Domingo de Todos los Santos


El domingo posterior a Pentecostés es dedicado a la conmemoración de todos los Santos, tanto los conocidos por nosotros como los solo conocidos por Dios. Siempre hemos tenido santos que proceden de todos los costados de la tierra. Algunos fueron apóstoles, otros Mártires, otros Profetas, otros Jerarcas, otros Monjes y otros Justos, pero todos fueron perfeccionados por el mismo Espíritu Santo.


El descenso del Espíritu Santo hace que, para nosotros, sea posible levantarnos sobre nuestro estado y obtener santidad siguiendo el mandato del Señor de “sed santos como yo soy santo” (Lev 11:44, I Pe 1:16, etc). Es por eso que el primer domingo después de Pentecostés conmemoramos a todos estos hombres y mujeres.


El origen de esta fiesta se remonta a los primeros años de la Iglesia, cuando era celebrada como el domingo de todos los mártires, y que incluía a todos los hombres y mujeres que habían dado testimonio de Cristo con sus vidas de virtud aun sin haber muerto por Él.


San Pedro de Damasco, en su “Cuarto estado de Contemplación” menciona que existen cinco categorías de santos: los Apóstoles, los Mártires, los Profetas, los Jerarcas y los Justos 


Los himnos para este día hablan de seis categorías: “Regocijaos, asamblea de Apóstoles, de Profetas del Señor, leal coro de Mártires, Jerarcas divinos, Padres Monjes y Justos…”. Algunos santos son descritos como “Confesores”, una categoría que no aparece en la lista anterior. Debido a que son similares en espíritu a los mártires, se los considera como parte de esta categoría. No llegaron a morir como los mártires, pero confesaron con sus cuerpos su fe por Jesucristo y llegaron a casi ser ejecutados por su fe. San Máximo el Confesor es uno de ellos.


Los Apóstoles son mencionados en esta lista debido a que fueron los primeros en predicar el Evangelio al mundo. Los Mártires son conmemorados debido a su ejemplo de coraje al profesar su fe ante los enemigos y perseguidores de la Iglesia. Ellos propiciaron que otros siguieran su ejemplo y permanecieran firmes en la fe de Cristo hasta la muerte.


También celebramos a los Profetas que en el Antiguo Testamento vieron solo las sombras de las cosas que iban a venir, y dieron testimonio de la fe en el único Dios verdadero.


Los santos Jerarcas también son conmemorados hoy: los líderes de sus rebaños enseñaron con palabras y ejemplos a seguir a Cristo. Los santos Justos son aquellos que alcanzaron la santidad de vida viviendo “en este mundo”. Los ejemplos alcanzan a Abrahán y a Sara, a Job, a San Joaquín y a Santa Ana, a San José el Desposado y a muchos otros. Este rango también incluye a los santos Monjes que, dejando el mundo, decidieron vivir en monasterios o en cuevas. No odiaron el mundo, sino que se dedicaron a la oración incesante y a luchar contra el poder del demonio. Pese a que hay gente que cree erróneamente que los monjes son improductivos, San Juan Clímaco dice ciertamente de ellos: “Los ángeles son una luz para los monjes y la vida monástica es una luz para todos los hombres”.


La fiesta de todos los santos alcanzó gran importancia en el siglo IX, durante el reinado del Emperador Bizantino León VI el Sabio (886-911). Su esposa, la santa Emperatriz Teofanía, vivió en el mundo, pero no estuvo apegada a las cosas de este mundo. Fue una gran benefactora de los pobres y muy generosa con los Monasterios. Fue una verdadera madre que se ocupó de las viudas y los huérfanos y consoló a los oprimidos.


Aun antes de la muerte de Santa Teofanía (893), su esposo comenzó a construir una Iglesia, intentando dedicarla a ella, pero ella no lo quiso así. Este Emperador fue quien decretó que este domingo, el primero después de Pentecostés, fuera dedicado a todos los santos, pensando que su esposa era una de estas justas y que Dios seguramente la honraría cuando la fiesta de todos los Santos fuera celebrada.


LECTURAS DE LA DIVINA LITURGIA


Heb 11,33-40;12,1-2: Hermanos, todos los santos, por fe, conquistaron reinos, administraron justicia, vieron promesas cumplidas, cerraron fauces de leones, apagaron hogueras voraces, esquivaron el filo de la espada, se curaron de enfermedades, fueron valientes en la guerra, rechazaron ejércitos extranjeros; hubo mujeres que recobraron resucitados a sus muertos. Pero otros fueron torturados hasta la muerte, rechazando el rescate, para obtener una resurrección mejor. Otros pasaron por la prueba de las burlas y los azotes, de las cadenas y la cárcel; los apedrearon, los aserraron, murieron a espada, rodaron por el mundo vestidos con pieles de oveja y de cabra, faltos de todo, oprimidos, maltratados —el mundo no era digno de ellos—, vagabundos por desiertos y montañas, por grutas y cavernas de la tierra. Y todos estos, aun acreditados por su fe, no consiguieron lo prometido, porque Dios tenía preparado algo mejor a favor nuestro, para que ellos no llegaran sin nosotros a la perfección. En consecuencia: teniendo una nube tan ingente de testigos, corramos, con constancia, en la carrera que nos toca, renunciando a todo lo que nos estorba y al pecado que nos asedia, fijos los ojos en el que inició y completa nuestra fe, Jesús, quien, en lugar del gozo inmediato, soportó la cruz, despreciando la ignominia, y ahora está sentado a la derecha del trono de Dios.


Mt 10,32-33; 37-38; 19,27-30: Dijo el Señor a sus discípulos: «A quien se declare por mí ante los hombres, yo también me declararé por él ante mi Padre que está en los cielos. Y si uno me niega ante los hombres, yo también lo negaré ante mi Padre que está en los cielos. El que quiere a su padre o a su madre más que a mí, no es digno de mí; el que quiere a su hijo o a su hija más que a mí, no es digno de mí; y el que no carga con su cruz y me sigue, no es digno de mí. Entonces dijo Pedro a Jesús: «Ya ves, nosotros lo hemos dejado todo y te hemos seguido; ¿qué nos va a tocar?». Jesús les dijo: «En verdad os digo: cuando llegue la renovación y el Hijo del hombre se siente en el trono de su gloria, también vosotros, los que me habéis seguido, os sentaréis en doce tronos para juzgar a las doce tribus de Israel. Todo el que por mí deja casa, hermanos o hermanas, padre o madre, hijos o tierras, recibirá cien veces más y heredará la vida eterna. Pero muchos primeros serán últimos y muchos últimos primeros».



Fuente: ierey-siluan.livejournal.com / Sagrada Biblia de la Conferencia Episcopal Española