Sábado de Lázaro


La semana después del Domingo de María de Egipto se llama la Semana de los Ramos, o de las Palmas. Esta semana será central porque se nos manifiesta el último gran milagro de Jesús. Por ello, a lo largo de toda la semana, durante las vísperas, se reproducen los días del pasaje evangélico.


Jesús comienza su viaje hacia Betania, cuando se entera que su amigo ha muerto. El centro de atención es Lázaro, su enfermedad, su muerte y el dolor de sus allegados, y la compasión que siente Cristo ante estos acontecimientos. El nombre de Lázaro nombre significa “Dios es nuestro auxilio”. El amor por cada hombre que sufre, muere y el cariño a sus seres queridos que sienten la pérdida. La liturgia bizantina de la semana anterior nos recuerda el proceso. Escuchamos las oraciones del Anthologion:


-El lunes se anuncia a Jesús la enfermedad de su amigo: “Señor, cuando tú estabas cerca del Jordán, anunciaste que la enfermedad de Lázaro no era para la muerte, sino para tu gloria, oh Jesús, nuestro Dios, damos gloria a la magnificencia de tus obras, y a tu omnipotencia, porque has abatido la muerte con la abundancia de tu misericordia, ¡Oh amigo de los hombres!”.


-El martes escuchamos: “Ayer y hoy, la enfermedad de Lázaro, de esta dan la noticia los mensajeros de las hermanas a Jesús. Oh Betania, prepárate con alegría a hospedar al Soberano y Rey, para aclamar con nosotros: ¡Señor, gloria a ti!”.


-El miércoles: “Hoy Lázaro muere y es sepultado, y sus hermanas cantan con lamento, pero tu, oh Cristo, que todo lo sabes de antemano, has anunciado el acontecimiento, diciendo a los discípulos: Lázaro se ha dormido, pero ahora voy a despertar a aquel que yo he plasmado. Todos nosotros aclamamos a pesar el temor: ¡Gloria a ti potencia y fuerza!”.


-El jueves: “Hoy es el segundo día de la muerte de Lázaro, y sobre él caen las lágrimas del dolor de sus hermanas María y Marta, esperando al lado de la piedra del sepulcro, llega el Señor con sus discípulos para expoliar a la muerte, regalándole la vida. A él aclamamos: ¡Gloria de ti!”.


-El viernes: “Dos de los discípulos hoy son enviados a coger el pollino para el Soberano de todo: verá sobre sí a aquel que ha sido antes portado por multitud de serafines; comienza a espantar la muerte voraz dominadora el mundo, que ya ha depredado a Lázaro, de la estirpe de los mortales”.

-El día viernes en la tarde, en la víspera de la celebración de la resurrección de Lázaro, concluyen los cuarenta días del “Santo Ayuno” de la Gran Cuaresma: 

«Habiendo logrado los cuarenta días por el beneficio de nuestras almas, Te rogamos, Tú que amas a la Humanidad, que seamos dignos de ver la santa semana de Tu Pasión, glorificando  en ella Tus grandezas y Tu plan inefable de salvación para nosotros, cantando con una sola voz: Señor, gloria a Ti»  (Himno de las Vísperas).

El Sábado de Lázaro es una celebración pascual.  En este día, la Iglesia glorifica a Cristo como “la Resurrección y la Vida” quien, resucitando a Lázaro, ha confirmado la resurrección universal de toda la humanidad aun antes de Su propia Pasión, Muerte y Resurrección.

Oh Cristo Dios, cuando resucitaste a Lázaro de entre los muertos, aseguraste la resurrección universal. Por lo tanto, nosotros, como los niños, llevamos los símbolos de la victoria, y clamamos a Ti, Hosanna en las Alturas, Bendito sea el que viene en el Nombre del Señor. (Tropario de ese día)

Cristo, la alegría, la verdad y la luz de todos, la vida del mundo y su resurrección, ha aparecido en su bondad a los que están en la tierra. El se ha hecho la Imagen de nuestra Resurrección, otorgando el perdón divino a todos. (Kontakion).

Durante la Divina Liturgia en el Sábado de Lázaro, en lugar del Trisagion (Santo Dios), se canta el versículo bautismal de la carta a los Gálatas : Vosotros que en Cristo os bautizasteis, de Cristo os revestisteis. Aleluya. (Gálatas 3,27) Este himno expresa el carácter de resurrección que tiene esta celebración. Además, recuerda que el Sábado de Lázaro antiguamente era uno de los grandes días del calendario litúrgico en que se administraba el bautismo en la Iglesia.

Después de la resurrección de Lázaro, Cristo fue saludado por las multitudes como el Mesías-Rey de Israel que tanto habían esperado. Entonces, en cumplimiento de las profecías del Antiguo Testamento, Jesús entró a Jerusalén, montado en un pollino de asno. (Zacarías 9,9; Juan 12,12) Las multitudes lo recibieron con ramos en sus manos y exclamaron a Él con gritos de alabanza: ¡Hosanna! ¡Bendito es Él que viene en el Nombre del Señor! ¡El Hijo de David! ¡El Rey de Israel! Debido a esta  glorificación por el pueblo, los sacerdotes y escribas finalmente se decidieron a “destruirle, a condenarlo a la muerte.” (Lucas 19,47; Juan 11,53; 12,10).

El icono de la Resurrección de Lázaro


Llegado el sábado, la celebración de la liturgia, se presenta junto al “Domingo de las Palmas”.


Estos dos iconos se presentan como una profecía viva de su muerte y su resurrección; el preludio de la pasión del Señor, ya que la resurrección de Lázaro es el signo que hace tomar la resolución a los judíos de matar a Jesús. Es también el anuncio de Jesús como el Hijo de Dios, que estaba anteriormente en el seno del Padre y que fue el Modelo, el Prototipo de la verdadera imagen del hombre.


En el icono de esta fiesta Jesús se sitúa en el centro. Está de pie y vestido de túnica roja (símbolo de la divinidad) y manto azul (símbolo de la humanidad): Cristo es Persona divina encarnado. Esto lo reafirma cuando alza su mano indicando el lugar del sepulcro de su amigo, con sus tres dedos extendidos (tres personas y un solo Dios) y su doble naturaleza (humana y divina), uniendo el pulgar y el anular (una sola Persona). Vemos como ya la mera representación nos indica lo principal del dogma cristológico: una sola Persona, y esta divina, con dos naturalezas, verdadero Dios y verdadero hombre. En algunos iconos se representa el mando color verde, para significar que Cristo es el renovador de la vida. Lleva el galón dorado de la unción del Espíritu Santo y de sacerdote: Él es el Sumo y Eterno Sacerdote y el Cristo. En su otra mano porta el rollo, signo de la profecía, ya que este poder sobre la muerte viene anunciado por los profetas.


Sobre su cabeza el nimbo dorado cristiforme, con las palabras: “Yo Soy”. De modo que el Nombre de Dios revelado a Moisés (Ex 3, 14) hoy se explicita en Cristo: “Yo soy la resurrección y la vida (Jn 11, 25). Resuena las palabras de Jesús cuando alude a la zarza: “es un Dios de vivos y no de muertos”. El semblante de Jesús es la síntesis de varios momentos: Jesús se conmovió en su espíritu (Jn 11, 33); Jesús se hecho a llorar (Jn 11, 35); Jesús levantando los ojos al cielo oró a su Padre (Jn 11, 41). El rostro de Jesús expresa todas estas circunstancias.


A cada lado del Salvador se sitúan dos grupos de hombres. A su derecha, los discípulos del Señor y, a su izquierda, los que han ido a dar el pésame a las hermanas de Lázaro. Ambos lados sitúan a Jesús como el centro de la salvación, como el Germen de la Vida, aquellos que se sitúan a su derecha son los que le siguen, los de su izquierda los que le albergan en su corazón el odio.


El grupo de los discípulos viene encabezado por Pedro. Pedro está justo detrás del Maestro y le señala con su mano, indicándonos que es Él el verdadero Señor de la vida y de la muerte. Todos los discípulos se agrupan, de modo que nos indica que estos están dispuestos a adquirir esta vida de Jesús, como un solo cuerpo, una sola Iglesia, que conserva estos misterios. Su cara es de sorpresa, todos miran a Jesús.


El grupo de la izquierda son aquellos que han ido a visitar a Marta y María, para darles sus condolencias. Los rostros de estos expresan estupefacción, asombro y odio. Fueron muchos los que creyeron del Él (Jn 11, 45). Otros, los sumos sacerdotes y los escribas y fariseos temen que crean en Él (Jn 11, 47-48). En algunos iconos de la Resurrección de Lázaro se representa a uno de ellos señalando. Es Caifás, el sumo sacerdote ese año. Señala diciendo: “No entendéis ni palabra: no comprendéis que os conviene que uno muera por el pueblo, y que no perezca la nación entera” (Jn 11, 49-50). Esto lo dijo en profecía, nos señala al Cordero de Dios en favor de los hombres. Dentro de este grupo hay uno de ellos que se tapa la nariz.


El segundo personaje principal del icono es Lázaro que ya está fiera de la tumba, con lo ojos abiertos. Su mortaja de vendas es blanca, indicando la nueva vida: la resurrección. A su lado están tres personajes. Uno que se tapa la nariz y la boca, indicando aquello que le dijo Marta a Jesús: “Señor, ya huele mal porque lleva cuatro días” (Jn 11, 39). Cristo está dispuesto a eliminar de toda la creación cualquier signo de corrupción. El segundo esta quitando la losa que cubre el sepulcro y, el tercero, quita los ventajes del muerto. Estos dos últimos son los únicos personajes que no miran a Jesús y que nos miran a nosotros. Son los que testifican que el acontecimiento es algo real y cierto y nos dan testimonio.


Los últimos personajes son Marta y María, que están a los pies de Jesús. Con sus manos veladas, adoran al Señor de la vida y reconocen que en su encarnación reside el misterio del “Dios-con-nosotros”. Una mira el rostro de Jesús, arrodillada, mira hacia arriba, sabiendo que viene de parte de Dios: “Tu eres el Cristo, el Hijo de Dios, el que tenía que venir al mundo” (Jn 11, 27). La otra, María, se arroja a los pies de Jesús y le lava los pies con sus lágrimas. Son las dos posiciones de la oración: la que alza la mirada para reconocer los signos de Dios, y la petición humilde, para que el Señor intervenga. Ambas recuerdan a la imagen de Eva del icono de la bajada a los infiernos, símbolo de la Iglesia en súplica y oración, esperando la resurrección de los muertos.


Para acabar esta descripción, invitaros a contemplar el marco de esta escena en dos aspectos: la ciudad amurallada y la gruta entre dos montañas. La ciudad es Betania, símbolo de la fortaleza de la Vida que trae Cristo. Nos indica también que Jesús va camino de Jerusalén.


Si contemplamos la gruta y la estructura de la composición nos damos enta que tiene forma de útero. El iconógrafo ha querido representar las entrañas de la madre que da vida, como fruto de este segundo nacimiento. Si nos fijamos en esta simbología podemos rememorar la misma en las pilas bautismales, que presentan este útero. Los cristianos somos sepultados en Cristo, para participar de su vida, del mismo modo que participamos de su muerte y resurrección.


LECTURAS DE LA DIVINA LITURGIA

Heb 12,28-29;13,1-8: Hermanos, nosotros, que recibimos un reino inconmovible, hemos de mantener esta gracia; y, mediante ella, ofrecer a Dios un culto que le sea grato, con respeto y reverencia, porque nuestro Dios es fuego devorador. Conservad el amor fraterno y no olvidéis la hospitalidad: por ella algunos, sin saberlo, hospedaron a ángeles. Acordaos de los presos como si estuvierais presos con ellos; de los que son maltratados como si estuvierais en su carne. Que todos respeten el matrimonio; el lecho nupcial, que nadie lo mancille, porque a los impuros y adúlteros Dios los juzgará. Vivid sin ansia de dinero, contentándoos con lo que tengáis, pues él mismo dijo: Nunca te dejaré ni te abandonaré; así tendremos valor para decir: «El Señor es mi auxilio: nada temo; ¿qué podrá hacerme el hombre?». Acordaos de vuestros guías, que os anunciaron la palabra de Dios; fijaos en el desenlace de su vida e imitad su fe. Jesucristo es el mismo ayer y hoy y siempre.


Jn 11,1-45: En aquel tiempo había caído enfermo un cierto Lázaro, de Betania, la aldea de María y de Marta, su hermana. María era la que ungió al Señor con perfume y le enjugó los pies con su cabellera; el enfermo era su hermano Lázaro. Las hermanas le mandaron recado a Jesús diciendo: «Señor, el que tú amas está enfermo». Jesús, al oírlo, dijo: «Esta enfermedad no es para la muerte, sino que servirá para la gloria de Dios, para que el Hijo de Dios sea glorificado por ella». Jesús amaba a Marta, a su hermana y a Lázaro. Cuando se enteró de que estaba enfermo se quedó todavía dos días donde estaba. Solo entonces dijo a sus discípulos: «Vamos otra vez a Judea». Los discípulos le replicaron: «Maestro, hace poco intentaban apedrearte los judíos, ¿y vas a volver de nuevo allí?». Jesús contestó: «¿No tiene el día doce horas? Si uno camina de día no tropieza, porque ve la luz de este mundo; pero si camina de noche tropieza, porque la luz no está en él». Dicho esto, añadió: «Lázaro, nuestro amigo, está dormido: voy a despertarlo». Entonces le dijeron sus discípulos: «Señor, si duerme, se salvará». Jesús se refería a su muerte; en cambio, ellos creyeron que hablaba del sueño natural. Entonces Jesús les replicó claramente: «Lázaro ha muerto, y me alegro por vosotros de que no hayamos estado allí, para que creáis. Y ahora vamos a su encuentro». Entonces Tomás, apodado el Mellizo, dijo a los demás discípulos: «Vamos también nosotros y muramos con él». Cuando Jesús llegó, Lázaro llevaba ya cuatro días enterrado. Betania distaba poco de Jerusalén: unos quince estadios; y muchos judíos habían ido a ver a Marta y a María para darles el pésame por su hermano. Cuando Marta se enteró de que llegaba Jesús, salió a su encuentro, mientras María se quedó en casa. Y dijo Marta a Jesús: «Señor, si hubieras estado aquí no habría muerto mi hermano. Pero aún ahora sé que todo lo que pidas a Dios, Dios te lo concederá». Jesús le dijo: «Tu hermano resucitará». Marta respondió: «Sé que resucitará en la resurrección en el último día». Jesús le dijo: «Yo soy la resurrección y la vida: el que cree en mí, aunque haya muerto, vivirá; y el que está vivo y cree en mí, no morirá para siempre. ¿Crees esto?». Ella le contestó: «Sí, Señor: yo creo que tú eres el Cristo, el Hijo de Dios, el que tenía que venir al mundo». Y dicho esto, fue a llamar a su hermana María, diciéndole en voz baja: «El Maestro está ahí y te llama». Apenas lo oyó, se levantó y salió adonde estaba él: porque Jesús no había entrado todavía en la aldea, sino que estaba aún donde Marta lo había encontrado. Los judíos que estaban con ella en casa consolándola, al ver que María se levantaba y salía deprisa, la siguieron, pensando que iba al sepulcro a llorar allí. Cuando llegó María adonde estaba Jesús, al verlo se echó a sus pies diciéndole: «Señor, si hubieras estado aquí no habría muerto mi hermano». Jesús, viéndola llorar a ella y viendo llorar a los judíos que la acompañaban, se conmovió en su espíritu, se estremeció y preguntó: «¿Dónde lo habéis enterrado?». Le contestaron: «Señor, ven a verlo». Jesús se echó a llorar. Los judíos comentaban: «¡Cómo lo quería!». Pero algunos dijeron: «Y uno que le ha abierto los ojos a un ciego, ¿no podía haber impedido que este muriera?». Jesús, conmovido de nuevo en su interior, llegó a la tumba. Era una cavidad cubierta con una losa. Dijo Jesús: «Quitad la losa». Marta, la hermana del muerto, le dijo: «Señor, ya huele mal porque lleva cuatro días». Jesús le replicó: «¿No te he dicho que si crees verás la gloria de Dios?». Entonces quitaron la losa. Jesús, levantando los ojos a lo alto, dijo: «Padre, te doy gracias porque me has escuchado; yo sé que tú me escuchas siempre; pero lo digo por la gente que me rodea, para que crean que tú me has enviado». Y dicho esto, gritó con voz potente: «Lázaro, sal afuera». El muerto salió, los pies y las manos atados con vendas, y la cara envuelta en un sudario. Jesús les dijo: «Desatadlo y dejadlo andar». Y muchos judíos que habían venido a casa de María, al ver lo que había hecho Jesús, creyeron en él.



Fuente: Arquidiócesis de Santiago y Todo Chile (Patriarcado de Antioquía y Todo el Oriente) / Sagrada Biblia de la Conferencia Episcopal Española / Daniel Rodríguez Diego en lexorandies.blogspot.com