01/05 - Jeremías el Profeta


Su nombre significa: «Yah es exaltado».


Jeremías debio nacer entre los años 650 y 645, por tanto, tendría unos 20 años cuando fue llamado al ministerio profético, acontecimiento que tuvo lugar el año 13° del reinado de Josías, rey de Judá (640-609), es decir, el 627/626 (Jr 1,2). El relato de misión (Jr 1,6) confirma que Jeremías era joven cuando oyó la llamada de Dios:


«Palabras de Jeremías, hijo de Jilquías, de los sacerdotes de Anatot, en la tierra de Benjamín, a quien fue dirigida la palabra de Yahveh en tiempo de Josías, hijo de Amón, rey de Judá, en el año trece de su reinado,[...] Yo dije: "¡Ah, Señor Yahveh! Mira que no sé expresarme, que soy un muchacho." Y me dijo Yahveh: No digas: "Soy un muchacho", pues adondequiera que yo te envíe irás, y todo lo que te mande dirás.» (Jr 1,1-2.6)


El niño Jeremías pertenece a una familia establecida en Anatot, una aldea situada a 6 km al nordeste de Jerusalén. Reside por tanto en el territorio de la tribu de Benjamín, tribu que se consideraba como ligada al Israel del Norte en la época de Jeremías; Anatot dependía, sin embargo, de la administración real de Jerusalén. De todas formas, antes que en Jerusalén, Jeremías tiene sus raíces proféticas en su territorio benjaminita. El Reino del Norte (es decir, Israel) había caído hacia ya casi un siglo, en el 721; ya sólo quedaba Judá, el Reino del Sur. Sin embargo, Jeremías, como posiblemente muchos otros hombres piadosos, aguardaba la reconstrucción de Israel, aguardaba la vuelta al antiguo esplendor. La primera predicación del profeta -que acusa la influencia del estilo de Oseas- se dirige, pues, hacia estas aspiraciones del Norte; está representada en los capítulos 2 a 6 y 30-31, y ocurre en los primeros años de su ministerio, a partir del 627.


En esos mismos años, con centro en el año 620, se realiza la importantísima Reforma de Josías, que conocemos por muchos aspectos, pero fundamentalmente porque su programa de purificación religiosa y política quedó expresado en el libro del Deuteronomio. Jeremías conoce la reforma de Josías, y está imbuido de su espíritu, está en consonancia con su programa de vuelta a la fidelidad de la Alianza. No es posible saber cuándo llegó Jeremías a Jerusalén, pero está claro que estaba allí ya cuando la reforma se ponía en marcha, e incluso tuvo dificultades con las autoridades religiosas por un discurso profético que pronunció ante el templo (capítulo 7), que representaba en ese momento para la conciencia común una garantía que ataba más a Yahvé con su pueblo, que al pueblo con Yahvé.


¿Era Jeremías sacerdote? El comienzo del libro indica claramente una flliación sacerdotal cuando presenta a Jeremías como «hijo de Jilquías, de los sacerdotes de Anatot» (Jr 1, 1) Salomón había asignado la residencia del sacerdote Abiatar en Anatot por haber apoyado el partido de Adonías (1Re 2,26-27 cf 1Re 1,7) Es una hipótesis aceptable suponer que se había conservado la memoria de esta ascendencia, y se observará que Anatot es una ciudad levítica segun Jos 21,18. Aunque por supuesto, que su padre fuera sacerdote, no indica que Jeremías le sucediera en sus funciones sacerdotales. ¿Afectó la reforma religiosa de Josías a estos sacerdotes de provincias? Aunque no puede probarse, quizás cuando Jeremías llegó a Jerusalén fue testigo de la negativa que opusieron los sacerdotes del templo jerosolimitano a dejar sitio a los sirvientes de los santuarios locales.


Jeremías no es un hombre de ciudad sino de campo, ha aprendido a observar a las gentes y las cosas. Su predicación denota ese contacto cotidiano con la vida de una aldea cuyos habitantes viven de la tierra, de ahí su afición a las comparaciones sacadas de la naturaleza y del curso de las estaciones: Jeremías observa el almendro -el «alertador» según el sentido de la palabra hebrea- el primer árbol que se cubre de flores para anunciar la primavera (Jr 1,11); conoce las costumbres de los pájaros, las de la perdiz (17,11), la cigüeña, la tórtola, la golondrina y la grulla (8,7); conoce el valor del agua para las personas, los animales y la tierra (14,3-6), y el cuidado que hay que tener con la cisterna para que no pierda agua (cf 2,13); ha visto plantar viñas con la esperanza de fruto que pone en ellas el labrador (2,21) Estas observaciones y otras que se pueden deducir de la lectura del libro revelan un temperamento meditativo ya que son las cosas mas sencillas las que le hablan de Dios y de su acción. Este hombre sencillo y delicado es al que Dios llama al ministerio profético. Siguiendo esta llamada Jeremías va poco a poco descubriendo que la palabra de Dios que se le ha encargado transmitir es objeto de burla para mucha gente (6,10), y que cada vez se le va haciendo más dura de llevar.


Tal como nos han dejado testimoniado otros profetas -como Elías-, también Jeremías atravesó una fuerte crisis de misión, una verdadera crisis vocacional en la que percibe claramente que a pesar de llevar consigo la Palabra de Yahvé, esa palabra, en esas circunstancias históricas concretas, son de juicio y perdición, son amargas, 15,15ss. Esta época coincide con lo que resulta la segunda etapa de su predicación, en tiempos del rey Joaquín, que retrocede en la tarea de reforma de su antecesor. Los capítulos de Jeremías 7 al 20 dan cuenta de este período. Los textos de esta sección están entretejidos de expresiones muy personales:


«Me has seducido, Yahveh, y me dejé seducir; me has agarrado y me has podido. He sido la irrisión cotidiana: todos me remedaban. Pues cada vez que hablo es para clamar: "¡Atropello!", y para gritar: "¡Expolio!". La palabra de Yahveh ha sido para mí oprobio y befa cotidiana. Yo decía: "No volveré a recordarlo, ni hablaré más en su Nombre." Pero había en mi corazón algo así como fuego ardiente, prendido en mis huesos, y aunque yo trabajada por ahogarlo, no podía.» (20,7-9)


Esta etapa culmina con el primer asedio a Jerusalén, en el 597. El cambio de rey un año antes, no ha cambiado la errada política de Judá. El profeta insta a no resistir a Babilonia, a no confiar en Egipto, pero la política del rey Sedecías es exactamente la opuesta. El profeta recurre, como había ya ocurrido en otros tiempos de la tradición profética, no sólo a la predicación verbal, sino al gesto profético, a la acción simbólica; por ejemplo, cap. 27. Toda la última etapa de su predicación, coincidente con el reinado de Sedecías. va mostrando cada vez más lo ineluctable del castigo que Yahvé traerá sobre Jerusalén, hasta que el profeta sea testigo de la caída de Jerusalén en el 587 y el inicio del cautiverio babilónico. Lo que sabemos de su destino posterior, que proviene del propio libro, es que en principio no marchó hacia Babilonia como desterrado, sino que permaneció en Judá, pero con el asesinato del legado babilónico, Godolías, quedó obligado a exiliarse en Egipto (caps. 40-43), donde ya su rastro se nos pierde.


Jeremías profetizó en total treinta años, desde 613 hasta 583 a.C.


Ya en epoca judía se ha visto en Jeremías el modelo del siervo sufriente del que hablan los oráculos de Isaías. Cuánto más en la predicación cristiana Jeremías ha sido visto él mismo -no sólo sus palabras- como una profecía de Cristo.


En cuanto al libro, es el resultado de un proceso editorial complejo, donde se mezclan dos recensiones distintas -la hebrea y la griega-, y no presenta los oráculos en orden cronológico. Ademas de la transcripción -siempre enriquecida con relecturas- de la predicación oral, que se le atribuye a su secretario Baruc, el libro contiene también oráculos reelaborados con posterioridad a la vida de profeta, así como fragmentos biográficos escritos por Baruc, o gente del entorno de la escuela del profeta. El libro de la profecía de Jeremías se divide en cincuenta y un capítulos, y su libro de las Lamentaciones en cinco; se le coloca el segundo entre los Profetas Mayores.



Fuente: GOARCH / eltestigofiel.org

Traducción del inglés y adaptación propias

Domingo de Tomás (Antipascua)


Todos los días durante la semana posterior a la Pascua, que la Iglesia llama la “Semana de las Luces” o “De la Renovación”, se celebran los oficios pascuales en todo su esplendor. Diariamente se repite la Liturgia pascual y las Puertas Reales del santuario permanecen abiertas. Abunda el regocijo de la Resurrección y el don del Reino de la Vida Eterna. Luego, al final de la semana, en la tarde del sábado, se comienza la celebración del Segundo Domingo de la Pascua de Resurrección en memoria de la aparición de Cristo al Apóstol Tomás “después de ocho días” (Jn 20:26).

Es importante recordar que el número ocho tiene un significado simbólico tanto en la tradición espiritual judía como en la cristiana. Significa más que cumplimiento y plenitud: significa el Reino de Dios y la vida del mundo venidero, ya que siete es el número del tiempo terrenal. El sábado, el séptimo día, es el bendito día de descanso en este mundo, el último día de la semana. El “primer día de la semana”, el día “después del sábado”, que en todos los Evangelios es recalcado como el día de la Resurrección de Cristo (Mc 16:1; Mt 28:1; Lc 24:1; Jn 20:1, 19), es por lo tanto también el “octavo día”, el día más allá de los confines de la tierra, el día que simboliza la vida del mundo venidero, el día del eterno descanso del Reino de Dios.

El Domingo después de la Pascua de Resurrección, llamado el Segundo Domingo, es entonces el octavo día de la celebración pascual, el último día de la Semana de las Luces. Por lo tanto recibe el nombre de “Domingo Nuevo”. Era solamente en este día en la Iglesia primitiva que los cristianos recién bautizados se quitaban sus túnicas bautismales y volvían a entrar nuevamente a la vida de este mundo.

En los oficios de la Iglesia, se da énfasis a la visión del Apóstol Tomás de Cristo, y en el significado del día llega a nosotros mediante las palabras del Evangelio: “Luego dijo a Tomás: Pon aquí tu dedo, y mira mis manos; y acerca tu mano, y métela en mi costado; y no seas incrédulo, sino creyente. Entonces Tomás respondió y le dijo: ¡Señor mío y Dios mío! Jesús le dijo, Porque me has visto, Tomás, creíste; bienaventurados los que no vieron, y creyeron”(Jn 20:27-29).

No hemos visto a Cristo con nuestros ojos físicos ni tampoco hemos tocado su cuerpo resucitado con nuestras manos, mas en el Espíritu Santo hemos visto, tocado y gustado de la Palabra de la Vida (I Jn 1:1-4), y así es que creemos.

En cada uno de los oficios de oración diarios hasta la Fiesta de la Ascensión, cantamos el Tropario de la Resurrección. En cada uno de los oficios dominicales a partir del domingo de Santo Tomás, cantamos el Canon de la Resurrección  y sus himnos, y repetimos la celebración del “primer día de la semana” en que Cristo resucitó de entre los muertos. En cada Divina Liturgia, la lectura de la epístola es tomada del Libro de los Hechos de los Apóstoles, contándonos acerca de los primeros cristianos que vivían en comunión con el Señor Resucitado. Todas las lecturas del Evangelio son tomadas del Evangelio según San Juan, considerado por muchos como un evangelio escrito especialmente para los nuevos bautizados en la vida nueva del Reino de Dios, mediante la muerte y la nueva vida en Cristo, en nombre de la Santísima Trinidad. Se piensa esto porque todos los “signos”, como se refieren a los milagros en el Evangelio de San Juan, tratan de temas sacramentales que involucran agua, vino y pan. Así, cada uno de los domingos después del Domingo de Santo Tomás, con la excepción del Tercero, es dedicado a la memoria de uno de estos “signos”.

LECTURAS DE LA DIVINA LITURGIA

Hch 5,12-20: En aquel tiempo por mano de los apóstoles se realizaban muchos signos y prodigios en medio del pueblo. Todos se reunían con un mismo espíritu en el pórtico de Salomón; los demás no se atrevían a juntárseles, aunque la gente se hacía lenguas de ellos; más aún, crecía el número de los creyentes, una multitud tanto de hombres como de mujeres, que se adherían al Señor. La gente sacaba los enfermos a las plazas, y los ponía en catres y camillas, para que, al pasar Pedro, su sombra, por lo menos, cayera sobre alguno. Acudía incluso mucha gente de las ciudades cercanas a Jerusalén, llevando a enfermos y poseídos de espíritu inmundo, y todos eran curados. Entonces el sumo sacerdote y todos los suyos, que integran la secta de los saduceos, en un arrebato de celo, prendieron a los apóstoles y los metieron en la cárcel pública. Pero, por la noche, el ángel del Señor les abrió las puertas de la cárcel y los sacó fuera, diciéndoles: «Marchaos y, cuando lleguéis al templo, explicad al pueblo todas estas palabras de vida».


Jn 20,19-31: Al anochecer de aquel día, el primero de la semana, estaban los discípulos en una casa, con las puertas cerradas por miedo a los judíos. Y en esto entró Jesús, se puso en medio y les dijo: «Paz a vosotros». Y, diciendo esto, les enseñó las manos y el costado. Y los discípulos se llenaron de alegría al ver al Señor. Jesús repitió: «Paz a vosotros. Como el Padre me ha enviado, así también os envío yo». Y, dicho esto, sopló sobre ellos y les dijo: «Recibid el Espíritu Santo; a quienes les perdonéis los pecados, les quedan perdonados; a quienes se los retengáis, les quedan retenidos». Tomás, uno de los Doce, llamado el Mellizo, no estaba con ellos cuando vino Jesús. Y los otros discípulos le decían: «Hemos visto al Señor». Pero él les contestó: «Si no veo en sus manos la señal de los clavos, si no meto el dedo en el agujero de los clavos y no meto la mano en su costado, no lo creo». A los ocho días, estaban otra vez dentro los discípulos y Tomás con ellos. Llegó Jesús, estando cerradas las puertas, se puso en medio y dijo: «Paz a vosotros». Luego dijo a Tomás: «Trae tu dedo, aquí tienes mis manos; trae tu mano y métela en mi costado; y no seas incrédulo, sino creyente». Contestó Tomás: «¡Señor mío y Dios mío!». Jesús le dijo: «¿Porque me has visto has creído? Bienaventurados los que crean sin haber visto». Muchos otros signos, que no están escritos en este libro, hizo Jesús a la vista de los discípulos. Estos han sido escritos para que creáis que Jesús es el Mesías, el Hijo de Dios, y para que, creyendo, tengáis vida en su nombre.



Fuente: Arquidiócesis de Buenos Aires y toda la Argentina (Patriarcado de Antioquía y todo el Oriente) / Sagrada Biblia de la Conferencia Episcopal Española

30/04 - Santiago Apóstol (el Mayor), hijo de Zebedeo, Patrón de España


El apóstol Santiago, primer apóstol martir, viajó desde Jerusalén hasta Cádiz (España). Sus predicaciones no fueron bien recibidas, por lo que se trasladó posteriormente a Zaragoza. Aquí se convirtieron muchos habitantes de la zona. Estuvo predicando también en Granada, ciudad en la que fue hecho prisionero junto con todos sus discípulos y convertidos. Santiago llamó en su ayuda a la Virgen María, que entonces vivía aún en Jerusalén, rogándole lo ayudase. La Virgen le concedió el favor de liberarlo y le pidió que se trasladara a Galicia a predicar la fe, y que luego volviese a Zaragoza.



Santiago cumplió su misión en Galicia y regresó a Zaragoza, donde corrió muchos peligros. Una noche, el apóstol estuvo rezando intensamente con algunos discípulos junto al río Ebro, cerca de los muros de la ciudad, pidiendo luz para saber si debía quedarse o huir. Él pensaba en María Santísima y le pedía que rogara con él para pedir consejo y ayuda a su divino Hijo Jesús, que nada podía entonces negarle. De pronto, se vio venir un resplandor del cielo sobre el apóstol y aparecieron sobre él los ángeles que entonaban un canto muy armonioso mientras traían una columna de luz, cuyo pie, en medio de un rayo luminoso, señalaba un lugar, a pocos pasos del apóstol, como indicando un sitio determinado.



Sobre la columna, se le apareció la Virgen María. Santiago se levantó del lugar donde estaba rezando de rodillas, y recibió internamente el aviso de María de que debía erigir de inmediato una iglesia allí; que la intercesión de María debía crecer como una raíz y expandirse. María le indicó que, una vez terminada la iglesia, debía volver a Jerusalén. Santiago se levantó, llamó a los discípulos que lo acompañaban, que habían oído la música y visto el resplandor; les narró lo demás, y presenciaron luego todos cómo se iba desvaneciendo el resplandor de la aparición. En el lugar de la aparición, se levantó lo que hoy es la Basílica de Nuestra Señora del Pilar, un lugar de peregrinación famoso en el mundo entero que no fue destruido en la guerra civil española (1936-1939), puesto que las bombas que se lanzaron no explotaron, pudiéndose hoy en día verse expuestas en el interior de la Basílica.



Santiago partió de España, para trasladarse a Jerusalén, como María le había ordenado. María le predijo la proximidad de su muerte en Jerusalén, y lo consoló y lo confortó en gran manera. Santiago se despidió de María y de su hermano Juan, y se dirigió a Jerusalén, donde al poco tiempo fue hecho prisionero.



Fue llevado al monte Calvario, fuera de la ciudad. Durante el recorrido, estuvo predicando y aún fue capaz de convertir a algunas personas. Cuando le ataron las manos, dijo: "Vosotros podéis atar mis manos, pero no mi bendición y mi lengua". Un tullido que se encontraba a la vera del camino, clamó al apóstol que le diera la mano y lo sanase. El apóstol le contestó: "Ven tú hacia mí y dame tu mano". El tullido fue hacia Santiago, tocó las manos atadas del apóstol e inmediatamente sanó.



Josías, la persona que había entregado a Santiago, fue corriendo hacia él para implorar su perdón. Este hombre se convirtió a Cristo. Santiago le preguntó si deseaba ser bautizado. Él dijo que sí, por lo que el apóstol lo abrazó y le dijo: "Tú serás bautizado en tu propia sangre". Y así se cumplió más adelante, siendo Josías asesinado posteriormente por su fe.

En otro tramo del recorrido, una mujer se acercó a Santiago con su hijo ciego para alcanzar de él la curación para su hijo, obteniéndola de inmediato.


Una vez llegado al Monte Calvario, el mismo lugar donde años antes fue crucificado nuestro Señor, Santiago fue atado a unas piedras. Le vendaron los ojos y le decapitaron.

El cuerpo de Santiago estuvo un tiempo en las cercanías de Jerusalén. Cuando se desencadenó una nueva persecución, lo llevaron a Galicia (España) algunos discípulos.

En siglos posteriores y hasta el momento actual, numerosos fieles, principalmente de Europa, recorren parcialmente el "Camino de Santiago" que les conduce a la tumba del Santo, con el fin de pedir perdón por sus pecados.

29/04 - Jasón y Sosípatro los Apóstoles de los 70 y sus Compañeros


Unos 65 kilómetros de largo y unos 32 de ancho, la isla griega de Corfú brilla como una joya de color turquesa bajo las aguas centelleantes del Mar Jónico. Fue en este idílico paisaje, sólo algunas décadas luego de la muerte y resurrección de Jesús, donde uno de sus primeros obispos soportaría inmensas torturas bajo un déspota romano que quería destruir su fe. Sin embargo, al final, las luchas heroicas del Santo Apóstol Jasón formarían parte de un capítulo triunfante en la historia primitiva de la Santa Iglesia.


Jasón se había convertido al Santo Evangelio gracias a San Pablo, de quien era un pariente lejano. Cuando el Gran Apóstol vio cuan dedicado era predicando la Buena Nueva de Jesús a las multitudes, se mostró complacido al saber que Jasón había accedido a ser parte de Los Setenta –este numeroso grupo de Discípulos, reclutados por los Doce Originales a quienes se les encargó llevar el mensaje de salvación en Jesucristo a todo el mundo conocido.


El Santo Apóstol Jasón había nacido y sido educado en la ciudad de Tarso, localizada en la Provincia de Cilicia (hoy en día parte de la moderna Turquía). Habiendo sido bautizado por San Pablo durante uno de sus muchos viajes, Jasón probaría ser un discípulo extremadamente efectivo, quien frecuentemente sanaba a los enfermos y realizaba otros milagros, al mismo tiempo que atraía muchas conversiones para el Santo Evangelio. Por un buen número de años sirvió como obispo en su región de Tarso.


Como un miembro carismático y ampliamente reconocido de Los Setenta, Jasón era bastante conocido en el mundo Cristiano de su época. Pablo lo menciona en un pasaje clave en su Epístola a los Romanos (16, 21), en el que les dice a la comunidad Cristiana en la Ciudad Eterna:


Os saluda (...) Jasón y Sosípatro, mis parientes.


Luego de muchos años de servicio episcopal sirviendo con piedad y diligencia se le pidió a Jasón que llevara su mensaje algunas millas hacia el oeste... a una bellísima isla del Mar Iónico que era un hervidero de paganos adoradores de ídolos quienes estaban envueltos en las formas más egregias de religión falsa. Estos idólatras confundidos veneraban deidades hechas de oro y plata con piedras preciosas.


El se dirigió voluntariamente hacia este reino complicado cuya violencia resultaba solamente comparable con la belleza de su geografía. Al principio, mientras predicaba la palabra de Dios y construía la iglesia principal dedicada a Esteban, el Protomártir, las cosas parecían ir bastante bien. Pero muy pronto un grupo de paganos que odiaban al Cristianismo y que habían odiado la manera en la que Jasón había conseguido muchas conversiones en su isla se dirigieron hacia el Emperador Romano gobernante difamándolo injustamente.


Tal como sucedía habitualmente el Emperador creyó todas la maldades que le dijeron acerca del clérigo e inmediatamente envió una orden al Gobernador Provincial para que lo encarcelase hasta que renunciara a esa fe inaceptable. Para hacer del castigo aún más desagradable Jasón fue encerrado junto a siete notorios bandidos con la esperanza de que lo maltratasen sólo por diversión.


Los siete criminales –Saturno, Jacisol, Fausto, Genaro, Marcelo, Eutracio y Mamés– eran famosos a lo largo del reino de Jonia por su falsedad, rapacería y crueldad. Sin embargo, de manera sorprendente, ellos se convirtieron muy pronto a la Buena Nueva de Jesús gracias a este alegre apóstol, quien sin lugar a dudas les recordó el hecho de que el Salvador había sido crucificado junto a dos ladrones de toda la vida.


Cuando el Emperador escuchó acerca de la conversión de estos siete criminales estalló de rabia y ordenó inmediatamente que sean hervidos en un recipiente gigante lleno de brea hirviente. 


A pesar de su suerte las víctimas se dirigieron hacia su muerte con un espíritu alegre... impresionando tanto a su carcelero... quien se convirtió a la fe en ese mismo instante. (Su castigo fue rápido: le cortaron una mano con la espada, luego los pies, y finalmente fue decapitado.)


El Emperador estuvo junto a él. Determinado a quebrar la voluntad de este rebelde lo asignó bajo la custodia de un príncipe muy cruel llamado Cipriano, quien era un experto en crear nuevas formas brutales de tortura. Pero el Emperador muy pronto se encontró con otra desagradable sorpresa: Su propia hija Kyrkyra, habiendo presenciado algunos de los sufrimientos de Jasón, había declarado ser Cristiana producto de la empatía de sus tribulaciones.


El vencido Emperador estaba perdiendo su paciencia. Enojado, más allá del auto dominio, encarceló a su hija y ordenó que sea desflorada (violada) por un fornicador famoso llamado Myrin. No mucho tiempo después el malhechor colocó un inmenso y feroz oso en la celda de la doncella. Pero aparentemente, antes de ser destrozada hasta morir, la fiel Kyrkyra le había rezado a Jesús pidiéndole por su ayuda. Cuando el oso apareció completamente domesticado el villano se convirtió y unió sus voces a las de la doncella cantando alabanzas a Dios


Para este instante, completamente fuera de sus casillas, el tirano ordenó a sus hombres que incendien la prisión –pero cuando la piadosa Kyrkyra emergió completamente ilesa de entre las llamas rugientes muchísimos más ciudadanos se convirtieron. Finalmente, el trastornado padre, hizo que le disparasen flechas a su hija, con lo que ella se unió alegremente a las filas de los Bienaventurados Mártires.


A lo largo de todos estos sorprendentes milagros (y muchos más que se dieron lugar en los años posteriores), el Santo Apóstol Jasón nunca perdió su fe en Jesucristo, el Hijo de Dios. Cuando murió de anciano, alrededor del año 110 –aún viviendo en la bella isla Griega en medio del Mar Iónico sus habitantes ya se habían convertido - prácticamente en su totalidad- al Santo Evangelio. Jasón falleció con una oración de gratitud en sus labios.


De la vida de este Santo Obispo e ilustre miembro de Los Setenta aprendemos que la verdadera fe algunas veces requiere de nosotros el creer en la realidad de acontecimientos que parecen desafiar a los cotidianos. Jasón confiaba en su corazón más que en la simple lógica. El confiaba en Dios antes que en cualquier cosa y su fe fue recompensada miles de veces durante su exitosa y larga vida.



Fuente: laortodoxiaeslaverdad.blogspot.com

Viernes de la Renovación - La Madre de Dios de la Fuente Vivificante


En las afueras de Constantinopla, hacia el distrito de las Siete Torres, había en la antigüedad una iglesia muy grande y bellísima dedicada a la Santa Madre de Dios; había sido construida hacia mediados del siglo V por el emperador León el Grande (también conocido como “León el Tracio”, conmemorado el 20 de enero).

Antes de convertirse en emperador, León se había encontrado allí con un ciego que, atormentado por la sed, le pidió que le ayudara a encontrar agua. León se compadeció de él y fue a buscar una fuente, pero no encontró ninguna. Cuando ya estaba desanimado, oyó una voz que le decía que había agua cerca, pero él miró de nuevo y no la encontró. Luego oyó la voz otra vez, esta vez llamándolo “Emperador” y diciéndole que encontraría agua fangosa en el tupido bosque cercano y que tenía que coger un poco y ungir con ella los ojos del ciego. Cuando lo hizo, el ciego recibió la vista.

Después de que León se convirtiera en emperador tal y como la Santísima Theotokos había profetizado, levantó una iglesia sobre el manantial, cuyas aguas obraron muchas sanaciones y curaron enfermedades por la gracia de esta; por eso vino a ser llamada la “Fuente Vivificante”. La Iglesia de Cristo celebra hoy la consagración de dicha iglesia.

Tras la caída de la ciudad imperial, la iglesia fue arrasada y se usaron materiales de ella para construir la mezquita del Sultán Bayaceto. Nada quedó de la antigua belleza de esa iglesia excepto una pequeña y pobre capilla casi completamente sepultada entre las ruinas. Esta capilla tenía veinticinco escalones que bajaban hasta el interior y un ventanuco en el tejado por el que recibía un poco de luz. Hacia el lado oeste de la capilla se encontraba la santa fuente, rodeada por una barandilla y llena de peces que allí nadaban. Así permaneció hasta 1821, cuando incluso ese pequeño resto fue destruido a causa del levantamiento de la nación griega contra el Imperio Otomano; la santa fuente fue enterrada junto a ella y desapareció totalmente.

Sin embargo, en tiempos del Sultán Mahmut, cuando sus súbditos empezaron a gozar de libertad religiosa, se solicitó permiso por parte de la comunidad cristiana ortodoxa para reconstruir al menos parte de la capilla. Las obras empezaron el 26 de julio de 1833. Cuando se efectuó la excavación y se encontraron los cimientos de la antigua iglesia, se reconstruyó, con otro permiso del Sultán, no solo la capilla de la santa fuente, sino una nueva iglesia sobre la antigua. El edificio de este nuevo templo, espacioso, bello y majestuoso, se comenzó el 14 de septiembre de 1833 y se completó en 30 de diciembre de 1834. El 2 de febrero de 1835 el Patriarca Ecuménico Constantino II, celebrando la Liturgia junto a doce jerarcas y una sinaxis de clérigos, así como una multitud de fieles cristianos, consagró esta sagrada iglesia y la dedicó a la gloria de la Madre de Dios.

El 6 de septiembre de 1955 esta nueva iglesia fue desecrada y destruida de nuevo por los turcos musulmanes; actualmente está restaurada, pero ya sin su anterior magnificencia.


Fuente: GOARCH
Traducción del inglés y adaptación propias

28/04 - Los Santos Nueve Mártires de Cízico


Los nueve Santos Mártires en Cícico, antigua ciudad griega fundada como colonia de Mileto alrededor del año 757 a.C. (actualmente se conoce como Bal-Kiz, en Balkiz Serai, en Turquía), se llamaban Teognis, Rufo, Antípatro, Teostico, Artemas, Magno, Teodoto, Taumasio y Filemón.


Aunque procedían de diversos lugares, fueron arrestados todos juntos en Cícico durante el período de la persecusión. Cuando fueron llevados frente al gobernador del lugar, mostraron una gran valentía y defendieron con audacia y valor su fe. Por esta razón, y para hacer que se arrepintiesen, los encarcelaron. Allí, sin pan ni agua, rezaban y alababan al Señor, que los hizo dignos de sufrir por Él, y se animaban y se daban fuerzas entre ellos.


Cuando el gobernador les preguntó por última vez si todavía seguían creyendo en Cristo, todos a una le respondieron que preferían el martirio a negar al Creador y Salvador del mundo. Lleno de ira, el gobernador ordenó enseguida su decapitación, regalándoles así la gloria celestial.


Veneración


En el año 324, después de que las persecuciones contra los cristianos terminaran bajo el gobierno de Constantino el Grande, los cristianos de Cícico sacaron los cuerpos incorruptos de los mártires de sus tumbas y los colocaron en una iglesia construida en su honor. En la iglesia ocurrieron muchos milagros ante las reliquias sagradas de los mártires: fueron sanados enfermos y trastornados mentales volvieron a sus cabales. A través de la intercesión de los santos mártires de Cícico, la fe de Cristo creció dentro de la ciudad y muchos paganos se convirtieron al cristianismo.


Durante el reinado de Juliano el Apóstata, de 361 a 363, los paganos de Cícico se quejaron de que los cristianos estaban destruyendo templos paganos. Respondiendo a las quejas, Juliano ordenó la reconstrucción de los templos paganos y el encarcelamiento del obispo Eleusio. Cuando el gobierno de Juliano terminó rápidamente tras su muerte, el obispo Eleusio pronto fue liberado y, dirigido por el recuerdo de los nueve santos mártires, la luz de la fe cristiana brilló de nuevo.


En Rusia, en 1678, no lejos de la ciudad de Kazán, el metropolitano Adrián, recordando el sufrimiento de los nueve mártires de Cícico y creyendo que la abundancia de gracia de estos santos disiparía los sufrimientos de la gente de Kazán de la enfermedad que asediaba la ciudad, propuso construir una iglesia en honor a los Nueve Mártires de Cícico. En 1691, el Metropolitano Adrián aprobó el establecimiento de un monasterio alrededor de la iglesia. El Monasterio de los Mártires de Cícico fue construido por el hierodiácono Esteban, que había traído consigo parte de las reliquias de los santos de Palestina.


San Demetrio de Rostov, que compuso el oficio a los Nueve Mártires, escribe: "A través de la intercesión de estos santos, se dio abundante gracia para disipar las fiebres y las enfermedades temblorosas". San Demetrio también describió los sufrimientos de los santos mártires y escribió un sermón para su fiesta.



Fuente: GOARCH / laortodoxiaeslaverdad.blogspot.com

Traducción del inglés y adaptación propias

27/04 - El Santo Hieromártir Simón el Adelfoteo (Hermano de Dios)


En el Nuevo Testamento se nombra, con completa naturalidad, cierto conjunto de «hermanos y parientes» del Señor. Ya vemos cómo, en Mateo 13, la gente de su pueblo los conoce, o cómo en Marcos 3 Jesús opone el parentesco aparente de la carne, al auténtico de la fe; los vemos en Hechos 1 reunidos con los Apóstoles en oración y comunión, y presumiblemente, recibiendo también el Espíritu, e incluso conocemos un hermano muy prominente en la primera Iglesia -tanto que la tradición posterior no se resistió a confundirlo con un apóstol-: Santiago, el hermano del Señor, jefe de la Iglesia de Jerusalén. La mención de estos parientes era tan natural a quienes habían convivido con Jesús, que muy poco se ocuparon de dejar en claro qué posición ocupaban en la genealogía de Jesús, y sólo de unos pocos, apenas cuatro, nos dejaron su nombre: Santiago, José, Simeón y Judas (Mt 13,55). ¿Se trata de hermanos carnales? Podrían serlo, a través de un primer matrimonio de José; ¿se trata de primos hermanos? es verdad que la palabra griega que se usa (adelphós) quiere decir claramente "hermanos", pero podría estar traduciendo el concepto arameo de «'ajá», que significa «hermano», pero de tal manera que puede abarcar con naturalidad también a los primos.


Sea como sea la explicación, uno de los parientes del Señor que conocemos es este Simeón, «segundo obispo de Jerusalén (tras Santiago) y hermano del Señor», el santo que hoy conmemoramos. Este detalle no viene en Hechos de los Apóstoles, pero nos llega por medio de la Historia Eclesiástica de Eusebio de Cesarea, quien en III,11 dice: «Tras el martirio de Santiago y la inmediata toma de Jerusalén, cuenta la tradición que, viniendo de diversos sitios, se reunieron en un mismo lugar los apóstoles y los discípulos del Señor que todavía se hallaban con vida, y juntos con ellos también los que eran de la familia del Señor según la carne (pues muchos aún estaban vivos). Todos ellos deliberaron acerca de quién había de ser juzgado digno de la sucesión de Santiago, y por unanimidad todos pensaron que Simeón, el hijo de Cleofás (también llamado Algeo, a quien también menciona el texto del Evangelio), merecía el trono de aquella región, por ser, según se dice, primo del Salvador, pues Hegesipo cuenta que Cleofás era hermano de José.»


Nacido en Palestina algunos años antes del nacimiento de Cristo, Simeón era un piadoso e inteligente joven que se sintió atraído hacia Jesús luego de haber presenciado algunos de Sus extraordinarios milagros. Sorprendido por la experiencia de observar al Salvador devolverles la visión a los ciegos y curar de fiebres mortales a niños pequeños, muy pronto este creyente empezó a acompañar a los Doce Apóstoles Originales en sus expediciones misioneras alrededor de Tierra Santa.


Por muchos años el bondadoso y gentil San Simeón había deambulado por la región de Judea en Palestina, predicando el Santo Evangelio y realizando muchos milagros. Sanó a enfermos y en más de una ocasión expulsó demonios. Pero también se distinguió por su oposición a la idolatría dondequiera que se encontraba. Una y otra vez arriesgó su vida entre los enojados paganos que se enfurecían cuando él les decía de manera directa que sus ídolos eran pura ilusión y que sólo había un Unico y Verdadero Dios en el universo: el Padre de Jesucristo, el Redentor Santo.


San Simeón viajó una y otra vez a lo largo de Palestina visitando las ciudades y pueblos desde Cesarea -en la costa de la gran capital de Jerusalén- predicando sin cansarse en su defensa del Santo Evangelio. San Simeón fue un prelado sabio y juicioso, y, mientras servía como Obispo de Jerusalén guiaría a su rebaño de manera eficaz durante muchos años.


Según Hegesipo, asioso por eliminar hasta al último de los descendientes de la familia del Rey David, Trajano intentaba asesinar a cualquiera que estuviera emparentado sanguíneamente con la dinastía judía. Para ese entonces el anciano Obispo tenía un poco más de 100 años y había estado sirviendo como sabio gobernador de la Ciudad Santa por mucho tiempo. Pero su elevado rango como noble judío como obispo cristiano no significó nada para los romanos, quienes trataron a Simeón y a sus seguidores como simples provincianos. Bajo el Gobernador Ático, quien recibía sus órdenes directamente de Roma, Simeón fue arrestado rápidamente y acusado y sometido a una tortura brutal. Cuando se negó a aceptar su culpabilidad sobre los cargos falsos y se rehusó a negar a Jesucristo, fue sometido sin demora a terribles torturas. Su martirio tuvo lugar en el año 107 de Nuestro Señor, con 120 años, según los historiadores de la Iglesia, y en los últimos momentos de su vida invocó al Dios Todopoderoso para que perdonase a quienes lo torturaban y estaban a punto de asesinarlo. Luego de soportar una larga agonía, el Santo Obispo obtuvo el martirio. Pero no se quejó durante sus últimas horas, y más bien parecía alegrarse de que se le hubiese permitido terminar su vida de esa manera. En los anales de los Setenta –la segunda oleada de Discípulos de Cristo, que pasarían muchos años predicando en Tierra Santa y más allá y pagando a menudo con sus propias vidas-, San Simeón ocupa un lugar especial: como trabajador por muchos años en la Viña del Señor Jesús.


De todo esto concluye Eusebio: «Calculando un poco se puede decir que Simón vio y oyó en persona al Señor, tomando como prueba su larga edad y la referencia, en los Evangelios, a María de Cleofás, el cual, como ya mostramos, era su padre.» (III,32).



Fuente: GOARCH / eltestigofiel.org / laortodoxiaeslaverdad.blogspot.com

Traducción del inglés y adaptación propias

26/04 - Basilio (Basileo) el Santo Mártir, Obispo de Amasea


En la versión jeronimiana de la Crónica de Eusebio, bajo la 275ª Olimpiada (es decir, entre el 321 y el 324), se inscribe que Basilio (o Basileo), obispo de Amasea en el Ponto, sufrió martirio bajo el reinado de Licinio. De hecho, entre las firmas de los que asistieron a los concilios de Ancira y de Neocesarea en 314 se encuentra un Basileo de Amasea, y el propio Eusebio, en su Historia Eclesiástica (X,8), relata que en tiempo de Licinio los cristianos eran tratados con gran crueldad, especialmente en Amasea y otras ciudades del Ponto, y que en particular el gobernador infligió a varios obispos las penas ordinarias de los malhechores. San Atanasio menciona al gran Basilio del Ponto entre los obispos que en los primeros años de la cuarta centuria mantuvieron con firmeza la consustancialidad del Hijo con el Padre; esa referencia es evidente que apunta al obispo mártir de Amasea. El obispo Basilio animaba y consolaba a los cristianos que sufrían la persecución de los paganos.


Licinio ardía de pasión por una sirvienta de su esposa Constancia, cuyo nombre era Glafira. Ella informó de esto a la emperatriz y buscó su ayuda en el asunto. Habiéndola vestido con ropa de hombre y provista de dinero, la emperatriz Constancia la envió lejos de Nicomedia en compañía de un sirviente devoto hacia el Oriente. Le dijeron al emperador que la sirvienta se había vuelto loca y estaba al borde de la muerte. Glafira, en el camino a Armenia, permaneció en la ciudad de Amasea, donde el obispo local, San Basilio, la acogió.


En este momento el Santo estaba construyendo una iglesia en la ciudad. Glafira, para su construcción, entregó todo el dinero que había recibido de Constancia, y en una carta a la emperatriz le rogó que enviara fondos adicionales para completar la iglesia. La emperatriz cumplió con su pedido. Pero la carta de Glafira cayó en manos del emperador. El enfurecido Licinio exigió al gobernador de Amasea que le enviara al obispo Basilio y a la criada. Sin embargo, Glafira murió antes de que el edicto llegara a Amasea, por lo que enviaron a Basilio solo al emperador. Dos diáconos, Partenio y Teotimo, lo siguieron y se alojaron cerca de la prisión donde encerraron al Santo.


El piadoso cristiano Elpidoforo sobornaba al carcelero y todas las noches, junto con Partenio y Teotimo, visitaba al santo. La víspera del día de la prueba del santo, este cantaba salmos y decía: "Si estoy en lo más profundo del mar, allí me guiará tu mano y me sujetará tu diestra" (Sal. 138,9-10), y por tres veces rompió a llorar. Los diáconos temían que el santo estuviera angustiado por los tormentos venideros, pero él los calmó.

 

En el juicio, San Basilio rechazó resueltamente la sugerencia del emperador de convertirse en sumo sacerdote pagano y, por lo tanto, fue condenado a muerte. Elpidoforo sobornó a los soldados con dinero y permitieron que el Santo orara y hablara con sus amigos antes de la ejecución. Después de esto, el Santo le dijo al verdugo: "Amigo, haz lo que se te ordena", y tranquilamente se inclinó bajo el golpe de la espada.


Cuando el mártir fue decapitado, Elpidoforo intentó rescatar sus restos de los soldados. Pero los soldados le tenían miedo al emperador y se llevaron el cuerpo y la cabeza en una barca al mar, arrojando la cabeza al mar desde un lado de la barca mientras el cuerpo era arrojado por el otro lado. Después de esto, tres veces en un sueño, un ángel de Dios se apareció ante Elpidoforo con las palabras: "El obispo Basilio está en Sinope y te espera". Atendiendo a este llamado, Elpidoforo y los diáconos navegaron hacia Sinope, y allí contrataron pescadores para que bajaran sus redes. Cuando bajaron la red a sugerencia de los diáconos Teotimo y Partenio, no encontraron nada. Entonces Elpidoforo declaró que les pediría que bajaran la red en el nombre del Dios que adoraba. Esta vez la red sacó el cuerpo entero de San Basilio, porque he aquí, la cabeza se había vuelto a conectar con el cuerpo de una manera milagrosa, con solo el corte en el cuello que indicaba el golpe de la espada.


La reliquia de San Basilio fue honrada al ser ungida con mirra y hierbas aromáticas y el canto de himnos, y luego entregada a Amasea y enterrada en la iglesia construida por él mismo. El emperador Constantino levantó un ejército contra Licinio, lo derrotó, lo capturó y lo desterró al exilio a la Galia, donde acabó con su vida.


El martirio de San Basilio tuvo lugar el 26 de abril, y su reliquia fue encontrada el 30 de abril, por lo que es conmemorado en ambos días por estos hechos. Hoy su honorable cráneo está en el monasterio de Doquiario en el monte Ato, y una de sus manos está en el monasterio de los Iberos en el monte Ato.



Fuente: eltestigofiel.org / laortodoxiaeslaverdad.blogspot.com

Adaptación propia

25/04 (o Martes Brillante) - Marcos el Apóstol y Evangelista


Según los Hechos de los Apóstoles (12, 11-17) cuando Pedro fue liberado milagrosamente de la cárcel en Jerusalén, fue a casa de María, la madre de Juan apellidado Marcos, donde numerosos fieles estaban en oración. La madre de Marcos, que quizás fuese viuda pues no se habla de su esposo, había puesto su casa a disposición de la iglesia primitiva. Algunos estudiosos, basándose en testimonios antiguos, dicen que quizás esta casa era el Cenáculo, donde Jesús celebró la Última Cena y donde el día de Pentecostés, el Espíritu Santo había descendido sobre Maria y los apóstoles.


Quizás también a la familia de Marcos pertenecía Getsemaní, al pie del Monte de los Olivos, donde Jesús se acercaba a orar siempre que iba a Jerusalén. Muchos autores dicen que Marcos era el joven que cubierto con una sábana seguía a Jesús cuando lo prendieron. “Le echaron mano, pero él, soltando la sábana, se escapó desnudo”. (Marcos.14, 51 y siguientes). Probablemente después de Pentecostés, la casa de la madre de Marcos se convirtió en la residencia habitual de Pedro. De hecho, Marcos es uno de los primeros en ser bautizado por Pedro. San Pedro, en su primera carta (5, 13) lo llama “su hijo”.


Cuando en el año 44 Pablo y Bernabé vinieron a Jerusalén desde Antioquia trayendo limosnas, se hospedaron naturalmente en casa de Marcos. Según escribe San Pablo a los Colosenses, Marcos era primo de Bernabé. Los dos apóstoles, cuando se fueron, se llevaron a Marcos como ayudante en la evangelización. Cuando marcharon a Chipre, lo llevaban y siguiendo su viaje apostólico, al llegar a Perge de Panfilia, Marcos los dejó y volvió a Jerusalén. Todo esto es relatado por San Lucas en los Hechos de los Apóstoles.


Al inicio del segundo viaje apostólico de San Pablo, Bernabé se va con Marcos a Chipre y Pablo, junto con Silas, marcha a Siria y a Cilicia. Los Hechos, unas veces lo llaman Juan y otras, Juan apellidado Marcos, y aunque los hagiógrafos Baronio, Tillemont y Cotelier distinguen a dos personas: Marcos evangelista discípulo de Pedro y Juan discípulo de Pablo, la mayor parte de los autores y exégetas, desde la antigüedad, ven en estos textos a una sola persona. Era costumbre entre los judíos el juntar, unir al nombre hebreo otro griego o latino: Saulo-Pablo,  Natanael-Bartolomé, etc. El nombre bíblico de Juan impuesto en el momento de la circuncisión era el usado cuando estaba entre los judíos, mientras que fuera de Palestina, cuando estaba en contacto con los gentiles, prevalecía el sobrenombre romano de Marcos.


En el año 61 Marcos está de nuevo con San Pablo y probablemente estuvo presente en el martirio de Pablo. Cuando San Pedro escribe su primera carta posiblemente en Roma alrededor del año 60 y saluda a los cristianos del Ponto, Cilicia, Capadocia y Bitinia, con él está Marcos. De este saludo podemos deducir que San Marcos era conocido por los cristianos de diversos territorios. Sin embargo, no se pueden establecer con precisión los viajes de Marcos desde el año 50, cuando termina su segunda misión con Bernabé en Chipre, hasta el año 60. No existen datos precisos sobre los sucesivos eventos. La tradición eclesiástica confirma que el apostolado de Marcos estuvo estrechamente relacionado con el apostolado de Pedro.


Aunque una tradición dice que Marcos era uno de los setenta y dos discípulos, lo que quiere decir que conoció a Cristo, esto es negado por San Jerónimo, Papías y Eusebio de Alejandría. Sin embargo, el monje Alejandro dice que Marcos pudiera ser el hombre con el cántaro que llevó a Pedro y a Juan al Cenáculo, la casa de Maria su madre (Marcos 14, 13). Si este joven o el joven de la sábana de Getsemaní era Marcos, estos serían los dos contactos ocasionales de Marcos con Jesús. Otra tradición antigua dice que era de origen levítico. El autor de los “Philosophumena” le llama “el del dedo cortado”. Según esta tradición, Marcos al pasarse al cristianismo se habría cortado el dedo para renunciar a los actos realizados como sacerdote levítico. También una tradición antiquísima dice que San Marcos es el fundador de la Iglesia de Alejandría. Esto es confirmado por numerosos testimonios de origen relativamente recientes. Desde el año 200 hasta el siglo IV esta tradición es confirmada, pero es difícil fijar la fecha en la que San Marcos funda esta iglesia. Eusebio lo pone en los primeros años del emperador Claudio (42-43), pero en aquel tiempo Marcos estaba con Pablo y Bernabé. El mismo Eusebio afirma que en el octavo año de Nerón (año 62), Aniano sucede a Marcos en la sede alejandrina, por lo que San Jerónimo deduce que San Marcos murió ese año, el año 62.


Sin embargo, muchos autores piensan que Marcos habría abandonado Alejandría para irse a Roma. El tema no está definitivamente zanjado porque sobre esto nada escriben ni Orígenes ni Clemente Alejandrino. Se dice que sufrió martirio en Alejandría por parte de los paganos y que fue sepultado en una aldea cercana a la ciudad. Esto por ejemplo lo afirma San Simeón Metafraste y el monje Alejandro. En el “Chronicon paschale” se dice que fue martirizado en tiempos de Trajano y aunque ni San Eusebio ni San Jerónimo dicen nada, esto es tradición en la iglesia griega y en la iglesia copta.  El concilio de Roma en tiempos del Papa Gelasio asegura este martirio y Paladio, en su “Historia Lausiaca” dice que mucha gente venía desde lejos a rogar sobre la tumba del mártir.


En los Hechos de San Marcos (libro apócrifo) publicado por los bolandistas, el 25 de abril se narra las particularidades del martirio de Marcos, muerto en la aldea de Bucoli, lugar lleno de rocas y precipicios cerca de Alejandría. En el año 828 unos mercaderes venecianos se llevaron las reliquias de San Marcos desde Alejandría hasta Venecia y desde entonces es el patrón de esta ciudad italiana.


Pero hay que decir algunas cosas sobre San Marcos como evangelista. San Eusebio, San Ireneo, San Clemente de Alejandría, San Jerónimo y otros muchos autores antiguos atribuyen a San Marcos el segundo Evangelio, como eco fiel de la catequesis de San Pedro a los cristianos de Roma. Fue colaborador de Pedro en la predicación del evangelio y fue el intérprete y el portavoz autorizado del mismo San Pedro. Los dieciséis capítulos de su evangelio ofrecen un esquema simple: la predicación del Bautista y el ministerio de Jesús en Galilea ocupan los capítulos del 1 al 9; la marcha hacia Jerusalén e ingreso solemne en la ciudad, del 10 al 13 y la pasión, muerte y resurrección de Jesús, del 14 al 16. Lo escribió antes del año 62. Ya en ese año estaba escrito el Evangelio de San Lucas, mientras que San Mateo lo había escrito mucho antes, alrededor del año 40. Los autores reconocen en Marcos un narrador popular por excelencia. ¿Qué propósito tenía Marcos al escribirlo? Ninguno desde el punto de vista personal. Marcos escribe el Evangelio según se lo oyó a San Pedro, por lo que el propósito original no era de Marcos, era de Pedro. Este impartía sus enseñanzas conforme eran útiles a quienes las oían y no como una historia propiamente dicha de los dichos y hechos de Cristo. Marcos se limitó a escribir las narraciones de Pedro, no elaboró el material adaptándolo a su esquema personal.


Así se comprende lo que dice Papías: Marcos no escribió con orden, no compuso su escrito con un orden lógico como hace Mateo y no se preocupó del orden cronológico como hace Lucas. Dice Wellhausen que Marcos es simple e inmediato, escribe con la rudeza del arte popular, con un toque pictórico, o como dice Huby, con su singular frescura y su viva originalidad. Marcos escribe para que lo entienda la gente del pueblo. Conserva de la profesión de pescador de Pedro, su particular aptitud para observar los detalles plásticos de una escena, como por ejemplo: “toda la ciudad se agolpó a la puerta” (Marcos 1, 33) ó “Jesús estaba durmiendo sobre el cabezal en la popa” (Marcos  4, 38).


Contando la historia de Cristo, los cristianos la vivían de nuevo: oían hablar del Señor, lo veían moverse y haciendo cosas. Bajo la influencia de esta realidad vivida y vista, Pedro reproducía sin esfuerzo alguno el desarrollo histórico del ministerio de Jesús. Marcos, simplemente lo escribía. Por eso se comprende fácilmente la fascinación producida por el Evangelio de San Marcos en críticos y exégetas modernos.


El cuerpo del evangelista, sustraído por los cristianos cuando iba a ser quemado, fue sepultado en Bucoli, cerca de Alejandría y en su sepulcro fue erigida una iglesia. En las Actas del martirio de San Pedro Alejandrino, en el año 311, tenemos la noticia más antigua sobre el sepulcro de San Marcos. También Paladio en el año 419 en su “Historia Lausiaca” recuerda las peregrinaciones a su tumba, como ya dije antes.


En el siglo V, el santo es ya pintado en una capilla subterránea al SW de Alejandría junto con Cristo y San Pedro. En los siglos IV y V ya se veneraba a San Marcos en el santuario palestino de El-Dinwezi el día 15 de agosto y en Constantinopla, en la majestuosa basílica erigida por Teodosio el Grande. A mediados del siglo V es abandonada la basílica de Bucoli porque el pueblo se trasladó a otra zona al NW de Alejandría y allí fueron llevados los restos del evangelista y puestos en una iglesia nueva.


En el año 565 el santuario de Bucoli fue devuelto al culto, pero la iglesia fue incendiada por los árabes en el año 644 y reconstruida por los patriarcas de Alejandría Agatón y Juan de Samanud. A ella, en el año 828 arribaron los mercaderes venecianos Bueno de Malamoco y Rústico de Torcello, que se llevaron a Venecia los restos del evangelista “para evitar la profanación por parte de los árabes”. Solo el cráneo permaneció allí y más tarde fue llevado a El Cairo. Sin embargo, en el año 1419 el senado de Venecia mantenía que el cráneo estaba allí en su ciudad.


El único escrito histórico que permite considerar que el cuerpo estaba en Venecia es el aportado por el testamento de Justiniano Particiaco, en el año 829 que habla de la erección de una basílica en su honor. Sin embargo, Pablo el diácono dice que en Aquileia se le daba culto en el año 783. De éste pasó la noticia a los himnos escritos por San Paulino de Aquileia, a los diplomas imperiales de 792 y del 803, a los legajos del patriarca Fortunato del 821 y al Concilio de Mantova del 827.


Para explicar el culto dado a San Marcos en Aquileia, existen varias hipótesis: Paschini dice que San Marcos estuvo en vida en dicha ciudad, mientras que  Menis dice que entre Aquileia y Alejandría existían relaciones comerciales que serían las causantes del traslado del culto de una ciudad a la otra.


En el escrito del año 829 (testamento de Justiniano Particiaco del que hablé antes), se narra la traslación del cuerpo de Alejandría a Venecia, pero no se dice en qué año se hizo. Sin embargo se admite que la translación se hizo el año anterior. Si como dice el Martirologio de Beda, Marcos había sido martirizado y muerto en Alejandría, pero que sin embargo su cuerpo estaba en Venecia, era necesario admitir que desde una ciudad había sido llevado a la otra.


Sorprende sin embargo el silencio que sobre este hecho y este culto existe en los documentos venecianos durante casi dos siglos. El nombre de San Marcos se silencia absolutamente. Es necesario llegar al incendio del año 976 para encontrar alguna referencia a su basílica, a las peregrinaciones y a los restos del santo. Destruida en parte la basílica como consecuencia de este incendio, se reconstruyó entre los años 1063 y 1094 y ya desde entonces se establece como festivo el día 25 de abril.


San Lorenzo Justiniano, patriarca de Venecia (1433-1456) deseó realizar un reconocimiento del cuerpo de San Marcos, pero no lo pudo hacer. En Venecia, sin embargo, nadie tenía dudas de la presencia de las reliquias. En tiempos más recientes si se han hecho tres reconocimientos, el último de los cuales lo hizo el Papa San Juan XXIII en 1957 cuando era Patriarca de Venecia.


Reliquias de San Marcos existen también en Reichenen (Francia), Corbie (Francia), Soissons (Francia), Cropani (Italia), etc. El Papa Beato Pablo VI restituyó parte de las reliquias de San Marcos al Patriarca Copto Ortodoxo San Cirilo VI, que las puso en la Catedral Patriarcal en El Cairo (Egipto).


Es el santo patrono de la Iglesia alejandrina. Es santo patrono de los notarios, los escribientes, los vidrieros, los ópticos, los cordeleros y cesteros y en Francia lo invocan contra la sarna.


Si el 25 de abril cae en el día de la Santa Pascua -o antes-, la fiesta de San Marcos se traslada al Martes Luminoso.


Antonio Barrero



Fuente: preguntasantoral

Adaptación propia