17/07 - Los Santos Mártires de la Familia Real de Rusia


El asesinato de la familia imperial rusa, los Romanov, tuvo lugar en Ekaterimburgo el 17 de julio de 1918. El zar Nicolás II, su esposa la zarina Alejandra y sus cinco hijos: Olga, Tatiana, María, Anastasia y Alejo fueron fusilados junto a aquellos que decidieron acompañarlos en su exilio —entre los que destacaban Eugenio Botkin, Ana Demidova, Alejo Trupp e Iván Jaritonov—. El fusilamiento fue ejecutado por un grupo de bolcheviques dirigidos por Jakob Yurovski bajo las órdenes del Sóviet Regional de los Urales.


El 22 de marzo de 1917, Nicolás II, desposeído ya como monarca (sus centinelas se dirigían a él como Nicolás Romanov), fue trasladado al Palacio de Alejandro en Tsárskoye Seló donde las nuevas autoridades estaban reuniendo a la antigua familia imperial. El Gobierno provisional ruso lo confinó junto a su familia bajo arresto domiciliario. Rodeados por guardias y recluidos en sus habitaciones, los Romanov fueron inspeccionados en la primera noche con Nicolás de vuelta en las dependencias palaciegas. 


En agosto de 1917, el presidente del Gobierno provisional ruso, Aleksandr Kérenski, evacuó a los Romanov a Tobolsk, supuestamente para protegerlos de la creciente ola revolucionaria. Allí se establecieron en la antigua mansión del gobernador con considerables comodidades. Tras el ascenso al poder de los bolcheviques en octubre de 1917, se endurecieron las condiciones de su arresto y las discusiones sobre un hipotético juicio a Nicolás se volvieron cada vez más frecuentes. A Nicolás se le prohibió vestir charreteras y los centinelas garabateaban dibujos lascivos en la valla para ofender a sus hijas. El 1 de marzo de 1918, la familia fue sometida al mismo racionamiento que los soldados, por lo que hubieron de prescindir de diez sirvientes y renunciar a la mantequilla y al café.


A medida que los bolcheviques incrementaban su poder, el Gobierno trasladó en abril a Nicolás, Alejandra y su hija María a Ekaterimburgo bajo la dirección de Vasili Yakovlev. Alejo estaba demasiado enfermo para acompañar a sus padres y permaneció junto a sus hermanas Olga, Tatiana y Anastasia, sin dejar Tobolsk hasta mayo de 1918. La familia fue recluida con los sirvientes restantes en la casa Ipátiev de Ekaterimburgo, que recibía el nombre de Casa del Propósito Especial (en ruso: Дом Особого Назначения).


Los Romanov se encontraban bajo custodia del Ejército Rojo en Ekaterimburgo, puesto que los bolcheviques inicialmente tenían intenciones de juzgarlos. La guerra civil continuaba y el Ejército Blanco (una amplia alianza de fuerzas anticomunistas) amenazaba con tomar la ciudad, por lo que creció el miedo a que los Romanov cayeran en manos de los blancos. Tal posibilidad constituía algo inaceptable para los bolcheviques por dos motivos: en primer lugar, el zar o cualquier miembro de su familia podían convertirse en un símbolo de la lucha blanca y recabar más apoyos para la misma; en segundo lugar, las naciones europeas podían considerar legítimos dirigentes de Rusia al zar o a cualquier otro miembro de su familia si el zar moría. Esto se habría traducido en una mayor capacidad de negociación en favor de los blancos para obtener apoyo extranjero. Poco después de la ejecución de la familia imperial, la ciudad cayó en manos del Ejército Blanco.


Hacia medianoche, Yákov Yurovski, el comandante de la Casa del Propósito Especial, ordenó al médico de los Romanov, el doctor Eugenio Botkin, que los despertara y les ordenara vestirse con el pretexto de que se los iba a trasladar a un lugar más seguro ante el inminente caos que reinaría en Ekaterimburgo. Los Romanov fueron llevados a un semisótano de 6m x 5m. Nicolás preguntó si Yurovski podía traer tres sillas para que Alejo y los zares se sentaran.


Los centinelas dijeron a la familia real que debían esperar hasta la llegada del camión que los trasladaría. Unos minutos después llegó un escuadrón de ejecución de la policía secreta y Yurovski leyó en voz alta la orden que recibía del Comité Ejecutivo de los Urales:


Nikolái Aleksándrovich, en vista de que tus parientes continúan con su ataque a la Rusia Soviética, el Comité Ejecutivo de los Urales ha decidido ejecutarte.


Nicolás, de cara a su familia, se giró y dijo: «¿Qué? ¿Qué?». Yurovski rápidamente repitió la orden y se alzaron las armas. Olga, según el testimonio de uno de los guardias, intentó persignarse, pero no lo consiguió al iniciarse el fusilamiento. Según los relatos, Yurovski apuntó su arma hacia el torso de Nicolás y disparó; Nicolás cayó muerto. Yurovski a continuación disparó a Alejo. El resto de ejecutores comenzaron entonces a disparar caóticamente hasta que todas las víctimas planeadas cayeron al suelo. Dispararon varias veces más y abrieron las puertas para disipar el humo. Hubo varios supervivientes, por lo que Peter Ermakov los remató con su bayoneta, ya que los disparos podían oírse desde fuera. Las últimas en morir fueron Tatiana, Anastasia y María, que portaban en torno a 1,3 kg de diamantes cosidos en su ropa, lo que hasta cierto punto las protegió. Sin embargo, las remataron con la bayoneta igualmente. Olga sufrió un tiro en la cabeza; María y Anastasia parece ser que se agacharon contra la pared cubriéndose la cabeza hasta que fueron alcanzadas. El propio Yurovski mató a Tatiana y Alejo, Tatiana murió de un solo disparo en la parte posterior de la cabeza. Alejo recibió dos impactos de bala en la cabeza, justo detrás de la oreja, pues los ejecutores se percataron de que no había muerto por el primer tiro. Anna Demidova, la criada de Alejandra, sobrevivió al fusilamiento inicial pero fue rápidamente ejecutada mientras trataba de defenderse con una pequeña almohada que había llevado y que estaba rellena de gemas preciosas y joyas.


Incapaces de concluir su trabajo, arrojan los cuerpos desnudos a un barranco poco profundo, pero ni siquiera llevan palas para enterrarlos. Cuando Yurovsky pasa a supervisar la misión, expulsa a aquellos inútiles y, para ocultar el cuerpo del delito, no se le ocurre otro medio que lanzar unas granadas para provocar un derrumbamiento sobre los restos, logrando sólo destrozar más los cadáveres.


A la noche siguiente, Yurovsky regresa con abundante ácido sulfúrico y petróleo. Recoge los despojos con la intención de destruirlos concienzudamente en otro lugar, pues se ha corrido la noticia de que los restos del Zar y los suyos han sido llevados a las minas. Pero a mitad de su viaje se le descompone el camión donde lleva los cuerpos. Como los ejércitos blancos están cerca, decide acabar allí mismo la faena. Pretende incinerar su cargamento, pero ni usando mucho petróleo generosamente le resulta fácil: cuando le sorprende el amanecer sólo ha logrado quemar los cuerpos del Zarévich y de una de las Grandes Duquesas; lo que queda lo entierra en el bosque. El resto, lo abrasa con ácido, para dejar irreconocibles los cuerpos y los entierra junto a un puente, a sólo 80 centímetros de profundidad.


Una semana después de la matanza, los blancos toman Ekaterimburgo. Retienen la localidad un par de años, durante los cuales se realizan sucesivas investigaciones para averiguar la suerte de la familia imperial y hallar sus restos. La más concienzuda es la del juez Sokolov, que llega a establecer lo sucedido con bastante precisión, pero no encuentra las tumbas.


Tras el final de la Guerra Civil, asentado el régimen comunista, la casa Ipátiev se convierte durante algún tiempo en el llamado Museo de la Venganza de los Trabajadores; incluso se imprimen postales del edificio, macabra memorabilia del lugar del crimen, aunque no se permite el acceso del público a la habitación de la masacre. Sin embargo, en 1932 Stalin lo cierra; es mejor no recordar al Zar ni para vituperarlo.


El edificio se destina a usos burocráticos del Partido y los recuerdos se reparten. Un coleccionista inglés compra la pared destrozada por las balas del cuarto del sótano. En 1974 algún conservacionista tiene la idea de declararlo monumento histórico.


Sin embargo, a veces aparecen flores en el aniversario de la matanza, lo que demuestra que algunos rusos lo consideran un santuario, y en 1977 el miembro del Politburó Mijail Suslov le transmite al secretario regional del Partido la orden de destruir la casa Ipatiev. El que recibe la orden se llama Boris Yeltsin y con diligencia procede a arrasar el lugar del sacrificio, para que no quede ningún recuerdo del crimen fundacional de la Unión Soviética. Años después, Boris Yeltsin pondrá el mismo entusiasmo en demoler ese régimen.


Diez años después, sin embargo, las cosas cambian en la URSS, Mikhail Gorbachov impone la Perestroika, la apertura, y Avdonin y Ryabov declaran que han localizado los restos de la familia imperial. En dos años más, el comunismo cae y la Unión Soviética se desintegra. En la Rusia poscomunista se recupera el pasado, se adopta la vieja bandera zarista y reaparece revitalizada la Iglesia. El arzobispo de Ekaterimburgo, Melquisedec, recoge una historia maravillosa tras la caída del comunismo. Una anciana le cuenta que fue sido vigilante nocturna de la casa Ipátiev durante muchos años, y que frecuentemente, en el silencio de la noche, oía cantos angelicales procedentes del cuarto del crimen. Ella, arrobada, ponía la oreja en la puerta, pero jamás se atrevió a abrirla. Un miembro de la minoría cosaca, generalmente monárquica, narra a la prensa que, en 1990, fue, con otros devotos, a poner una cruz en el solar de la casa lpátiev.


Nevaba, pero cuando llegaron con la cruz al lugar del martirio, se produjo una extraña apertura en las nubes y una luz celestial descendió sobre ellos, iluminando un círculo de cien metros de diámetro cuyo centro era la cruz, sobre el que no caía nieve. El fenómeno duró más de media hora, mientras trabajaron para fijar la cruz con cemento. Un pope dijo que era una señal divina. La pequeña cruz fue sustituida por otra más elaborada.


En 1998 se levantó una capilla abierta y, al año siguiente, una cerrada. La sacralización del lugar de la matanza culminó el 16 de julio de 2003, cuando se abrieron las puertas de la Catedral de la Sangre, un gran templo de estilo ruso, con nueve cúpulas doradas. Desde 1998 sus restos reposan en la cripta imperial de la Catedral de San Pedro y San Pablo de San Petersburgo, en el lugar donde yacen tradicionalmente los zares de Rusia.


El Consejo de los Obispos de la Iglesia Ortodoxa Rusa decretó el 15 de agosto del año 2000 la canonización de los santos:


"Insertamos como víctimas inocentes a los nuevos mártires y confesores de los miembros de la familia imperial rusa: el emperador Nicolás II, la emperatriz Alejandra, el príncipe heredero Alejo, el grandes duquesas Olga, Tatiana, María y Anastasia. En el último monarca ortodoxo ruso y sus familiares, reconocemos a las personas que sinceramente desearon encarnar en su vida las enseñanzas del Evangelio. En sus sufrimientos durante su encarcelamiento que la familia imperial sufrió con mansedumbre, paciencia y resignación el martirio en Ekaterimburgo en la noche del 4 (17) Julio de 1918 poniendo de manifiesto la luz de la fe en Cristo que vence el mal, de una manera similar que ha brillado en las vidas de millones de cristianos ortodoxos perseguidos por Cristo en el siglo XX ". 


El 19 de octubre de 1981, sin embargo, la Iglesia Ortodoxa Rusa en el Extranjero (ROCOR) no sólo había canonizado al Zar Nicolás II y sus familiares más cercanos, sino también a sus siervos y los otros príncipes de la familia imperial que cayeron víctimas de los bolcheviques. He aquí sus nombres:


+ 17 de julio 1918

- San Nicolás II Romanov, zar de Rusia

- Santa Alejandra Fyodorovna, emperatriz de Rusia

- Santo Zarévich Alejo Romanov

- Santa Anastasia Nikolaevna, Gran Duquesa

- Santa María Nikolaevna, Gran Duquesa

- Santa Olga Nikolaevna, "la gran duquesa"

- Santa Tatiana Nikolaevna, Gran Duquesa

- San Eugenio Botkin, médico de la corte

- San Alejo Trupp, Chef

- San Iván Kharitonov, fante

- Santa Ana Demidova, criada


+ 18 de julio 1918

- Santa Isabel Fedorovna, Gran Duquesa

- Santa Bárbara Yakovleva, hermana de Isabel Fyodorovna

- San Sergio Mijáilovich, Gran Duque

- San Ivan Konstantinovic, Duque

- San Igor Konstantinovic, Duque

- San Konstantinovic, Gran Duque Constantino

- San Vladimir Pavlovich Paley, El príncipe

- San Fiodor Remez, Secretario del gran duque Sergio


+ 4 de septiembre 1918

- Santa Anastasia Hendrikova, condesa

- Santa Catalina Schneider Adolphovna, tutora



Fuente: Página de Facebook “Sacrosanto Monasterio Ortodoxo Ruso de la Santísima Trinidad”

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