Santo y Gran Jueves


En el Gran Jueves, el foco de la Iglesia se centra en los hechos que ocurrieron en el cenáculo y en el Jardín de Getsemaní.


En el cenáculo, durante la cena, Jesús estableció e instituyó el misterio o sacramento de la santa Eucaristía y también lavó los pies de sus discípulos. El Jardín de Getsemaní llama nuestra atención sobre la obediencia redentora de Jesús y sobre su oración sublime (Mateo 26:36-46). También nos conduce ante el acto cobarde y traidor de Judas, que traicionó a Cristo con un beso, el signo de amor y amistad.


La Eucaristía


En la Mística Cena en el cenáculo, Jesús dio un nuevo sentido radical al alimento y bebida de la sagrada cena. Se identificó a sí mismo con el pan y el vino: “Tomad, comed, este es el cuerpo mío..... Bebed de él todos, porque esta es la sangre mía de la Alianza” (Mateo 26:26-28).


Hemos aprendido a equiparar el alimento con la vida porque sustenta nuestra existencia terrenal. En la Eucaristía, el alimento humano distintivo y singular (pan y vino) se convierte en nuestro don de vida. Consagrado y santificado, el pan y el vino se convierte en el Cuerpo y la Sangre de Cristo. Este cambio no es físico, sino místico y sacramental. Mientras las cualidades del pan y del vino permanecen, participamos del verdadero Cuerpo y Sangre de Cristo. En el alimento eucarístico entramos en tal comunión de vida que Él alimenta a la humanidad con Su propio ser, mientras aún permanece distinto. En palabras de San Máximo el Confesor, Cristo “nos transmite la vida divina, haciéndose comestible”. El Autor de la vida rompe las limitaciones de nuestra creación. Cristo actúa “para que merced a ellos llegaseis a ser partícipes de la naturaleza divina” (2a Pedro 1:4).


La Eucaristía está en el centro de la vida de la Iglesia. Es su oración más profunda y su actividad principal. Es, a la vez, la fuente y la cima de su vida. En la Eucaristía, la Iglesia manifiesta su verdadera naturaleza y se transforma continuamente, de una comunidad humana, en el Cuerpo de Cristo, el Templo del Espíritu Santo y el Pueblo de Dios.


La Eucaristía es el sacramento preeminente. Completa a todos los demás y recapitula toda la economía de salvación. Nuestra nueva vida en Cristo es constantemente renovada y acrecentada por la Eucaristía. La Eucaristía imparte vida y la vida que da es la vida de Dios.


Por medio del Bautismo y la Crismación, entramos en un nuevo modo de existencia. Es una existencia de cambio constante. Las Escrituras describen esto como un nuevo nacimiento, la muerte del hombre viejo, el desprecio de la antigua naturaleza y la adquisición de la nueva. Esta novedad, este cambio radical en el modo de existencia, no se cumple por el esfuerzo humano. Es un don de Dios. Arraigada en el siglo venidero, esta nueva existencia se mantiene y se alimenta por la Eucaristía. En cada Divina Liturgia escuchamos las buenas nuevas de Cristo y entramos en el proceso de conversión. Se nos da la posibilidad de adquirir para nosotros la forma eucarística de la existencia. Poco a poco nos convertimos en comunión y amor. En la Divina Liturgia, los elementos trágicos de nuestra existencia caída (orgullo, individualismo blasfemia, vanidad, hipocresía, envidia, ira, división, temor, desesperación, dolor, engaño, mentira, maldad, vicio, gula, pasiones, corrupción, muerte) son continuamente vencidos, para hacernos capaces de ser amor, libertad y vida.


La Eucaristía es ofrecida a la Iglesia como un todo, no como una recompensa, sino como un remedio por el pecado, una provisión de vida, la comunión del Espíritu Santo y una apertura a los demás. Todo cristiano bautizado y crismado debe ser un recipiente regular y frecuente de los divinos misterios. Sin embargo, debemos tener cuidado de acercarnos a la Santa Comunión con discernimiento espiritual y preparación adecuada. Un ayuno total, como se ha descrito antes, precede a nuestra recepción de la Santa Comunión. La observancia a los mandamientos de Dios constituye la preparación esencial y la disposición adecuada para participar en el sacramento. En la Eucaristía, la Iglesia recuerda y promulga sacramentalmente el hecho redentor de la Cruz y participa en su gracia salvadora. Esto no sugiere que la Eucaristía intente recuperar un hecho pasado. La Eucaristía no repite lo que no puede ser repetido. Cristo no es sacrificado de nuevo y repetidamente. Más bien, el alimento eucarístico es cambiado concreta y realmente en el Cuerpo y Sangre del Cordero de Dios, “que se entregó a sí mismo por la vida del mundo”. Cristo, el Zeántropos, se ofrece a sí mismo continuamente por los fieles por medio de los Dones consagrados, es decir, Su propio Cuerpo resucitado y deificado, que murió por nosotros una vez y ahora vive (Hebreos 10:2; Apocalipsis 1:18). Por tanto, los fieles vienen a la Iglesia, semana tras semana, no sólo para adorar a Dios y escuchar Su palabra. En primer lugar, vienen para experimentar una y otra vez el misterio de la salvación y para estar íntimamente unidos a la Pasión y Resurrección del Señor Jesús Cristo.


Por el poder de Su sacrificio, Cristo nos acerca a Su propia acción de sacrificio. La Iglesia también ofrece el sacrificio. Sin embargo, el sacrificio ofrecido por la Iglesia y sus miembros sólo puede ser un ofrecimiento dado de vuelta a Dios con respecto a las riqueza de Su bondad, misericordia y amor. En primer lugar, este sacrificio es un sacrificio de alabanza y acción de gracias. También tiene otras formas, incluyendo el compromiso con el Evangelio, la lealtad a la fe verdadera, la oración constante, el ayuno, la lucha contra las pasiones, y las obras de caridad. Sin embargo, en un nivel más profundo, este ofrecimiento como contrapartida (anti-prósfora) es un acto de kenosis (Lucas 9:23-25). Está constituido por nuestra voluntad de perder nuestra vida para ganarla (Mateo 16:28).


En la Eucaristía recibimos y participamos de Cristo resucitado. Compartimos Su Cuerpo sacrificado, resucitado y deificado, “para el perdón de los pecados y la vida eterna” (Divina Liturgia). En la Eucaristía, Cristo vierte en nosotros (como un don permanente y constante), el Espíritu Santo, que “da testimonio, juntamente con el espíritu nuestro, de que somos hijos de Dios. Y si hijos, también herederos y coherederos de Cristo” (Romanos 8:16-17).


El fruto central de la Eucaristía es la comunión del Espíritu Santo. El Espíritu Santo es el Dador de Vida, que nos prepara para la resurrección, y nos hace avanzar hacia Él (Romanos 8:2, 9:8). Los otros frutos de la Eucaristía están relacionados con este don central. La vigilancia del alma, el perdón de los pecados y una conciencia clara son, tanto una preparación, como el resultado de nuestra comunión con el Espíritu Santo. La filiación, la comunión con los santos, la manifestación del amor en la unidad de la fe, y la herencia del reino del cielo, se obtienen por la comunión del Espíritu Santo.


San Gregorio Palamás, en un pasaje muy perspicaz, nos ayuda a entender el profundo y maravilloso poder de la Eucaristía:


“Cristo se ha convertido en nuestro hermano compartiendo nuestra carne y sangre y haciéndose semejante a nosotros... Se ha unido y nos ha enlazado a Él, como un esposo a una esposa, convirtiéndose en una sola carne con nosotros por medio de la comunión de Su sangre; también se ha convertido en nuestro Padre por el divino bautismo, que nos hace semejantes a Él, y Él nos alimenta con su propio pecho como una tierna madre que alimenta a sus hijos... Venid, dice, comed mi Cuerpo, bebed mi Sangre.... para que no sólo seáis hechos a imagen de Dios, sino que os convirtáis en dioses y reyes, eternos y celestiales, revestidos conmigo, Rey y Dios”.


El lavado de los pies


Los hechos iniciados por Jesús en la Cena Mística fueron profundamente significativos. Al enseñar y dar a sus discípulos sus instrucciones finales y también sus oraciones por ellos, nuevamente reveló Su divina filiación y autoridad. Estableciendo la Eucaristía, consagra a la perfección los más íntimos propósitos de Dios para nuestra salvación, ofreciéndose a Si mismo como Comunión y vida. Lavando los pies a sus discípulos, resumió la enseñanza de Su ministerio, manifestando su perfecto amor y revelando su profunda humildad. El hecho de lavar los pies (Juan 13:2-17), está estrechamente relacionado con el sacrificio de la Cruz. Ambos revelan aspectos de la kenosis de Cristo. Mientras que la Cruz constituye la manifestación última de la perfecta obediencia de Cristo a Su Padre (Filipenses 2:5-8), el lavado de los pies significa su intenso amor y su entrega a cada persona según la habilidad de esa persona para recibirlo (Juan 13:6-9). En una meditación sobre el oficio litúrgico y sacerdotal, el padre Lev Gillet (que escribió bajo pseudónimo, “Un monje de la Iglesia Oriental”), hizo las siguientes observaciones sobre el significado del acto de Jesús. Aunque sus palabras están dirigidas a sacerdotes, son apropiadas y también aplicables a cualquier cristiano.


“El lavado de los pies no significa simplemente una purificación necesaria (eliminar el barro acumulado durante todo el camino, eliminar los errores debidos a la debilidad humana). Más que todo esto, este acto es un misterio de humildad y amor. Jesús quiso ser designado por el profeta Isaías como el “Siervo sufriente”. En los Evangelios se describe a sí mismo como “el que sirve”. Insistió en el hecho de que, en el Reino de Dios, el más grande debía ser el menor. Y ahora, antes de entrar en Su Pasión, dice a sus discípulos: “Si, pues, Yo, el Señor y el Maestro, os he lavado los pies, vosotros también debéis unos a otros lavaros los pies, porque os he dado el ejemplo para que hagáis como Yo os he hecho” (Juan 13:14-16).


El sacerdote de Jesús no puede llevar a cabo fructíferamente este doble acto sacerdotal: compartir el pan del Verbo y partir el pan de la Cena del Señor, a menos que, en primer lugar, a semejanza de Su maestro, se arrodille ante otros en actitud de humildad y servicio, y lave sus pies. Sin esta condición previa, su ministerio no dará fruto. Entonces, en la vida diaria del sacerdote, ¿cómo puede llevarse a cabo esta actitud de humildad y servicio?


Cada acto pastoral realizado por el sacerdote y toda relación humana establecida por él debe estar marcada por esta doble actitud de humildad y servicio... Por encima de todo, el sacerdote debe entregarse a sí mismo a los que sufren... Pues la labor del sacerdote es dirigir hacia el Salvador toda forma de sufrimiento físico o psicológico, así como toda necesidad de salvación. El sacerdote estará especialmente entregado a los moribundos, a los enfermos, a los encarcelados, a los perseguidos, a los pobres y a los afligidos. Él dará limosna en forma de su dinero y su consuelo. Si no tiene dinero, recordará las palabras que San Pedro dijo al paralítico y dirá: “No tengo plata ni oro, pero lo que tengo eso te doy” (Hechos 3:6). ‘Lo que tengo’, es decir, mi afección y mi oración... En cada situación el sacerdote está llamado a hacer un nuevo esfuerzo total de comprensión y amor... El sacerdote no habrá hecho nada hasta que no haya “compartido” la carga soportada por la otra persona, hasta que él mismo haya intentado llevar ese mismo peso (de una forma que difiere en cada caso y que debe ser guiado por el discernimiento y la gracia), hasta que él haya entrado en el sufrimiento de su hermano, y hasta que su compasión realmente le cueste algo y le dirija hacia un sacrificio específico”.


La oración


Los Evangelios sinópticos nos han preservado otro episodio significativo en la serie de hechos que conducen a la Pasión, a saber, la agonía y oración de Jesús en el Jardín de Getsemaní (Mateo 26:36-46; Marcos 14:32-42; Lucas 22:39-46).


Aunque Jesús era Hijo de Dios, estaba destinado como hombre a aceptar completamente la condición humana, a experimentar el sufrimiento y a aprender la obediencia. Despojándose de las prerrogativas divinas, el Hijo de Dios asumió el papel de siervo. Vivió una verdadera existencia humana. Aunque no tenía pecado, se alió con la raza humana, se identificó con la condición humana, y experimentó las mismas pruebas (Filipenses 2:6-11; Hebreos 2:9:18).


Los acontecimientos del Jardín de Getsemaní dan a conocer de forma dramática y conmovedora, la naturaleza humana de Cristo. El sacrificio que tenía que sufrir por la salvación del mundo era inminente. La muerte, con toda su fuerza y ferocidad brutal, lo miraba directamente. Su terrible peso y temor (el resultado calamitoso del pecado ancestral), le causó un intenso dolor y tristeza (Hebreos 5:7). Instintivamente, como hombre, trató de escapar a ella. Se encontró en un momento decisivo. En su agonía, rezó a Su Padre: “¡Abba, Padre! ¡Todo te es posible; aparta de Mí este cáliz; pero no como Yo quiera, sino como Tú!” (Marcos 14:36). Su oración relevó la profundidad de su agonía y tristeza. También reveló su “incomparable fortaleza espiritual, y su decisión y deseo inamovible... de llevar a término la voluntad del Padre”.


Jesús ofreció su amor incondicional y confianza al Padre. Alcanzó los límites extremos de la auto negación (“no como Yo quiera”), para cumplir la voluntad de Su Padre. Su aceptación de la muerte no fue ninguna clase de pasividad y resignación estoica, sino un acto de absoluto amor y obediencia. En aquel momento decisivo, cuando declaró Su aceptación de la muerte para estar conforme a la voluntad del Padre, rompió el poder del temor a la muerte con todas sus incertidumbres, ansiedades y limitaciones. Aprendió la obediencia y cumplió el plan divino (Hebreos 5:8-9). En el transcurso de Su agonía, Jesús exhortó a sus discípulos a vigilar y orar para que no entraran en tentación (Mateo 26:41). Este mismo consejo es aplicable a todo cristiano de toda generación.


La oración nos conecta con Jesús, que, por medio de Su obediencia se convirtió en el único y perfecto adorador de Dios. Él se convierte tanto en el modelo como en el tema de nuestra oración. Así, con Cristo siempre en nuestra mente y en nuestro corazón, nunca podemos ser tentados, ni perecer, parafraseando un antiguo texto cristiano.


La oración es el poder que alimenta la vida espiritual. Así como respirar, comer, beber y pensar son esenciales para la existencia humana, la oración es un elemento y actividad fundamental de la vida cristiana. La auténtica espiritualidad bizantina se constituye por una vibrante vida de oración enraizada en la vida de la Iglesia, su fe y sus sacramentos, y esto, relacionado también a la práctica del ayuno, que se ve principalmente como obediencia y amor por Dios, transformación de las pasiones, y obras de caridad.


La oración es la experiencia más sublime del alma humana. Sin ella, el alma se queda fría y sin espíritu. No puede entrar en una sustanciosa relación personal con Dios.


La oración es un acto de fe. Nos conduce al umbral del otro mundo. Mediante ella, alcanzamos y cruzamos la última frontera. Tocamos otro mundo, con el que llegamos a experimentar extraordinariamente la paz, la belleza, la bondad, el gozo y la confianza. La oración abre nuestra vida a una nueva realidad que nos transciende. Encontramos al Dios vivo y conversamos con él. El Único Santo, el único que tiene la existencia, nos abraza con su tierna misericordia, compasión y amor. La divina luz penetra en las profundidades de nuestra alma para revelar nuestros pecados, purificar nuestras iniquidades, sanar nuestras heridas, iluminar nuestra mente, fortalecer nuestra voluntad y alegrar nuestro corazón.


La traición


Como hemos señalado anteriormente, Judas traicionó a Cristo con un beso, el signo de la amistad y el amor. La traición y crucifixión de Cristo, llevó el pecado ancestral hasta sus límites extremos. En estos dos actos, la rebelión contra Dios alcanzó su máxima capacidad. La seducción del hombre en el paraíso, culminó en la muerte de Dios en la carne. Para que el mal sea victorioso, debe apagar la luz y desacreditar al bien. Sin embargo, al final, se muestra como una mentira, un absurdo y una verdadera locura. La muerte y resurrección de Cristo, dejó al mal sin poder.


En el Gran Jueves, la luz y la oscuridad, el gozo y el dolor están fuertemente mezclados. En el cenáculo y en Getsemaní, la luz del reino y la oscuridad del infierno se manifestaron simultáneamente. El camino de la vida y el de la muerte convergen. Los encontramos en nuestro viaje a través de la vida.


Todo nacido en esta vida está envuelvo inevitablemente en la batalla espiritual, contendiendo, no sólo contra carne y sangre, “sino contra los principados, contra las potestades, contra los poderes mundanos de estas tinieblas, contra los espíritus de la maldad en lo celestial” (Efesios 6:12). Lamentablemente, hay quienes siguen en desobediencia voluntaria, que no sólo rechazan a Dios, sino que luchan contra Él. Hay quienes lo evaden. E incluso otros, que han sido bautizados, pero que por una razón u otra son negligentes o tibios en su relación con Cristo y Su Iglesia.


En medio de las trampas y las tentaciones que abundan en el mundo y en nosotros, debemos estar ansiosos por vivir en comunión con todo lo que es bueno, noble, natural, sin pecado, formando en nosotros mismos, por la gracia de Dios, la semejanza con Cristo.


Observaciones generales. El santo crisma


En la antigüedad cristiana, era costumbre bautizar a los catecúmenos el día de Pascua. El santo crisma, usado para ungir a los neófitos o personas recién bautizadas, se consagraba con antelación, el jueves santo. Esta práctica continuó hasta la Baja Edad Media. El oficio de consagración se realizaba anualmente. Sin embargo, con el tiempo, empezó a celebrarse ocasionalmente, como necesidad de reemplazar el crima. Cuando se celebra, los largos y elaborados oficios tienen lugar al final de la Divina Liturgia del Gran Jueves.


Por una práctica antigua y costumbre, el derecho a consagrar el crisma pertenece sólo al obispo, aunque normalmente lo pueden administrar los presbíteros en el uso normal. Cada iglesia tiene derecho a preparar y consagrar el santo crisma.


El santo crisma, también llamado miro (myron, en griego), es una mezcla de aceite de oliva, bálsamos, vinos y algunas fuertes sustancias aromáticas que simbolizan la plenitud de la gracia sacramental, la dulzura de la vida cristiana, y la multitud y diversidad de dones del Espíritu Santo.


La crismación, como el segundo sacramento de la Iglesia, está relacionado íntimamente con el bautismo, tanto teológica como litúrgicamente. Mientras que el bautismo nos hace partícipes de la muerte de Cristo y nos incorpora a su nueva existencia resucitada, la crismación nos hace partícipes del Espíritu Santo. La crismación nos lleva más allá de la restauración de nuestra naturaleza caída, introduciéndonos en la vida carismática. El Espíritu Santo viene a morar en nosotros, acoge nuestra vida con poder y amor, infunde en nosotros el don de la acción, nos hace fuentes combatientes en la batalla espiritual, y purifica nuestros corazones, transformándonos continuamente en un templo del Dios vivo.


El Sacramento reservado


Por costumbre, consagramos dos Corderos en la Divina Liturgia del Gran Jueves. El segundo Cordero es usado como Sacramento reservado. El Sacramento reservado se usa especialmente para dar la comunión a los enfermos.


El sacerdote prepara el Cordero consagrado, que es para la reserva, exactamente de la misma forma en que el Cordero se prepara y se reserva para la Liturgia de los Dones Presantificados. Se debe tener especial cuidado en secar el Cordero completamente. Para hacer esto, el Cordero se separa en diferentes trozos. Algunos sacerdotes eligen calentar las partículas poniéndolas sobre fuego (con calor), en un vaso o vasija apropiado.


Aunque no hay un oficio especial para la preparación del Sacramento Presantificado reservado, hemos aprendido por tradición a hacer lo siguiente: tras un tiempo apropiado, por ejemplo en el primer o segundo día, cuando el Cordero se ha secado completamente, el sacerdote se acerca a la santa mesa y despliega el antimension. Revestido con el raso y el epitraquelio, hace las reverencias de forma habitual e inciensa los Dones. Pone el discos o cualquier otro recipiente que contenga el Cordero sobre el antimension. Entonces, con la lanza (loghi) o cualquier otro instrumento apropiado, comienza a partir el Cordero en trozos pequeños (merides), conocidos también en el lenguaje litúrgico como “margaritai” (perlas). Entonces, se ponen en el artoforio en un recipiente adecuado. Se sobreentiende que este oficio lo realiza el sacerdote con una disposición orante.


El Sacramento reservado del año anterior, es consumido por el sacerdote tras la Liturgia, cada Gran Jueves o Gran Sábado, en la forma usual.


En el caso de que el Sacramento reservado haya sido consumido, o por cualquier otra razón haya sido alterado, perdido o destruido, o que no exista, como en el caso de la fundación de una nueva iglesia, el sacerdote debe consagrar un segundo Cordero en cualquier Divina Liturgia y prepararlo en la forma descrita anteriormente, y ponerlo en el artoforio.


Ayuno. El Gran Viernes es un día de ayuno estricto, un día de Xerofagia


-Preparaciones litúrgicas. Antes del oficio, el sacerdote se ha asegurado de que: el Epitafios esté preparado; el kouvouklion (el templete donde se pondrá el epitafios) esté decorado; haya abundantes flores para distribuir a los fieles; y de que se compre un nuevo paño de lino blanco para usarse en la Apocathelosis. También prepara una bandeja con pétalos de rosas y un frasco que contenga agua de rosas o cualquier otra agua fragante, que se usará tras la procesión del Epitafio.


-El Estavromenos. La Cruz, puesta en medio de la iglesia en los maitines, permanece allí durante los oficios del Gran Viernes. Sin embargo, para hacer espacio para el kouvouklion, se debería mover más cerca del santuario antes del oficio de Vísperas. Al final del oficio de los maitines del Gran Sábado, la Cruz se devuelve a su lugar habitual en el santuario. Por costumbre, la corona de flores permanece en la cruz hasta la Apódosis (final) de Pascua. Sin embargo, las velas se quitan.


-El Kouvouklion se decora antes del oficio de vísperas. Tras la lectura del Evangelio y antes de la procesión del Epitafio, se mueve en medio de la iglesia frente a la cruz. La cruz y el Kouvouklion se ponen frente a las Puertas Reales en medio de la iglesia.


-La distribución de las flores: en la práctica actual, las flores se distribuyen normalmente al final de los maitines del Gran Sábado. Sin embargo, en algunas parroquias se ha hecho habitual distribuir las flores también al final de las vísperas del Gran Viernes, especialmente a los niños, que no pueden estar presentes hasta el último oficio.


El oficio de Nipter (lavado de los pies)


Parece ser que la Iglesia tenía una ceremonia del Lavado de los pies, anualmente en el Gran Jueves, a imitación del evento de la Última Cena. En su mayor parte, se limitaba a las catedrales y a ciertos monasterios. Con el tiempo, el oficio cayó en desuso excepto en ciertas áreas. Ahora se está recuperando en muchas diócesis por todo el mundo bizantino. El oficio es muy elaborado, dramático y conmovedor. Se realiza con especial solemnidad en el Patriarcado de Jerusalén y en el monasterio de San Juan el Teólogo, en la isla de Patmos. El oficio está contenido en un libro litúrgico separado.


-Vestiduras. Puesto que conmemoramos el establecimiento de la Eucaristía, no se utilizan los colores usuales de duelo en la Divina Liturgia del Gran Jueves. El sacerdote vestirá ornamentos carmesí o púrpura. La santa mesa también estará recubierta con un ornamento similar.


-El icono. Durante la mañana y la tarde del Gran Jueves, dispondremos el icono de la Cena Mística.


-Ayuno. Puesto que conmemoramos el establecimiento del Misterio de la Eucaristía, se puede usar vino y aceite en la comida de ese día.


-Huevos pascuales. Por costumbre, los huevos pascuales se hierven y se tiñen de rojo en este día. También por costumbre, se distribuyen a los fieles al final de la Liturgia de Pascua y se ofrecen en la comida pascual. Por supuesto, se debe señalar que este tema es un asunto de costumbre y no una regla litúrgica.


-Los maitines. Los maitines del Gran Jueves se cantan previamente la noche anterior. Algunas veces se ofician la mañana del mismo día. Sin embargo, en muchos países se está tendiendo a omitirlos. En su mayor parte, han caído en desuso. En su lugar, el clero parroquial celebra el oficio de la Santa Unción.


-La Divina Liturgia. En el Gran Jueves se celebraba originalmente con gran solemnidad por la noche, a imitación de la Última Cena. En Constantinopla estaba precedida del oficio de Nipter (o ceremonia del lavado de los pies), que era oficiado por el Patriarca. Gradualmente, la Divina Liturgia fue trasladada primero al final de la tarde, y después a las primeras horas del día. Sin embargo, la Liturgia ha mantenido su carácter vesperal original. Se compone de dos partes principales: a) el oficio de las Grandes Vísperas, incluyendo la Entrada y las tres lecturas del Antiguo Testamento, y b) La Divina Liturgia de San Basilio, comenzando con la oración del Trisagio. Noche del Gran Jueves. Siguiendo muy de cerca los hechos del Nuevo Testamento, las solemnidades del Gran Jueves terminaban con la celebración de la Divina Liturgia Vesperal. Pero como hemos señalado antes, las Divinas Liturgia de la noche fueron trasladadas gradualmente a las horas de la mañana de este día. En la moderna práctica litúrgica, los maitines del Gran Viernes se celebran ahora la noche del Gran Jueves.


P. Alkiviadis Calivas

Traducción: Cantor Nektario B



Fuente: cristoesortodoxo.com

Adaptación propia