01/06 - Justino el Filósofo y Mártir y sus Compañeros


Uno de los más distinguidos mártires del reinado de Marco Aurelio fue san Justino. A pesar de que era laico, fue el primer apologeta cristiano cuyas obras principales han llegado hasta nosotros. Sus escritos ofrecen detalles muy interesantes sobre los primeros años del santo y las circunstancias de su conversión.


El mismo Justino cuenta que era samaritano, ya que había nacido en Flavia Neápolis (Nablus, cerca de la antigua Siquem); no conocía el hebreo, pues sus padres eran paganos, probablemente de origen griego. Justino recibió una excelente educación liberal, que aprovechó muy bien, y se consagró especialmente al estudio de la retórica y a la lectura de los poetas e historiadores. Más tarde, su sed de saber le movió a estudiar filosofía. Durante algún tiempo profundizó el sistema de los estoicos, pero lo abandonó al comprender que no tenían nada que enseñarle sobre Dios. Recurrió entonces a un maestro peripatético, pero el interés de éste por el dinero, le decepcionó muy pronto. Los pitagóricos le dijeron que, para empezar, necesitaba conocer la música, la geometría y la astronomía. Finalmente, un discípulo de Platón le ofreció enseñarle la ciencia de Dios. Un día en que paseaba por la playa, tal vez en Éfeso, reflexionando sobre uno de los principios de Platón, vio que le seguía un venerable anciano; al punto empezó a discutir con él el problema de Dios. El anciano despertó su interés, diciéndole que él conocía una filosofía más noble y satisfactoria que cuantas Justino había estudiado; Dios mismo había revelado dicha filosofía a los profetas del Antiguo Testamento y su punto culminante había sido Jesucristo. El anciano exhortó al joven a pedir que se le abrieran las puertas de la luz para llegar al conocimiento que sólo Dios podía dar. La conversación con el anciano movió a Justino a estudiar la Sagrada Escritura y a informarse sobre el cristianismo, aunque ya desde antes se había interesado por la religión de Jesús: «Aun en la época en que me satisfacían las enseñanzas de Platón -escribe-, al ver a los cristianos arrostrar la muerte y la tortura con indomable valor, comprendía yo que era imposible que hubiesen llevado la vida criminal de que se les acusaba». A lo que parece, Justino tenía unos treinta años cuando se convirtió al cristianismo; pero ignoramos el sitio y la fecha exacta de su bautismo. Muy probablemente tuvo éste lugar en Éfeso o en Alejandría, pues consta que Justino estuvo en esas ciudades.


Aunque ya había habido antes algunos apologetas cristianos, los paganos conocían muy poco de las creencias y las prácticas de los discípulos de Cristo. Los primitivos cristianos, la mayor parte de los cuales eran hombres sencillos y poco instruidos, aceptaban tranquilamente las falsas interpretaciones para proteger los sagrados misterios contra la profanación. Pero Justino estaba convencido, por su propia experiencia, de que muchos paganos abrazarían el cristianismo, si se les presentaba en todo su esplendor. Por otra parte -citemos sus propias palabras- «tenemos la obligación de dar a conocer nuestra doctrina para no incurrir en la culpa y el castigo de los que pecan por ignorancia». Así pues, tanto en su enseñanza como en sus escritos, expuso claramente la fe y aun describió las ceremonias secretas de los cristianos. Ataviado con las vestimentas características de los filósofos, Justino recorrió varios países, discutiendo con los paganos, los herejes y los judíos, En Roma tuvo una argumentación pública con un cínico llamado Crescencio, en la que demostró la ignorancia y la mala fe de su adversario. Según parece, la aprehensión de Justino en su segundo viaje a Roma se debió al odio que le profesaba Crescencio. Justino confesó valientemente a Cristo y se negó a ofrecer sacrificios a los ídolos. El juez le condenó a ser decapitado. Con él murieron otros seis cristianos, una mujer y cinco hombres. Desconocemos le fecha exacta de la ejecución.


Los únicos escritos de Justino mártir que nos han llegado completos son las dos Apologías y el Diálogo con Trifón. La primera Apología, de la que la segunda no es más que un apéndice, está dedicada al emperador Antonino, a sus dos hijos, al senado y al pueblo romanos. En ella protesta Justino contra la condenación de los cristianos por razón de su religión o de falsas acusaciones. Después de demostrar que es injusto acusarles de ateísmo y de inmoralidad insiste en que no sólo no son un peligro para el Estado, sino que son ciudadanos pacíficos, cuya lealtad al emperador se basa en sus mismos principios religiosos. Hacia el fin, describe el apologeta el rito del bautismo y de la misa dominical, incluyendo el banquete eucarístico y la distribución de limosnas. El tercer libro de Justino es una defensa del cristianismo en contraste con el judaismo, bajo la forma de un diálogo con un judío llamado Trifón. Parece que san Ireneo utilizó un tratado de Justino contra la herejía.


Las actas del juicio y del martirio de san Justino son uno de los documentos más valiosos y auténticos que han llegado hasta nosotros. El prefecto romano, Rústico, ante el que comparecieron Justino y sus compañeros, los exhortó a someterse a los dioses y a obedecer a los emperadores. Justino replicó que no era un delito obedecer a la ley de Jesucristo:


Rústico: ¿En qué disciplina estás especializado?

Justino: Estudié primero todas las ramas de la filosofía; acabé por escoger la religión de Cristo, por desagradable que esto pueda ser para los que se hallan en el error.

Rústico: Pero, debes estar loco para haber escogido esa doctrina.

Justino: Soy cristiano porque en el cristianismo está la verdad.

Rústico: ¿En qué consiste exactamente la doctrina cristiana?

Justino le explicó que los cristianos creían en un solo Dios, creador de todas las cosas y que confesaban a su hijo, Jesucristo, anunciado por los profetas, quien había venido a salvar y juzgar a la humanidad. Rústico preguntó entonces dónde se reunían los cristianos.


Justino: Donde pueden. ¿Acaso crees que todos nos reunimos en el mismo sitio? No. El Dios de los cristianos no está limitado a un solo lugar; es invisible y se halla en todas partes, así en el cielo como en la tierra, de suerte que los cristianos pueden adorarle en todas partes.

Rústico: Está bien. Pero dime entonces, dónde te reuniste tú con tus discípulos.

Justino: Siempre me he hospedado en casa de un hombre llamado Martín, junto a los baños de Timoteo. Este es mi segundo viaje a Roma y nunca me he alojado en otra parte. Todos los que lo desean pueden ir a verme y oírme en casa de Martín.

Rústico: Así pues, ¿eres cristiano?

Justino: Sí, soy cristiano.

Después de preguntar a los otros si eran también cristianos, Rústico dijo a Justino:


Rústico: Dime, tú que eres elocuente y crees poseer la verdad, si yo te mando torturar y decapitar, ¿crees que irás al cielo?

Justino: Si sufro por Cristo todo lo que dices, espero recibir el premio prometido a quienes guardan sus mandamientos. Yo creo que todos los que cumplen sus mandamientos permanecen en gracia de Dios eternamente.

Rústico: ¿De suerte que crees que irás al cielo a recibir el premio?

Justino: No es una simple creencia, sino una certidumbre. No tengo la menor duda sobre ello.

Rústico: Está bien. Acércate y sacrifica a los dioses.

Justino: Ningún hombre sensato renuncia a la verdad por la mentira.

Rústico: Si no lo haces, te mandaré torturar sin misericordia.

Justino: Nada deseamos más que sufrir por nuestro Señor Jesucristo y salvarnos. Así podremos presentarnos con confianza ante el trono de nuestro Dios y Salvador para ser juzgados, cuando se acabe este mundo.

Los otros cristianos ratificaron cuanto había dicho Justino. El juez los sentenció a ser flagelados y decapitados. Los mártires murieron por Cristo en el sitio acostumbrado. Algunos de los fieles recogieron, en secreto, los cadáveres y les dieron sepultura, sostenidos por la gracia de Nuestro Señor Jesucristo, a quien sea dada gloria por los siglos de los siglos. Amén.


Como es natural, existe una literatura muy abundante sobre un apologeta, cuya vida y escritos plantean tantos problemas. Recomendamos a este propósito la excelente bibliografía que da G. Bardy en su artículo Justin en DTC, vol. vm (1924), ce. 2228/2277. Fuera del hecho de su martirio, todo lo que sabemos acerca de San Justino se reduce a lo que él mismo nos cuenta en su «Diálogo con Trifón». San Ireneo, Eusebio y san Jerónimo, mencionan a san Justino, pero apenas añaden algún dato nuevo. El texto de las actas de su martirio se halla en Acta Sanctorum (junio, vol. I). En casi todas las colecciones modernas de actas de los mártires, se encuentran las actas de san Justino. Es curioso que en Roma no se conserve ninguna huella del culto a san Justino; su nombre no se halla ni en el calendario filocaliano ni en el Hieronymianum.



Fuente: eltestigofiel.org

Adaptación propia

31/05 - Hermias el Mártir de Comana


El Santo Mártir de Hermias vivió en la Comana de Capadocia en tiempos del emperador romano Marco Aurelio, también llamado Antonino (161-180), o en el de Antonino Pío (138-161)  Había formado parte de las tropas del César desde muy joven y rápidamente se distinguió por su valentía, su destreza y su espíritu de lucha, lo cual obtuvo debido a su fe en Jesucristo.


Durante el reinado de Marco Aurelio (138-161 d.C.) estalló una gran persecución contra los cristianos. Hermias fue de los primeros en ser detenidos, siendo ignorados sus grandes servicios a la nación y su respetada avanzada edad. Fue llevado ante frente al Dux Sebastián, quien le ordenó ofrecer sacrificios a los ídolos. Pero el santo, inquebrantable e inmutable, se negó a traicionar a su Señor y sacrificar a los extraños ídolos paganos. 


Con la dulzura que le caracterizaba, respondió a las solicitudes de los tiranos: "Sería muy absurdo, respetado señor, abandonar la luz y preferir la oscuridad, abandonar la verdad y abrazar la mentira, renunciar a la vida y preferir la muerte. Sería absurdo al final de mi vida perder estos preciosos bienes." Entonces, lleno de ira, el Dux ordenó que lo torturasen duramente. Primero le golpearon en la cara, luego le cortaron la piel y finalmente le arrancaron los dientes. Después le arrojaron a un horno de leña. Cuando fue abierto el horno tres días después, con la intervención y con la gracia de Dios, el Santo salió sano y salvo de toda aquella terrible tortura.


El gobernador Sebastián ordenó a cierto mago que envenenara a Hermias con una poción. La bebida venenosa no hizo daño al santo. Una segunda copa con un veneno aún más fuerte tampoco logró matar al Santo. El mago, asombrado de que Hermias todavía estuviese vivo, creyó en Cristo el Salvador, siendo decapitado de inmediato. Este mago, cuyo nombre no conocemos, fue bautizado con su propia sangre y recibió la corona del martirio.


Hermias fue sometido a torturas aún más terribles. Le rompieron los tendones, le arañaron el cuerpo con instrumentos afilados, lo arrojaron en aceite hirviendo y le sacaron los ojos, pero fue salvo gracias al Señor Jesucristo. Luego suspendieron al mártir cabeza abajo. Durante tres días estuvo colgado en esta posición. Las personas enviadas por el gobernador para verificar su muerte lo encontraron vivo. Atacados por el milagro, fueron cegados por el miedo y comenzaron a pedir al Santo ayuda. El santo mártir ordenó a los ciegos acercarse a él, y los sanó en el nombre de Jesucristo.


Enojado, el gobernador ordenó que se despellejara la piel del cuerpo del santo, pero él siguió vivo. Entonces el enloquecido Sebastián lo decapitó con su propia espada, regalándole la corona de la gloria en el año 160 d.C. 


Más tarde, los cristianos enterraron secretamente el cuerpo del mártir Hermias, cuyas reliquias otorgaron numerosas curaciones.



Fuente: laortodoxiaeslaverdad.blogspot.com / goarch.org

Adaptación propia

30/05 - Isacio (Isaac), Abad del Monasterio de Dalmato


San Isaac era un ermitaño oriental de habla griega que vivía en el desierto de Siria y vivió durante el reinado del Emperador Valente, que era partidario de los arrianos. Valente había ayudado a los arrianos de Constantinopla en sus persecuciones a los ortodoxos, lo que incluía expulsar a los obispos ortodoxos y cerrar ciertas iglesias mientras entregaban otras a los arrianos.


En el momento de su encuentro con Isaac en Constantinopla, Valente y su ejército iban de camino para luchar contra un ejército de godos que había marchado desde el Danubio hacia Tracia. El historiador Teodoreto dice entonces lo siguiente:


"Se relata que Isaac, que vivía como monje en Constantinopla, cuando vio a Valente marcharse con sus tropas, gritó en voz alta: '¿A dónde vas, oh emperador? ¿Para luchar contra Dios, en lugar de tenerlo a Él como tu aliado? Es Dios mismo quien ha alentado a los bárbaros contra ti, porque has movido muchas lenguas para blasfemar contra Él y has expulsado a Sus adoradores de sus sagradas moradas. Deja de hacer batalla y detén la guerra. Devuelve a los rebaños a sus excelentes pastores y ganarás la victoria sin problemas, pero si luchas sin hacerlo, aprenderás por experiencia lo difícil que es dar coces contra el aguijón. Nunca regresarás y será destruido tu ejército". Luego, en un arrebato, el emperador respondió: "Regresaré y te mataré, y así recibirás un castigo exacto por tu profecía mentirosa". Pero Isaac, sin inmutarse por la amenaza, exclamó: "Si lo que yo digo es falso, mátamr" (Eccl. Hist. Bk. 4, Capítulo 31).


En una ocasión en que Isaac cogió la brida del corcel en que el emperador cabalgaba por las afueras de la ciudad, Valente ordenó a sus hombres que arrojasen al profeta en un pantano. Isaac escapó milagrosamente, pero como volviese a repetir su profecía, fue encarcelado. La profecía se cumplió poco después, ya que Valente fue derrotado y murió en la batalla de Andrinópolis. Teodosio, el sucesor de Valente, devolvió la libertad a San Isaac, a quien profesó siempre gran veneración.


El 9 de agosto de 378, el ejército de Valente se enfrentó a los godos en lo que más tarde se conocería como la Batalla de Adrianópolis. Los godos derrotaron por completo al ejército romano, y Valente huyó al campo con sus generales. Valente y sus generales se refugiaron en un granero lleno de paja, que los godos rodearon y prendieron fuego; el emperador pereció tal como Isaac había predicho.

 

Después de que Valente fuera confrontado por Isaac y lo enfureciera con su profecía, el emperador había a Isaac para que lo castigaran a su regreso, que nunca tendría lugar. Algunos de los soldados que sobrevivieron a la batalla llegaron a la celda de la prisión de Isaac y le dijeron: "Prepárate para hacer tu defensa ante el emperador, que viene a cumplir lo que habló contra ti". Isaac respondió con calma: "Ya han pasado siete días desde que olí el hedor de sus huesos, que se quemaron en el fuego".


El emperador ortodoxo Teodosio I sucedió a Valente. Habiendo oído hablar de la profecía de Isaac y su cumplimiento, Teodosio lo liberó de la prisión y lo convocó a comparecer ante él. El emperador se postró ante el anciano monje, pidiéndole perdón. Teodosio hizo lo que Isaac le había pedido a Valente, y también expulsó a los arrianos de la ciudad por su persecución de los ortodoxos.


Habiendo restaurado la paz a la Iglesia en Constantinopla, Isaac quiso regresar a su vida en el desierto. Sin embargo, fue persuadido para permanecer en Constantinopla. Un aristócrata rico llamado Saturnino construyó un monasterio para Isaac dentro de la ciudad, donde vivió la lucha ascética, obrando muchos milagros. Isaac también es conocido por su celoso testimonio de la fe ortodoxa en el Segundo Sínodo Ecuménico, convocado en Constantinopla en 381.

 

Hacia el final de su vida, confió el liderazgo de su monasterio a su discípulo más cercano, Dalmato (3 de agosto). Se cree que el monasterio fundado por Isaac tomó su nombre de este Dalmato. Sin embargo, según otra tradición, su monasterio fue construido originalmente por Dalmato el Patricio, un sobrino del emperador Constantino el Grande, y recibió su nombre. Otros sostienen que recibió su nombre de ambos, y es por eso que su nombre en griego está en plural, "Dalmatoi" en lugar de “Dalmatos”.


Habiendo llegado a una avanzada edad, San Isacio durmió en paz. Algunas autoridades creen que murió en 383, aunque otros sitúan su muerte alrededor de 396. La vida escrita por San Juan Crisóstomo incluye la mención de San Isaac vivió en el siglo V. 


Según Zonaras, el emperador iconoclasta Constantino Coprónimo posteriormente convirtió el Monasterio de Dalmato en un cuartel: "Y en cuanto al Monasterio llamado Dalmato, que es el más antiguo de todos los de Constantinopla, después de haber expulsado a los monjes, [el Emperador] hizo de él un cuartel para soldados "(Crónica, XV, 8). El Tercer Sínodo Ecuménico elevó a su abad al rango de archimandrita y exarca de los prominentes monasterios de la ciudad imperial.


El Zar Pedro el Grande de Rusia (que reinó entre 1682 y 1725), cuyo cumpleaños se celebraba el día de la fiesta de San Isaac, el 30 de mayo, adoptó a Isaac como el santo patrón de la dinastía Romanov. La catedral de San Isaac en la ciudad de San Petersburgo está consagrada a su honor. Es la basílica rusa más grande y la cuarta catedral más grande del mundo.



Fuente: laortodoxiaeslaverdad.blogspot.com / goarch.org

Traducción del inglés y adaptación propias

Domingo del Ciego. Lecturas de la Divina Liturgia


Hch 16, 16-34: En aquellos días, una vez que íbamos nosotros al lugar de oración, nos salió al encuentro una joven esclava, poseída por un espíritu adivino, que proporcionaba a sus dueños grandes ganancias haciendo de adivina. Esta, yendo detrás de Pablo y de nosotros, gritaba y decía: «Estos hombres son siervos del Dios altísimo, que os anuncian un camino de salvación». Venía haciendo esto muchos días, hasta que Pablo, cansado de ello, se volvió al espíritu y le dijo: «Te ordeno en el nombre de Jesucristo que salgas de ella». Y en aquel momento salió de ella. Pero al ver sus amos que se les había ido su esperanza de ganancia, cogiendo a Pablo y a Silas, los arrastraron al ágora ante los magistrados y, presentándolos a los pretores, dijeron: «Estos hombres, judíos como son, están perturbando nuestra ciudad y están enseñando costumbres que no nos está permitido aceptar ni practicar, pues somos romanos». La plebe se amotinó contra ellos, y ordenaron que les arrancaran los vestidos y que los azotaran con varas; después de molerlos a palos, los metieron en la cárcel, encargando al carcelero que los vigilara bien; según la orden recibida, él los cogió, los metió en la mazmorra y les sujetó los pies en el cepo. A eso de media noche, Pablo y Silas oraban cantando himnos a Dios. Los presos los escuchaban. De repente, vino un terremoto tan violento que temblaron los cimientos de la cárcel. Al momento se abrieron todas las puertas, y a todos se les soltaron las cadenas. El carcelero se despertó y, al ver las puertas de la cárcel de par en par, sacó la espada para suicidarse, imaginando que los presos se habían fugado. Pero Pablo lo llamó a gritos, diciendo: «No te hagas daño alguno, que estamos todos aquí». El carcelero pidió una lámpara, saltó dentro, y se echó temblando a los pies de Pablo y Silas; los sacó fuera y les preguntó: «Señores, ¿qué tengo que hacer para salvarme?». Le contestaron: «Cree en el Señor Jesús y te salvarás tú y tu familia». Y le explicaron la palabra del Señor, a él y a todos los de su casa. A aquellas horas de la noche, el carcelero los tomó consigo, les lavó las heridas, y se bautizó enseguida con todos los suyos; los subió a su casa, les preparó la mesa, y celebraron una fiesta de familia por haber creído en Dios.


Jn 9,1-38: En aquel tiempo, al pasar, vio Jesús a un hombre ciego de nacimiento. Y sus discípulos le preguntaron: «Maestro, ¿quién pecó: este o sus padres, para que naciera ciego?». Jesús contestó: «Ni este pecó ni sus padres, sino para que se manifiesten en él las obras de Dios. Mientras es de día tengo que hacer las obras del que me ha enviado: viene la noche y nadie podrá hacerlas. Mientras estoy en el mundo, soy la luz del mundo». Dicho esto, escupió en la tierra, hizo barro con la saliva, se lo untó en los ojos al ciego, y le dijo: «Ve a lavarte a la piscina de Siloé (que significa Enviado)». Él fue, se lavó, y volvió con vista. Y los vecinos y los que antes solían verlo pedir limosna preguntaban: «¿No es ese el que se sentaba a pedir?». Unos decían: «El mismo». Otros decían: «No es él, pero se le parece». Él respondía: «Soy yo». Y le preguntaban: «¿Y cómo se te han abierto los ojos?». Él contestó: «Ese hombre que se llama Jesús hizo barro, me lo untó en los ojos y me dijo que fuese a Siloé y que me lavase. Entonces fui, me lavé, y empecé a ver». Le preguntaron: «¿Dónde está él?». Contestó: «No lo sé». Llevaron ante los fariseos al que había sido ciego. Era sábado el día que Jesús hizo barro y le abrió los ojos. También los fariseos le preguntaban cómo había adquirido la vista. Él les contestó: «Me puso barro en los ojos, me lavé y veo». Algunos de los fariseos comentaban: «Este hombre no viene de Dios, porque no guarda el sábado». Otros replicaban: «¿Cómo puede un pecador hacer semejantes signos?». Y estaban divididos. Y volvieron a preguntarle al ciego: «Y tú, ¿qué dices del que te ha abierto los ojos?». Él contestó: «Que es un profeta». Pero los judíos no se creyeron que aquel había sido ciego y que había comenzado a ver, hasta que llamaron a sus padres y les preguntaron: «¿Es este vuestro hijo, de quien decís vosotros que nació ciego? ¿Cómo es que ahora ve?». Sus padres contestaron: «Sabemos que este es nuestro hijo y que nació ciego; pero cómo ve ahora, no lo sabemos; y quién le ha abierto los ojos, nosotros tampoco lo sabemos. Preguntádselo a él, que es mayor y puede explicarse». Sus padres respondieron así porque tenían miedo a los judíos: porque los judíos ya habían acordado excluir de la sinagoga a quien reconociera a Jesús por Mesías. Por eso sus padres dijeron: «Ya es mayor, preguntádselo a él». Llamaron por segunda vez al hombre que había sido ciego y le dijeron: «Da gloria a Dios: nosotros sabemos que ese hombre es un pecador». Contestó él: «Si es un pecador, no lo sé; solo sé que yo era ciego y ahora veo». Le preguntan de nuevo: «¿Qué te hizo, cómo te abrió los ojos?». Les contestó: «Os lo he dicho ya, y no me habéis hecho caso: ¿para qué queréis oírlo otra vez?, ¿también vosotros queréis haceros discípulos suyos?». Ellos lo llenaron de improperios y le dijeron: «Discípulo de ese lo serás tú; nosotros somos discípulos de Moisés. Nosotros sabemos que a Moisés le habló Dios, pero ese no sabemos de dónde viene». Replicó él: «Pues eso es lo raro: que vosotros no sabéis de dónde viene, y, sin embargo, me ha abierto los ojos. Sabemos que Dios no escucha a los pecadores, sino al que es piadoso y hace su voluntad. Jamás se oyó decir que nadie le abriera los ojos a un ciego de nacimiento; si este no viniera de Dios, no tendría ningún poder». Le replicaron: «Has nacido completamente empecatado, ¿y nos vas a dar lecciones a nosotros?». Y lo expulsaron. Oyó Jesús que lo habían expulsado, lo encontró y le dijo: «¿Crees tú en el Hijo del hombre?». Él contestó: «¿Y quién es, Señor, para que crea en él?». Jesús le dijo: «Lo estás viendo: el que te está hablando, ese es». Él dijo: «Creo, Señor». Y se postró ante él.



Fuente: Sagrada Biblia de la Conferencia Episcopal Española

29/05 - Teodosia la Hosiomártir de Constantinopla


Este artículo pretende dar a conocer una Santa ciertamente poco conocida por los cristianos occidentales, pero que para los bizantinos es una de los principales mártires de los iconoclastas, es decir, que perdieron la vida o padecieron en defensa de la veneración de las sagradas imágenes.


Teófanes el Cronógrafo es quien nos ha hecho llegar la información de que Santa Teodosia vivió y murió en tiempos de León III Isáurico (717-741); este testimonio es más fiable que los propios Sinaxarios, que la colocaron en tiempos de Constantino V, el hijo de León.


Este relato nos dice que nació en Constantinopla, hija de padres piadosos, después de que sus padres pasaron años rezando por un hijo, por eso le dieron ese nombre, que en griego significa “don de Dios”. Con siete años quedó huérfana de padre y su madre se recogió, con ella, en un monasterio de la ciudad, donde despertó su amor por la vida consagrada. Dotada de un gran fervor religioso, a la muerte de su madre profesó como religiosa en el monasterio de Santa Anastasia en Constantinopla, tras haber distribuido todo el dinero obtenido de la venta de sus bienes a los pobres y haberse guardado únicamente aquello necesario para la elaboración de sagrados iconos, oficio al cual se dedicaba, siendo sus favoritos los iconos de la Theotokos (Virgen María) y de la mártir Santa Anastasia, titular de su convento.


Pero cuando el emperador León Isáurico subió al trono, habilitó un edicto para la destrucción de las imágenes sagradas en todo el Imperio Bizantino. En aquellos tiempos se inició la lucha iconoclasta contra el culto de las imágenes, pero Teodosia hizo gala de valentía, participando en algunas manifestaciones a favor de este culto. El 29 de enero del año 729, el patriarca Anastasio -que había sido nombrado por el emperador en sustitución del legítimo patriarca Germán y que también era de tendencias iconoclastas- siguiendo órdenes del emperador, mandó que fuera retirado y destruido un icono del Salvador que decoraba las Puertas Broncíneas de la ciudad -en la entrada del palacio denominada Chalce-, y que según dicen, llevaba allí colgado nada menos que 400 años.


Cuando Teodosia supo la afrenta que se iba a cometer contra la sagrada imagen, reunió algunas monjas compañeras suyas y se comprometieron a sustraerla y protegerla. Pero para cuando llegaron, ya hallaron al encargado de turno encaramado a una escalera y tratando de descolgar el icono. En un arrebato de indignación, las monjas se arrojaron sobre la escalera y la derribaron. El funcionario se mató de la caída. No contentas con ello, Teodosia y las monjas comenzaron a arrojar piedras contra el Patriarca Anastasio, allí presente, y no pararon hasta que lo mataron y lo dejaron tendido en el suelo con la cabeza abierta y los sesos desparramados.


Como era de esperar, el emperador León mandó detener a Teodosia y darle castigo por su acción. Encerrada en la cárcel, recibió cada día 100 latigazos, llegando a estar siete días así, con un total de 700 latigazos. Al octavo día la sacaron desnuda a la calle y de esta guisa la hicieron correr por las calles de la ciudad; si tropezaba, se caía o se paraba, era brutalmente apaleada por los soldados que la rodeaban. Finalmente, cuando exhausta de agotamiento y dolor no pudo dar un paso más, uno de esos soldados la remató atravesándole la garganta con el cuerno de un carnero previamente afilado.


El cuerpo de Teodosia fue devotamente recogido por los fieles y enterrado en el monasterio de Santa Eufemia, cerca de Deixocratis, en el Cuerno de Oro de la ciudad. Desde entonces ha recibido la veneración sin ambages del pueblo bizantino, que la considera una auténtica mártir de los iconoclastas.


La iglesia en la que fue sepultada la mártir, como he dicho, estaba dedicada a Santa Eufemia, pero cuando allí colocaron su cuerpo, le pusieron su nombre. El 28 de mayo de 1435, la ciudad se rindió a las tropas otomanas, que asaltaron la iglesia, capturaron y vendieron como esclavos a los que estaban allí reunidos en oración, y las reliquias de la Santa fueron arrojadas a los perros, de suerte que se han perdido. Actualmente, la iglesia que albergó su cuerpo está convertida en mezquita y se llama Gül-Djami (“la mezquita de la rosa”).


Meldelen



Fuente: preguntasantoral

Adaptación propia

29/05 - Teodora la Hosiomártir de Tiro


Cuando una joven doncella expresó su simpatía por algunos mártires Cristianos que estaban a punto de morir, fue arrestada inmediatamente. En el plazo de dos horas se la encontró culpable de una serie de acusaciones y sometida a torturas increíbles –simplemente porque les había pedido a los mártires que la tuviesen presente en sus oraciones.


El nombre de esta joven virgen era Teodosia, y estuvo destinada a sufrir por Jesucristo en Abril del año 307 d.C.. Los crímenes contra esta niña que aún no había cumplido los dieciocho años tuvieron lugar en la ciudad Palestina de Cesarea, bajo el reino del despiadado Gobernador Romano Provincial Urbano.


Nacida en la bella ciudad costera de Tiro, en la antigua Fenicia (hoy en día parte del moderno Líbano) alrededor del año 290, la Mártir Santa Teodosia, de 17 años de edad, era una piadosa y correcta joven que no soportaba ver gente tratada con crueldad.


El Domingo de Resurrección de Nuestro Señor y Salvador Jesucristo se enteró de que varios jóvenes Cristianos habían sido apresados en Cesarea, ciudad donde vivía con su familia. Actuando impulsivamente, la considerada joven se aproximó a las víctimas con la esperanza de ofrecer un poco de consuelo a esos valientes creyentes que estaban a punto de recibir su sentencia de muerte. Los encontró encadenados unos a otros y sentados en en el piso del calabozo. Mojados, con frío y tiritando, estaban rezando y suplicando fortaleza para poder soportar su castigo, ante lo cual la doncella se conmovió profundamente por su ruego. Habían sido capturados por los soldados bajo el mando del Emperador Romano Maximino, que era duro de corazón y que en ese entonces se encontraba persiguiendo a los Cristianos a lo largo de las provincias del Oriente Medio. Los jóvenes Cristianos –que habían despertado la lástima de Teodosia- serían torturados y asesinados por Urbano, el Gobernador. Este despiadado tirano era conocido en todo lugar por su despiadada eficacia eliminando a los seguidores de Jesucristo. Cuando se anunció la decisión de Urbano, en ese Domingo de Resurrección diecisiete siglos atrás, la alegre Teodosia expresó claramente sus sentimientos –llamando con fuerte voz a los Cristianos condenados y pidiéndoles que la recordasen en el Paraíso y que hablasen bien de ella ante el Señor. Sin embargo esto no le pareció bien al Gobernador, quien ordenó inmediatamente a sus soldados capturar a esta infractora de la ley. Llevada ante su trono, algunos minutos después, ella se negó a admitir que había hecho algo malo. Y cuando se le ordenó adorar a los ídolos romanos con la finalidad de probar que no albergaba secretas simpatías Cristianas, la joven Teodosia se negó a cumplir. El Gobernador se quedó mirándola sorprendido. “Que así sea”. Con un movimiento de su mano señaló a sus verdugos que la amarrasen y se la llevasen. Lo que siguió a continuación es muy difícil de contar: la joven fue apuñalada repetidamente en sus costillas y en sus senos. Además fueron quebrados sus huesos en varios lugares por matones cuatro veces más grandes que ella. Sin embargo, no lloró y ciertamente que no cedió en su posición. Con sus ojos cerrados y con una mano en su corazón comenzó a rezar fervientemente al Señor Dios Jesucristo, a quien  ahora ella reconocía completamente como su propio Salvador.


Enfurecido por su negativa a reconocer su presencia, el homicida Gobernador Urbano se decidió rápidamente a tomar las medidas más extremas. Muy pronto sus verdugos traspasaron con espadas sus intestinos al tiempo que doblaban sus extremedidades en diferentes direcciones hasta el punto que los mismos soldados se encontraron a sí mismos haciendo muecas de dolor ante el sonido de los huesos rotos. Sin embargo su espíritu no se quebró. Tan grande era su fe en el Salvador que con cada respiro ella rezaba con mayor intensidad. El Gobernador Urbano la observaba y su cólera era una cosa terrible de presenciar. Al final decidió darle una última oportunidad para salvarle la vida. Inclinándose hacia adelante hasta poner su rostro burlón muy cerca del suyo le hizo la pregunta que podría salvarla de la muerte. “¿Por lo menos te inclinarías una sola vez ante los ídolos de Roma?”. Ella permaneció inmóvil por algunos segundos y luego, con lo último de energía que le quedaba, negó con su cabeza. Con una voz que era difícilmente más alta que un susurro le dijo al más poderoso gobernador en toda Palestina, según está registrado en los relatos de su martirio: “No se equivoque, no se engañe, pero ha de saber lo siguiente: se me ha concedido tomar parte en el coro de los santos mártires de Dios.”


El Gobernador ya había visto suficiente. Con una maldición terrible y un gesto violento ordenó que fuese arrojada a las aguas turquesas del océano que flanqueaban las bellas playas de Cesaréa. Allí se ahogó rápidamente y muy pronto su cuerpo maltratado se hundió en las profundidades del Mar Mediterráneo. Ella se había ido a un mundo mejor, a una mejor vida.


Por la vida de esta Santa Virgen y Mártir Teodosia, podemos ver como Dios algunas veces pide el sacrificio final, aun de sus hijos inocentes. Sin embargo, también provee la fortaleza necesaria para superar esas terribles pruebas, y uno de los consuelos que recibimos es el saber que una gran santa como la Virgen Mártir Teodosia vive hoy en el reino bendito que está más allá de toda pena, dolor y que está lleno de gozo triunfante.



Fuente: laortodoxiaeslaverdad.blogspot.com

Adaptación propia

28/05 - Helicónides la Mártir


Hoy es la festividad de una mártir griega de curioso nombre con distintas variantes -Helicónide, Helicónides, Helcónide, Helicónida o Helcónida, y las mismas versiones sin H- que vivió en el siglo III y procedía de la ciudad de Tesalónica, aunque como veremos, pasó por dos procesos distintos y acabó sufriendo el martirio en Corinto.


El Martirologio Romano de 1956 dice textualmente el día 28 de mayo: “En Corinto, Santa Elcónida, mártir, en tiempo del emperador Gordiano. Atormentada primero bajo el presidente Perennio con varios suplicios, y de nuevo torturada por su sucesor Justino, pero librada por un ángel, por último cercenados los pechos, arrojada a las fieras, probada por el fuego y decapitada, consumó el martirio.


Desarrollando esta breve aunque detallada referencia podremos conocer un poco mejor a la mártir que celebramos hoy, para lo cual seguiremos su passio griega.


Passio de la Santa


Según nos dice este relato, Helicónides era una virgen cristiana que vivía en Tesalónica. Durante la persecución del emperador Gordiano, en el siglo III, se había trasladado a la ciudad de Corinto, donde se dedicaba a exhortar a los habitantes para que dejaran de adorar a los ídolos insensibles y abrazaran la fe en Cristo, para que rindieran culto al verdadero Dios, Creador del universo. Es decir, que era una predicadora y que evangelizaba al pueblo.


Por estas actividades, fue arrestada por orden del procónsul Perinio, Peronio o Perennio -tampoco está claro el nombre exacto de este magistrado- el cual, admirándose de su belleza, trató de persuadirla, con halagos y amenazas, para que sacrificase a los dioses. Como ella rechazó la oferta, la entregó a los verdugos para que la torturaran, quienes la ataron por los pies a un yugo de buey y le destrozaron las plantas de los pies, la sumergieron en un caldero de plomo derretido y la atormentaron con otras atrocidades de este estilo. Pero de todo esto salió indemne gracias a la intervención de un ángel.


Temiendo que fuera una hechicera, el gobernador inventó nuevos tormentos para ella: le desollaron la cabeza, le quemaron los pechos y la cabeza con fuego, mientras ella sufría estoicamente el dolor. Peronio entonces mandó suspender el tormento y luego le propuso de nuevo que sacrificara a los dioses, prometiéndole que si lo hacía, le daría grandes honores y la nombraría sacerdotisa. Ya fuera por estar exhausta de dolor o porque ya estaba pensando en su próximo paso, la Santa pareció consentir la propuesta, así que un cortejo de sacerdotes paganos y notables de la ciudad la condujo al templo, al son de trompetas y tambores, para que todos vieran a la cristiana que iba a sacrificar.


Cuando estuvo en el templo, Helicónides pidió que la dejaran sola y, apenas lo estuvo, abatió y destruyó a todos los ídolos que se encontraban dentro (eran, concretamente, las estatuas de los dioses Palas, Júpiter y Esculapio). Pasado un rato, los sacerdotes entraron en el lugar y, al ver la destrucción cometida por la santa, se enfurecieron y maldijeron a la virgen, gritando: “¡Matad a la hechicera!”. Le dieron una paliza y la arrojaron en prisión, donde permaneció cinco días, pero no quedó abandonada a sus heridas, sino que Cristo Salvador y los santos arcángeles Gabriel y Miguel se le aparecieron para curar sus heridas.


Entretanto, a Perinio le sucedió otro procónsul no menos cruel, que se llamaba Justino, y que tampoco consiguió vencer la fe de Helicónides. La metió en un horno ardiente, pero las llamas la respetaron y quemaron a setenta soldados que estaban presentes. Fue tendida sobre un lecho ardiente de bronce, pero nuevamente, el mismo Cristo, acompañado por los arcángeles Miguel y Gabriel, se le apareció para reconfortarla y darle la comunión. Le cortaron los pechos y luego soltaron sobre ella tres hambrientos leones, que sin embargo, se acercaron mansamente a ella y se echaron a sus pies. La multitud pagana, al ver esto, en lugar de compadecerse gritaba: “¡Muerte a la hechicera!”. Como si hubieran entendido lo que la gente decía, los tres leones saltaron fueran de la arena y atacaron al público, que huyó aterrorizado. No sabiendo ya qué hacer con ella, el gobernador ordenó decapitarla. Ella marchó a su propia ejecución contenta, y oyó una voz convocándola a las moradas celestiales. Finalmente, la decapitaron, y en el instante de su muerte se obró un nuevo prodigio, pues de su cuello cortado manó leche, no sangre. Su cuerpo fue reverentemente enterrado por los cristianos.


Iconografía, culto y reliquias


Aunque el culto a la Santa ha llegado hasta hoy por menciones textuales y bibliográficas -que no por monumentos ni templos concretos, los cuales no parecen haber existido-, lo cierto es que apenas existen representaciones de ella y todas son muy recientes, representándola simplemente como una virgen mártir o aludiendo a alguna escena o secuencia de su martirio, como el elemento de la leche brotando del tajo del cuello, un elemento que comparte con Santa Catalina de Alejandría.


No he podido averiguar si actualmente se conservan reliquias suyas o dónde se veneran, tampoco su nombre, ciertamente extraño a nuestros oídos, parece haber tenido repercusión en la antroponimia actual. Siendo una desconocida en tantas fuentes antiguas, es complicado poder establecer con seguridad nada sobre ella, quedándonos tan sólo un historiado relato de martirio.


Meldelen



Fuente: preguntasantoral

Adaptación propia

28/05 - El Santo Hieromártir Eutiquio, Obispo de Melitene


Casi nada se sabe del Santo Hieromártir Eutiquio. Vivió durante los primeros siglos del cristianismo, cuando este era perseguido por los romanos paganos, y sirvió como Obispo de Metilene.


Una fuente nos dice que se presentó voluntariamente ante el gobernante de la ciudad y se negó a sacrificar ante los ídolos, confesando a Jesucristo como el verdadero Dios, por lo cual fue torturado y luego martirizado al ser arrojado al mar y ahogado.


En el Canon de San José el Himnógrafo para su fiesta, se afirma que sus reliquias fueron veneradas en Constantinopla (Oda 9, Tropario 3). También dice que Eutiquio fue instruido por los apóstoles de Cristo y predicó la salvación (Oda 1, Tropario 2; Oda 6, Tropario 2). 


Esto puede indicar que fue discípulo de San Juan el Teólogo, conmemorado el 24 de agosto, cuya memoria en algunas fuentes griegas y eslavas también se celebra el 30 de mayo, y puede haber sido celebrada en Constantinopla el 28 de mayo. En el Sinaxario de San Nicodemo el Athonita sólo aparecen sus Versos yámbicos iniciales. El Menologio de Basilio II no lo menciona en el mes de mayo.



Fuente: laortodoxiaeslaverdad.blogspot.com

Adaptación propia

27/05 - Santo Hieromártir Eladio


Poco se sabe sobre San Eladio.

Este santo, habiéndose limpiado a sí mismo de toda impureza con su modo de vida, se convirtió en un recipiente del Espíritu Santo, por lo que fue elegido como obispo de Dios y se le encomendó dirigir la Iglesia de Cristo durante los primeros años de las duras persecuciones contra la Iglesia.


Siendo pastor, expulsó del rebaño de Cristo a los lobos rapaces, tanto herejes como impíos, que estaban devorando a sus ovejas racionales. 


En la medida en que gobernó sabiamente, mantuvo el barco de la Iglesia intacto y sin ser afectado por todas las olas y tormentas opuestas del mar de la vida. Consiguió atraer a muchos idólatras al cuerpo de la Iglesia.


Por esta razón, provocó el odio de muchos, quienes le obligaron a frenar su actividad y negar a Cristo si quería salvar su vida. Ante la fe inalterable de Eladio, fue condenado a muchos tormentos, pero durante su martirio nuestro Señor Jesucristo se le apareció y le curó sus heridas milagrosamente.


El santo fue entonces arrojado a las llamas, pero se mantuvo sin quemaduras por la gracia de Dios, convirtiendo a muchos incrédulos a la fe en Cristo. Finalmente tras continuados golpes, entregó su alma a las manos de Dios, y el bendito recibió la corona del martirio.



Fuente: laortodoxiaeslaverdad.blogspot.com / goarch.org

Adaptación propia

26/05 - Carpo y Alfeo, Apóstoles de los 70


San Carpo


Las luchas a vida o muerte de este seguidor y muy cercano compañero del Gran San Pablo tuvieron lugar alrededor del año 70.


Cuando, durante un terremoto, la cima de una colina se partió, creando un abismo peligroso, el Santo Apóstol Carpo temió por su vida. ¿Podría él – uno de los Setenta discípulos elegidos para predicar el Evangelio de Jesucristo– caer dentro del abismo producido por el terremoto? A San Carpo el repentino terremoto lo haría luchar desesperadamente para evitar ser tragado por la tierra. También le daría la lección espiritual más grande de toda su vida.


Este dramático incidente ocurrió durante un período en el cual el santo y futuro mártir había estado rezando a Dios, muy enfadado, rogándole que destruyese a dos viles pecadores. Estos dos desvergonzados infieles estaban seduciendo y pervirtiendo a muchos de los jóvenes que vivían en la Isla de Creta, a donde San Carpo había sido enviado por San Pablo a predicar el Santo Evangelio. Para San Carpo, hombre profundamente piadoso y con gran temor de Dios que había sido nombrado por San Pablo Obispo de Berea en la región de Tracia (hoy en día parte de Turquía y Grecia), la clase de comportamiento pecador que estaba presenciando todos los días en Creta era completamente inaceptable. San Carpo, siendo un hombre profundamente espiritual, solía experimentar  frecuentemente visiones venidas de lo alto –un hecho que impresionó profundamente a su mejor amigo en Creta, San Dionisio el Areopagita, quien visitaba frecuentemente al enviado de San Pablo en la isla-. Cada vez que San Dionisio hablaba con el enfurecido obispo, San Carpo mencionaba una y otra vez las obras despreciables que cometían dichos pecadores, que estaban seduciendo a los inocentes y guiándolos hacia el camino de la perdición.


Fervoroso y devoto miembro de Los Setenta, recordado con mucho afecto por el gran maestro San Pablo en su Segunda Carta a Timoteo (4, 13), se dice que San Carpo experimentaba visiones del Hijo de Dios y de Sus Santos Angeles cada vez que celebraba la Liturgia Divina. A causa de su intensa espiritualidad, San Carpo se ofendía especialmente por el comportamiento licencioso y deseaba que los dos malhechores fueran “destruidos por el fuego.” Sin embargo, un día, cuando estaba rezando con mucha fuerza este resultado escuchó repentinamente, según los historiadores de ese período, una especie de Voz en su interior: 


“Sigue adelante y continúa atormentándome más, pues estoy dispuesto a sufrir y, más aún, a ser crucificado a causa de la salvación de esa gente.”


No había ninguna posibilidad de equivocación con esa Voz: San Carpo estaba escuchando al Santo Redentor, quien parecía estar diciéndole que esos pecadores debían ser perdonados por sus malas obras y no ser arrojados al fuego. El santo luchó muy profundamente en su alma en contra de esta advertencia, pues no podía pasar por alto su enojo ante este tipo de pecado cometido ante el rostro de Dios.


Un día, cuando estaba planeando pasar la tarde haciendo oración en contra de esos pecadores, se dirigió a la cima de una inmensa colina ventosa, y una vez ahí comenzó una vez más a importunar a Cristo Dios para que enviara un fuego devorador que consumiera a los malvados. Pero en vez de satisfacer su dudosa solicitud, el Todopoderoso envió un terrible terremoto que partió en dos la colina dejando, al santo ante el borde de un abismo aterrorizador. En un rapto de miedo por el peligro que se abría ante sus pies el obispo vio repentinamente a los dos hacedores de mal que odiaba. Ambos estaban trepando por uno de los lados de la colina y estaban a punto de caer en las fauces llenas de colmillos de una serpiente gigante. Mientras el sorprendido San Carpo observaba con creciente angustia, la horrible serpiente salivaba y reía anticipadamente por su terrible comida. Pero justo antes de que los dos pecadores fuesen devorados para siempre bajo las fauces de esta terrible aparición, San Carpo sintió que una ola de compasión se apoderaba de su alma y comenzó a rezar por su rescate. De acuerdo con San Dionisio, quien registró la totalidad del incidente para la posteridad, Jesús respondió instantáneamente a la oración desesperada del santo. Moviéndose a gran velocidad se podían ver las manos del Salvador extendiéndose hacia los pecadores mientras se disponía a sacarlos del abismo... y enviarlos hacia la bendita paz del arrepentimiento y a una nueva vida como creyentes sin mancha del Santo Evangelio.


A San Carpo esta visión le dio la lección de su vida. En vez de destruir a los pecadores –y a pesar de la oración del obispo–, el Señor Dios les había mostrado su misericordia y la oportunidad de arrepentirse y rehacer sus torcidas vidas. Con lágrimas en sus ojos el santo se dio cuenta de que acababa de presenciar el Verdadero Espíritu del Santo Evangelio: la compasión y el perdón que siempre “odia el pecado pero que ama al pecador.”


Después de este acontecimiento que cambió su vida, San Carpo vendría a ser un obispo mucho más bondadoso y compasivo. Sin embargo, sus luchas y sus sufrimientos aún no habían terminado. A los pocos años, mientras predicaba  el Santo Evangelio a los paganos y judíos de la amplia región de Tracia, trabaría conflicto con adoradores de ídolos, así como con sus sacerdotes, quienes resentían profundamente el desafío que San Carpo estaba haciendo en contra de su autoridad.


Murió cubierto de sangre –pero con una oración de perdón en sus labios– alrededor del año 95 de Nuestro Señor, según la mayoría de historiadores de ese período. Sus reliquias fueron enterradas bajo la iglesia que ayudó a construir en Berea. Luego de más de diecinueve siglos, el Bienaventurado Mártir San Carpo continúa inspirando a los Cristianos que tienen problemas con el perdón. Su vida nos recuerda que el propósito de Cristo en la tierra no fue “destruir a los pecadores con fuego” a causa de la ira, sino perdonarlos por causa del amor.


San Alfeo


El Santo Discípulo Alfeo, cuya maravillosa vida como siervo de Jesucristo también es conmemorada en este día, fue el padre de dos de los Apóstoles de entre los Doce Originales: Santiago y el Evangelista San Mateo.


Nacido en la ciudad Galilea de Cafarnaún, en Palestina, el Venerable Alfeo era un hombre piadoso y temeroso de Dios que había enseñado a sus hijos el amor a su prójimo como a ellos mismos. Sin embargo, a pesar de sus enseñanzas, en su juventud este hijo de Leví había elegido ser un despreciable recaudador de impuestos, un funcionario al servicio de los ocupantes romanos de Palestina, quienes tenían la autoridad de recaudar impuestos sobre cualquier producto que se vendiera en la Provincia. Tal y como los otros recaudadores de impuestos de la región, Leví era despiadado a la hora de sacar la mayor cantidad de dinero que pudiera de cada una de sus víctimas. Pero entonces sucedió una cosa maravillosa. Después de haber escuchado las palabras de Jesús durante una de sus visitas de predicación a la región, Santiago y Mateo se convertirían al Santo Evangelio y llegarían a ser dos de los Doce Apóstoles Originales. Al final las amables y reverentes enseñanzas de su humilde padre en Cafarnaúm ayudarían a preparar al recaudador de impuestos (su nombre Cristiano era “Mateo”) para el servicio al Evangelio del Hijo del Hombre.


También se cree que San Alfeo fue el padre de los santos mártires San Abercio (picado por las abejas hasta la muerte cuando fue amarrado a un árbol) y de Santa Elena (apedreada hasta morir). Padre amoroso y bondadoso, según cuentan numerosos registros, no escatimó esfuerzo alguno con el fin de educar a sus hijos para que fuesen ceistianos virtuosos y amorosos. Tan efectiva fue su enseñanza que ambos, hijos e hijas, llegarían a ser, a la larga, santos amados de la Santa Iglesia.


Este padre bendito murió alrededor del año 100 en su nativa Cafarnaún mientras daba gracias a Dios por haberle permitido criar hijos tan maravillosos. Su vida nos enseña sobre la importancia de criar a nuestros hijos con compasión, sabiduría y reverencia por la Santa Palabra de Dios.



Fuente: laortodoxiaeslaverdad.blogspot.com / GOARCH