un verdadero hermano, ya que san Pablo lo nombró de nuevo en la carta a los de Colosas: «En cuanto a mí, de todo os informará Tíquico, el hermano querido, fiel ministro y consiervo en el Señor, a quien os envío expresamente para que sepáis de nosotros y consuele vuestros corazones. Y con él a Onésimo, el hermano fiel y querido compatriota vuestro. Ellos os informarán de todo cuanto aquí sucede» (Col. 4;7-9).


Todo el resto de su vida es un tanto desconocido. Sin embargo, autores de la solvencia y garantía como san Jerónimo, afirman que Onésimo llegó a ser predicador de la Palabra de Dios, y algo más tarde fue consagrado obispo, posiblemente de Berea en Macedonia, y su anterior dueño fue también consagrado obispo de Colosas.


Lo que realmente impactó a este santo fue la visita que le hizo a san Pablo cuando estaba encarcelado en Roma, en las prisiones Mamertinas, en el mismo Foro romano. Hoy día se pueden ver.


Este encuentro le dejó el alma tan llena, tan feliz y tan impresionada por la actitud de Pablo prisionero por Cristo, que fue el origen de su verdadera conversión a la fe de Cristo para toda su vida.


Domiciano sintió ganas de conocerlo, no tanto por ver sus milagros y costumbres, sino para acabar con su vida en el año 90 ó 95. Algunas fuentes aseguran que Onésimo sufrió el martirio en Putéoli, mientras que otras afirman que predicó en España y aquí sufrió el martirio.


En Grecia se le honra como patrón de los encarcelados.


Podemos afirmar que San Pablo escribió la carta a Filemón, la única privada del corpus paulino, exclusivamente para tratar con su discípulo ese punto: ahora que Onésimo ha recibido el bautismo y es libre en Cristo, Pablo pide a Filemón que no le aplique los rigores de la ley humana, ¡y que ni siquiera le pida a Filemón la restitución de la deuda que, al parecer, contrajo con su amo! Eso no significa que san Pablo le esté pidiendo a Filemón la manumisión del esclavo, sino sólo que establezca una nueva relación con él, una relación fundada en una nueva base: la fe. Y en ese punto es cuando la carta deja de ser privada y se vuelve un texto que significa para nosotros todo un modelo de cómo actuar ante leyes humanas que contradicen las bases mismas de la fe. Problema que es actual en cada época, porque no hay ni hubo ningún momento en la historia en que las leyes humanas estuvieran realmente adecuadas al ideal del Evangelio, que no es sino el Reino de Cristo.


La «receta» que propone Pablo no es empezar por reemplazar las leyes, ni siquiera por impugnar su legitimidad, sino superarlas en el obrar concreto de los creyentes, hacer que esas leyes sean inútiles. Así, por ejemplo, uno puede muy bien constatar que, aunque casi todos los países del que hoy denominamos «primer mundo» abolieron la esclavitud más o menos al mismo tiempo, aquellos en donde el tejido social cristiano era más firme, la esclavitud había, de hecho, desaparecido mucho antes de la realidad, aunque las leyes que la avalaban subsistieran.


Fue precisamente gracias a Onésimo que la Providencia nos prodigó en Pablo una reflexión tan profunda sobre tema tan delicado y necesario en todo tiempo.


Todos estos Santos recibieron la corona del martirio, siendo apedreados hasta la muerte por los idólatras. San Onésimo también es conmemorado el 15 de febrero.



Fuente: eltestigofiel.org / goarch.org / catholic.net

Adaptación propia